¿Será el futuro como lo ‘predice’ Harari?

Portada «The New Yorker»

Por ANDRÉS HUESO IRANZO

Tras el éxito obtenido con Sapiens: Una breve historia de la humanidad (Debate, 2014) Yuval Noah Harari (Kiryatt Atta, Israel, 24 de febrero de 1976), presenta en Homo Deus: Breve historia del mañana (Debate 2016) un ‘posible’ mundo futuro no tan lejano del actual en el cual nos veremos enfrentados a una nueva serie de retos. Harari explora los proyectos, los sueños y las pesadillas que irán moldeando el siglo XXI, desde superar la muerte hasta la creación de la inteligencia artificial. Pero en esta exploración se inquieta y nos inquieta por las dificultades que se nos van a oponer para mantener los valores humanísticos que han sido predominantes durante el siglo XX. Los cambios que se avecinan no son sólo tecnológicos, sino también ideológicos. Así pues la libertad, la democracia, los derechos humanos son valores que corren peligro «… las ideas fundamentales de las democracias liberales con las que estamos familiarizados, como “un hombre un voto”, en un mundo con castas biológicas, ciborgs e inteligencia artificial pueden quedar completamente obsoletas […] Cuanto más globalizada y automatizada es la economía, menor es el poder de la clase obrera… ».

A este futuro amenazante le pone un nombre: dataísmo «… es la situación en la que, con suficientes datos biométricos sobre mí y suficiente poder computacional, un algoritmo externo puede entenderme mejor de lo que yo me entiendo a mí mismo. Y una vez existe este algoritmo, el poder pasa de mí, como individuo, a ese algoritmo, que puede tomar mejores decisiones que yo …»

Nos guste o no, la nueva agenda de la humanidad la decide sólo una élite y esto no es previsible que cambie en los años venideros.

Harari se cuida de hablar de profecías o pronósticos. Sus ideas sobre el futuro, que el lector no puede dejar de percibir como amenazas en toda regla, las califica de ‘posibilidades’; y es verdad que —a la vista de la evolución reciente de la tecnología, el estado actual de la industria cibernética y de la galopante desigualdad social mundial— sus ‘posibilidades’ presentan una alarmante verosimilitud.

Tras exponer, en un largo capítulo introductorio, los nuevos desafíos que afronta el ser humano, Harari estructura el ensayo en tres partes. Las dos primeras son de carácter histórico y un resumen de cómo hemos llegado a la situación actual:

Primero, explora qué hay de singular en nuestra naturaleza que nos separa de los animales y nos transforma en dioses. A continuación, se ocupa de cómo el ser humano, al tiempo que conquista el mundo, lo dota de significado. Y, en la tercera parte, aborda cuáles pueden ser los factores claves que determinen el futuro de nuestra especie.

Transcendiendo la más o menos urgencia e inmediatez, los ‘verdaderos’ problemas de la sociedad humana se encuentran en tres procesos interconectados:

  1. La ciencia converge en un dogma universal, que afirma que los organismos son algoritmos y que la vida es procesamiento de datos.
  2. La inteligencia se desconecta de la conciencia.
  3. Algoritmos no conscientes pero inteligentísimos pronto podrían conocernos mejor que nosotros mismos. 

En el análisis de la virtualidad de estos postulados, Harari va desarrollando consecuencias de los hallazgos científicos:

La teoría de la evolución es contraria a la idea del libre albedrío.

No elegimos nuestros deseos, simplemente los sentimos.

Se pueden manipular y controlar los deseos con técnicas bioquímicas, biogenéticas y bioelectrónicas.

Yo somos más de uno. Tenemos un Yo experimentador, pero nuestra memoria conserva un relato de la experiencia desarrollado por el Yo narrador que se separa significativamente de la vivencia experimentada y la hace más confortable. Así pues, el Yo es un relato imaginario.

Una amenaza fundamental para los humanos proviene de que la inteligencia se está desconectando de la conciencia. Harari concluye que «… da que pensar que para los ejércitos y para las compañías comerciales, la respuesta es clara: la inteligencia es obligatoria, pero la conciencia es opcional.»

En el siglo XXI pueden surgir algoritmos que serán mejor que los humanos recordando, analizando y reconociendo pautas. Esto generará una nueva clase social inútil e inempleable: los humanos perderán su utilidad económica y militar, de ahí que el sistema económico y político deje de atribuirles mucho valor. El sistema seguirá encontrando valor en los humanos colectivamente, pero no en los individuos; aunque sí seguirá encontrando valor en algunos individuos, pero estos serán una nueva élite de superhumanos mejorados y no la masa de la población.

Por otro lado, los asistentes cibernéticos (léase Google, Cortana, Siri, …) pasarán de Oráculos a Representantes y, finalmente a ser Soberanos; el progreso tecnológico no quiere escucharnos, quiere controlarnos.

«A pesar de todos los discursos del islamismo radical y del fundamentalismo cristiano, el lugar más interesante del mundo desde una perspectiva religiosa no es el Estado Islámico o el Cinturón de la Biblia, sino Silicon Valley. Allí es donde gurúes de la alta tecnología están elaborando para nosotros religiones valientes y nuevas que tienen poco que ver con Dios y todo que ver con la tecnología. Prometen todas las recompensas antiguas (felicidad, paz, prosperidad e incluso vida eterna), pero aquí, en la Tierra, y con la ayuda de la tecnología, en lugar de después de la muerte y con la ayuda de seres celestiales. Estas nuevas tecnorreligiones pueden dividirse en dos clases principales: tecnohumanismo y religión de los datos. El tecnohumanismo conviene en que Homo sapiens, tal como lo conocemos, ya ha terminado su recorrido histórico y ya no será relevante en el futuro, pero concluye que, por ello, debemos utilizar la tecnología para crear Homo Deus, un modelo humano muy superior.»

«… en los inicios del siglo XXI, la política está desprovista de visiones grandiosas. El gobierno se ha convertido en mera administración. Gestiona el país, pero ya no lo dirige.»

«Al equiparar las experiencias humanas a los patrones de datos, el dataísmo socava nuestra principal fuente de autoridad y sentido, y anuncia una tremenda revolución religiosa, como no se ha visto desde el siglo XVIII […] Sí, Dios es producto de la imaginación humana, pero la imaginación humana es a su vez producto de algoritmos bioquímicos.»

Las ciencias de la vida ya ven a los organismos biológicos como algoritmos bioquímicos. La barrera entre animales y máquinas desaparece: las mismas leyes matemáticas se pueden aplicar tanto a los algoritmos bioquímicos como a los electrónicos. Se puede interpretar a toda la especie humana como un único sistema de procesamiento en el que hacemos la función de chips. Los humanos hemos ejercido las funciones más importantes de la red biológica, pero podemos llegar a perder nuestra importancia funcional ¿qué será de nosotros entonces?

La Palabra Creadora

Ciclo Lecturas infrecuentes

Etiquetas: , , , ,

Haga un comentario

*