El biombo de Gabriel Padilla, del gozo creador y su reverso. Por Francisco Chica

Con ecos de Ceesepe, Mariscal y el Hortelano o de los transgresores sonidos de Culture Club, el biombo de Gabriel Padilla (Málaga, 1949) ocupa uno de los espacios más alegres y vistosos del Ateneo malagueño, lugar donde el artista  llevó a cabo su primera exposición individual en 1980. En la línea divisoria entre el bar y la cafetería, sus mamparas dialogan desde hace años con su peculiar vecina, la  airosa barra tallada por Frank Rebajes. Uno enfrente del otro, los dos apuestan por la juventud y la renovación de ideas, permaneciendo alertas contra cualquier intento de involución que pueda amenazar la casa. La  simbología que encarnan juntos conecta bien con el lema que preside la nueva fase del Ateneo, repleto hoy de caras nuevas y  nuevos planteamientos.

¿Cómo llegó aquí la pieza que comentamos?, ¿cuándo y por qué se hizo?, ¿qué significa? Testigos de muchos años de conversaciones ateneístas, los personajes que Padilla plasmó en su biombo nos miran hoy con cara de descreimiento, y desde una soledad que parece lamentar nuestro tradicional miedo a ejercer la independencia de criterio y, a la postre, cualquier tipo de liberalismo, término unitario y contundente que está muy lejos de poder ser desterrado en la actualidad como algunos quisieran. Mirándonos de soslayo y melancólicos en ocasiones, sus retratos reflejan la dificultad para pensar (o mejor aún, para reflexionar) que a veces nos coarta, y a Málaga con demasiada frecuencia. Conectan también, por lo que lo conozco, con el carácter y la peculiar cachaza del artista.

Biombo de Gabriel Padilla. Óleo sobre madera / 229x150 cm. / Fecha de realización: 1994

Biombo de Gabriel Padilla. Óleo sobre madera / 229×150 cm. / Fecha de realización: 1994

  Fechado en marzo de 1994, el biombo (tal como consta en la dedicatoria que figura en su cara posterior) está dedicado al Ateneo y fue un encargo que le hizo a Padilla el que fuera su presidente y amigo suyo Jesús Pérez-Lanzac. El  Ateneo había ocupado antes otras sedes. Cuando llegué a Málaga en 1972 estaba en un edificio de la plaza del Obispo con balcones sobre la fachada de la catedral y posiblemente su local de mayor relieve. Me llevó allí el pintor granadino Claudio Sánchez Muros, que me presentó (en una ciudad de espaldas a la cultura pero que me atrapó seguramente por eso mismo) a Pablo García Baena y a Rafael Pérez Estrada, premio García Lorca de la Universidad de Granada y factotum sobre la barra del bar de cualquier acontecimiento poético que acaeciera en la ciudad. Abogado y artista en su momento de mayor creatividad, Pérez Estrada  animaba  a la generación de jóvenes que se dio a conocer en la exposición “Vida Moderna” (1983), de la que fue parte esencial Joaquín de Molina, ojo avizor muy informado que oscilaba entonces entre Berlín y Málaga y que marcó sin duda la trayectoria de Gabriel. Poco antes llegó a Málaga Juan Antonio Ramírez,  historiador del arte que aglutinó al sector más inquieto de los jóvenes artistas plásticos del momento. Fue a través de él (y de la “Ascensión del Guernica a los cielos”, happening que organizó en la plaza de la Merced en 1981) como comencé a tratar con Padilla, en conversaciones que comenzaban en el bar del instituto de Ciudad Jardín y terminaban en “Portobello”, el pub nocturno de Madre de Dios que acrisoló a los primeros punkys. Luego se alargaron en su estudio de Armengual de la Mota, en el instituto Emilio Prados y en el refugio final que fue “Luna de España”, último reclamo, con Pink, ya en los 90, de la efusiva inquietud moderna que compartíamos. Las conversaciones que mantuvimos en aquellos años, chispeantes, largas y siempre divertidas, me enseñaron mucho. Sobre todo a mirar el lado más inadvertido y provocador de las cosas, la “sublime cotidianidad de carne y hueso” que su pintura no se cansó nunca de exponer. Lejos quedaba el surrealismo que yo admiraba. Sus ensoñaciones eran de la calle, otra cosa, tal como nos había hecho ver la exposición que hizo en 1982 en la Sala de la Diputación de Málaga.

Con dos fachadas, el biombo de Padilla se despliega en cada una de ellas en tres caras, articuladas en distintas escenas. Una de las fachadas (A) constituye un claro homenaje al optimismo vital y al clasicismo renacentista, trasladado a la Málaga “lírica y paradisíaca” del 27 y recreada desde uno de sus más sensuales rincones: el  excepcional paraje del Jardín Botánico malagueño. Un lugar que Padilla convierte en mito e interpreta a su manera, con motivos recurrentes (fuentes, surtidores, basas de columna clásica, frutas, calas y angelotes) que cantan las delicias del día y alegran la vista. Sólo una fugaz lagartija -lateral izquierdo- parece amenazar el feraz idilio en el que nos encontramos. Lo curioso es que el pintor, aparentemente ajeno al mundo real, no se inventa nada, tal como puede comprobar cualquiera que se pasee hoy por el lugar que lo inspira: el maravilloso paraje de la Finca de la Concepción. La tabla  central, con la señora desnuda y entrada en carnes (espléndida como todas sus féminas) supone la apoteosis a la que responde la visión moderna del artista. Erotismo en estado puro. Inolvidable el momento en que, abrazada a sí misma y tocándose el sexo, se deja acariciar por las transparentes aguas del lago, coronada por ramas de naranjo y situada ante el templo griego que se alza sobre ella (por un instante nos hace pensar en algún mural del mexicano Diego Rivera).  Es el templo –recordémoslo- donde se guardaba la Colección Loringiana (el grupo arqueológico de esculturas más importante de Andalucía), perdida en buena parte por la desidia de los malagueños, como se perdió también el maravilloso silencio que reinaba en la finca antes de que la atravesara la horrorosa autovía que hoy la cruza. La pregunta que se hacen los visitantes sigue en pié.  ¿No pudo pasar por otro sitio?

Biombo de Gabriel Padilla.

Biombo de Gabriel Padilla.

   En la otra fachada (B), más realista y contraria en parte, el artista celebra abiertamente tres de las grandes artes: la música (con un violoncelista que deja caer al suelo sus partituras), la poesía (con la imagen al parecer de Salvador López Becerra, activo ateneísta en esos años) y, en la hoja central, la pintura, expresada a través de un inquietante autorretrato desde el que el pintor nos mira, circunspecto y en plan De Chirico, ante su caballete. Sobre el cuadriculado suelo en blanco y negro, su riguroso batín y sus grandes gafas son todo un manifiesto de sus propias dudas y del estado de guardia en que permanece. Una imagen crítica en fin que conecta, no sin ironía, con la provocadora Venus que enseña sus carnes rubenianas al otro lado del bastidor. Jugando con las antítesis y las duplicidades, el biombo supone también un  importante punto de inflexión en su carrera, alejada poco a poco de la joie de vivre de sus primeros cuadros (del punk, el cómic o las piscinas de Hockney a la incursión en los estados de ánimo expresionistas) y abocada finalmente a la decepción que le lleva a apartarse poco a poco de la pintura. Curiosamente, unos meses después de realizarlo, el Ayuntamiento de Málaga le encarga el cartel de la feria de 1994, donde nos regala otra de sus acertadas imágenes: una mujer con traje de faralaes sosteniendo la Farola en sus manos con la ayuda de un fornido Neptuno de la Malagueta que esgrime su tridente.

   Un juego mitológico similar, aunque más depurado, era el que había  llevado a cabo años antes en la que cabe considerar su obra más significativa, el Templicón, un ambicioso proyecto (arco de triunfo con función múltiple de mueble y armario) llevado a cabo por Juan Antonio Ramírez en 1983 entre Madrid y Málaga y en el que Padilla se encargó de pintar el frontón delantero, un tímpano que resolvió con una espectacular cabeza andrógina de Medusa sacando la lengua (entre Gorgona y misteriosa Isis) en torno a la que giraba una vista de Málaga nocturna con faro al fondo que repitieron luego otros artistas. Completado por Carlos Durán, Pepe Seguiri y Antonio Olveira, el programa iconográfico del Templicón fue el manifiesto que abrió las puertas a la nueva figuración malagueña. En ella militaron con especial brío Dani Muriel, Ángel Luis Calvo, Bola Barrionuevo y Diego Santos. Refiriéndose a Padilla y a su capacidad para generar utopía, y como el artista que mejor expresó el placentero dispendio vital al que nos invita Málaga, Ramírez pone estas palabras en boca de su Medusa: “Vivamos este día como si fuera el último de la vida […] Aquí no hay pasado ni futuro”.Tras su participación en la colectiva Línea de Costa o su exposición del C.A.M. en 1987, la obra de Padilla discurre en los años 90 por distintas vías, insistiendo en la visión crítica del neoexpresionismo o aproximándose a las posiciones estéticas de la transvanguardia, cuyos manifiestos -lo recuerdo bien- leyó con suma atención.

El biombo del Ateneo representa las dos caras de su búsqueda y constituye de hecho una de sus últimas apariciones públicas. Es también un síntoma de la crisis que le llevaría pronto a abandonar la pintura. Volviendo al principio, digamos para finalizar que Padilla y Rebajes coincidieron de nuevo en la exposición colectiva que se celebró en Málaga en 2006 en el Palacio del Obispo, comisariada por Tecla Lumbreras y Pedro Pizarro.

   Con una sensorialidad sin límites, y capaz de elevar a categoría moderna el lado más cutre de lo malagueño, Padilla seguirá en pié mientras la “bulla” de Málaga siga ofreciendo motivos de inspiración. Lo que no quiso aceptar fue el puritanismo regresivo que apuntaba en el horizonte, al otro lado de la fantasía, las imágenes no planificadas y la reivindicación de lo ingenuo que siempre defendió. ”Salutem plurimam! Perdido su anonimato y etiquetado ya, el biombo del que hemos hablado adquiere nueva vida, a la vez que se autoafirma la “supercotidianidad” de su pintura, una obra sumida en el silencio que hay que rescatar y mostrar a las nuevas generaciones. Implicado en su historia, el Ateneo le debe a Padilla la gran exposición que se merece. Bienvenida.

Francisco Chica, escritor y crítico literario.

Obras de consulta:

-Camacho, R., “Gabriel Padilla en la sala de arte del Ateneo”, Diario Sur, Málaga, 23-XI- 1980.

-Ramírez, J. Aº, Templicón, C. A. M., Málaga, 1984.

-Castaño Alés, E., “Alegoría y hedonismo en la pintura de Gabriel Padilla”, Diario Sur, Málaga, 24-IV-1994.

-Rueda, J. F., “La renovación plástica malagueña de la segunda mitad del siglo XX en el museo de Málaga”, Museo de Málaga: artes plásticas del siglo XX, Consejería Junta de Andalucía, Málaga, 2006.

-Martínez Manzano, J.C.,”Gabriel Padilla”, El paraíso recobrado. La nueva pintura figurativa malagueña de los 80, Fundación Málaga, 2011.

Etiquetas: , ,

Haga un comentario

*