Desnudos: exposición de Soledad Fernández, por Antonio Abad

Si el medio es la realidad, desde la vieja objetividad renacentista, reproduzcamos la representación de los objetos que se puedan ver y tocar. Desde este positivismo óptico es como, en principio, Soledad Fernández parece concebir una pintura esencialmente realista que trata de trasladar al cuadro la exactitud de las cosas. Pero su alcance estilístico y su vocación creadora van más allá.

La ciudad. Óleo sobre tela, 130 x 162 cm.

Soledad Fernández no solo pinta lo que perciben sus ojos, ni traslada a sus telas o al papel una visualización casi fotográfica de un mundo concreto, sino que contempla al mismo tiempo la verdad interior de todo lo que le rodea. Su obra, por lo tanto, es una simbiosis entre lo natural y su compromiso artístico, entre la formalización del objeto y la emoción que dicho objeto le suscita. Digamos que junto a un realismo radical todas sus figuras, dentro de los aspectos formales y de significación que cada una comporta, también son portadoras de ideas y de actos; es decir, expresan sin ambages apariencias de vida.

Estos señalamientos conviene apuntarlos para alejar del espectador la impronta de un aparente hiperrealismo que pueda suscitar una propuesta como la suya.

Es cierto que bajo la soberbia ejecución de sus composiciones y su obsesión en el reproducción precisa de los detalles nos puede llevar a ello. Mas digamos que en sus cuadros, el desnudo –el desnudo femenino, sobre todo– representa una imagen del cuerpo que emerge de la concepción racionalista de la naturaleza alejada de cualquier prejuicio religioso o moral. En este sentido se pinta lo que se ve y a su vez se pinta lo necesario. La mujer representada en sus cuadros significa y se significa a sí misma en toda su extensión, como objeto observado y como portadora de su esencialidad específica. Eso le permite a Soledad Fernández renunciar al idealismo pictórico de otras épocas en torno a la representación de la figura femenina, trasladando a sus cuadros la sutil sensualidad que emerge de las modelos que posan para ella.

Precisamente esto sea el rasgo más caracterizador de toda su pintura. Sus desnudos propenden a la expresión de cualquier individualidad en su gozosa plenitud. Son cuerpos que se nos muestran en atrevidos escorzos, en una escenografía de papeles de embalajes, plásticos, mallas, periódicos… que configuran un espacio envolvente a partir de los materiales más rutinarios donde las texturas de las carnaciones fluyen en todo su esplendor. Son cuerpos que en su afán de credibilidad se funden en su propia contemplación y se rigen por una atmósfera de quietud y silencio como si el tiempo los hubiera detenido.

A veces la despersonalización de sus rostros, lo anónimo de sus semblantes encierran una carga simbólica que le sirve para subrayar lo evanescente y la capacidad evocadora de toda ocultación. El espectador tiene que intuir su identidad, adentrarse en el misterio que encierra dicha despersonalización, o averiguar en lo escondido los signos de irrealidad que la realidad contiene.

Pero todos estos aspectos de la pintura de Soledad Fernández no serían tales sin el rigor de su esmerado dibujo, su gran sentido del color, y su interés por la luz para captar la realidad visible y su experiencia más directa.

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