CUENTO DE NAVIDAD

Por Mitchie Martín

La noche anterior había sido más divertida que otras.

Nochebuena siempre animaba especialmente el hall y a Mara le encantaba ver cómo pasaba la gente. De hecho, los días en los que la cosa estaba más parada y no había muchos huéspedes en el hotel se aburría mucho. Entonces siempre recurría a sus libros.

Le gustaba observar a las personas. A veces alguien le saludaba o le sonreía, aunque normalmente ni siquiera se daban cuenta de la presencia de la niña que clavaba la mirada en ellos desde uno de los sofás de al lado de la recepción.

Primero, les analizaba con sus enormes ojos verdes. Luego, imaginaba cómo serían sus vidas: por qué se alojarían allí, con quién iban a encontrarse cuando salían por la puerta o incluso fantaseaba sobre cómo se ganaban la vida.

Había visto muchos árboles de Navidad. Cada hotel lo decoraba de una forma completamente diferente al de los demás. Si daba con algún empleado agradable donde se estuviera quedando, le pedía por favor que le dejase ayudar a poner las bolas de la parte de abajo. Las que tenían purpurina eran sus favoritas. Nunca le dejaban subirse a las escaleras para adornar las ramas más altas ni poner la estrella, pero a ella le daba igual, le bastaba con participar.

Creía que el árbol era cosa de hoteles y centros comerciales. Las pocas veces que había estado en su casa por Navidad no había visto ninguno y, como estudiaba con una profesora particular, no tenía amigos a los que preguntar. Tampoco solía hablar con desconocidos, pero, una vez, el hijo pequeño de unos huéspedes en uno de los hoteles en los que había estado le dijo que ellos también ponían un abeto en el salón de su casa. Mara no terminó de creerle. ¿Cómo iba a meter un árbol tan grande en una casa? O le estaba mintiendo, o el niño tendría que vivir en una mansión gigantesca.

La mañana del 25 de diciembre era su momento favorito. Veía a los niños correteando por todo el edificio con sus juguetes nuevos y a los mayores luciendo la ropa que les había traído Papá Noel.

Cuando su madre se acordaba, le dejaba un regalo en la cama de la habitación, aunque nunca acertaba con el contenido. Ella pensaba que, como nunca se habían visto en persona, el señor de la barba blanca no la conocía muy bien y que por eso no le ponía mucho cariño a lo que le mandaba, así que mejor no se hacía ilusiones.

Cuando se despertó aquella mañana, Mara no encontró ningún regalo en la cama vacía de al lado. Solo había un pijama arrojado de forma apresurada y una agenda abierta con un sinfín de citas escritas en la página del día.

Rauda y veloz, la niña se calzó sus zapatillas de conejitos amarillos y bajó en pijama al hall saltando las escaleras de dos en dos. Llegó a la recepción, se sentó en el suelo a los pies del árbol y allí se quedó toda la mañana, viendo con una sonrisa de oreja a oreja cómo todo el mundo disfrutaba de sus regalos. Así le hacía feliz a ella pasar su Navidad.

 

‘Al fondo del desván’ es un rincón de este blog en el que el protagonista es el Fondo Ateneo. En él reseñaré las obras de la colección, les dedicaré críticas o contaré historias a través de ellas. Ha llegado el momento de conocer lo que se esconde al fondo del desván.

Mitchie Martín es colaboradora del Área de Artes Plásticas y Audiovisuales del Ateneo de Málaga, así como del Área de Patrimonio Artístico, donde nace este proyecto.

Foto:  ‘Sin título’ de María del Carmen Gordillo Romero | Catálogo del Fondo Ateneo

Etiquetas: , , , , , , , , ,

Haga un comentario

*