Discurso de Guillermo Busutil en la entrega de Medallas del Ateneo

Guillermo Busutil, escritor y periodista, con Juan Gaitán.

 Dijo Camus que el éxito es fácil de obtener, que lo difícil es merecerlo. Y de acuerdo con mi maestro, agradezco en mayor medida al Ateneo y a su Junta el haberme hecho protagonista de este galardón. Un honor y una complicidad porque desde que llegué a esta ciudad hace 29 años el Ateneo fue y es uno de mis puntos de encuentro, de participación y de amistad por sus valores cívicos y la naturaleza del diálogo. Un agradecimiento extensible a los amigos que tengo en esta casa, a los que me acompañan hoy, y a mi familia que siempre está al lado y detrás, con generosidad, abrigo y como imprescindible toma de tierra. Ahora viene lo más difícil: No defraudaros, y seguir en pie firme, con voz republicana, libertad en la mirada y en la mano como escritor y periodista, mis dos maneras de estar en el mundo y en defensa de un pensamiento activo, con sentido de la búsqueda, más allá de lo que la actualidad orla, humanista e insumiso, independiente, riguroso y veraz en el debate y en las propuestas, igual que comprometido con un lenguaje que no esté deshabitado, que no sea metralla ideológica, ni eyaculaciones exprés en 140 caracteres.

Blaise Pascal señaló allá por el año mil seiscientos y pico que la gente lo que quiere es distraerse y escapar de la obligación de pensar. Sentencia llamativa por su actualidad en este presente del desmantelamiento de los valores de la Ilustración, (sirva de ejemplo la supresión del sistema educativo de la Filosofía y de la Literatura) y en el que, como señaló Zygmunt Bauman, los centros comerciales son como farmacias, y consumir se ha convertido en un tranquilizante moral. Un diagnóstico al que sumo la imposición política de que elevar al cielo negocios privados de escasa transparencia, avalados por tópicos del bien común y manipulaciones informativas de todo tipo, resulte ser sinónimo de progreso, de excelencia y singularidad.

Llevan razón Pascal y Bauman. No está de moda pensar, ni hurgar en los porqués de los males e incertidumbres de hoy: la lujuria del siglo XXI que es la corrupción, la codicia del yo, la regresión de derechos, la aceptación del miedo como conformidad, el auge de una sociedad hipnotizada por el vértigo del presente continuo en el mundo zapping de las redes. Tampoco se nos permite demasiado disentir de esa verdad que los poderes políticos y los grupos de intereses económicos están convirtiendo en un no lugar, en la impostura de llamar a la mentira posverdad. Esta realidad ha venido para quedarse y está respaldada por el discurso neoliberal y la globalización orwelliana. Nuestro futuro depende de nuestra capacidad de discrepar, de la función transformadora de la cultura, de la respuesta activa de los intelectuales y la ciudadanía, del coraje de la crítica como asunto moral. Los principios en los que creo, que también son ateneistas y que me estimulan para hacer y compartir una literatura con estética y conciencia, y un periodismo, respaldado por buenos medios de comunicación, que analice, argumente y plantee preguntas contra las injusticias, la falta de responsabilidad ética y social de nuestros políticos, la amenaza de los populismos y la destrucción de una economía moral. Sin la voz ni la conciencia de ese periodismo lo real se desarma, la memoria se silencia y la libertad no se mueve.

Escribió Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez, y el horizonte se corre más allá. Por mucho que camine nunca lo alcanzaré. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Ese es mi compromiso, y a eso es a lo que les invito en esta tarde de felicitación al resto de mis compañeros premiados, de agradecimiento al Ateneo, y a la atención que han prestado al orgullo, humildad y honestidad de mi trabajo, sobre el que les he contado.

Gracias, muchas gracias.

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