Menéndez Pelayo en Portugal, por Andrés Arenas

El 18 de enero de 1876, en la sesión ordinaria del Excmo. Ayuntamiento de Santander, a propuesta de su alcalde López-Dóriga, se tomó la decisión de subvencionar con la cantidad de 3.000 pesetas al joven D. Marcelino Menéndez   Pelayo «con objeto de sufragar en parte los gastos que se originen al eminente y erudito joven, en el caso de que se traslade al Extranjero para completar sus estudios[1].» Fue una decisión aprobada por unanimidad, lo cual prueba la conciencia de la excepcionalidad en las condiciones que mostraba ya el joven Marcelino. Casi cuatro meses después, otra sesión semejante se adoptará por la Diputación Provincial con la que se podría implementar la cantidad disponible para el joven erudito que ya ha demostrado unas condiciones extraordinarias para la investigación. Este ofrecimiento de ambas ayudas se hace se hace sin que el beneficiario haya hecho ninguna petición al respecto, aunque es probable que previamente se hubiesen hecho algunas gestiones por parte de sus amigos montañeses.

A todo esto se referirá años más tarde él mismo en un discurso de contestación en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, ofreciendo un homenaje de gratitud a Antonio Mena y Zorrilla, sin olvidar a las Instituciones de Santander que tanto le apoyaron[2]. El joven estudioso aún no ha cumplido los veinte años pero ya es autor de una serie de obras que no parecen propias de un muchacho que casi acaba de terminar sus estudios en la Universidad. Así ya figuran en su haber un poema épico (1871)[3], una tesis doctoral (1875)[4], una serie de traducciones de autores clásicos[5], una obra sobre Cervantes (1874)[6], un libro sobre un escritor montañés (1876)[7] que es magníficamente acogido por la crítica. Además está recogiendo datos para una obra que se llamará Historia de los heterodoxos españoles y para su futura Biblioteca de Traductores; y antes de empezar el viaje de estudios ya ha dejado listo para la imprenta un tomo de versos propios y traducciones.

Cronológicamente el joven doctor en Letras ha pensado en opositar a cátedra de facultad y también le pasa por la cabeza la idea de pedir el ingreso en el cuerpo de Archivos y Bibliotecas, pero su edad tan temprana será un obstáculo que se impondrá en su camino. En esa época no era posible opositar a una plaza de profesor de Universidad sino era a partir de los veinticinco años. De forma que esta generosa ayuda que se le ofrece viene a llenar un vacío en un momento de su vida en el que las perspectivas no parecen claras. En cualquier caso no tardará en trazar un plan para sus viajes, comunicándoselo al Ayuntamiento y a la Diputación de Santander. Este plan le permitirá visitar las bibliotecas de Portugal, Francia, Italia, Bélgica y Países Bajos donde se encuentran «muchas de las obras dadas a la luz por fugitivos españoles en los siglos XVI y XVII y aun en el siglo XVIII.»

Antes de emprender los viajes por Europa deja ya casi lista para la imprenta una de las obras que terminarán por convertirle en un personaje público: Polémicas, Indicaciones y Proyectos sobre la Ciencia Española. Éste fue su primer libro que llegó al gran público, debido seguramente a que la polémica se materializó en una serie de artículos que los contendientes publicaron en periódicos y revistas y que más tarde se recogería en un libro. Esta polémica fue una de las más ruidosas de nuestra historia cultural, prueba de ello que se han hecho cuatro ediciones, alguna de ellas, la tercera, varias veces reimpresa. La chispa que desató la contienda se produjo en la carta que el antiguo profesor de MMP, Gumersindo Laverde, le envía a su discípulo en la que se recoge un párrafo de un artículo que Gumersindo Azcárate ha publicado en la ‘Revista de España’ y que dice: «Según que, por ejemplo, el Estado ampare o niegue la libertad de la ciencia, así la energía de un pueblo mostrará más o menos su peculiar genialidad en este orden y podrá hasta darse el caso de que se ahogue por completo su actividad, como ha ocurrido en España durante tres siglos.» De alguna manera esa polémica ha durado hasta nuestros días, pues tras la discusión de los efectos que la Religión y la Inquisición han tenido en el desarrollo de la Ciencia, también se discutirá sobre la existencia de Filosofía en nuestro país y muchas otras cosas más en cuyo fondo se dirime la preponderancia de dos ideologías que son el krausismo y el catolicismo. Es debido a la polémica sobre la ciencia y a la descripción detallada de los heterodoxos en España como se forja la reputación de ultramontano, denominación ésta que le acompañará no sólo a lo largo de su vida, sino hasta la actualidad.

Ya antes de que MMP piense en el itinerario de sus viajes por Europa ha tenido que solucionar sus deberes con la patria que le obligan a cumplir el servicio militar. Este trámite lo solucionará gracias la llamada en esa época ‘redención a metálico’ que supondrá el pago de dos mil pesetas con fecha del 5 de noviembre de 1875. De no haber sido por esa cantidad que generosamente aportó su padre, es bastante probable que al joven Marcelino le hubiera tocado combatir contra los mambises de Cuba o tal vez contra los carlistas en su propio país. Solucionado este impedimento, podrá solicitar el pasaporte en el Gobierno civil que le permita viajar al extranjero y que debería ir visado por la embajada o consulados de los países visitados. En los datos que se aportan en el documento sobre su apariencia física figura: cara oval, poca barba, pelo castaño, estatura media y buen color[8].

Para documentar estos dos viajes del joven Marcelino hay que recurrir al Epistolario, en donde aparecen las cartas a Gumersindo Laverde y al amigo de la familia José María Pereda y, por supuesto,   los artículos publicados en ‘La tertulia’[9]. Los dos viajes que realizó cronológicamente cubren desde septiembre de 1876 hasta fines de noviembre del mismo año, es decir dos meses el primero y doce días el segundo.

En una carta de contestación a Laverde ya anuncia el posible itinerario donde se supone que podrá encontrar bibliografía sobre los herejes heterodoxos: «Juzgo muy acertado el consejo de vd. respecto a comenzar el viaje por la península, con objeto de acopiar datos para dar cima á la biblioteca de traductores. Después pasaré á Italia, Inglaterra y los Países Bajos. Allí hay mucho de heterodoxos españoles y otras rarezas de nuestra bibliografía.» El viaje a Inglaterra se quedará en proyecto y con él las consultas en el Museo Británico de Londres y a la biblioteca del colegio de la Universidad de Cambridge. Curiosamente hay dos hechos de los que apenas hay información alguna en sus cartas: su asistencia a algunas clases para escuchar a los profesores de las universidades europeas y su estancia en Alemania[10]. En realidad serán cuatro viajes en total, el primero de los cuales es a Portugal, a las ciudades de Lisboa y Coimbra; el segundo a Italia y a Francia; el tercero a Francia, Bélgica y Holanda; finalmente hay un cuarto viaje de nuevo a Lisboa, pero esta vez no dentro de su periplo bibliográfico, sino invitado por Juan Valera. Aquí trataremos solamente el correspondiente a Portugal.

I

Lo primero que hay que reseñar es que MMP tiene una idea un tanto imperial sobre el país vecino. Ya en su Programa de literatura española para su oposición a cátedra de la Universidad de Madrid escribirá que Portugal es una tierra tan española como pueden serlo Cataluña o Galicia. Para apoyar esta teoría citará a Almeida Garret, poeta portugués por excelencia: «Españoles somos y de españoles nos debemos preciar cuantos habitamos la península Ibérica.» Por ello asegura que hablar de Portugal y España resulta tan absurdo como hablar de Cataluña y España. En su opinión se debe hablar de lengua castellana y no de lengua española, pues esto resultaría una aberración a sus oídos. Las lenguas portuguesa, la catalana y la castellana «eran tres dialectos de la misma madre, hablados por gente de la misma raza y empeñadas en común empresa[11].» De hecho toda su obra está llena de alusiones a la historia y literatura portuguesas, deteniéndose especialmente en figuras literarias como Gil Vicente y Camoens. Después de todo lo dicho nada tiene de extraño que sea Portugal el primer país extranjero a visitar una vez fuera de España.

El joven Marcelino parte de Santander lleno de ilusión para iniciar su periplo el 24 de septiembre de 1876 con destino a Madrid. Allí recogerá las cartas de presentación que el marqués de Valmar, Juan Valera y Amador de los Ríos le darán para eruditos portugueses tan célebres como Latino Coelho, Teófilo Braga, Silva Tulio, Almeida Garret y Feliciano de Castillo entre otros. MMP llegó a Lisboa el día 7 de octubre por la mañana. Nada se nos dice en sus cartas ni del tren, ni del viaje en sí, ni de lo que hizo en el trayecto. Pero esto se hace de forma deliberada como nos aclara nuestro autor en la primera de las Letras y literatos portugueses destinada a Pereda, quien, al parecer, le ha encargado que «le hable de Portugal y de los portugueses.» Seguramente hay que agradecerle a don José María que le recordase al joven erudito que hay vida más allá de los libros. En cualquier caso el joven viajero no parece muy aficionado a la literatura de viajes que, según él, es «linaje de medianías», aunque hará una excepción cuando el autor es un escritor de calidad indiscutible como Juan García[12]. Además el joven santanderino dejará claro que «gusto poco de las impresiones de viaje», con lo cual hace una concesión a su amigo Pereda, pero sin mucho convencimiento. El objetivo del viaje –registrar algunas bibliotecas, leer libros raros y curiosear manuscritos– es para él lo suficientemente absorbente como para no disponer de tiempo en ningún otro menester. Este tipo de actividad en la que incurren los autores de libros de viajes es considerada por él como “impertinente”, tal vez rememorando personajes descritos en sus libros como ‘curiosos impertinentes’ como es el caso de don Jorgito el Inglés, autor de La Biblia en España[13]. Así pues las bellezas naturales del país, las costumbres de los nativos y los monumentos de la capital lisboeta pueden y deben ser consultadas en cualquier guía de viaje, pero no serán asuntos que le distraigan de la actividad que le ha llevado a Portugal. A nuestro autor sólo le interesan y sólo se ve autorizado para escribir sobre la re literaria.

Desde el Hotel Español, rua da Princesa, 24, nos hace saber que ya ha visitado al embajador de España, para quien ha traído una carta de presentación que le ha dado el diplomático Leopoldo Augusto de Cueto. Nada de extraño tiene que una de las primeras cosas que haga el becario sea comprar, a módico precio, una edición completa de las Obras de Gil Vicente, El Parnaso Lusitano en 6 tomos que es una antología realizada por el poeta Almeida Garrett y el Palmerín de Inglaterra. Mas no perderá tiempo y se dirigirá lo antes posible a la Biblioteca Nacional, donde el bibliotecario Silva Tulio le ha habilitado un cuarto especial donde poder trabajar a sus anchas. Allí copiará una buena cantidad de folios de los temas que son de su interés. En una carta a Pereda nos anuncia sus futuras intenciones: «Así que termine con la Biblioteca Nacional pasaré a la de la Academia de Ciencias y al Archivo de la Torre de Tombo, luego saldré para Coimbra y Oporto[14].» En la mencionada carta nos da una ligera descripción de los lisboetas a los que califica de buena gente, muy atentos y serviciales. La ciudad sí que le merecerá unos comentarios un poco más extensos:

Lisboa es ciudad grande y hermosa pero desigual. La parte baja de la ciudad, reedificada después del terremoto es magnífica, la ribera del Tajo deliciosa, pero la mayor parte de la población está llena de cuestas, vericuetos y derrumbaderos espantosos. Tiene extensión excesiva, dado el número de habitantes, y las distancias son muy grandes. En monumentos todavía he visto pocos; el monasterio de los Jerónimos de Belém, edificado en tiempos del rey D. Manuel, es sin duda bellísimo. Los portugueses dicen que aquello es arquitectura manuelina, los extraños no admiten semejante denominación.

En el Archivo de la Torre do Tombo que dirigía Antonio Oliveira Marreca, erudito y novelista, encontrará MMP el conocido proceso de Damián de Goes[15], protestante portugués del siglo XVI, del que se ocupará en la HHE. Su ritmo de trabajo en las bibliotecas continúa su curso normal, es bastante probable que Marcelino aprovecharía hasta el cierre de los centros, por ello no es raro leer en una de sus cartas a Pereda[16]: «Sigo trabajando en estas Bibliotecas unas siete horas diarias. Ya tengo explorado casi todo lo que me interesa. Han aparecido muchos traductores, algunos filósofos, y unos cuantos heterodoxos. Buena pesca y buen principio.» Entre los datos que va recogiendo aparecerán muchos de los traductores que luego se publicarán en Horacio en España. Tanto en las bibliotecas de la capital como en la de Coimbra, a donde se dirigirá el día 12 de noviembre, aparecerán un gran número de obras desconocidas incluso para los eruditos locales. En la antigua Coninbriga visitará la famosa universidad, cuyos profesores le recibirán cordialmente, aunque se queja de que la biblioteca no tiene demasiados fondos. Gracias a las cartas de presentación mencionadas arribas tendrá oportunidad de conocer a los varones más ilustres del Portugal de la época. Entre ellos destacaba D. José María Latino Coelho, autor de varias biografías y de una Historia de Portugal, a quien trató mucho y con quien sostuvo numerosas charlas. A Latino lo consideraba como uno de los talentos más flexibles y universales de nuestra península, destacando su traducción de Demóstenes.

Hay dos autores portugueses a los que MMP les concede una especial atención: Gil Vicente y Luis de Camoens. Al primero lo considera uno de los grandes poetas de la Península e intérprete fiel del alma de Portugal. Destaca de él su dedicación a la poesía e igualmente a la dramaturgia en la que «se levantó por su propio y solidario esfuerzo hasta la comedia de costumbres y el melodrama romántico, reflejando además en grandes alegorías satíricas todo el espectáculo de la vida de su tiempo, y dando forma cómico-fantástica a las grandes luchas de ideas del Renacimiento y de la Reforma[17].» El santanderino no duda en calificarle como el mejor dramaturgo en la Europa de su tiempo y, si hacemos caso de sus contemporáneos, sería un Plauto lusitano. Menéndez Pelayo no ahorrará cumplidos sobre su arte al escribir que entre los autores que rejuvenecieron la casi extinta poesía cortesana de su tiempo Gil Vicente es el mejor de todos. Todos estos méritos que adornan al poeta-dramaturgo bastarían para hacer glorioso e imperecedero su nombre.

El nombre de Luis de Camoens aparece citado varias veces en la obra del maestro cántabro y siempre con elogios, así se refiere a él en la primera carta que, con el título de Letras portuguesas, le enviará a D. José María de Pereda desde Lisboa[18]. Al hablar de Os Lusíadas mencionará las características de aquella empresa grande, extraordinaria y magnífica, capital en la historia de la humanidad, aventura inaudita de un pueblo exiguo, lograda contra las iras del mar tenebroso, no entre tribus salvajes y medio desnudas, sino en el país de los aromas y de las especerías. A la epopeya del portugués la calificará como «la poesía más nacional de la tierra» y a Camoens como un autor capaz de agrupar en torno de una acción capital, histórica o fabulosa lo más selecto de las memorias patrias y los lances más heroicos.

En la capital lisboeta y en Coimbra tendrá Marcelino ocasión de encontrarse con lo más selecto de la intelectualidad portuguesa de la época. Así conocerá al mencionado Latino Coelho, a Teofilo Braga, a Ayres de Gonvea, a Julio Castillo, a Silva Tulio, a Tomas Ribeiro, a Antonio José Viale, a Domingo García Peres[19].

En la carta del 12 de noviembre le informa a su maestro Laverde la intención de regresar a casa en un plazo de ocho a nueve días, posponiendo la visita que tenía planificada a las bibliotecas andaluzas para otra ocasión. Igualmente le anuncia su próximo viaje a Italia, tras pasar por Madrid y luego a Santander.

II

Siete años más tarde, en marzo de 1883, hará MP el último viaje al extranjero. Esta vez repetirá destino dirigiéndose a Lisboa. Las cosas han cambiado sustancialmente para el santanderino y esta vez es ya catedrático de la Universidad de Madrid, es además un personaje conocido en la capital y ya tiene a sus espaldas unos cuantos libros escritos. Se da la circunstancia de que en esa ciudad está destinado en tareas diplomáticas su gran amigo Valera, lo que sin duda fue decisivo para se desplazara a la capital lisboeta. Una vez más acudir al Epistolario nos proporcionará los detalles necesarios para reconstruir las andanzas de Don Marcelino, aunque sólo es un muchacho de veintiséis años, pero ya se ha mencionado su proverbial precocidad.

La primera carta que da cuenta del próximo viaje de MMP será la que Valera le escribe desde Lisboa, informándole de que para combatir el aburrimientote le escribe esta carta con la recomendación expresa de que «no se case por nada del mundo» y para ello le citará un refrán bien conocido de que «el hombre pone y el matrimonio dispone». Pasa a continuación a referirle sus pendencias diarias con la cocinera y con el resto del servicio de quien se queja de que se ríen de él y le sisan más de lo que quisiera. Consecuencia de todo ello es la sorprendente declaración por su parte de que no le alcanza el dinero, por lo que, según sus palabras: «me abato, me acoquino, me desespero y no valgo para nada»; incluso a todo este follón cotidiano le atribuirá la razón de que «ni escribiré nada ni valdré nada mientras siga así». Pero lo más importante de cara al viaje arriba aludido es la invitación que el embajador le cursa: «No sólo por deseo y gusto míos, sino excitado también por mi mujer, le ruego que haga una escapatoria de 8 ó días y se venga a pasar la Semana Santa con nosotros. Hay para Vd. cuarto independiente en nuestra casa[20].» Tres días más tarde le reitera la invitación para que se vaya a pasar la Semana con el matrimonio Valera, informándole hasta del precio del viaje que será corto y que no rebasará los cuarenta duros la ida y la vuelta. Como es propio de dos amigos le insinúa: «Avíseme Vd. por telegrama el día que sale para que al siguiente vaya yo a la estación a recibirle».

La pregunta que cualquier biógrafo no dudaría en hacerse es ¿qué hacían los dos amigos en la capital de Portugal?, ¿a quién visitaban?, ¿bebían vino de Oporto?, ¿qué damas portuguesas frecuentaban? Sabemos que MMP le manda una carta a su amigo Domingo García Peres, informándole que va a pasar esa Semana Santa en Lisboa y que se alojará en la Legación española, en casa de Valera. En esta estancia volverá a visitar a sus antiguos conocidos Silva Tulio y Julio Castillo, y encontrar por vez primera a Carolina Coronado, a quién conocerá en su magnífica quinta en las riberas del Tajo e igualmente al bibliófilo García Peres con quien se carteará a menudo[21].

En opinión de Bravo Villasante[22] los dos letraheridos se dedican a mantener largas conversaciones acerca de tantos temas comunes que les unían, entre los que los libros serían prioritarios y seguro que también charlarían de la red de aristócratas que les invitaban a sus salones. No olvidemos que el experto en esas lides, don Juan, le daba al joven pupilo consejos de cómo comportarse con las señoras y más de un aviso acerca de la indumentaria y modos de conducirse en sociedad. Hasta tal llega la cosa que llegarán a galantear a las mismas damas y alguna vez llegan a disputar por una frivolidad amorosa. Los nombres de Hipatia, Rodopis, Aglaya y Glafira son los adecuados para que MP se sumerja en las «corrientes de la vida.» Así que siendo los dos grandes amantes y practicantes de la poesía les dedicarán a las damas exquisitos poemas. Además hacen, durante los doce días que estuvieron juntos, lecturas en común, paseos y numerosos proyectos literarios. Coinciden ambos en la opinión desfavorable acerca de Campoamor. Curiosamente el momento de la visita coincide con la obligación de Valera de dimitir de su puesto de consejero de la Empresa de Ferrocarriles, habida cuenta de que el Gobierno le pide que vote a favor de una ley que ha de rebajar un diez por ciento en sus tarifas. Ante tal contradicción no le queda otra que dimitir de su puesto de Consejero, para poder conservar el de embajador. En estos momentos que seguro le provocaron un gran disgusto la compañía de Marcelino es un tónico magnífico. Para Marcelino supone también la oportunidad de llevarse unas cajas de libros que le ha proporcionado su amigo el bibliófilo García Peres. De las tertulias que en la Embajada de España mantenían Valera y MMP con algunos literatos portugueses, nos deja mención el testimonio de Ernesto Freitas: «Comversouse em letras e admirei-me ao ver que o Pelayo falla em tanta cousa, e sem esforço nenhun e nenhuma impostura nem affectaçao. Dei-lhe uma carta escripta pelo Garrtett, o que elle muyto estimou, eprometti-lhe os discursos do mesmo Garrett, os cuales tenho a encuadernar[23]». Como vemos los libros ocuparon un papel fundamental en dichas tertulias. Aunque el mejor resumen de los días pasados en Lisboa donde MMP ha dejado muchos amigos y admiradores, es el fragmento de la carta en la que el santanderino le cuenta su estancia a Laverde:

Te escribo esta en el momento de volver a Lisboa, donde he pasado doce días deliciosos, agasajado espléndidamente por Valera y por los literatos y demás amigos de allí. También he hecho no escasa provisión de libros raros, así castellanos como portugueses. Casi he completado las obras de D. Francisco Manuel de Melo, que son muy raras aún en Portugal, y también las de Faria y Sousa, que a título de comentador de Camoens merece lugar no secundario en la historia de nuestra Estética. De libros portugueses modernos he hecho grande acopio, y además he dejado buenos corresponsales para que nada de lo importante que en aquella región de la Península se publique, deje de venir a mis manos[24].

En vista de los continuos envíos de libros no es de extrañar que su padre pensase en construir un pabellón-biblioteca en el jardín de la finca de calle Gravina en Santander. Para ello solicitará los permisos pertinentes al Ayuntamiento y una vez obtenidos se procedió de inmediato a iniciar las obras de lo que hoy en día es la magnífica biblioteca que está situada al lado de la vivienda familiar, ambos edificios deberían ser visita obligada para cualquier turista que pase por la capital cántabra. Al hacerlo se comprenderán las palabras que MMP le dijo en una ocasión a la Duquesa de Alba: «Vivir entre libros, es y ha sido siempre mi mayor alegría».

Tal vez la mejor forma de terminar este artículo podría ser citar un fragmento de un brindis que MMP pronunció el 30 de mayo de 1881 con motivo del banquete que se celebró en honor de los Catedráticos extranjeros en el Retiro de Madrid, con ocasión del Centenario de Calderón. Algunos de las palabras que el erudito pronunció merecieron los murmullos de desaprobación de los asistentes, pero la parte relacionada con Portugal reflejan el gran amor que MMP siempre tuvo al pueblo portugués: «Brindo por los catedráticos lusitanos que han venido a honrar con su presencia esta fiesta, y a quienes miro y debemos mirar como hermanos…»

[1] Biografía de Menendez Pelayo, Enrique Sánchez Reyes, C.S.I.C., Santander, 1974. Pág. 137

[2] «Apenas salido yo de las aulas, enteramente oscuro y desconocido, debí al señor MENA y Zorrilla, director entonces de Instrucción Pública, la protección oficial y los medios indispensables para ampliar mis estudios y continuar mi educación literaria en las universidades y bibliotecas extranjeras. Al señor Mena y Zorrilla , y al eficaz concursos de la Diputación y del Ayuntamiento de Santander, se debieron los frutos de aquel viaje, sin duda, para la general cultura por ser yo quien le llevó a cabo, pero trascendentales en grado sumo para la formación de mis ideas y para mi personal instrucción.» Ensayos de Crítica Filosófica, pág. 301. Cito de aquí en delante de las Obras Completas que sigue la Edición Nacional de 67 vols. CSIC, 1940-1966.

[3] Don Alonso de Aguilar en Sierra Bermeja. Poema épico. 1871.

[4] La novela entre los latinos, Santander 1875.

[5] Virgilio (Égloga VIII), Ovidio (Píramo y Tisbe), Luciano (epigrama)

[6] Cervantes considerado como poeta, Discurso leído en el Ateneo de Barcelona en 1873.

[7] Estudios críticos sobre escritores montañeses. Tomo I. Trueba y Cosío. Santander, 1876.

[8] Tres estudios bio-bibliográficos sobre MMP, B. Madariaga, C. Morón, Adolfo Bonilla y San Martín, RSMP, Santander 2008.

[9] ‘Letras y literatos portugueses’ y ‘Cartas de Italia’ en Estudios y discursos de crítica literaria, vols. VI y XII, 1942.

[10] Lo cita en el anexo de su carta a Leopoldo Alas (Clarín) del 27 de septiembre de 1893 en la que ofrece a su amigo un resumen de su currículo vital: «En los años que van desde el 76 hasta el 78 en que hice oposiciones a la cátedra, viajé por Italia, Francia, Países Bajos y algo de Alemania, con , con una subvención que me dieron… Vi muchas bibliotecas, asistí a muchas clases, trabajé de firme. Tomado de la biografía de Serrano Vélez, pág. 102.

[11] Estudios y discursos de Crítica histórica y literaria, Programa de Literatura española, pág. 6

[12] MMP se refiere a su amigo y compatriota Amós de Escalante que utilizaba ese pseudónimo y que escribió libros de viajes: Del Manzanares al Darro y Del Ebro al Tíber.

[13] Recuérdese que fue Manuel Azaña el primer traductor al español y prologuista de dicha obra.

[14] Carta del 16/10/1876, Vol. 2, Nº 93.

[15] De este archivero que fue de la Torre de Tombo dice MMP que en esa época, principios del siglo XVI era peligroso declararse erasmista y más aún luterano, cosa que hizo De Goes, por lo que le vendrá encima la Inquisición con su proceso. Del cual precisa el santanderino: «La Inquisición procesó a Damián de Goes porque era protestante o poco menos, pero no lo procesó por humanista….Pero ¿a qué prolongar esta reseña? De otros procesos he hablado más de una vez, y no quiero repetirme». En realidad el sabio portugués había conocido a Lutero, Melanchton y a Erasmo, y además poseía libros prohibido, lo cual sin duda le hizo poca gracia al tribunal de la Inquisición. En la trascripción de tal proceso dice MP alegando un final feliz: «No hay que tomar al pie de la letra estas cárceles perpetuas: que no era tanto el rigor de la Inquisición como se supone. La penitencia de Damián de Goes duró muy poco. Bien pronto fue absuelto de todo, y volvió a su casa y familia. No se sabe con certeza ni cuándo ni cómo murió. Según unos, de un accidente apoplético; según otros asesinado por sus criados, que querían robarle.» Vid. HHE, pág. 186.

[16] Carta a Pereda, 2/11/1876, Nº 98.

[17] Literatura española, MMP, Selección de Pablo Bertrán de Heredia, Fundación Marcelino Botín, Santander 1990. Pág. 125.

[18] Carta a Pereda, Letras y literatos portugueses (14/10/1876), en CHL, pág. 258.

[19] Para ver detalles de esta lista, consúltese el artículo ‘Proyección de MP en Portugal’ de José María Viqueira en Arbor, Julio-Agosto 1956. Págs. 525-535.

[20] Carta de 9 de marzo de 1883, volumen 6, Nº 49.

[21] La amistad entre ambos se prolongará durante años, sin duda por la generosidad del portugués con el erudito cántabro, proporcionándole libros raros, joyas bibliográficas y documentos que yacen ahora en la Biblioteca de Santander. El biógrafo Serrano Vélez cuenta que el bibliófilo luso tenía que ofrecer el señuelo de ediciones valiosas para que MMP mordiera el anzuelo y contestase a sus cartas, broma que nunca molestaba al cántabro. Vid. Fidelino de Figueirido. Cartas de Menéndez Pelayo a García Peres. Academia das Ciencias de Lisboa. Classe Letras XII. Coimbra 1921.

[22] Vida de Juan Valera, Carmen Bravo Villasante, Novelas y Cuentos, 1974. págs. 198, 221, 222.

[23] Cita tomada de la pag. 237 de la Biografía de Enrique Sánchez Reyes.

[24] Carta de 2 abril 1883, vol. 6, Nº 70.

Andrés Arenas, traductor.

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