JOAQUÍN RODRIGO (1901-1999): EMBAJADOR DE LA MÚSICA CULTA, por Paula Coronas

Paula Coronas. Pianista. Doctora por la Universidad de Málaga. Profesora de Piano del Conservatorio “Manuel Carra” de Málaga. Directora de la Revista Musical Intermezzo

La historia de Rodrigo se adentra en un mundo de sueños y realidades. Su constante inquietud dio muestras de arte universal y junto a la obra del creador hoy recorremos la existencia de un ejemplo humano, un modelo de vida que valoramos  por su gran inspiración y capacidad de entrega.

Paradójicamente, sobre el maestro Rodrigo, al que identificamos todos rápidamente como el autor del Concierto de Aranjuez, conocemos realmente poco.  Resulta inexplicable que su música nos haya representado en los mejores escenarios del mundo y sin embargo, los españoles desconozcamos la intensidad de su vida y obra.

Paula CoronasPaula Coronas con Cecilia Rodrigo.

Evocar los albores del siglo XX -año 1901-, en una ciudad valenciana llamada Sagunto, nos ayuda a recordar sus orígenes. Joaquín Rodrigo fue hijo de un importante empresario, emprendedor comerciante,  Vicente Rodrigo Peirats, nacido en Almenara (Castellón). Tras enviudar, había contraído su segundo matrimonio con Juana Vidre Ribelles, oriunda de Cuartell de los Valles (Valencia). Vicente Rodrigo aportaba ya a esta segunda unión cuatro hijos, fruto de su anterior enlace. Posteriormente, el matrimonio Rodrigo-Vidre alumbraría seis hijos, entre los cuales, Joaquín sería el menor de los varones.

La  infancia del pequeño Rodrigo discurrió en un ambiente feliz. Fue un niño inquieto, despierto y alegre. A la temprana edad de 4 años, nuestro protagonista fue víctima de una epidemia de difteria que se propagó con fuerza en nuestro país. Sagunto no escapó a tal desgracia, registrándose un gran índice de mortandad infantil. El joven músico sobrevivió milagrosamente a la enfermedad, aunque como consecuencia de ella  perdió prácticamente la visión, quedando ciego. Al principio la pérdida de visión no fue total, pero con el tiempo, los colores y las formas que apenas podía ya percibir, fueron borrándose en su retina. A pesar de ello Joaquín Rodrigo fue un niño feliz, su gran imaginación fue configurando un mundo interior de excepcional sensibilidad.

Por estos años se origina la vocación musical del pequeño: muy cercano al domicilio familiar de los Rodrigo se encontraba la sede de la “Asociación Musical Lira Saguntina”, donde ensayaban los músicos de la banda municipal. Rodrigo atraído por el sonido, comienza a asistir a estos ensayos sistemáticamente, aprendiendo la sonoridad y el timbre de los instrumentos y quedando fascinado por lo que escucha.

En 1906 la familia se traslada a Valencia, por motivos de trabajo de su padre,  donde el joven músico asiste al Colegio de Ciegos. A los siete años de edad ingresa en el Conservatorio de la ciudad para desarrollar su talento. Estudia Solfeo y Teoría de la Música, Piano, Violín y Composición. Manuel Palau, Enrique Gomá, y Francisco Antich son algunas personalidades más destacadas en esta su primera etapa de formación.

Pero los dictados de su vocación compositiva  no darán  fruto hasta el año 1922. Conviene señalar que el maestro escribe todas sus obras en sistema braille, dictándolas nota a nota a un copista. Aparecen sus primeras páginas: La enamorada junto al surtidor y Pequeña ronda, ambas escritas para violín y piano. Señalamos ya en ellas una enorme “clarividencia” en su arte. Como si sus ojos captaran la luz, Rodrigo traslada al pentagrama sus percepciones sonoras. Durante estos años es guiado y acompañado por el leal y entrañable Rafael Ibáñez, -antiguo empleado de su padre-, secretario, confidente, inseparable compañero de viajes, transcriptor del sistema braille, copista y sobre todo amigo.

A esta época pertenecen Juglares, primera obra orquestal del maestro y Cinco Piezas Infantiles, también escrita para orquesta sinfónica, obra laureada con mención de honor en el Concurso Nacional de Composición.

Pronto el joven maestro necesita ampliar horizontes. Es entonces cuando hallamos a un luminoso Rodrigo en París hacia el año 1927. Es allí donde  recibe el magisterio de Paul Dukas en la clase de composición de la Ecole Normale. La múltiple oferta intelectual y artística del la capital francesa le sorprende, descubre todo tipo de vanguardias y estéticas emergentes. Por otra parte, la presencia del ilustre compositor Falla en la capital francesa será decisiva para el joven músico saguntino. También traba contacto con grandes compositores como Ravel, Poulenc y Honegger, así como con intérpretes de la talla del pianista Ricardo Viñes  y el guitarrista Emilio Pujol.

Joaquín Rodrigo comienza a ser un valor floreciente respetado y admirado. Experimenta, sueña, compone, recrea partituras magistrales. Así mismo encuentra por estos años sus primeros editores: las firmas Max Eschig  y Casa Rouarat&Lerolle, quienes publican algunas de sus primeras páginas.

París alberga nuevamente sorpresas y acontecimientos en su vida. La ciudad del amor presencia el romántico encuentro entre el compositor y la pianista turca Victoria Kamhi, que supone una de las experiencias más enriquecedoras de su existencia.

Victoria Kamhi, procedente de una familia acomodada, de elevado nivel cultural, estaba estudiando la carrera de piano y ya tenía referencias de Rodrigo a través de un joven compañero, pianista rumano, Alejandro Demetríades, que a su vez era condiscípulo  de Joaquín en la clase de composición de Paul Dukas. Victoria admiraba a este joven compositor español que había llegado a París para abrirse camino a través de la publicación de algunas obras del maestro en una revista musical francesa. Es entonces cuando decide organizar una cena en  casa, ayudada por su hermana menor, Matilde a la cual es invitado nuestro protagonista.

“Había ya bastante gente en el salón cuando hizo su entrada el músico español, del brazo de su fiel secretario Rafael. Una emoción profunda me invadió cuando estrechó  mi mano. Pude balbucear unas cuantas palabras de bienvenida, y me pareció que mi vocecita, un poco aniñada, le hacía gracia. Una sonrisa alegre iluminó su rostro, descubriendo una hilera de dientes blanquísimos. Lo que más me atrajo mi atención fue su frente ancha, enmarcada por rizos de pelo castaño. Entonces me di cuenta de que casi no me veía…”[1].

A partir de este momento Victoria y Joaquín comienzan a vivir su fascinante historia de amor. Afloraban aficiones compartidas como la música, la naturaleza, la literatura, la pasión por descubrir nuevos retos. Sin embargo, se atisban algunos obstáculos para la pareja: diferencias sociales y religiosas entre ambos. La familia de la novia, culturalmente más elevada que la de Joaquín, mostraba serias preocupaciones por la estabilidad que todavía no asomaba a la vida profesional del músico. Por otra parte, los Rodrigo tardaron en asimilar la procedencia turca de Victoria en relación a su condición de judía.

A pesar de las complicaciones,  emprenden con ilusión el camino hacia la boda, y tras cinco años de noviazgo contraen matrimonio el 19 de enero de 1933 en Valencia, en la más absoluta intimidad. Se instalan en Madrid, pero el joven compositor no logra encontrar trabajo. Ante la desesperada situación, y con gran dolor para ambos, deciden separarse como último recurso, y de mutuo acuerdo. Victoria regresa sola a París esta vez, a casa de sus padres. Son meses muy duros para Rodrigo. Compone Cántico de la Esposa, obra favorita del maestro. Posteriormente recibirá el apoyo de Falla, cuya intervención es definitiva para la concesión de la Beca del Conde de Cartagena, otorgada bienalmente por la Academia de Bellas Artes a músicos y pintores. Este nuevo ingreso devuelve la estabilidad a la pareja, que como consecuencia de tal subvención se instala en París a comienzos del año 1935.

Este es un período fructífero para el músico. En el plano personal, el compositor se siente arropado y apoyado en todo momento por su esposa, volcada en el desarrollo y superación de la personalidad del maestro. Recordemos que Victoria abandona su carrera como pianista, y se convierte en la más fiel colaboradora del creador.

En esta época el matrimonio viaja a Salzburgo para ser corresponsales de la revista musical “Le Monde Musical”. También visitan diversas ciudades alemanas. La pareja vive momentos de sufrimiento y angustia durante el transcurso de la Guerra Civil en España. No obstante, la fuerza y  el positivismo del maestro mantiene intacto su talento y poco después nacen sus Cuatro  Piezas para piano. Son años de espera y de incertidumbre: la llegada de un primer hijo y la conclusión de la guerra civil española. Por desgracia el año 1939 no acunó jamás a ese bebé deseado, como consecuencia de algunos problemas durante su gestación, pero sí recibió con júbilo la paz tan requerida para España.

El día 1 de septiembre de 1939, tan sólo cuarenta y ocho horas antes de declararse la Segunda Guerra Mundial, Victoria y Joaquín regresan a España, para establecerse en Madrid: “Llegamos a España con sólo dos maletas, que contenían ropa usada y unos cuantos libros y partituras, entre las que se encontraba el manuscrito del Concierto de Aranjuez, totalmente terminado”[2], explica Kamhi.

El año 1939 es definitivo en el devenir de Joaquín Rodrigo. Es nombrado Jefe de Sección de Arte y Propaganda de  la ONCE -puesto que ocuparía hasta 1978-, ejerciendo activamente la crítica musical -desde artículos y colaboraciones en revistas así como conferencias- y simultaneando todo ello con su labor como asesor musical de Radio Nacional de España, desde donde ejerce una importante actividad, recuperando a compositores un tanto olvidados como Conrado del Campo y Guridi.

En 1940 descubren con ilusión el anuncio del nacimiento de Cecilia, único fruto testimonial del amor entre Victoria y Joaquín, que vendría al mundo en enero de 1941.

La década de los años cuarenta es clave en su producción. Se inicia con el estreno mundial del Concierto de Aranjuez, celebrado en Barcelona en noviembre de 1940, por el guitarrista Regino Sainz de la Maza, como solista, y la Orquesta Filarmónica de Barcelona, bajo la dirección de César Mendoza Lasalle. La fama internacional del celebérrimo concierto de Aranjuez se debe a la naturalidad y gran inspiración de singular belleza, que da forma a este original concierto pensado para la guitarra solista y la orquesta. En el inolvidable Concierto se conjugan momentos felices de vivencias juveniles y románticas vividas durante la luna de miel en Aranjuez, y por otra parte, el dolor y la nostalgia por la pérdida de aquel hijo.

La exuberante alegría de su primer movimiento alterna con la delicadeza sonora del épico segundo movimiento o Adagio, constituyendo la melodía favorita que el público de cualquier rincón del mundo es capaz de reconocer en un solo instante. El brillante Allegro gentile, o tercer movimiento realza la solvencia de esta obra maestra de todos los tiempos.

Merece la pena recordar la anécdota que le convierte en Marqués de los Jardines de Aranjuez. En la víspera del día de los inocentes -28 de diciembre de 1990- se produce, en el domicilio familiar de Rodrigo, una llamada de la Casa Real: Su Majestad el Rey D. Juan Carlos, quien solicita personalmente hablar con Rodrigo. Según nos ha informado Cecilia Rodrigo, el maestro piensa, al principio de la conversación, que se trata de una broma. El Rey insiste y le comunica que han decidido otorgarle un título nobiliario  en recompensa a tantos méritos artísticos: el título de Marqués de los Jardines de Aranjuez, que recibe en el año 1991.

joaquin_rodrigoJoaquín Rodrigo.

Joaquín Rodrigo es considerado símbolo de la Música Española a través del incono del Concierto de Aranjuez, erigiéndose como recuperador del folklore culto hispano, fiel a la tradición musical. Pero no es la joya del memorable Concierto, el único tesoro que posee el catálogo rodriguero en esta etapa. Una incesante actividad profesional acapara la atención del maestro por estos años. Señalamos su famoso Concierto para piano y Orquesta, escrito en 1942,  o su magnífica pieza para piano titulada A l’ ombre de Torre Bermeja, de 1945, dedicada al pianista Ricardo Viñes.

Constatamos la imparable proyección internacional en la trayectoria artística de Rodrigo a partir de 1950. El compositor emprende grandes giras y viajes por todo el mundo. A comienzos de la década de los cincuenta ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. Tras pronunciar su elocuente discurso titulado “Técnica enseñada e inspiración no aprendida”, interpreta las Sonatas de Castilla para piano, estrenadas por el propio maestro al piano.

Con el comienzo de un proceso de valoración  que reivindicaba al artista en numerosos ámbitos institucionales y académicos del país, la presencia de Rodrigo se hacía determinante en unos años difíciles para el panorama musical español. Era patente que la reciente pérdida de Falla (1946) había causado desprotección entre las nuevas generaciones de creadores, y que tras su emblemática personalidad, se divisaba un vacío en el panorama artístico. En esta situación, Rodrigo reinstala, a través de su efervescente trayectoria, la trascendencia del arte musical hispano. Nuevamente un nombre español saborea las mieles del éxito universal y es reconocido mundialmente.

El esplendor del repertorio rodriguero se manifiesta a través de su extensa y polifacética obra. Cultiva con acierto toda clase de géneros y estilos: música instrumental (para piano, guitarra, violín, violoncello, flauta, arpa…) música de cámara, música vocal, música incidental (cine, teatro), ópera, ballet y conciertos para instrumentos solistas y para orquesta: Concierto de Estío, Concierto in modo Galante, Concierto Andaluz, Fantasía para un Gentilhombre, A la busca del más Allá (poema sinfónico). Mencionamos algunos de los títulos más emblemáticos de su producción: Per la flor del Lliri Blau, Zarabanda Lejana, Cuatro Madrigales Amatorios, Impromptu (para arpa), Preludio y Ritornello (para clavicémbalo), Como una Fantasía (para violoncello), Rincones de España (para armónica y piano).

El insigne Rodrigo cosecha méritos y reconocimientos con los que se premia su creación. Diversas Universidades le nombran Doctor Honoris Causa. La órbita del creador suma brillantez como tributo a un esfuerzo común de matrimonio Rodrigo-Kamhi por canalizar y difundir su propia música. Los numerosísimos viajes por todo el mundo -Japón, Estados Unidos, América Latina,  Israel, etc.- le convierten en un verdadero embajador de la música española culta.

Durante casi treinta años (desde la década de los 50 a los 80), el maestro cosecha en plenitud  la ovación internacional con que se reconoce la magnitud de su creación musical. Sin embargo, una vez alcanzada la edad de 80 años, su sabia inspiradora decrece considerablemente, aunque no la recolección de sendos galardones, que se prolonga hasta el fin de sus días.

Rodrigo afronta sus 90 años con fuerzas e ilusión. Con plena lucidez rememora momentos felices de su aquilatada vida profesional y junto a su esposa Victoria, y a su hija Cecilia, disfruta de un ambiente muy cálido y placentero. Tiene la fortuna de conocer a sus dos primeros biznietos. Como privilegio de su consolidada experiencia y veteranía es homenajeado en múltiples ocasiones.

El 21 de julio de 1997 los ojos de Victoria declinaron y con ellos se fue la luz eterna de Joaquín Rodrigo. La entereza humana de este inteligente comunicador de sonidos se desmoronaba día a día en el intento de forjar nuevas ilusiones, pues Vicky era irremplazable.

El día 6 de julio de 1999 un adiós dulce del maestro saguntino estremecía al universo. Fallece a los 98 años rodeado de su familia. Pero su legado pervive entre nosotros gracias a la Fundación Victoria y Joaquín Rodrigo que protege celosamente el patrimonio artístico del maestro. Dicha Fundación es custodiada por su hija Cecilia y su nieta Cecilia León Rodrigo, con quienes me une una estrecha y cordial relación de amistad.

La música de Joaquín Rodrigo representa un homenaje a las distintas culturas de España. Su creación se ha distinguido siempre por ser un arte libre, independiente, culto, refinado y profundamente sensible.

El piano español encuentra en su obra un referente de máxima calidad. Su valiosa aportación en este género ha sido decisiva para la continuidad de un lenguaje puro y bello. Recogiendo el clasicismo de tiempos pretéritos -comprobamos frecuentemente en numerosas páginas la alusión a motivos medievales-, Rodrigo evoluciona hacia un arte plural en el que tienen  cabida diversidad de estéticas. Podríamos pensar en un piano de síntesis, (a veces incluso miniaturista) muy depurado, con gran elaboración de elementos melódicos y armónicos, de innegable sabor hispano y gran complejidad en su ejecución. Joaquín Rodrigo es un compositor de elegante trazo, novedoso y personal. Las páginas de su repertorio pianístico –desafortunadamente aún muy desconocidas- engrandecen la estirpe de los grandes creadores españoles que han llevado nuestra música al más alto nivel. Recordamos entre otras las siguientes: Álbum de Cecilia, Bagatela, Canción y Danza, Cinco piezas del siglo XVI, Cuatro Estampas Andaluzas, Gran Marcha de los Subsecretarios, Pastoral, Preludio al Gallo Mañanero, Preludio de Añoranza, Serenata Española, Sonada de Adiós, Sonatas de Castilla, Suite para piano, Tres Evocaciones.

Hoy la figura del maestro Rodrigo se muestra cada vez más presente en la historia de nuestra música. Echamos de menos su interesante y valiosa personalidad artística -irremplazable y única-, pero su impronta siempre quedará ligada al corazón de los diletantes. Joaquín Rodrigo fue y será siempre un auténtico maestro.

BIBLIOGRAFÍA:

-Coronas, Paula: El universo pianístico en la obra de Joaquín Rodrigo. Ediciones Maestro, Málaga 2006. Edición Bilingüe + CD.

-Kamhi, Victoria: De la mano de Joaquín Rodrigo. Ediciones Joaquín Rodrigo, Madrid, 1995.

-Fundación Victoria y Joaquín Rodrigo. Archivo personal del maestro.

-De la Peña, Pedro J.: El maestro Rodrigo. Un siglo de cultura. Edita Ayuntamiento de Valencia. 2001.

-Moyano Zamora, Eduardo: Concierto de una vida. Memorias del maestro Rodrigo. Editorial Planeta, Barcelona, 1991.

-Gallego, Antonio: El arte de Joaquín Rodrigo.  Edita Iberautor Promociones Culturales. Madrid, 2003.


[1] Victoria Kamhi: De la mano de Joaquín Rodrigo, ediciones Joaquín Rodrigo, Madrid, 1995, pp. 75 y 76.

[2] Victoria Kamhi: De la mano de Joaquín Rodrigo, ediciones Joaquín Rodrigo, Madrid, 1995.

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