AL FONDO DEL DESVÁN: La Paloma

 

Por Mitchie Martín

La planta más alta del edificio San Telmo nunca está desierta. Aunque no haya nadie, ni en la más profunda quietud de la noche es posible sentirse solo ahí. Lo sabes cuando oyes el crujir de las puertas de madera o cuando te sobresalta el aleteo de una paloma que rompe el silencio nocturno. Incluso cuando, subiendo las escaleras hacia el último piso, el busto de una mujer señala con su mirada casi perdida la puerta que vas a cruzar.

Es una puerta enorme. A pesar de su tamaño, es sorprendentemente ligera. Las sombras inquietas de las palomas que habitan el tejado interrumpen intermitentemente la luz de la luna que entra por los ventanales, dejando intuir una gran silueta que vigila desde el final de la estancia.

Una figura extraña e imponente muestra sus fauces con la boca bien abierta. Su cabeza es extraña, ridículamente descompensada con el gran volumen de su cuerpo y coronada con un único y enorme ojo que atraviesa a todo aquel que entra en su territorio.

Papel maché, tela y alambre es lo único que aguarda allí arriba. Aquella figura que en las sombras se contemplaba sólida e intimidante se convierte a la luz del día en un muñeco de estructura frágil. Los alambres que lo sujetan a la pared no protegen al visitante del ataque de la bestia, que se va haciendo más débil cuanto más te acercas a ella.

En realidad esta escultura guarda un aura revolucionaria. Enrique Brinkmann dio vida a este “muñeco”, como le gusta denominar a los trabajos de la serie a la que pertenece esta obra, bajo el encargo de la galería Vandrés de Madrid a principios de los setenta. Fernando Vijande, su fundador, organizó una exposición con la intención de hacer un homenaje a Pablo Picasso. En la España de entonces, Vijande necesitó sortear la censura que ya le había afectado años antes cuando lo procesaron tras la intervención de la policía para retirar numerosas obras de su galería. Bajo el título “La Paloma”, reunió a un grupo de artistas que conocían sus intenciones y apoyaban su causa.

Ensalzar la figura de Picasso significaba echar sal en la herida del orgullo franquista. Defensor de la República durante la Guerra Civil, fue perseguido cuando Francisco Franco tomó el poder. Aun desde Francia, el malagueño no dejó de manifestar su rechazo por la Dictadura, como ya lo hizo durante el transcurso de la guerra a través de su arte.

El Régimen utilizó el miedo como arma contra los disidentes y una ilusión de paz social para acallar a las masas. La Dictadura era una gran bestia a la que temer. Nada de ideas que cuestionasen sus principios o sus normas, de lo contrario habría un castigo. Y castigando es como esa bestia se hacía más temible para el pueblo. Se alimentaba del miedo para hacerse aún más grande e imponente. Imponente pero frágil, como el muñeco de Brinkmann.

Fernando Vijande cuestionó su poder, no tuvo miedo a la bestia. Tampoco Enrique Brinkmann, ni ninguno de los artistas que se enfrentaron con osadía a la dictadura con “La Paloma”. Un símbolo de paz que se alzó como un arma de guerra contra la opresión. Ahora uno de los soldados que libraron esa batalla descansa en la Pinacoteca del Ateneo protegiéndola con su presencia.

 

‘Al fondo del desván’ es un rincón de este blog en el que el protagonista es el Fondo Ateneo. En él reseñaré las obras de la colección, les dedicaré críticas o contaré historias a través de ellas. Ha llegado el momento de conocer lo que se esconde al fondo del desván.

Mitchie Martín es colaboradora del Área de Artes Plásticas y Audiovisuales del Ateneo de Málaga, así como del Área de Patrimonio Artístico, donde nace este proyecto.

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