El retorno, por Juan López Cohard

BELVEDERE 31-8-2014

Cada vez que vemos salir el sol, que en nuestra tierra es casi todos los días del año, sentimos que la vida es plácida, pero lo verdaderamente importante no es ver el sol, sino lo que el sol ve en la tierra cuando sale. La apacibilidad de nuestra vida en las vacaciones es lo mismo que mirar el sol: una voluntaria evasión de la realidad que nunca dejó de ser una mierda. Si nos ponemos en el lugar del astro rey y echamos un vistazo, día a día se nos caerá el alma al suelo. El retorno vacacional nos devuelve a esa realidad y vemos aquello que el sol ve cada vez que amanece.

Muchos españoles, en éste último fin de semana de agosto, retornan a su vida habitual y retoman el rutinario trabajo que les proporciona el pan de cada día, y otros muchos no retornan porque nunca salieron, ni retoman su trabajo porque no lo tenían y seguirán sin un mísero pedazo de pan que llevarse a la boca. Pero nuestra economía va mejor, solo que no es nuestra, es de unos pocos y esos pocos viven como Dios. Triste realidad la del retorno.

Nuestro Gobierno, por boca del ministro Gallardón, ha propuesto reducir el número de aforados que, en nuestro país, tiene una cifra digna de figurar entre los records Guinness, algo con lo que está de acuerdo el PSOE. Lo cierto es que sería lógico limitar, e incluso eliminar esa figura jurídica, ya que, si bien es cierto que no supone la inmunidad, sí que favorece la impunidad ante ciertas conductas delictivas. Pero, una vez puestos a eliminar aforados, también sería muy sano para el país tomar medidas para reducir al máximo el número de “forrados” (con dinero público). Y ya que, para limitar el número de aforados, hay que cambiar la Constitución y los Estatutos de Autonomía, no estaría nada mal aprovechar para dejar al mínimo el número de parlamentarios, consejeros, directores generales, delegados, concejales, asesores de los consejeros y consejeros de los asesores, diputados provinciales y, en fin, todo tipo de parásitos políticos. Con tales medidas el retorno sería más llevadero para todos.

De todas formas, la triste realidad a veces nos depara algún toque de humor que nos la hace más llevadera. En un pueblo de Cataluña han robado la bandera que ondeaba en el ayuntamiento. Es un hecho delictivo, pero quién roba a un ladrón tiene cien años de perdón, dice el refranero popular, y da la casualidad de que tal ayuntamiento, al colocar la bandera “estelada”, le había robado a los catalanes su verdadera divisa, la “senyera”, para poner en su lugar la del movimiento independentista, o sea, una bandera que no representa más que una aspiración, la independencia, de algunos ciudadanos de Cataluña. El hecho toma tintes grotescos porque, al parecer, el robo ha sido perpetrado por miembros de la Guardia Civil de paisano, cuando, en lugar de hurtarla, deberían haberla retirado con una orden gubernativa por ser ilegal su exhibición pública en un organismo oficial.

                                                                                             Juan López Cohard

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