ANDERSEN LLORA (“El patito feo” para adultos)

Texto seleccionado en el Club de Escritores “Párrafos Atenienses”, que se reúnen semanalmente en el Ateneo de Málaga

 

Por ASUNCIÓN CABELLO LÓPEZ

 Sol ardiente de agosto caía con virulencia sobre montes altos y encrespados, cercando a La Granja Luden, al tiempo que la pata más engreída de la parvada empollaba siete huevos. Veintiocho días después vio salir, entre cáscaras fragmentadas, seis magníficos ejemplares que casi la matan de placer ante tanta perfección, cayéndosele la baba frente a sus compañeras, menos agraciadas que ella, a las que comentó, estirando el cuello ¡No se puede ser más feliz!; sin observar que aún le faltaba el séptimo por nacer. Nunca hubiera imaginado un castigo mayor que ver al último de su estirpe: cabezón, larguirucho, escuálido, sin plumas, bizco; buscándola con frenético amor. La humillada no pudo satisfacer el deseo al recién nacido, al que mostró indiferencia, miró hacia otro lado, escupió alejándose de él. Más tarde se acercó pomposa a sus bienaventurados bajitos, redondos, chillones. Helando las exiguas carnes del repudiado.

Seis consanguíneos perfectos, según ley, cargaban maldad adulta hacia el diferente del ADN de la madre. No tardaron ni una hora en compincharse para infringir al inadaptado sufrimientos intolerables gritando: asqueroso, cara culo, peste de cloaca, hocícate en el barro, aguanta zancadillas, chinazos en la cabeza. ¡Feo!

El despreciado, ante tanta mala leche, comenzó a esconderse detrás del granero, bajo algunos arbolillos, entre matorrales. Dejó de comer, de dormir, hasta que, harto de una familia tan perversa, ideó venganza de sangre.

Durante un tiempo se ocultó a los suyos e investigó las posibilidades del lugar.

La primera noche sin luna de un septiembre sombrío salió de detrás del granero, entró en la casa, cogió las cerillas de la dueña del corral con el pico, abrió el gas que caldeaba gran parte de la granja, encendió un fósforo raspándole la cabeza contra las baldosas y salió fuera meneando la cajetilla como sonajero. En minutos, el fuego se extendió de dentro afuera lanzando llamas altas, alumbrando al huido. La pata, protectora siempre de sus empollados bellos, vio al Feo correr patoso hacia la alambrada, colarse por un agujero camuflado entre la maleza. ¡Maldito!

El matricida, fuera de la quema, miró al cielo cubierto de humo tan oscuro como el corazón de su madre. Siguió campo través sin descanso, trastabillando sus dedos pegados, cayendo de bruces, gritando ¡No soy malo, ella y mis hermanos merecen morir!

El camino le pareció jungla de bichos: garrapatas, culebras, ratones. ¡¿Es que no hay en el mundo un lugar para mí?! La noche densa sin nada en el cielo lo abrumaba. Temía estrellarse contra un árbol, un peñasco, caer en una trampa. ¡Ayuda!

Con la ansiedad del solitario vio amanecer lentamente, miró a su alrededor sin ver más que soledad de bosque. El frío del alba atravesó sus escasas plumas. A punto de agotar sus fuerzas encontró una cabaña entre pinares. Se acercó al portalón de madera oscura y golpeó con la frente dos veces. Abrió una anciana soñolienta, apoyada en un bastón de metal con puño de cabeza de perro. ¿Quién es?

Nada más verlo dobló la cintura, pasó la mano por las sucias plumas carentes de amor de madre, sin percatarse de que provocaba en el visitante afecto total. El Feo se dejó acariciar. ¡Cuánto placer me tenía reservado el destino!

El primer mes de convivencia, la vieja lo atiborró de nueces, semillas, granos de alto valor calórico. ¡Come cariño, que estás muy flaco!

La víspera de Halloween le llegó al olfato un olor exquisito que alertó su curiosidad. Sin previo aviso saltó a la encimera, desde allí vio hervir, en la olla grande, todo tipo de verduras. ¿Solo verduras? Mal presentimiento agarró su corazón envenenado tiempo atrás por el rechazo de su madre biológica. Tenía que saber qué clase de proteína echaría al caldo. Minutos después la enlutada entró, dejó el bastón con cabeza de perro apoyado en el marco, fue al cajón de la mesa alta, cogió un cuchillo de carnicero, agarró el pescuezo del adoptado, se sentó en la banqueta vieja, lo subió a sus faldas, lo miró desde arriba. El Feo, impactado por tan mal querer, pataleó, roncó, abrió al límite su pastulado pico. La inquilina apretó y apretó cuanto pudo doblando sus huesudas manos. De golpe, sin saber cómo, el Feo se soltó, saltó al suelo ajedrezado, brincó hasta la hornilla, empujó la olla a la cara de la asesina, derramándola entera. Chillidos atroces salieron de la desdentada boca. Cabrioló a un ladrillo negro, corrió torpemente hacia la puerta, arrastró el bastón con su pico plano hasta ella que seguía chillando, buscando a tientas mantequilla para untar en su achicharrada cara. Sin dar tiempo a más, le metió hasta la tráquea la cabeza de perro hasta asfixiarla.

Tras tanta violencia y decepción, salió de allí más asesino que nunca. Deambuló por caminos solitarios, comió insectos, yerbajos; tuvo miedo, sintió dolor, amargura.

Después de varios días perdido por senderos turbios colmados de cazadores, esquivados gracias a su desarrollado sentido de supervivencia, encontró una cueva vacía. ¡Aquí me quedaré, lejos de todo! Así pasó el invierno, sin más calor que los amaneceres anunciadores del nuevo día. Una mañana olió la primavera en la oquedad de su casa. ¡No moriré aquí, solo, haré frente a mi destino!

Tras semanas caminando desorientado, sin querer pensar en suicidio, sintió un sol suave calentar sus plumas. Horas más tarde vio un lugar extraordinario: Coto Lucena, Patrimonio de la Humanidad.  ¡Vaya!

Entró despacio, mirando alrededor. Varios cisnes en pareja paseando amistosamente, se acercaron y le ofrecieron asilo. Sin fe más que en sí mismo, temiendo otra maldad sin merecerla, buscó la salida a carrera junto al estanque. Al mirar el agua vio un bello cisne corriendo a su par. De pronto se le hizo la luz: ¡Ya sé, aquella desnaturalizada no era mi madre, ni sus malditos hijos mis hermanos; alguien me dejó allí por error! No tengo qué justificar mis asesinatos. Es más, si alguno de estos engreídos intenta hacerme daño le pego fuego al Coto Lucena.

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