EL INFANTE PERDIDO

Texto del mes seleccionado en el Taller Literario “Párrafos Atenienses”

Por MARTA ZAMBUDIO MESEGUER

No parecía real, empero a día de hoy me evoca a una apología del más vívido de los sentimientos vividos en esta vivaz aventura a la que acostumbramos tildar de vida.

Lógicamente, y más todavía siendo una pueril criatura frente a lo desconocido e ignoto, no me situaba en toda aquella convulsión del todo inesperada para mí, aunque me temo que esto es una condición innata a esta nuestra especie, no nos creemos personajes de la trama de la cual somos los protagonistas, no nos creemos preparados para que empiece el rodaje, cuando verdaderamente, estamos más que hechos para triunfar. Pero a decir verdad, en aquel momento esa oferta me llegó sin buscarla, de manera totalmente fortuita, un juego inminente, como un amanecer en el cual tan solo se perciben los pequeños reflejos bermejos de un sol que asoma denodado y audaz. A una parte de mi ser le gustaba aquello, aquello a lo que un tiempo después sería adicta, y lo mejor, que esa adicción sería recíproca.

Allí estaba yo, frente al mar, teléfono en mano, me sentía valiente, con tanta curiosidad como osadía por aquel providencial y onírico muchacho. Él me había llamado esa tarde, pero yo estaba, junto a mi familia, en el apartamento de la playa de mis padrinos; no esperaba su llamada, así que se la devolví, con la naturalidad del que llama a la puerta de su amigo para tomar café los sábados por la tarde, aunque con cierto grado, cómo no, de nerviosismo, pero siendo este último agradable. Ahora me doy cuenta de la importancia de aquella llamada, y es que no me gusta hablar por teléfono, los que me conocen lo saben, son múltiples las excusas y subterfugios que utilizo para procastinar tal empresa, hasta finalmente delegar en alguien, y es que es una de las cualidades de esta personalidad tan introspectiva, aunque no tímida, es más bien que me canso rápido de la gente, preciso de un oasis con barra libre de ambrosía, paz y autoindagación, en el que en ocasiones solo hay cabida para uno, pero en aquella ocasión todo eso no surgió en mi mente, y si lo hizo, no de la manera que hasta entonces lo había hecho, además, parecía que aquella singladura estaba diseñada por y para dos, con elixir más que suficiente para ambos. Me alejé pues, avisando de que iba a llamarle, sí, como si tal, ya que, al mismo tiempo, no soy de esas personas que ocultan su vida personal, soy transparente, lo que me pasa lo cuento, con quien me pasa, lo cuento, y a la misma vez, me canso de aquellos a los que se lo cuento, es una dualidad cuanto menos, peculiar. Tras unos momentos, lo cogió, no recuerdo la conversación exacta, aunque lo que sí quedó grabado fue ese sentimiento del que quiere estar con alguien, sabiendo que ese alguien quiere estar contigo más que tú con él, pero eso de sentirme deseada, repito, me gustaba, y cada vez más. Finalmente, me transmitió sus ganas de volvernos a ver, de una manera tan sutil como osada, que calaba en mí apaciblemente, sin hacerme sentir mal ni un ápice, me sentía bien, muy bien, a pesar de no saber si quería o no ir. Habíamos pasado juntos la semana, y eso era sábado, nos veríamos domingo -un poco pronto pensé, pero por qué no- sorprendentemente frecuentaba con su familia una tetería muy famosa en un pueblo cercano al mío, como a unos treinta minutos en coche de su ciudad, pero todo eso yo no lo pensé. Nos despedimos y volví con mi familia, el contacto con él, de la manera que fuere, no me turbiaba, sin darme cuenta, provocaba situaciones nuevas para mí, y quizás más para él, me hacía experimentar, sin sufrir, por lo que me dejaba sorprender. Lo que he comentado antes de mi relación con la gente, llamo gente a todo los que no sea mi madre, mi padre y mi hermano, y él, no se aplica a cuando necesito tomar decisiones, a pesar de ser asertiva en mi quehacer, comento y pido consejo y asidero a mi familia, por ende, mi madre estaba al tanto de mi amistad, por aquel entonces, con aquel infante, aunque se podía advertir que la relación tenía una complexión y desarrollo hasta el momento algo inusual y al mismo tiempo veraz, por lo que ella arguyó -si no lo quieres, no vayas, no le hagas ilusiones- , profiriendo un vaticinio de los sentimientos profundos que se estaban cocinando, y yo, tras una enteca dubitación, ya pensando en la ropa que vestiría, dije: voy. Tiene gracia, en vez de un café el sábado por la tarde, acabaríamos tomando un té el domingo, también por la tarde.

A eso de las cuatro me estaba acicalando, y debo admitir que, de no ser por la foto que encabezó un año después nuestro primer álbum, no recordaría el modelo que elegí para la ocasión, y es que no necesitaba alardear de cierta imagen, ni resaltar o guarecerme en determinados aderezos o velos sobre mi nítida imagen, tenía la tranquilidad de gustarle; no me cambié cinco veces, ni me pasé horas frente al espejo imaginándome la óptima versión de mí misma junto a él, algo que sí había hecho con chicos anteriores, por lo tanto, llegué a pensar que, verdaderamente, tanta placidez devenía de mi falta de interés hacia él, de hecho, debo reseñar, que en un primer momento no me pareció lo suficientemente atractivo desde el prisma de mi intelecto y bajo mis juicios de valor en comunión con mi analogía a los precedentes amoríos, aunque en un estadio menos prosélito a esa primera oleada de raciocinios, se encontraba ese sentimiento oculto en el que la belleza alcanza unos umbrales de una asombrosa magnificencia, más allá de lo concreto y tangible.

No parece real, empero a día de hoy me evoca a una apología del más vívido de los sentimientos vividos en esta vivaz y apremiante aventura a la que acostumbramos tildar de muerte.

– Señorita, el cementerio cerrará en breve- dijo el sereno del camposanto.

-Enseguida marcho. Adiós cariño, me están esperando para tomar un té.

Era domingo por la tarde

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2 respuestas a "EL INFANTE PERDIDO"

  • Rafael Fernández says:
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