Francia, por Antonio Soler

Sur, 07.05.17

Si tuviésemos dos dedos de frente hoy nos habríamos levantado cantando la Marsellesa, porque si hay quienes afirman que todo el mundo occidental debería tener derecho al voto en las elecciones norteamericanas, en el día de hoy los europeos nos jugamos mucho más que aquello que se dilucida cada cuatro años al otro lado del Atlántico. No porque Estados Unidos esté lejos, sino precisamente porque nos encontramos en un mundo global y la única posibilidad de que Europa tenga algo que decir en este nuevo mundo es permaneciendo unida y estrechando los vínculos sociales, políticos, económicos y culturales entre los miembros de la UE.

Y lo que hoy se juega en Francia es precisamente eso. Salvaguardar y potenciar la Unión Europea. Y la posibilidad, aunque difícil, de frenar la caída, dar un cambio en el sentido declinante de los últimos tiempos y encauzarla hasta los confines de un Estado federal. No atrincherarnos reforzando las fronteras interiores sino hacerlas más permeables. No reclamando a la Unión mayor autonomía de los gobiernos nacionales sino cediendo soberanía en beneficio de una estrategia mucho más ambiciosa. La UE no es Disneylandia ni una parodia de la isla Utopía. Es la vacuna contra las dos guerras civiles que destruyeron el continente en la primera mitad del siglo XX. Un vasto territorio regido por la democracia que nace contra la xenofobia, los totalitarismos, los populismos y en defensa de aquellos tres principios que desde Francia se extendieron por el mundo. Libertad, igualdad, fraternidad.

Miembros de Greenpeace han colgado estos días de la torre Eiffel una inmensa pancarta con esas tres palabras. Tres invocaciones que dieron la luz al mundo y que se encuentran en peligro ante las acometidas de unos nuevos totalitarismos que ya no vienen disfrazados con camisa negra, hoz y martillo o esvástica sino camuflados con chándal patriótico y nacionalismo a ultranza. Después del desastre del ‘Brexit’, una Francia fuera del euro y cuestionando la UE pondría en jaque más de medio siglo de progreso. No serían solo las Landas, el Languedoc o Bretaña las que en los próximos decenios padecerían el descalabro. Seríamos todos. Hasta esta orilla del Mediterráneo llegaría ese tsunami económico y social. Las calaveras de Voltaire y de Diderot resonarían como maracas huecos en nuestro rompeolas. Estaríamos de regreso hacia la caverna, hacia esa Europa fraccionada y recelosa que ya apenas podría aspirar a islas de progreso y a ser un continente-museo propiedad de Asia y USA. Sólo hay que enumerar los partidarios de Le Pen para saber dónde está el horizonte. Trump, Putin. Y la indiferencia de Melenchon. El liberalismo de Macron tiene poco de salvaje. Contempla aspectos sociales que para sí los quisiera Ciudadanos. Sólo la ceguera y la soberbia justifican al socio de Iglesias. Y la connivencia con el caos. El populismo. Buen día para la Marsellesa. Ojalá esta noche el himno resuene, no como ese cántico exclusivista de los que se autoproclaman hijos del pueblo, sino como el faro que iluminó a medio mundo y nos trajo la dignidad.

Haga un comentario

*