El señor de El Morlaco

De izquierda a derecha, los socios fundadores del Ateneo Juan López Felices y  Juan Vázquez con  Severo Ochoa en un acto del Ateneo

De izquierda a derecha, los socios fundadores del Ateneo Juan López Felices y Juan Vázquez con Severo Ochoa en un acto del Ateneo

Se nos va Juan López Felices, uno de los fundadores del Ateneo de la Plaza del Obispo. Con él perdemos también a un heredero de la generación republicana derrotada en la guerra del 36 y que vivió obligadamente en silencio durante la larga dictadura de Franco. Juan contaba la conversación con un conocido profesional malagueño perteneciente a la derecha local franquista que atribuía el declive de aquél régimen a que se había permitido estudiar a los hijos de los rojos. Afortunadamente no se llegó en la dictadura a ese grado de salvajismo y Juan agradecía siempre, entre otras cosas, a algún cargo político de su Almería natal que no había exigido a su padre republicano -encarcelado como su madre tras la Guerra Civil por Franco- la humillación de jurar los principios del Movimiento Nacional.
Juan López Felices estudió medicina en Madrid, con lo más granado de la ciencia médica española. Allí, en los años 40 y supongo que en los cines de Callao, pudo ver y emocionarse con la versión censurada de Casablanca, y deslumbrarse con esa mezcla de compromiso y pasión, con ese culto al desinterés y a la belleza reunidos en el personaje de todo un icono de su generación como Humphrey Bogart. En Madrid cristalizó el ideal de su vida: la dedicación casi calvinista al trabajo -ese valor republicano y austero del esfuerzo y la razón-, pero acompañado del disfrute de la vida y de la libertad.
Juan tuvo su primer destino como médico en Ponferrada, el centro de su vida familiar futura con Mary Luz y sus hijos Juan y Mary Luz. El tercero, Javier, ya sería un malagueño. En Málaga, Juan fue urólogo en la Ciudad Sanitaria Carlos Haya y en el Centro Jesús Cautivo y allí, además de mostrar su amor a la profesión, se convirtió en un referente para el grupo de jóvenes profesionales comprometidos con la lucha sindical compuesto por Pedro Aparicio, Antonio Herrera, Guillermo García Herrera, Rafael Burgos, Fernando Jiménez, Manuel Arias, Senen Cortegoso, Manuel Arjona o Pedro Villagrán. Juan fue uno de los fundadores de la UGT en el Hospital.
El médico López Felices es una muestra de una clase social a la que apenas se le ha dejado hacer algo por Málaga en la historia: la burguesía democrática, profesional o mercantil. Es la versión, tras la guerra civil, de nuestros Baeza Medina, Gómez Chaix, Aurelio y Heliodoro Ramos Acosta, Ramos Ramos, Armasa Briales, Pérez Texeira, Entrambasaguas, Alius o Alba Varela. Es decir, aquellos que desmienten con su valía intelectual y profesional, con el culto al trabajo y a las cosas bien hechas, con la defensa de la libertad y la solidaridad como valores constitutivos de la convivencia, con el laicismo y el respeto a todas las religiones sin beaterías, esa imagen de la España republicana como época de caos y de anarquía que construyó el franquismo tras la guerra civil.
Juan López Felices llevó este afán a su familia, a su vida, y al Ateneo de la Plaza del Obispo, un reducto asediado pero en el que se cultivaban sus ideales en pleno franquismo. Otro ámbito para esa burguesía elegante y laica, refinada e inteligente de los Fernando Álamos, Juan Vázquez, Jiménez Villarejo, Laza Palacios, Ramón Ramos y, sobre todo, Rafael Pérez Estrada. (Juan presenció allí el duelo dialéctico de Rafael con don Modesto Laza -dos Españas frente a frente-, quien le advirtió de que puestos a discutir, él por viejo y antiguo «jabalí» de la república, podía tener muy «mala uva». A lo que Rafael, fulminante, le respondió: «En todo caso, don Modesto, usted lo que tendrá es «mala pasa»).
Juan, un andaluz sabio, elegante y emocionado, un galán impecable y caballero, era una presencia obligada en las primeras manifestaciones ilegales del final del franquismo, con su traje, su corbata y su gabardina. Iba a la calle Larios en parte para comprobar que nada les pasaba a aquellos chicos inconscientes del riesgo, pero sobre todo para disfrutar con que por fin se movían las cosas contra Franco, para respirar los primeros aires de libertad que llegaban a Málaga. Él, que había asistido de la mano de su padre al gran mitin de Azaña en Mestalla en 1935 para impulsar el Frente Popular.
Sin esta burguesía democrática, que buscó a partir de 1939 a su amada República en el Partido Socialista Obrero Español, no se puede entender el fin del franquismo y la construcción de la democracia. Sin esta discreción y falta de afán protagonista de Juan López Felices, sin esa fortaleza de convicciones y sentimientos, no entenderemos la recuperación de esa Málaga de nuevo liberal en la historia. En algún lugar del espacio social se acumularán las fuerzas un tanto ocultas de la historia que mueven las personas honestas y decentes sin ningún aspaviento. Una burguesía a la que la historia de Málaga le ha sido más bien hostil, en detrimento de esa otra tan amante de la placa, el incienso y el pan de oro.
Para descansar, el doctor López Felices habrá escogido sin duda vagar por el mar del Cabo de Gata y del de Málaga, con alguna escapada a la empinada escalinata del Ateneo que subía con dificultad en las últimas visitas, siempre ayudado por un brazo femenino. Esa playa de rocas negras del Paseo Marítimo a las que acudía Luis Cernuda en los felices años 20, guardarán también la memoria de este señor de El Morlaco.

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