En busca de Marcel Proust

 

Por MIGUEL ÁNGEL GARCÍA DÍAZ

“Los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos”.

Marcel Proust

Se ha dicho a menudo que la importancia de la monumental novela de Marcel Proust (1871-1922), epígono literario del siglo XIX, reside en la omnipresente influencia que ha ejercido en la literatura del siglo XX, bien porque los escritores han tratado de emularla, bien porque han intentado parodiarla y desacreditar algunos de sus rasgos. Pero, igualmente importante es el hecho de que los lectores han disfrutado del amplio diálogo que la novela desarrolla con sus predecesores literarios.

¿En qué consiste este placer? ¿Qué significa, hoy en día, leer En busca del tiempo perdido? Si debemos justificarnos, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas, morales, etc. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo”. Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V”.

Tal el inicio de la monumental obra de Proust, uno de los íncipits más famosos de la literatura universal. Ahí tenemos la idea esencial de la literatura: “un sueño, pero un sueño dirigido”. Y la memoria que evoca y distingue, en la confusa duermevela, la vigilia del sueño onírico para volver a confundirlos en una realidad indiferenciada. Y la lectura de un libro como detonante de todo ello…

He aquí a Marcel Proust, retratando con inimitable detalle la decadencia última de la aristocracia y el ascenso definitivo de la clase media burguesa en los años posteriores del siglo XIX, ofreciéndonos un gran panorama de los pormenores del tedio de la vida burguesa de la Belle Epoque y algunos de sus puntos de tensión crucial, pero también guardando para la posteridad ese modo de vida mediante la riqueza imaginativa de su memoria.

Proust, un maestro de la tragicomedia, desafiando a Shakespeare en su capacidad de representar personalidades que resisten todas las reducciones psicológicas: ningún novelista del siglo XX puede igualar su lista de más de dos centenares de vívidos personajes.

Proust, convirtiendo su vida, atravesada por un sentimiento del fracaso y el vacío de la existencia, en arte y desplegando en palabras el teatro de la vida con un sinnúmero de situaciones, mientras, empeñado en combatir lo corriente, permanece ahí, reflexionando sobre el tiempo, el recuerdo, el arte, las pasiones y las relaciones humanas, retratando el adiós de una época y la manera imperceptible e inevitable como llega otra. Como un río que baja impetuoso y de repente se topa con otro más soberbio que lo absorbe en una sola corriente, primero revoltosa y luego mansa.

Invariablemente, juzgar a Marcel Proust es violentarle. En busca del tiempo perdido es una obra tan meditativa que transciende los cánones occidentales. Su carácter es curiosamente oriental: Proust, el Narrador, y Marcel se funden en la implícita convicción de que nunca estamos completamente formados, sino que nuestra conciencia siempre evoluciona lentamente. Esto no significa que Proust, en la soledad y el silencio de su habitación forrada de corcho, se sumergiera en una obra tan impensable como el Bhagavad-gita, pero En busca del tiempo perdido es literatura sapiencial, una monumental narración que alcanza la frontera entre meditación y contemplación. Ya al final de la novela no creemos necesariamente que el Narrador haya llegado a “conocer” una verdad o realidad, pero percibimos que está a punto de “convertirse” en una especie de consciencia distinta de todas las demás cosas que podemos encontrar en la ficción occidental.

Dejemos a un lado los recuerdos, evocaciones, cotilleos, reflexiones, descripciones y estéticas sobre las que tanto se habla de este clásico de Proust y asomémonos en su mundo más literario, porque donde realmente vivía era en esas páginas de libros ajenos y en las que luego escribía. Ahí sigue, en su habitación en penumbra, protegiéndose de un sol rabioso, con un libro en las manos. No esperemos más y veamos qué hace:

«Aquel oscuro frescor de mi cuarto era al pleno sol de la calle lo que la sombra al rayo, es decir tan luminosa como él, y ofrecía a mi imaginación el espectáculo total del verano, del que mis sentidos, si hubiese salido a pasear, sólo habría podido disfrutar de modo fragmentario; y de esta manera se acomodaba bien a mi reposo que (gracias a las aventuras narradas en mis libros, capaces de estremecerlo) soportaba, como el reposo de una mano inmóvil en medio de una corriente de agua, el choque y la animación de un torrente de actividad.

Pero la abuela, incluso si el tiempo demasiado caluroso se había estropeado, si había sobrevivido una tormenta o simplemente un chaparrón, venía a suplicarme que saliera. Y no queriendo renunciar a mi lectura, iba por lo menos a proseguirla en el jardín, bajo el castaño, en una pequeña garita de esparto y tela en cuyo fondo me sentaba y me creía oculto a los ojos de las personas que pudieran venir a visitar a mis padres”.

Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, «muy respetuosos de la lectura» que «hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente». Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir «así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?», lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, «no, gracias», con lo cual el encanto quedaba roto.

El placer de la lectura no admite terceros. Pero hay lectores para quienes la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de la intimidad. Es así como creamos ateneos, asociaciones de lectores, clubes y talleres de palabras creadoras, como éste, que tienen algo de sociedades secretas y es gracias a ellos que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas canónicas. Deseamos que nuestro placer tenga un eco.

Intimidad solitaria y compartida, la lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia. El placer de la inteligencia significa, al menos, dos cosas: disfrutar del uso de la razón y disfrutar del reconocimiento del mundo. Es banal recordar que la lectura nos lleva a regiones insospechadas; menos banal es recordar que nos hace ciudadanos de tales regiones. Los lectores habitamos El Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el Madrid de Galdós, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Ursula K. Le Guin, el País de las Maravillas de Lewis Carroll, y los salones decimonónicos de Proust.

Tampoco debemos olvidar el placer de la memoria, tan cara a Proust. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje imagino (y sólo puedo imaginarlo porque tengo palabras), imagino que percibíamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas intuíamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresueño o cuando ciertos reflejos mecánicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento.

Cuando Proust en su más famosa escena, incluida en Por el camino de Swann, nos habla de que el olor de una magdalena mojada en el té le recordó súbitamente paisajes queridos de su infancia, nosotros no podemos participar en esa intuición, ni en esa asociación de imágenes, porque son patrimonio de un solo hombre; solamente, reconocemos que a nosotros también nos ocurren rememoraciones análogas.

Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero sólo puedo reconocerme, ser consciente de mí mismo, gracias a una página de Borges, de Jaime Gil de Biedma, de Virginia Woolf, de Faulkner, de Proust, de un sinnúmero de autores anónimos. Aventuro que en nuestro ajetreado siglo XXI, en este atareado mundo de realidad virtual e internet donde la prisa psicológica ha sustituido y dejado atrás a la mera velocidad tecnológica, adentrarse en la lectura de À la recherche du temps perdu, en la impresionante y sofisticada <<historia de una vocación literaria>> de más de tres mil páginas a la que Proust dedicó catorce años de trabajo, significa, entre otras cosas, un verdadero elogio de la lectura y del paraíso de la literatura, vale decir, la recuperación de lo que somos y de nuestra infancia.

Lo que somos venimos a serlo no sólo en el tiempo, sino a través del tiempo. Somos no sólo la suma de los distintos momentos de nuestra vida, sino el resultado del espacio que estos momentos adquieren a través de cada nuevo momento. No nos empobrecemos por el tiempo pasado y “perdido”; es, precisamente, el tiempo el que llena nuestra vida de contenido y no hay otra felicidad que la del recuerdo, que la de revivir, resucitar y conquistar el tiempo pasado y perdido. <Los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos>, nos dice Marcel Proust y, al fin y al cabo, <la literatura es la infancia, al fin recuperada>, nos recordaba George Bataille. Proust es el primero en ver en la contemplación, el recuerdo y el arte, no sólo una forma posible, sino la única forma posible de poseer la vida.

Así pues, leer, hoy en día, a Proust puede constituir un gozo y un verdadero disfrute, cuando el placer ha sido denigrado en nuestra época al entretenimiento superficial, a la distracción, a la facilidad, a la satisfacción egoísta. Confundimos información con conocimiento, terrorismo con política, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con tolerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes están en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por míseros paraísos, deshumanizarnos. Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más revolucionarias, más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes.

 

Tertulia La Palabra Creadora.
Vocalía Nuevas Líneas

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