Jorge Luis Borges, la infamia como sinfonía estética de Morales Lomas

Borges se reía de casi todo. Su inteligencia y su agudeza se lo permitía y la fama le preocupaba un carajo.
Estamos, sin duda, ante uno de los cinco escritores más importantes en español del siglo XX. Durante treinta años figuró su nombre entre los candidatos que se barajaron para el Premio Nobel de Literatura y cuando le preguntaban a qué atribuía que no le hubieran dado el Premio Nobel, respondía:
– «A la sabiduría sueca».
A Borges no le preocupaban en absoluto los halagos, aunque nunca los rechazó. Estando firmando Borges ejemplares en una librería se le acercó un joven con su obra Ficciones y le dijo: «Maestro, usted es inmortal».
Borges le contestó: «Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista».
Como le sucedía a Valle-Inclán, otro de los grandes del XX, su vida es un puro anecdotario. En muchos casos historias inventadas, otras reales.
En otra ocasión el escritor argentino Héctor Bianciotti recordaba una de las tantas salidas elegantes de Borges, cuando le incomodaban los halagos de la gente. Ocurrió en París, en un estudio de televisión. Le preguntaron:
-«¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores
del siglo?»
Su respuesta no se hizo esperar:
-«Es que este ha sido un siglo muy mediocre».
Podríamos continuar con historias jugosas que, sin duda, gustarían mucho de recordar a Borges. En más de una ocasión me las ha contado Alcántara. Pero ya es suficiente.
Mi primer contacto con el autor argentino me lleva al verano de 1980 que cae en mis manos Jorge Luis Borges, Prosa Completa, publicada por la Editorial Bruguera en dos volúmenes como homenaje al escritor que el año anterior había obtenido el Premio Nacional de Literatura Miguel de Cervantes al alimón con Gerardo Diego (“generosa equivocación que acepto con impudicia”, dijo). Precisamente, esta obra ha sido la base sobre la que se sustenta mi libro.
Luego a lo largo de estos más de treinta años he ido volviendo a sus obras por épocas y a ráfagas. Borges es un escritor al que siempre se está yendo, porque, aunque es verdad que sus relatos son breves, su intensidad y profundidad es tal que deben ser leídos y releídos con detención para no perder detalles trascendentes. Pasa como con las grandes pinturas, que cualquier detalle nos envuelve. Borges envuelve.
Borges es un escritor clásico. Y como sucede con los escritores clásicos ha de ser releído constantemente. Él mismo decía que había llegado un momento en su vida en que ya no leía (o le leían, a partir de su ceguera) sino que releía. Y que el mayor placer siempre está en la relectura. Aquellas obras que no se releen es que quizá no han merecido la pena, aunque como también él mismo decía en uno de sus cuentos: cualquier obra literaria por muy mala que sea siempre encierra algo importante. Borges era, fue un eterno enamorado de los libros. Y de hecho, su condición de bibliotecario de pueblo, primero, y, después de la Biblioteca Nacional de Argentina durante 18 años son una razón suficiente.
En mi posición de lector de 1980, aquel lector de veinte años, no había las mismas sensaciones que en el de ahora. Es evidente que la magia de la literatura inmortal reside en su metamorfosis temporal en el lector y también en el propio escritor. Y es que la edad nos permite adentrarnos en diversas lecturas, en diversos Borges y en diversas formas.
Mi último encuentro importante con Borges a lo largo de estos treinta años, motivo de este libro que presento hoy, fue el tener que impartir en la Universidad una asignatura que se llamaba Obras maestras. Yo escogí entonces hablar de Cervantes y Borges. Ambos unidos por siempre. ¡Cuánto hay de Cervantes en Borges!
Durante dos cursos consecutivos estuve explicando a Borges, hasta que en una maniobra desgraciada, el Dpto. decidió suprimir esta asignatura. En otra época se quemaban los libros y ahora se suprimen a los autores.
De todos esos años fue apareciendo información que yo progresivamente fui recopilando para este trabajo que hoy presento que trata de ofrecer los criterios que sostienen su creación literaria y, fundamentalmente, las razones últimas que lo llevaron a publicar su primera gran obra narrativa, Historia universal de la infamia en 1935 sobre la que se sostiene teóricamente el andamiaje de este ensayo.
Antes que escritor, Borges siempre se consideró lector: “Un libro, cualquier libro, es para nosotros un objeto sagrado”.
Es más, su escritura no dejó de ser una forma de transgredir aún más sus lecturas, un apéndice de la lectura. Una especie de quebrantamiento o desobediencia de esa voluntad de lector.
Sus lecturas siempre estaban sumergidas en su escritura y esta nacía de aquellas.
Esa trascendencia de la lectura se precisa a través de un aire historiográfico que le da a algunos fragmentos de sus relatos, que parecen sacados directamente de una disertación de erudición.
Supo convertir a los infames en préstamos para él rescribir la historia, subvertirla, tergiversarla, trasladarla a otros límites y procesos escriturales. La lectura fue el sustento y la recreación como forma de escritura final borgeana.

Quizá porque la lectura era una forma de conectar con el pasado, de saber qué fuimos y hacia dónde iríamos. De ahí la imposibilidad de anularlo mientras los libros tuvieran vigencia y Borges deseaba conectar con ese pasado y acaso sentirse parte de su creación, como el Dios de la novela Niebla de Unamuno.
Acaso porque la existencia del mismo, como dijo Mallarmé, dependiera de los libros precedentes: El mundo existe para llegar a un libro. Y esta imposibilidad de luchar contra lo evidente, la función del libro en la historia, impidió al emperador chino Shih Huan Ti, su propósito: quemar todos los libros anteriores.
Ante la imposibilidad, afirmó: “Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo”.
Borges accede a la escritura desde la lectura. Borges entendía que su mundo no podría ya ser el realismo decimonónico ni tampoco esos efluvios juveniles indiciarios de comienzos de siglo. Y optó por un modelo de literatura en la que se sustanciaban dos elementos aparentemente contradictorios (la realidad/y la fantasía, ¡cuánto Cervantes en esta disquisición teórica) que él llevaba a una perfecta imbricación a partir de procesos escriturales mágicos, metafísicos o intertextuales.
Sabemos que lo fantástico ocupó gran parte de su literatura y esa apariencia realista en la invención de hechos circunstanciales solo fue la puesta en escena de su visión profunda de la realidad en la que tenía cabida lo fantástico con tanta o más fuerza que lo “real”.
Decía en el Libro de Arena que el realismo es un género artificial.
Él propone una revisión de la literatura de principios del XX según unos cánones propios en los que se muestra la fusión perfecta entre lo fantástico y lo real.
Borges creía en una realidad compleja, y sus textos a la sazón lo eran, como los de la Historia universal de la infamia. De ahí su defensa de las “exasperadamente verosímiles” obras de Defoe o las “novelas imaginativas” de Wells. De ahí que postulara en su momento lo mágico como el elemento trascendente del relato:
“Procuro resumir lo anterior. He distinguido dos procesos causales: el natural, que es el resultado incesante de incontrolables e infinitas operaciones; el mágico, donde profetizan los pormenores, lúcido y limitado. En la novela, pienso que la única posible honradez está con el segundo. Quede el primero para la simulación psicológica”.
Durante muchos años su refugio fue la literatura de aventuras y la filosofía. Lector de Roberto Arlt, de Hernández y su Martín Fierro, Kipling , Chesterton, la literatura inglesa de aventuras de los siglos XVIII y XIX, la literatura barroca española, especialmente Quevedo y Cervantes, la literatura oriental (fundamentalmente Las 1001 y una noches), la Biblia y los libros sagrados, El Corán… eran su mundo.

Hay también mucho de Cervantes en Borges: A través del principio rector del “anacronismo deliberado”, su afán por distraer y conmover, crea el asombro literario, producto de la libertad creadora y las técnicas del narrador intruso y distante o la persona interpuesta. De ahí la dependencia de Cervantes en el terreno estrictamente personal y en la creación propia, en sus juegos literarios, en sus ocultaciones, en sus despechos y alianzas entre lo ensayístico y literario, intentando variantes de tipo formal o psicológico.
Menard plantea un problema muy importante como es el de la creación cuando se trata de construir una obra sobre un precedente. Obrar sobre fragmentos, obrar sobre expolios, sobre lecturas, sobre intertextualidades… como obra Borges al construir sus relatos de Historia universal de la infamia. De ahí esas variantes de tipo formal, a las que alude, o de tipo psicológico, pero también la impronta del texto original. Sobre Borges caerá el ruido de la recepción o de la interpretación:
“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor lo que el doctor universales pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será. Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas”.
Pero, ¿cuál es el proceso final de creación de Borges?
Existiría en palabras suyas un transcriptor de una fuente histórica (pero es una fuente no aclarada, no mostrada) convirtiéndose así el escritor en una especie de mediador. Y observamos que Borges es organizado, contenido, remiso a la expansión literaria y sumiso al original, ofreciendo pocas novedades y sí bastante fidelidad al modelo inicial tomado librescamente.
Y se vale en todo ello de la ironía, el desdoblamiento de los procesos significativos, las recreaciones, las deformaciones, las aportaciones novedosas, las ambigüedades, el retorcimiento del proceso creador hasta crear un nuevo elixir literario.
Mi propósito ha sido adentrarme en estas claves desde la postura de su obra Historia universal de la infamia en donde los primeros trabajos narrativos de esta obra de Borges, reunidos en 1935 en Historia Universal de la Infamia, fueron escritos entre 1933 y 1934, y fueron publicados inicialmente en la revista Crítica , en su suplemento sabático denominado Revista Multicolor de los Sábados. La obra está conformada por los siguientes títulos: El atroz redentor Lazarus Morell, El impostor inverosímil Tom Castro, La viuda Ching, pirata, El proveedor de iniquidades Monk Eastman, El asesino desinteresado Bill Harrigan, El incivil maestro de ceremonias Kotsuke No Suke, El tintorero enmascarado Hakim de Merv, Hombre de la esquina rosada, y Etcétera
Se trata de historias verosímiles o a las que dota de una verosimilitud necesaria, como a todos sus textos que estarían a caballo entre el cientifismo y la ficción, entre la realidad y la fantasía, entre el texto y el intertexto, sin saber muchas veces hacia dónde se encuentra o desde dónde podemos advertir sus límites. Por eso estos relatos no debemos entenderlos como pertenecientes a la realidad.
En estas historias Borges usa del retrato como técnica para derivar hacia lo simbólico-alegórico, pero el relato se sostiene sobre él mismo, sobre la fuerza de su palabra y el poder de contención de su lengua. La eliminación de lo complementario o lo innecesario y la predisposición a un lenguaje de enorme elevación literaria hace considerar estos relatos como de los más interesantes escritos por Borges.
En definitiva, con esta obra aspiro, como digo en el Prólogo a ofrecer al lector algunas de las grandes claves de su obra literaria y formalizar su encuentro con el lector.

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