Pintores en su marco: Bertuchi, por Antonio Abad

¡Pintar tanto con tan poco!

Quien lo hacía se llamaba Mariano Bertuchi.

Bertuchi

Un golpe de color, uno tan solo y el mundo era. Bastaba tocar el lienzo con su mano para que de pronto apareciera, a lo lejos, las crestas de unos montes. Después unas cabilas. Más cerca, hombres envueltos en sus chilabas mirando con reparos el paso de la tropa marroquí. Ya digo, un único soplo de luz hacía el milagro pues a lo indefinido lo hacía coherente, a la ambigüedad la sabía envolver con la crónica de lo cotidiano, al paisaje lo imprecaba en la infinitud de cada instante. De este modo, caballos, jinetes, fusilerías, arneses, estribos o turbantes están y no están. Son y no son. Todo se ve y nada hay que no sea la sutileza del pigmento en la agilidad de lo inmediato. Puro malabarismo del pincel que hace que la realidad aparezca con otra realidad inverosímil. El truco tal vez se lo enseñara Joaquín Sorolla o Santiago Rusiñol. Una punta de amarillo cadmio, otra de siena tostada y algunos toques de carmín para ver a la caballería en formacióncamino del Uad Lau.

¡Todo un milagro! No.

Hacía falta adentrarse en las tierras pardas del Protectorado, confundirse con ellas, vivir en Tetuán o caminar bajo el cielo de Chauen. Por eso Mariano Bertuchi pintaba lejanías y soles, zocos y jardines, fondaks y ceremonias, escenas cotidianas de todo lo que veían y vivían sus ojos. Y lo hacía sin aspavientos. Con toques muy sencillos (impresionando).

Como si fueran flashes sus inquietas pupilas pintaban más que miraban la luz toda de África.

Antonio Abad

 

 

 

Etiquetas: , ,

Haga un comentario

*