LOS VICIOS Y TORMENTOS DE ANDRÉS HUESO

 

Ayer tuvo lugar en el Ateneo de Málaga la puesta de largo del libro “Preludios”, de Andrés Hueso Iranzo, que fue presentado por el Doctor en Filología, poeta y escritor, Francisco Chica Hermoso. El acto arrancó con la interpretación de unos preludios de Bach, Chopin y Antón García Abril.

 

A continuación, las palabras de Hueso cantan a capela durante nuestro viaje por algunos de los pasajes de su composición revestida de amor, melancolía y una profunda soledad.

 

Fragmentos del libro Preludios:

 

—Pero ¿tú qué te has creído? ¡Cachomierda! —El Desconocido ha reaccionado como un relámpago y le planta cara. No solo no ha retrocedido ni un paso, sino que adelanta una pierna en un claro gesto de estar comiéndole el terreno—. ¿Crees que llevo trabajando toda mi puta vida para que ahora tú puedas llevarte mis ahorros, cachomierda? —No es una pregunta, es una increpación.

Su mano, que creía firme, está ahora vacilante, la punta del mal cuchillo que sostiene evidencia su temblor como la aguja de un sismógrafo. El Desconocido lleva su mano derecha al bolsillo del abrigo y tranquilamente saca una pistola con la que encañona directamente su cabeza.

—Tira la navaja en esa alcantarilla —le dice— y si no te pego un tiro ahora, es porque no me va a merecer la pena el dolor de oído que me producirá el disparo, pero te mataré si no te quitas ahora mismo de mi vista, cachomierda.

Fragmento de Blues de Barrio

 

Los actos de los dioses parecen estar movidos por la envidia hacia los hombres, aunque no podamos explicarnos la razón.

Perdida la paciencia, Cloto recurre a su hermana Átropos para que deshaga el nudo que no ha podido desliar. Sabe que su hermana resolverá el problema con el único arte que es capaz de ejecutar, pero ya no le quedan ganas de continuar en el intento del desenredo. Quizá no esté tan desesperada, sino simplemente ha asumido, sin rencor hacia el que lo ha provocado ni pena hacia los afectados, que es un gesto más de los que constituyen su eter­no quehacer: ella hila e hila usando fibras de oro y de lana blanca o negra, en proporciones caprichosas; Láquesis mide las hebras con cicatera exactitud y Átropos las corta, sin emoción alguna en sus ojos o sus dedos.

Fragmento de Huido objeto de deseo. II Las Moiras

 

El abuelo es consciente de la mudez sobrevenida del nieto y siente su inmovilidad. Como tantas noches se ha quedado dormido al inicio de su narración, es natural siendo tan pequeño, pero a él no le importa, de hecho, ni siquiera llega a darse cuenta de cuándo el pequeño ha dejado de escucharlo. Todas las noches el abuelo completa su narración con voz tranquila y queda, mirando fijamente el rescoldo del hogar como si de allí lo estuviera leyendo o, tal vez, como si quisiera dejarlo grabado en las ascuas para que otros en el futuro y ante otro fuego similar pudieran leer o recibir sus palabras de alguna forma o, en fin, con el único propósito que contarlo para sí, para reafirmar la convicción de no haberlo olvidado a pesar de los años transcurridos …

Fragmento de La trinchera

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