El arqueólogo del futuro

Por Vicky Molina

Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962) concibió su cuarta y última novela con la editorial Anagrama, “Revolución” un buen día de abril de 2016, cuando Marcel, su querido erizo, se le cruzó en el camino: “Ha sido la relación no humana más intensa de mi vida”, declara el autor.

De ahí nace la génesis de esta historia recientemente publicada, sobre gente que hoy es millennial, gente en la frontera de los cuarenta dentro de dos décadas, “que vive un futuro con una educación sentimental como la que hoy tenemos” y cuya mascota es un erizo. Se trata de una pareja que vive una situación familiar especial: tienen dos hijos propios y uno “adoptado, superdotado e inadaptado”: Aníbal.

Ferré reivindica la Literatura con mayúsculas a través de la voz del cabeza de familia Gabriel Espinosa, un filósofo fracasado “en un mundo donde el pensamiento no tiene lugar” y que será contratado por la Universidad Paneuropea para enseñar Ciencias Cognitivas. A través de nuestra imprevisible aventura lectora junto a este “Quijote de la inteligencia”, intentaremos comprender el Siglo XXI: “Es un libro que en veinte años puede tener más sentido para un lector u otro, está escrito para los arqueólogos del futuro”, comenta el autor.

Justo cuando las inspiradoras púas de Marcel se instalaron en la vida de Juan Francisco Ferré, el escritor estaba a punto de ponerse a trabajar en  un ensayo sobre el cine del director estadounidense Stanley Kubrick. Y  tres de sus películas merodean por la entrañas de Revolución: Eyes Wide Shut, El Resplandor y 2001: Una Odisea del espacio. Busquen. Y a ver qué encuentran también los zoólogos del futuro, pues es esta “una novela dedicada a los animales, para reivindicar nuestra relación con el animal. Nuestra misión es hacernos cargo de los animales y darles la vida que la naturaleza no les da”, apunta el malagueño.

 

Pasen y viajen durante 33 días a través del verbo ambicioso de Juan Francisco Ferré y, no lo duden, háganse su propia revolución:

(Fragmentos  de la novela Revolución cedidos por el autor)

 

DÍA 1

Sofía y Pablo son nuestros hijos biológicos. De Ariana y míos. Gemelos. Aníbal es adoptado. Cuando Ariana y yo to­mamos esta decisión no estoy seguro de que lo hiciéramos por las mismas razones, a pesar de que lo hablamos una y mil veces antes de solicitar la adopción. Ella buscaba completar una foto­grafía de familia que se le antojaba inacabada y ya no le parecía pensable remediar de otro modo con las mismas garantías de éxito.

–Desde el punto de vista de la neurociencia, la distancia entre la inteligencia de un aldeano analfabeto y un genio de la física es insignificante. Solo un poco superior al chimpancé y al ratón.

Aun no entiendo por qué acepté hacerlo. No veía la necesi­dad de tener un nuevo hijo compartiendo el hogar y adaptán­dose a las excentricidades de la familia. Al mismo tiempo, tam­poco veía en nombre de qué podía negarme. Puedo reconocer que Ariana me convenció. O que supo proponerme que lo hi­ciéramos en el momento más oportuno. Cuando mi cerebro encontró en ello la solución a problemas de otro tipo que quizá no admitían, o no hallaban, otras respuestas más satisfactorias.

–Si te digo que me encanta la compota de manzana que has cocinado es porque mi cerebro, en realidad, quiere que te diga que te encuentro muy atractiva.

Así que dije que sí, que veía bien adoptar a Aníbal, pero no por ello dejé atrás las frustraciones de la edad, el empobreci­miento de mi vida sexual, la tortura intelectual de no haber he­cho nada de provecho antes de los cuarenta, y los celos hacia Ariana, cada vez mayores. La tentación de separarnos y la fuer­za para mantenerla a mi lado.

–Una amiga me ha enseñado en internet los cuadros y las fotografías de un artista ucraniano que amplía en gran tamaño imágenes de bacterias y microorganismos de todo tipo y las hace pasar por creaciones originales.

El problema es que Aníbal era un superdotado y no lo sabía­mos. Alguien cuya capacidad de adaptación a un entorno do­méstico normal lindaba con el autismo. Y, sin embargo, había conseguido desde su llegada establecer una relación de cariño y ternura con sus dos hermanos. Más con Pablo que con Sofía, desde luego. Pero se relacionaba con ambos, se comunicaba con ellos con regularidad y permitía que compartieran con él una parte de las actividades que ocupaban sus días e incluso, contra la voluntad de su madre, sus noches de actividad insomne.

 

Y AHORA, CONOZCAMOS A OTRO DE LOS SINGULARES PERSONAJES DE REVOLUCIÓN, EL GRAN FREDDY EL FAUNO…

…“Antes conocido como Federico Ríos.

El ermitaño institucional de la urbanización Palomar, un antiguo ejecutivo huido del mundo de las corporaciones y los negocios financieros para refugiarse aquí, en las lindes de la civilización, después de un  traspié profesional o un desengaño amoroso.

Un fauno con orejas peludas, dientes cariados, nariz aguileña, cejas pilosas, ojos de alimaña, bigote poblado, labios ennegrecidos por el consumo abusivo de setas inclasificables, como el raro espécimen que sostenía en una mano durante la conversación, contemplándola cada poco con insano apetito”.

 

Escuchen al Gran Freddy en su primer encuentro con Gabriel Espinosa pinchando aquí:

 

 

 

Voz Freddy el Fauno: Pedro Fernán, Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga.

 

 Grupo Literario Las Tardes de Atenea

1635 LIKES

 

Por VICKY MOLINA Y PEDRO FERNÁN

 

Volvió a mirar el calendario digital. Habían pasado exactamente dos días, tres horas y cuarenta segundos, cuarenta y uno, cuarenta y dos… Y llegó el momento de vomitar sobre su compromiso con el terapeuta.

Para un like- adicto como él ya suponía un triunfo tanta contención. Segis buscó en el amplio catálogo de fotos aún sin publicar, seleccionó la que estaba de perfil con el bíceps inflado, el del brazo derecho, donde hace ahora un par de meses se tatuó esa corona de oro.

Presionó el botón actualizar y se quedó petrificado delante de la pantalla, esperando contar pulgares hacia arriba. La ansiosa expectación hizo que su corazón comenzara a bombear rápido. Segis ya sabía lo que venía después: la descarga eléctrica y la reproducción de las mismas palabras implantadas en su cerebro. Ese maldito eco prehistórico. Cuanto más agudos eran sus gritos, mejor era la audición.

Grabación implante mod. Piter74. Pulsa aquí:

 

 

Audio-Teatro: “La Vida es Sueño”, de Texto Pedro Calderón de la Barca (1635)

Voz: Pedro Fernán, Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga.

Poesía Power: LECCIÓN DE GRAMÁTICA APLICADA

Por ADA VALERO

He amado.

Me han amado sin calma,

inundando la ausencia de palabras

tan altas como torres.

Y al fin he reunido

un diccionario útil de la pasión:

aprendo con paciencia, de memoria.

Guardo

osadas acepciones de grandes adjetivos,

un caudal de retórica probada:

cuántas interjecciones,

cuántos adverbios como golpe de yunque…

Esos siempre,

esos nunca,

esos eternamente trabados por los verbos inclementes…

Soy experta en sinónimos y antónimos,

bailan en mi cabeza

los nombres que me dieron

en el bautizo efímero de los creyentes besos.

Ahora enseño gramática

y repaso recursos expresivos,

finjo actos de fe para los crédulos

alumnos que aún no saben

que querer es un sí con su contrario:

un ven,

un quédate,

un no regreses.

Grupo Literario “Las Tardes de Atenea”

LOS VICIOS Y TORMENTOS DE ANDRÉS HUESO

 

Ayer tuvo lugar en el Ateneo de Málaga la puesta de largo del libro “Preludios”, de Andrés Hueso Iranzo, que fue presentado por el Doctor en Filología, poeta y escritor, Francisco Chica Hermoso. El acto arrancó con la interpretación de unos preludios de Bach, Chopin y Antón García Abril.

 

A continuación, las palabras de Hueso cantan a capela durante nuestro viaje por algunos de los pasajes de su composición revestida de amor, melancolía y una profunda soledad.

 

Fragmentos del libro Preludios:

 

—Pero ¿tú qué te has creído? ¡Cachomierda! —El Desconocido ha reaccionado como un relámpago y le planta cara. No solo no ha retrocedido ni un paso, sino que adelanta una pierna en un claro gesto de estar comiéndole el terreno—. ¿Crees que llevo trabajando toda mi puta vida para que ahora tú puedas llevarte mis ahorros, cachomierda? —No es una pregunta, es una increpación.

Su mano, que creía firme, está ahora vacilante, la punta del mal cuchillo que sostiene evidencia su temblor como la aguja de un sismógrafo. El Desconocido lleva su mano derecha al bolsillo del abrigo y tranquilamente saca una pistola con la que encañona directamente su cabeza.

—Tira la navaja en esa alcantarilla —le dice— y si no te pego un tiro ahora, es porque no me va a merecer la pena el dolor de oído que me producirá el disparo, pero te mataré si no te quitas ahora mismo de mi vista, cachomierda.

Fragmento de Blues de Barrio

 

Los actos de los dioses parecen estar movidos por la envidia hacia los hombres, aunque no podamos explicarnos la razón.

Perdida la paciencia, Cloto recurre a su hermana Átropos para que deshaga el nudo que no ha podido desliar. Sabe que su hermana resolverá el problema con el único arte que es capaz de ejecutar, pero ya no le quedan ganas de continuar en el intento del desenredo. Quizá no esté tan desesperada, sino simplemente ha asumido, sin rencor hacia el que lo ha provocado ni pena hacia los afectados, que es un gesto más de los que constituyen su eter­no quehacer: ella hila e hila usando fibras de oro y de lana blanca o negra, en proporciones caprichosas; Láquesis mide las hebras con cicatera exactitud y Átropos las corta, sin emoción alguna en sus ojos o sus dedos.

Fragmento de Huido objeto de deseo. II Las Moiras

 

El abuelo es consciente de la mudez sobrevenida del nieto y siente su inmovilidad. Como tantas noches se ha quedado dormido al inicio de su narración, es natural siendo tan pequeño, pero a él no le importa, de hecho, ni siquiera llega a darse cuenta de cuándo el pequeño ha dejado de escucharlo. Todas las noches el abuelo completa su narración con voz tranquila y queda, mirando fijamente el rescoldo del hogar como si de allí lo estuviera leyendo o, tal vez, como si quisiera dejarlo grabado en las ascuas para que otros en el futuro y ante otro fuego similar pudieran leer o recibir sus palabras de alguna forma o, en fin, con el único propósito que contarlo para sí, para reafirmar la convicción de no haberlo olvidado a pesar de los años transcurridos …

Fragmento de La trinchera

Crónica de Cannes 2019, por Carlos Crespo Castillo

 

El Festival de Cine de Cannes es el mayor evento cinematográfico del mundo. Para cualquiera que esté interesado en el cine, esto no es una sorpresa, pero desde que comencé a considerar las películas como algo más que un hobby, ir a Cannes para el festival ha sido un sueño. Este año tengo la oportunidad de estar ahí, gracias a una iniciativa del festival llamada “3 Días en Cannes”, que permite a jóvenes cinéfilos ir durante los tres primeros o los tres últimos días del festival.
Mi acreditación estará disponible desde el día 23 al 25 de mayo, por lo que esta primera semana estoy viviéndola desde el banquillo. Por lo que he leído hasta ahora, el festival ha tardado unos días en proyectar una película que haya dejado boquiabiertos a los críticos. La película inaugural, The dead don’t die, de Jim Jarmusch, vio a un reparto repleto de estrellas como Tilda Swinton, Bill Murray o el recientemente nominado al Oscar, Adam Driver, luchar contra un invasión zombi en su pequeño pueblo junto a personalidades como Selena Gomez o Iggy Pop. Para el festival, comenzar su 72ª edición con una comedia de terror era una apuesta valiente, pero el elenco y equipo prometían cierto estándar de calidad.
Sin embargo, estas expectativas solo se cumplieron parcialmente, ya que muchos críticos han recibido tibiamente una película que sintieran falta de vida y algo obvia en moraleja. No fue hasta los días 18 y 19 que la programación se avivó, con la llegada de las nuevas películas de Pedro Almodóvar, Terrence Malick, Céline Sciamma y Robert Eggers. Mientras que Almodóvar, con su semiautobiográfica Dolor y gloria, que ya se ha podido ver en salas españolas, ha sido propuesto como uno de los candidatos con más posibilidades a la Palma de Oro, tanto Sciamma como Malick deben ser tenidos en cuenta: el director americano es un cineasta visionario que ya dejó anonadado al público de Cannes con su obra maestra, El árbol de la vida, y regresa esta vez con un drama sobre la 2ª Guerra Mundial, A hidden life; por su parte, la realizadora francesa propone un drama de época con Portrait of a lady on fire y, aunque su nombre no ha sonado tanto en el circuito comercial, obras con una visión tan personal como Girlhood o Tomboy la posicionan como alguien a quien tener en cuenta.
Por su parte, Robert Eggers no debe preocuparse, ya que su nueva película, The lighthouse, compite en la Quincena de realizadores, el festival paralelo a Cannes donde, cada año, se pueden ver algunas apuestas de cine autoral interesantes y diferentes. Con su primera película, The VVitch, que definió como “un cuento popular en Nueva Inglaterra”, Eggers se posicionó como una de las principales figuras a seguir en el cine de terror. Este nuevo largometraje parece jugar en la línea de su predecesora, ya que cuenta la historia de dos fareros, interpretados por Willem Dafoe y Robert Pattinson, y la crítica no ha tardado en hacer sonar las alarmas: muchos la consideran una obra maestra, y ha generado un enorme interés en el festival tras solo una proyección.
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Del amor malogrado y el compromiso por la libertad

 

Por MARÍA LUISA BALAGUER

En el centro de Estudios Políticos y Constitucionales se presentan muchos libros, de hecho es uno de los objetivos del Centro, fomentar la cultura y el derecho. El pasado lunes se presentó el libro “A finales de enero. La historia de amor más trágica de la transición”, que ha escrito Javier Padilla, y que ha obtenido el Premio Comillas de 2019.

El libro de Javier es un acierto en su iniciativa y también en su oportunidad. Es un libro oportuno en el momento en que se publica por la coincidencia del aniversario de la Constitución, pero también por la coyuntura política que atraviesa España, y por la indudable calidad de su factura.

Javier es como él ha dicho, un joven demócrata, producto de la transición política del régimen de Franco a la democracia formal de Occidente. Y en él confluyen importantes elementos de esa consecuencia: su formación en una universidad moderna, con dotación de medios, apertura a Europa y EE.UU. y una identificación nacional propia de la ciudanía que construye la CE de 1978.

Pero es hijo de la generación que luchó por conseguir ese estatus. Y sus padres acudieron a las mismas manifestaciones que yo, sufrieron los miedos y los peligros de que se malograra todo aquello, tan frágil, tan amenazado de tantos dictadores que quedaron vivos, y después hubieron de votar una constitución que no satisfacía totalmente sus exigencias, pero que garantizaba la paz social y el progreso de la nación.

La Transición, tan denostada luego, tan admirada por el contexto de otras naciones que importaron y admiraron el consenso conseguido, y renacida por diversos intereses, todos legítimos pero diversos, tuvo su contra narrativa, que está por hacer.

Coincidente con este año y estos fastos, se publicó la segunda edición de la “Crónica secreta de la Transición”, y aquí mismo presentamos la obra, con toda la asistencia de público que Bonifacio de la Cuadra garantizó: un periodista de la Transición, posiblemente el mejor. A la salida, coincidíamos en la necesidad de evitar los triunfalismos y fijarnos en el sufrimiento y en el precio que para muchas personas y sus familias supuso la Transición: como en el caso del libro que presentamos, la muerte. Y las balas no venían de un lado solamente, hubo muchas muertes desde distintas ideologías y extremismos. Nos preguntábamos ese día si alguna vez se escribirá sobre todo esto, para fortalecer también la memoria histórica, para contar lo que de verdad ocurrió, todo lo que tuvo entonces lugar, y no solo la simplificación de esos años en la palabra concordia, paz, convivencia pacífica y algunos tópicos más.

Ahora sé que por estas fechas terminaba Javier su libro, y ponía en evidencia muchos mitos de esa paz beatífica de que ha querido teñirse un periodo de la historia de España lleno de zozobras, negrura y también desde luego la luz de un texto constitucional lúcido, luminoso y eficaz, pero época también de sufrimiento, conspiraciones, oscuridad y traiciones.

Si él agradece a nuestra generación haberse formado como lo que es, a Javier habría que agradecerle que haya escrito este libro, capaz de reflejar con tanta fidelidad los años finales de la década de los sesenta y los setenta, prefigurando la universidad que vivimos los que estudiamos en esos años. La intelectualidad del marxismo, acrecido con los filósofos franceses, Althusser, Poulantzas, el estructuralismo, todos aquellas ingentes fotocopias que nos torturaban, buscando la revolución por los bares y tabernas, bebiendo vino barato y cubatas de limón, y llenando las paredes de los poster del Che y del Black power-White power.

No era fácil para una persona de este siglo situarse en aquella sociología de la represión sexual excedente de Marcuse, del temor de perder la virginidad y del miedo al embarazo, de la falsa igualdad entre mujeres y hombres, y de todo lo que se dio por supuesto y que en realidad nunca existió. La tarea de desenmascaramiento de esas falsas apariencias liberalizadoras, se me antoja, porque está más en mi interés personal, uno de los mayores aciertos del libro. La identificación de estas circunstancias en los tres protagonistas del libro, es para mí el mayor valor. Igualmente, y lo señaló Cristina Almeida en su día, la narrativa de cómo se malogran algunas vidas sin la menor culpa, por las puras circunstancias del azar. Las tres, cada una por su propia azarosa circunstancia.

Javier tiene un futuro luminoso, y su capacidad para la literatura le dará mucha felicidad, pero ha tenido la generosidad de poner en la calle la vida de personas que hoy son, junto a otros, los verdaderos héroes de la transición, y de la lucha por la democracia. Todas aquellas personas que de verdad sufrieron, más allá de los aciertos de los intelectuales que dieron con las palabras y las frases idóneas para las normas que como diría Soledad, soportan hoy el estrés de las instituciones con solvencia. Porque Dolores, Arturo y Javier, y muchas otras personas, dieron su vida para la felicidad de la nuestra. Y Javier, ha contribuido con su trabajo y su esfuerzo, a rendirles el mejor homenaje.

 

Grupo Literario “Las tardes de Atenea”

Reconocer el mundo

 

Por CRISTINA CONSUEGRA

El pasado miércoles, 8 de mayo, la Vocalía de Feminismo de Ateneo de Málaga organizó un coloquio presentación en torno al libro, Dos Voces. Una mirada femenina nerjeña, de las autoras, Carmen María Sabio y Marta Sarramián, con fotografías de Juan Antonio Quiles. El libro, un trabajo de campo que ha contado con la financiación de la Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de Nerja, se estructura en dos partes, división que responde a los textos que firman una u otra autora y, a su vez, cada una de ellas estructura su ecosistema literario en apartados que guardan relación directa con el hecho de pensar la sociedad en clave feminista. Además, Dos voces cuenta con el prólogo de la escritora Herminia Luque, nombre propio fundamental para entender la escena narrativa feminista en la actualidad.

Las autoras conversaron con mujeres nerjeñas, tanto nacidas en esta localidad como residentes, con el fin primordial de construir sus biografías olvidadas e invisibilizadas, es decir, con el fin último de recuperar parte de la memoria sustraída a una localidad –cuestión que podemos extrapolar al plano global- para obtener así el (re)conocimiento que todas las mujeres merecen por su empeño profesional y su aportación a la cultura y costumbres de cualquier lugar en este mundo. Esta investigación literaria, este querer poner el foco de atención en aquello que ha permanecido oculto, pretende acabar con esos mecanismos patriarcales que sólo pretenden silenciar lo que ha formado parte del proceso de creación de una localidad como Nerja: la presencia de las mujeres. Ese silencio no era algo abstracto, informe, no; ese silencio alberga nombres y apellidos de mujeres cuyo trabajo ha sido fundamental para entender la sociedad actual, mujeres con historias motivadoras, inspiradoras. Mujeres como Pilar Rivas, futbolista que, en 1968, se incorporó al entramado profesional logrando superar retos muy complejos para las mujeres que elegían el camino del deporte; Isabel Jurado Márquez, una vida ilustrada por la lectura y el amor a la literatura, revolucionaria en el plano identitario; María Asunción García Escobar, fundamental para entender el avance social y político en Nerja; la cantante Nuria Fergó que sirve de espejo para las generaciones más jóvenes… Mujeres que han contribuido a la poética de un pueblo, a su respiración y aliento y que, como la otra mitad de la sociedad, merece ser escuchada y reivindicada. Se trata, al final y al cabo, de retratar la voz de las mujeres, voz que ha sido alzada y que será alzada, una y mil veces.

LA MANO DE QUIEN ESCRIBE

 

POR CHRISTINE FÉLIX GARCÍA

Las bibliotecas públicas son una tregua, un espacio de descanso en el laberinto abigarrado de los barrios de ciudad. Juguemos a perdernos en ellas, son maravillosas. Podemos por ejemplo hacer torres de Babel apilando libros hasta el techo, lograr formar poemas surrealistas con los títulos de los cantos o abrir los libros como pájaros para volar. Hasta es posible tomarle el pulso a la sociedad con echar un vistazo a los más leídos. La Biblioteca Municipal Cristóbal Cuevas es pequeñita por acogedora y grande por la curiosidad de sus lectores.  Lleva el nombre del profesor que me enseñó a amar a Góngora y, para el encuentro con el escritor Antonio Orejudo, está muy concurrida. Cristina Consuegra lo presenta; sobre la mesa su último libro: Grandes Éxitos.

Grandes éxitos es un artefacto de la escritura, obedece a los tiempos que nos han tocado vivir y como tal ofrece múltiples posibilidades. Se compone de piezas sueltas y a la vez concertadas donde hay un escritor consciente de su juego, del efecto de la luz y de las duplicidades que ofrecen los espejos, un lugar en el que la literatura es el arte de la ambigüedad.

Juguemos pues y convirtamos esa amena  charla, ofrecida  por Antonio Orejudo a raíz de su libro, en la transcripción de unas notas con sus puntos, contrapuntos y acordes; eso sí ténganlo en cuenta: Aunque está “basada en hechos reales, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”:

 

Notas y acordes sobre el arte de novelar

“Soy un novelista y el trabajo de un novelista es hacer creer a los demás cosas que no lo son.”

“Un libro es un organismo propio y es bueno o es malo independientemente de lo que el autor haya querido hacer.”

“Los seres humanos siempre vamos a consumir ficción, necesitamos que nos cuenten cosas pero no tiene que ser necesariamente la abuelita contándonos el cuento en la cabecera de la cama.”

“La literatura es un señor o  una señora en su casa en pijama escribiendo  y un señor o una señora en pijama leyendo, no hay más.”

“Cuando estoy en mi casa en pijama escribiendo un libro, hago todo lo posible para que el señor o la señora que esté en pijama leyendo mi libro, no lo cierre.”

“La relación entre esos dos seres humanos en pijama  es como la relación de los vasos comunicantes. Lo que no hace uno lo tiene que hacer el otro: el nivel tiene que ser el mismo.”

“El lector es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que ha escrito. La lectura es un acto tan creativo como la escritura.”

“Los buenos escritores son los que saben las cosas que no hay que decir,  pues el lector rellena esos huecos con su imaginación. Es el lector quien reescribe el libro con su imaginación.”

“No vale todo para escribir pero soy muy consciente del momento histórico en el que escribo.”

 

 

Tonos, semitonos e intervalos:  Sobre el yo escritor,  la identidad y la ficción

“Ese yo que aparece ahí, ¿soy yo? ¿Quién sabe? … Si ustedes se preguntan si son el yo que aparece en su diario, ese diario que nadie lee, esa escritura que nadie ha leído nunca… ¿Son ese yo? Pues sí y no.”

“Nos cuesta tan poco trabajo escribir que pensamos que es una actividad de lo más natural. Escribir no tiene nada de natural, es un proceso de una sofisticación cerebral enorme. Y no digamos escribir en primera persona, esto obliga a un movimiento muy complicado que es desdoblarse, salirse de uno mismo y  verse desde fuera; eso no es nada normal.”

“En el relato de uno mismo siempre hay una selección de hechos, unos favorecen más, otros menos. Y cuando se decide contar los seleccionados, hay muchas perspectivas para hacerlo.”

“Si un escritor o cualquier persona dice “yo”, sobre ello… habría mucho que hablar.”

“Cuando leemos libros en primera persona notamos esa voz cálida, tenemos la sensación de que hay una presencia humana que nos guía. Ahora bien, coge la página, mírala al trasluz -yo no veo nada-. No hay ningún corazón, ni hígado, ni riñones, ni nada. Lo que veo es una letra detrás de otra, unas palabras puestas en un orden preciso que forman algunas frases que están colocadas  en un orden, también muy preciso, que forman párrafos que forman páginas que forman textos. Lo que tú sientas al leerlas no te lo provoca ningún  ser humano. Lo que tú sientes te lo provoca el orden que tienen las palabras en esa página y nada más, no hay nada más que sintaxis. No hay otra cosa.”

“Me parece milagroso que unos signos colocados en una orden preciso, sean capaces de provocar en mi cabeza esas descargas eléctricas en no sé qué zona de mi cerebro que se convierten en ternura, rabia, tristeza, alegría… eso sí que me parece milagroso: que el orden, ese orden y no otro orden de las palabras creen en mí las mismas emociones que las experiencias vividas.”

“Cuando cogemos un libro de ficción, el terreno de juego en el que se construye no es el de la verdad y la mentira.”

“Todos sabemos que los conejos no viven en las chisteras, nos dejamos engañar porque no nos importa si es verdad o mentira,  lo que nos importa es el placer que produce ver el conejo salir de la chistera. En literatura pasa igual.”

 

El Do de pecho

“¿Por qué esta ola de novela testimonial?  Yo… Me pasa esto… Yo…  Yo sufro… Yo… A mí. … La ficción escrita ha perdido peso social en los últimos 30 años. Los escritores nos encontramos con que la ficción propiamente dicha no interesa nadie. Ahora la mayoría prefiere consumir en las series de televisión lo que antes consumía por escrito.”

“La literatura del yo ha muerto y ha resucitado muchas veces a lo largo de la historia; esta nueva resurrección de la literatura del yo: yo me confieso, abro mi pecho ¡miren ustedes!, ¡esto soy!, ¡así sangro! es una reacción de los escritores para que el público les haga caso. A nadie le va a interesar que alguien cuente la historia de Madame Bovary o Anna Karenina, lo que hemos descubierto es que es mucho mejor SER Madame Bovary o Anna Karenina. ¡Yo soy Ana Karenina!, ¡yo soy Madame Bovary!, ¡yo fui infiel!, ¡yo me aburrí de mi marido y le puse los cuernos!, yo, yo, yo… Bueno, es un recurso como otro cualquiera.”

Clave de sol o clave de fa, mejor clave de humor

“En general, en  España parece que nos alimenta más un libro sesudo (que nos  haga sufrir porque nos cuesta mucho su lectura), que un libro de humor. Parece que siempre hubiera que añadir al término humor el calificativo  inteligente; como si la naturaleza del humor fuera siempre la necedad.”

“Yo siempre he pensado que el humor junto con la claridad, a la hora de exponer una idea o un argumento, son las dos manifestaciones más claras de la inteligencia.”

 

Léanse Grandes éxitos, todos estos pensamientos y muchos más son los que hacen que se mueva la mano de quien lo ha escrito.

 

Grupo Literario “Las tardes de Atenea”

AUDIO-TEATRO: “¿To be, or not to be?”: To be, to be, dudablemente

 

Por VICKY MOLINA Y PEDRO FERNÁN

Ser o no ser, ¿o es que acaso aún no has decidido resolver de una vez esta cuestión?  Da la cara, permanece, ¡aguanta los desdenes del mundo!: SÉ … O yo qué sé, tú sabrás.

Recorremos la historia del trágico príncipe danés hasta encontrarnos con la sombra de su padre, Rey Hamlet. A través de la voz policromada de Pedro Fernán asomaremos nuestras cabezas por el agujerito viscoso de la llaga más supurante, la que grita venganza cuando el espectro desvela que su muerte tiene las manos de Claudio, su propio hermano y tío del Príncipe Hamlet, usurpándole el trono y su lado de la cama junto a Gertrudis, viuda breve y cadáver, en breve.

Pedro Fernán es el espíritu del Rey Hamlet clamando venganza. Pasen y escuchen:

 

Pedro Fernán es Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga.

Ficción Power: UN OJO DE LUZ

 

 

Por ASUNCIÓN CABELLO LÓPEZ

 

  «Es mío», repito, para espantar

     la añoranza de un tiempo vacío de temor.

 

Dejé a mi niño en la cuna después de haberse zampado un papillón de verduras con pollo y un yogur blanco. Le había cambiado el pañal mientras le tarareaba en sonsonete una cancioncilla sudamericana cuya letra no me sabía. La persiana a medio abatir empujaba difusas rayas de luz entre sus láminas, que dejaban entrever un océano de paredes azules con gran parte de su fauna marina: delfines, caballitos de mar, caracolas; hasta algunas sirenas de esas que cantaban a Ulises con afán de volverlo loco salpicaban el rodapié, y yo, recordando La Odisea, acallé sus bocas pintándoles una cruz con rotulador malva.

Había hecho de su dormitorio un lugar silencioso, en penumbra, más placentero para mí que para él que, envuelto en espuma de mar entre sábanas de algodón, mantenía empecinado un sueño ligero, casi etéreo. Después de acomodarlo dejé en el umbral de la puerta mis zuecos con suelas de madera y pasé mis pies a unas zapatillas de lona para no hacer ruido. Si se despertaba lloraría, como siempre, con tanta intensidad que parecería querer castigarme por algo.

Durante sus sueños sentía mi pecho apretado, como si al respirar hondo el ensanche de mis pulmones conectara con sus oídos en burbujas de refrescos y lo pudiera despertar, asustándolo. Me desplazaba por la casa casi levitando, incluso podía creerse que así lo hiciera por lo escuálida que me había quedado a lo largo de los seis meses de tensión tras el parto. En esos ratos de absoluto silencio, al tiempo que mi niño soñaba, solo podía pensar en un reloj cuyas manecillas atrapaban un vacío sin llanto.

Apenas hacía diez minutos que dormía —es cierto que en días anteriores me habían venido ruidos del piso de abajo, pero lo achaqué a mi obsesión por el silencio ante sus bramidos alargados hasta enronquecer—. Entré en la cocina, con gestos medidos, a terminar el guiso y la ensalada lavada antes de dormirlo. Del grifo salía un hilillo de agua, mermado su pulso por una bayeta fina estirada sobre la base del fregadero. A esa hora cercana al mediodía el silencio apenas se sostenía con pinzas. Pronto llegarían los escolares alborotando desde el portal y mi tensión subiría de nueve a quince. Intentaba concentrarme en el verde intenso de la lechuga cuando del patio subió una voz oscura y densa, casi de eco. Sentí que la garganta se me cerraba. Me acerqué a la ventana y saqué la cabeza poniendo el dedo índice apretado contra mis labios, dejando escapar un ligero siseo, esperando como respuesta una sonrisa callada; nada más lejos de mi afán. La señora, de unos sesenta y tantos, embutida en un vestido camisero sin mangas, baja, rechoncha, sobrada de carnes por todos lados —las mismas que a mí me faltaban—, miró hacia arriba con su cara de balón playero, ojos de canica y nariz garbanzuda:

—¡Vaya, qué joven eres! —exclamó—. Soy Dolores Beltrán, tu nueva vecina —vocalizó con sus gruesos labios, como si hablase a una sorda.

—Hable más bajo, o mejor, no hable —rogué en susurro.

—¿Qué dices?

—Nada—. Metí la cabeza dentro y cerré la cristalera.

—¡Menuda estúpida! ¿Qué se habrá creído? —argumentó tan alto y profundo que su voz pareció salir de un túnel.

Noté que mis piernas temblaban. Fui al salón, me senté y eché la cabeza hacia atrás. Sentí la sangre irse a los pies. El niño seguía dormido. En un acto irracional me tapé los oídos con las manos creyendo que si yo no oía, él tampoco.

Minutos más tarde, me pareció oír un arrastre metálico por las baldosas rojizas del patio que me hizo saltar fuertes latidos del pecho. Una oleada de fuego abrasó mi cara. Me levanté del sofá y sin miramientos, a zancadas, me planté en la ventana. Abrí la cristalera y al verla trastear una barbacoa en medio del patio junto a una mesita de madera con dos cajas de sardinas sobre ella, le dije del tirón:

—La voy a denunciar a la policía. Esto es un ojo de luz, no un patio cualquiera. La inquilina anterior abrió esa puerta bajo mi ventana sin mi permiso, ¿sabe usted?, y una vez hecha no quise pleitear. Pero de eso a que truene el patio de ruidos infernales y apeste la casa con sus sardinas va un mundo, así que si no quiere que le eche un cubo de agua sobre las brasas, haga las sardinas en su cocina, y a ser posible con la ventana cerrada.

Me quedé quieta con la cabeza fuera. Sentí que podía tocar con mis dedos la pared de enfrente. La rabia en mis ojos escupió a los suyos, que me miraban con incredulidad y sorpresa. Soltó las pinzas metálicas sobre las sardinas, abrió las piernas a la anchura de las caderas —para situar en línea el eje central de su cuerpo—, puso las manos a ambos lados del voluminoso vientre arrollando el delantal gris y, echando hacia arriba la barbilla grasienta, tomó aire de todo el contorno del angosto patinillo gritando como si lo hiciera desde debajo del suelo:

—¡En mi casa hago lo que me da la gana!

En ese instante mi niño empezó a llorar sobrepasando el grito de ella. La dejé con la palabra en el aire, fui al dormitorio, cogí al niño al que con la boca abierta de par en par no se le veían los ojos. Agarré las llaves, bajé al piso de la tal Dolores y toqué el timbre. Al principio no quería abrir; entonces grité aunque menos fuerte que ella por falta de costumbre:

—¡Abra! ¡Sea valiente!

Mientras, el niño, con tanto traqueteo, gritos y desconcierto, se había callado; parecía querer aprender de lo que escuchaba para luego martirizarme aún más.

—¿Valiente?, ¿qué es eso de valiente? —inquirió tras abrir la puerta sin turbación alguna en su oronda cara.

—Nada —contesté con cierta maldad en los ojos—. Usted se queda con el niño hasta que venga mi marido. —Le planté el niño contra su voluminoso pecho y pillada en sorpresa lo cogió—. Luego vengo a por él —sentencié cerca ya de las escaleras mientras pensaba que la felicidad está en un lugar solitario y, sobre todo, silencioso.

 

 

Marcela Guerrero o la defensa del arte relegado

 

Por CRISTHINE FÉLIX GARCÍA

Aprovechando la reciente celebración del día Internacional de la mujer,  nada mejor que acercarse al arte del siglo XX y XXI para observar la dificultad que tienen las mujeres, simplemente por el hecho de serlo, para abrirse camino en este campo. Muestra de ello es el esfuerzo que están realizando diferentes colectivos e instituciones, hoy en día,  para lograr la visibilidad de tantas mujeres que han quedado relegadas a un segundo plano en el panorama artístico por motivos de desigualdad de género. Y expreso relegadas apelando al sentido etimológico de esta palabra usada ya en tiempos de los romanos: “desterrar a un ciudadano sin privarlo de los derechos de tal”.   Y es que  crear y trabajar siendo invisible no es dejar de formar parte de la urdimbre social pero sí supone el destierro de aquello que da sentido a la vida de un artista: su obra.

Sin embargo, algo está cambiando poco a poco. El pasado 26 de febrero, el Ateneo de Málaga en colaboración con el consulado de EEUU, ofreció un coloquio a cargo de  Marcela Guerrero, comisaria del Museo Whitney de Nueva York, acompañada de Yolanda Ochando Ordóñez, galerista, y Cristina Savage, artista.

Como muy bien explicó Marcela Guerrero,  Radical Women: Latin American Art, 1960 – 1985,  fue y  es un proyecto que supone un punto de inflexión en la perspectiva de género en Latinoamérica. En este trabajo de recopilación y recuperación  de obras artísticas no solo se muestran las obras de mujeres nacidas en países de habla hispana sino también abarca todas aquellas artistas nacidas en EEUU de origen latino. El elemento de unión que agrupa estos  nombres femeninos  es un adjetivo: radical. De ahí que la exposición en torno a la que giraba la charla fuese RADICAL WOMEN. Quizá este adjetivo  no fuese necesario si no hablásemos de una minoría.  Tampoco sería necesaria una exposición, ni una charla de este tipo si estas artistas tuvieran “una habitación propia”, pero la realidad americana no es así.  ¿Cuántas mujeres  desde los años 80  hasta hoy presentan sus trabajos en un museo?, ¿cuántas de ellas son latinas? Escuchar a Marcela Guerrero también me hizo reflexionar que estas mismas cuestiones también eran extrapolables al arte europeo y, sobre todo, a España: ¿cuántas artistas reconocidas  presentan hoy  sus obras en los museos españoles?

Esta exposición, que se llevó a cabo en el Hammer Museum de Los Ángeles en el año 2017,  presentó a 120 mujeres que en su momento supieron cuestionar la política,  la identidad, la vulnerabilidad del cuerpo y los roles normativizados a través de técnicas novedosas, distintas o poco trabajadas hasta ese momento. Es por eso que Radical Women se ha convertido en un legado histórico que ha posibilitado el rescate y reconocimiento de la producción artística femenina a partir del boom del arte contemporáneo: Judy Baca,  Isabel Castro, Catalina Parra,  Ana Mendieta, Sonia Gutiérrez, Olga Blinder, Lotty Rosenfeld, Gloria Camiruaga, Ana Vitoria Mussi son un ejemplo de la variedad temática que conforman  una única voz, la voz de las mujeres.  Y no hay mayor riqueza que su canto a la libertad artística y al deseo de no sólo cuestionar el mundo, sino vivir en él.

 

El Ateneo de Málaga dio el pistoletazo de salida al MaF 2019 con el coloquio ‘Feminismo Latino: Mujeres Artistas latinas en EEUU’, que tuvo lugar entre Marcela Guerrero (Whitney Museum of American Art), la galerista Yolanda Ochando y la artista Cristina Savage.

 

Grupo Literario Las tardes de Atenea

Audio-teatro: Cómo dinamitar una amistad con mucho ARTE

“Blanco sobre blanco”, del pintor ruso Malevich

 

Por VICKY MOLINA Y PEDRO FERNÁN

Yasmina Reza. Francesa. 59 años. Origen judío. De padres originales, extranjeros y un poco locos. Tuvo una cuidadora española que la llevó temporadas a su apartamento en Málaga. Esto le inspiró la película “Chicas”, interpretada por Carmen Maura. Estudió teatro en París en la escuela internacional de Jacques Lecoq. Después de ser actriz de cine y teatro, debutó como escritora con la novela “Conversaciones tras un entierro” (1987). También destacaremos su ensayo, tras un año durante campaña presidencial francesa convertida en la sombra de Nicolas Sarkozy, de quien afirma que la acción continua le salva de la angustia. Este ensayo es “El alba, la tarde y la noche”. También citar “Un Dios Salvaje”, llevada al cine por Roman Polanski, con quien dio forma al guión.

 

Pero nos detenemos en 1994. Año del estreno de la pieza teatral “Arte”, probablemente la obra de un autor, autora en este caso, más representada del mundo. A pesar de las risas que despierta en el patio de butacas, la escritora no le encuentra nada cómico a la historia, que lanza una granada de mano al centro mismo de la amistad. Reza se inspiró hace alrededor de 25 años en el cuadro “Blanco sobre blanco”, del pintor ruso Malevich para escribir este texto, a través del que se plantea lo difícil de entender “qué es una pieza de arte o lo que significa la amistad”, dice la propia autora.

Arte llegó a España en 1998, en el Teatro Marquina de la mano del actor y director Joseph María Flotats. En 2017, los kamikazes de Miguel del Arco volvieron a llevarla a escena en el teatro Pavón.

¿Son nuestros amigos lo fue creemos que son?

Sergio, un amante del arte contemporáneo, compra por una cantidad escandalosa de dinero un extraño cuadro del maestro Antrios, consistente en una simple tela blanca. A partir de esta situación, la reflexión está servida.

Escuchen el monólogo de Marcos, uno de los amigos de Sergio, a través de la magistral y atribulada interpretación de Pedro Fernán. Pinchen el enlace y escuchen este fragmento de Arte:

 

 

Pedro Fernán es Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga.

 

Grupo Literario Las Tardes de Atenea

Tras los pasos de Antonio Machado

Por ADA VALERO

Todos los veintidós de febrero, invariablemente, dedico mi clase de Lengua a la memoria del poeta sevillano enterrado en Colliure. Suelo llevar al aula la biografía escrita por Ian Gibson, Ligero de equipaje, y empiezo mostrando las fotos que reúne en su interior: un joven Antonio, de estatura todavía esbelta, junto a Leonor con su cara de niña; luego don Antonio, viudo grueso, con sombrero y bastón, y más tarde ese hombre prematuramente envejecido a punto de cruzar los Pirineos nevados, rumbo al exilio, rumbo a la muerte frente al mar francés, en Colliure, compartiendo destino con tantos derrotados que huían de España en 1939 para alejarse de la venganza de los vencedores, sin sospechar que acabarían confinados en insalubres campos de refugiados, en playas rodeadas de alambradas donde el frío, la humedad, los piojos y las penurias de la huida completaban su devastación.

Fantaseo a menudo con organizar una ruta machadiana para mis alumnos, llevarlos al patio de Sevilla donde madura el limonero, y de allí al Madrid de su juventud en la Institución Libre de Enseñanza, en los años del simbolismo becqueriano e intimista de las Soledades y su ampliación en Soledades, galerías y otros poemas. Llevaría a mis alumnos a continuación a tierras de Soria, y recrearía con ellos el encuentro fundacional del poeta con Castilla, con la meseta fría y sobria, tan acorde a su temperamento. Visitaríamos después la austera habitación que ocupó en la pensión regentada por los tíos de la que, recién cumplidos los quince años, sería su mujer, Leonor Izquierdo. Tendría en ese momento que contrarrestar los comentarios ofensivos de mis alumnos, sorprendidos por la diferencia de edad de los novios (Antonio Machado contaba entonces treinta y cuatro años) pintándoles la malograda historia de amor con los versos inmortales nacidos a raíz de la enfermedad de la joven y de su temprana muerte, tres años después, a causa de la tuberculosis descubierta en París, adonde viajó el matrimonio gracias a una beca para una ampliación de estudios. Cuenta Ian Gibson que Rubén Darío les dio el dinero para costear el regreso de la pareja a Soria. Era el verano de 1911; un año después, mientras salían a la luz los versos de Campos de Castilla, en agosto de 1912, fallecía Leonor, dejando a Machado devastado por la pérdida. Viajaríamos a Baeza entonces, adonde se trasladó el poeta llevando consigo el recuerdo de Leonor y de Castilla. Son los años en los que el poeta se dedica al estudio de la Filosofía; amplió Campos de Castilla en 1917, con una serie de poemas en recuerdo de Leonor:

Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños…

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste cansado, pensativo y viejo.

 

 

Su siguiente obra poética, Nuevas canciones, no aparecería hasta 1924. En el nuevo libro, además del recuerdo de Leonor (Mi corazón está donde ha nacido, / no a la vida, al amor, cerca del Duero… / ¡El muro blanco y el ciprés erguido!) abundan esas composiciones breves, fruto de sus intereses filosóficos, que recogió bajo el título de Proverbios y cantares.

El viaje tras los pasos de Machado continuaría de nuevo por Madrid y por Segovia, ciudad donde conoció a Pilar de Valderrama, mujer casada a la que cantó en sus versos bajo el nombre de Guiomar. El estallido de la guerra separó a la pareja:

De mar a mar entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú, asomada, Guiomar, a un finisterre,
miras hacia otro mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.
La guerra dio al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de tu llama
y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.

 

Tras Madrid, vendría Valencia y tras Valencia, Barcelona y de Barcelona a Colliure. En mi fantasía, los alumnos y yo llevamos cartas para depositar en el buzón que hay instalado junto a la tumba del poeta. En la mía le diría que sus versos educaron mi sensibilidad estética, que doy por bien pagada mi vocación acercando su poesía a mis alumnos  y que siempre, pero hoy, más que nunca, tiene sentido su palabra en el tiempo: para dialogar, / preguntad primero; / después… escuchad.

 

Grupo Literario Las Tardes de Atenea

EL INVIERNO

Por ADA VALERO

El invierno

deja su escarcha afilada

en la carne voraz de la impaciencia.

Todo y nada consumidos

en la intemperie de la noche a solas,

en el enredo tristemente deshecho,

en la ávida codicia

que malogran los cuerpos indolentes.

Pero tengo diez dedos,

dos ojos,

mil palabras

para llegar al porvenir y en su cobijo

dibujar cavidades

a la medida exacta de mis huesos.

No hay reposo:

esta columna vive

sostenida en la rabia,

dedicada al coraje capaz de deshacer

el hielo de las noches,

romper su filo hiriente

antes de que se clave en las arterias:

morder la impavidez de su designio.

Con mil palabras,

con estos ojos,

con este sexo

que habla de la humedad triunfante

que adorna los helechos

donde aguarda la suerte…

Y el desafío de esta frente alzada.

Y un corazón tenaz,

aliado del silencio.

Grupo Literario Las Tardes de Atenea

 

Escaleras interminables y pompas de jabón

Por CHRISTINE FÉLIX GARCÍA

La ciudad moderna: una construcción artificial que conlleva  bullicio, luces, libertad aunque también  puede convertirse en costra, fatiga o extrañeza. Las ciudades crecen en el siglo XXI de manera arrolladora, tanto que a veces son capaces de engullir a sus habitantes,  entonces ¿qué nos hace querer vivir en ellas, soñar con sus latidos como si sus calles fueran arterias que buscan un corazón a veces sangrante? Delphine de Vigan lo sabe y en Las horas subterráneas nos adentramos en la capital francesa a través de dos personajes que recorren sus calles sin tregua luchando por entender lo que les está sucediendo. Y es que, tras un hermoso ventanal de cristal y acero, el acoso serpenteante en el trabajo o el amor no correspondido, pueden desbaratar a las personas, mientras los ojos más cercanos callan silenciosos.

 

 Las horas subterráneas-págs 63 y 64

En el momento en que la puerta se cierra tras ella, Mathilde hunde la mano en su bolso hasta sentir el contacto del metal. Siempre tiene miedo de olvidar algo, las llaves, el teléfono, el monedero, su abono de transporte.

Antes no. Antes no sentía miedo. Antes era ligera, no necesitaba verificar. Los objetos no se escapaban a su atención, participaban de un movimiento de conjunto, un movimiento natural, fluido. Antes, los objetos no resbalaban de los muebles, no se volcaban, no suponían un obstáculo.

            No ha llamado. Desde que su médico general se jubiló, no tiene médico de familia. En el momento de marcar el número que acaba de encontrar en Internet, le pareció que aquello no tenía sentido. No está enferma. Está cansada. Como cientos de personas con las que se cruza cada día. Entonces, ¿qué derecho tenía? ¿Qué pretexto? Hacer venir a alguien que no conocía. No habría sabido qué decirle. Decir simplemente: “No puedo más”.Y cerrar los ojos.

  ……………                                                                                                                                                    pág 151

  Esta vez es él el que ha perdido. Ama una mujer que no le quiere. ¿Acaso no existe algo más violento que ese hecho, esa impotencia? ¿Acaso no existe pena peor, peor enfermedad?

 No, sabe bien que no. Es ridículo. Es falso.

            El fracaso amoroso no es ni más ni menos que un cálculo alojado en los riñones. Del tamaño de un grano de arena, de un guisante, de una canica o de una pelota de golf, una cristalización de sustancias químicas susceptibles de provocar un fuerte dolor, incluso insoportable. Un dolor que acaba siempre por desaparecer.

             No se ha quitado el cinturón de seguridad. Tras el parabrisas, mira la ciudad. Esa danza incesante de colores de primavera. Una bolsa de plástico vacía que bailan el desagüe. Un hombre curvado la entrada de la oficina de correos que nadie parece ver. Hombres y mujeres que entran en un banco, que se cruzan en un paso de peatones. Mira la ciudad, Esa superposición de movimientos. Ese territorio infinito de intersecciones donde los encuentros no se producen.

  

 

Delphine de Vigan, Las horas subterráneas,

Traducción: Juan Carlos Durán,

Editorial Suma De Letras, Madrid 2010

 *Fotografías:  Christine Félix García

  

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