El retrato de Wert, por Juan Gaitan

La Opinion de Malaga, 30.06.2017

Si dispusiéramos de un tiempo ilimitado acabaríamos sabiéndolo todo. Nada se oculta eternamente. Para saber a veces basta con esperar lo bastante, aunque al final no tenga uno muy claro si mereció la pena aguardar tanto para un resultado tan pedestre.

Todo esto viene a cuento de que en estos días finalmente hemos sabido el precio del retrato que el Ministerio de Educación ha pagado para inmortalizar a José Ignacio Wert, que ocupó la cartera tres años y medio. El asunto ha salido por 19.580 euros. Ya nos dejó dicho Antonio Machado que «siempre hay un necio/ que confunde valor y precio». En el Ministerio han justificado el dispendio diciendo que «es una tradición que todos los exministros de esta cartera tengan un retrato en las instalaciones». La concepción de la pintura como historia, podríamos decir, pero eso es solo la mitad de la explicación. Es un asunto muy viejo este de la relación entre memoria e imagen. Desde la antigüedad, pero sobre todo desde el Renacimiento, el retrato se ha considerado un tipo de imagen ligada por su propia naturaleza a la exhibición del poder social y político. Un elemento de legitimación de los poderosos, para quienes el retrato es una marca precisa de poder que se consuma a través de la memoria.

Hacerse retratar fue siempre un empeño de esa gente que se ve tan significativa como para que su cara y su figura queden plasmadas en un lienzo, de modo que las generaciones futuras tengan el placer de echarles un vistazo y admirarles. Cuando uno se hace retratar está confirmando que cree merecer la inmortalidad, que está tan convencido de ser tan importante que se siente en la obligación de dejar memoria de sí mismo.

De modo que los casi veinte mil euros pagados con dinero público para que el retrato de José Ignacio Wert luzca en las paredes del Ministerio debemos contabilizarlos como lo que es, un acto cercano a la soberbia, si no es soberbia en estado puro. He buscado ´soberbia´ en el diccionario porque es una palabra muy del catecismo del padre Ripalda y yo quería una versión más laica, y me he encontrado con una encantadora segunda acepción de ´soberbia´ en el de la RAE: «Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás». Ahí lo tienes. Imagen y poder. Me retratan porque soy poderoso y soy poderoso porque me retratan. Y sin embargo€ Una vez me dijo Paco Toronjo, el gran cantaor de fandangos, algo que no he olvidado: «todo el que dice ´yo soy´ es porque no tiene quien le diga ´tú eres´».

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Turismofobia, por Antonio Soler

La cuestión parece que se mueve en los terrenos de la paradoja. El rechazo a los que traen la riqueza. Los pesos y los contrapesos en una balanza demasiado propensa al infarto. A veces la liviandad de una pluma sirve para hundir uno de los platillos en la miseria. En ese tablero se juega la partida. Por un lado la tasa de paro bajando a los niveles pre-crisis y la ocupación laboral rompiendo aquel techo de cristal. Por otro, las calles atoradas, la imposibilidad de vivir en las vías céntricas. Convertir la ciudad en un parque de atracciones y privar su casco histórico de la convivencia a la que cualquier conjunto de ciudadanos debe aspirar. Hallar la proporción exacta en el cóctel parece lo difícil, lo imposible.

Los italianos llevan medio siglo vacunados contra esta epidemia. En Barcelona, los muchachos paralelos a la CUP empiezan a tomar cartas negras en el asunto. Málaga, en un alambicado castillo de naipes, sigue sumando cruceros, bares, chiringuitos, heladerías. Ambiente de parque temático, aglomeración, atascos peatonales, las calles convertidas en una especie de comedero público. El dilema de los pro hosteleros y sus contrarios debería encontrar una zona intermedia de coexistencia. Por el bien de todos. Porque si los partidarios de la terraza comunitaria piensan que esa es la riqueza y que no hay que ceder ni un centímetro en la barrera de las mesas que colapsan las calles como si fueran las trincheras de Verdún, se equivocan de medio a medio. Estarán fusilando a la gallina de los huevos de oro.

Cualquier conocido, a la vuelta de un viaje, entona siempre la misma canción: «Y encontramos un lugar maravilloso, sin turistas». El turista común suele renegar de los de su misma especie. Sólo los aficionados al tumulto, los partidarios de las playas-hormigueros y las noches convertidas en una verbena interminable ansían perderse en la selva de las aglomeraciones. El resto huye del tumulto. Nunca he oído a nadie alabar una ciudad en la que había doce turistas por metro cuadrado, calles que no parecen calles sino una convención de camareros. Ciudades cuyos habitantes son minoría al lado de un contingente de personas desorientadas. Mucho tiene que ser el atractivo y el interés de la plaza para que la conciencia del viajero resista ese embate y se decida a volver al mismo lugar. El equilibrio, ese es el desafío. No es una cuestión ante la cual los políticos deban ni puedan encogerse de hombros. Ellos son los encargados de regular un tráfago que en Málaga empieza a tener más aire de caos que de remanso paradisíaco. El turismo es una riqueza incuestionable y precisamente por eso debe ser cuidada, mimada en extremo. Porque también es sensible, y huidiza. El pan de hoy puede ser la media pensión de mañana. Un turismo fabricado a golpe de masa y aluvión, consumidor de comida rápida y escaso gasto. Ave de paso. Los pilares están construidos, las infraestructuras nos avalan, la ciudad ha mudado su piel. Nos queda la racionalización.

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Málaga D’Or, por Guillermo Busutil

La Opinion de Malaga, 30.07.2017

Se alquila vida a pie de sol y playa para todo. La ciudad a la carta en Airbnb, Homeaway y Hometogo entre otras páginas de pisos vacacionales que ofrecen destinos de impostor en los que disfrutar como en casa. Claro que no cómo en la de los residentes que a diario nos tropezamos con inquilinos sin credenciales, sin tiempo para aprendernos sus rostros, y con la sensación de estar cruzando en rojo la vida cotidiana de otro que antes fue la nuestra. Es la tendencia del nuevo turismo que ha convertido nuestro espacio privado en el suyo. Me acaba de suceder hace unos días al volver de unas vacaciones -por una isla a salvo de la moda de fingirse vecino de la educación y del silencio de nadie- y sentir al entrar en mi edificio que me había equivocado. El portero no era Miguel, siempre atento y eficaz a las demandas de su frontera, en batalla desde que el trasiego de los alquileres turísticos han multiplicado su trabajo: más basura que sacar, el arreglo constante del timbre de la cancela principal, el mantenimiento de los ascensores averiados constantemente o, desde haces meses, con un trozo de playa y mar derramadas dentro, incluida la nata. El portal tenía su apariencia de quietud de siempre, pero no conocía a los jóvenes de tatuajes descamisados que bebían latas de cerveza en pack en un banco de la entrada. Ni a la pareja alemana que salía en piezas de baño, con dos niños portando colchonetas inflables de cocodrilo y de pizza. Tampoco a las cuatro coreanas que insistían en entrar juntas y con maletas en el número par del vértigo ascendente dirección al octavo del ala derecha. Tuve miedo de llegar a mi rellano y que hubiesen cambiado de sitio la puerta –un capricho de moda en mi bloque entre los propietarios que compran para alquilar días amarillos de verano, y otoños con hojarasca azul-. También de que antes de girar la llave, la puerta se abriese y, al igual que había visto últimamente en el séptimo, saliese un grupo de personas con el silencio en otro idioma, a 300 euros la noche y la jarana en terraza de madrugada.

No soy el único al que le ocurre. Un amigo, que semanalmente acude a las reuniones de turistafóbicos anónimos de Barcelona, me ha confesado que a diario padece lo mismo. El fenómeno de las viviendas de uso turístico ha cambiado los conceptos de comunidad y de convivencia. En muchas ciudades de España la mayoría de los vecinos se han visto invadidos por estos turistas camuflados de viajeros, dispuestos a sentir que compran en el supermercado de la esquina y comen y hacen el amor a la misma hora que lo hacen los nativos de al lado, de arriba o de abajo, sin importarles si entienden por qué lo que siempre ha sido un inmueble común con una paz acordada se está convirtiendo en un resort para pernoctar en negro o en blanco, con bula para el ocio de temporada corta que poco respeta las normas y el descanso nocturno. Hay edificios en los que los vecinos han sido desahuciados de sus casas por los propietarios que finiquitan sus alquileres, en beneficio de esta nueva forma de inquilinato de rentabilidad rápida, y dejando solos a los ancianos vecinos de toda la vida, una isla rodeada de turistas por todos los pisos. Un negocio que incluso favorece la picaresca de que inquilinos en alquiler ofrezcan su vivienda a las páginas empresariales para fines de semana y puentes, sin comunicárselo al propietario.

Las viviendas de uso turístico dominan el mercado. Según un estudio de Exceltur, la patronal del sector, las plazas de apartamentos han superado en un 9,76 % a las de los hoteles en los principales núcleos urbanos. Y la competencia desleal continúa. En Homeaway han pasado de anunciar en tres años 15.000 alojamientos a ofrecer más de 88.000 en España, y más de 1,2 millones en un total de 190 países. Andalucía, encabezada por Málaga con más de 4.500, es una de las comunidades que más ha crecido. Esto sin contabilizar en gran parte las ofertas privadas, aunque algunas están amparadas por Airbnb que ha convenido con la alcaldesa Colau retirar la oferta de los alojamientos ilegales que les notifique el ayuntamiento. El acuerdo requiere que las administraciones de fincas también colaboren en lugar de escurrir el bulto y no responder a las peticiones de la comunidad, responsables igualmente de posicionarse frente a su mayor y desigual gasto en agua, electricidad y mantenimiento. La sospecha y la pega es que en ocasiones son los propios administradores o los vecinos los que hacen negocio y se oponen a la mayoría, amparándose en vacíos legales.

Aún así regularizar fiscalmente la oferta en negro o poner tasas turísticas sólo sirve para que recauden los ayuntamientos, pero no soluciona los verdaderos problemas: que alquilar en España es un 15,9% más caro; que se expulsa de los barrios a sus vecinos habituales en favor de la especulación –no deja de aumentar la compra de edificios enteros para dedicarlos a este uso; cada día se destinan 33 inmuebles al alojamiento turístico-; y que en los centros históricos y en sus barrios de alrededor es casi imposible encontrar un piso de alquiler para vivir.

Nos hemos entregado al turismo acríticamente –como a casi todo en este país-, sin analizar las consecuencias que está creando la masificación. Sólo se piensa en clave fenicia. Un buen ejemplo son los numerosos taxistas malagueños que maldicen en alto si al llegar al aeropuerto o a la estación no se les da como dirección Marbella, Ronda, Antequera y no una carrera urbana. Lo mismo ocurre con los centros históricos cuyo territorio ha sido transformado en escenarios para el consumo de una memoria diseñada para recibir el imaginario cultural y de placer del turista, en detrimento de los significados, sentimientos, espíritu y habitabilidad de la ciudad. Es habitual, además del encarecimiento de los precios de los alquileres, que las fruterías se cambien por tiendas de zumos y batidos naturales y los mercados por parques temáticos de manjares gourmet. Un boom saturado de ofertas gastronómicas, cuyos precios también son más caros cada año, de decorados para las avalanchas y de imparables alquileres.

Hemos peleado durante décadas por el desarrollo y atractivo de Málaga y ahora le entregamos su disfrute al turismo de masas, excluyendo del mismo y del diálogo con sus espacios a los habitantes y a quienes no contribuyen a que otros hagan dinero. Los jóvenes, los profesionales que vienen de fuera a trabajar y los que no pueden comprar una vivienda, se ven obligados a buscarla en las periferias, a una hora de los centros de trabajo y en una ciudad con un deficiente transporte público. Está claro que el fenómeno se ha salido de madre y es necesario y urgente que su alcalde, Francisco de la Torre, busque una política eficaz que ordene, controle y regule el número de alojamientos turísticos, como ha hecho Nueva York donde se prohíbe el alquiler por menos de 30 días.

En otras ciudades se están adoptando medidas. En Málaga su Ayuntamiento deja hacer, ni se plantea los males de la turistificación. La vieja gallina de los huevos de oro o de plata es lo que cuenta. La imaginación empresarial y política vuelven a sacarle brillo a la burbuja que estalló: el negocio rápido, la mínima inversión, la posverdad del empleo que se crea, la autoestima de la competitividad y el andamiaje de paisajes y estridentes simbologías, ser Málaga D´Or paraíso de vacaciones, con una pulsera todo incluido

Nada más comprobar que no había ningún turista dentro del piso, descolgué de la pared el viejo azulejo que me regaló mi madre: “Cada uno en su casa y Dios en la de todos”. No sé por qué pero me hizo pensar que ese fue el primer eslogan del turismo, y del que hoy invade la intimidad con un rostro desconocido y una llave como la nuestra.

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Se puede vivir sin Facebook, por Txema Martin

Sur, 04.08.2017

No tener Facebook es una de las mejores decisiones que he tomado en toda mi existencia. Durante este tiempo, «no tengo Facebook» quizá haya sido la negación que más veces he tenido que pronunciar en alto, y casi siempre esta frase ha venido acompañada por muecas de extrañeza, incógnitas de incomprensión o acusaciones de tongo. Hasta ahora, y que yo sepa, lo peor que me ha pasado por tener un perfil ha sido perderme alguna fiesta y olvidarme de felicitar los cumpleaños de todos mis conocidos. También he sufrido alguna que otra trágica discriminación, en especial la de las ofertas y promociones para las que tener un perfil en la red es indispensable. «Síguenos, dale me gusta y participa en el sorteo de este maravilloso pareo». Por lo demás, creo que todo han sido todo ventajas.

Facebook es la herramienta de espionaje más infalible que ha inventado la humanidad. Las empresas lo usan para vender y se sospecha que los gobiernos lo miran para controlarnos. Los departamentos de recursos humanos lo utilizan en sus procesos de selección, y es habitual comprobar que por culpa de un post se ha despedido, se ha descubierto un timo al seguro o se han roto tantísimas relaciones. Hay millones de broncas de pareja por culpa de las redes sociales, y Facebook es la más utilizada. Dejar de seguir a alguien es de lo peor que puedes hacerle, es lo más parecido a apuntar su nombre en un papel y meterlo en el congelador. Puede que esta red social haya propiciado la continuidad de unas relaciones hermosas pero, la verdad, para mantener el contacto con unos cuantos amigos a los que no veo o que viven fuera no merece la pena aguantar las tonterías del personal, las pamplinas de familiares absurdos o las fotos de las vacaciones de unos compañeros de estudios a los que jamás he llamado. Para mantener el contacto hago algo quizás pasado de moda que consiste en enviar correos personales. El e-mail, con su formato epistolar, sigue siendo la forma más exquisita de comunicación por internet.

Facebook propone un concepto superficial de la amistad y es un lugar para el cotilleo sin fin. Los ‘amigos’ que aparecen en el muro no suelen ser las personas en cuyas vidas despiertan interés, sino simplemente aquellos que tienen mucho que decir, bien por aburrimiento o por mero exhibicionismo. Facebook tendrá sus hallazgos geniales, pero la gente que borra su perfil siempre cuenta que gana una liberación mental extraordinaria y mucho más tiempo para sus cosas, y lo recomienda a sus amigos. Agosto es un mes ideal para olvidarse de las redes sociales o al menos para limitar su uso a lo mínimo imprescindible. Un usuario pasa conectado de media 50 minutos al día en Facebook. Bajando el nivel podremos disfrutar más de nuestras aficiones o recuperarlas y hacer esas cosas que hacíamos antes de tener Facebook, si es que nos acordamos, que se denomina Vida Real.

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La gaviota desprotegida, por Alfredo Taján

Hace más de tres semanas una cría de gaviota tuvo la mala suerte de quebrarse el ala izquierda y realizar un aterrizaje forzoso en calle Huéscar, al lado de donde vivo, al final de avenida de Andalucía, antes de cruzar el puente que nos une a la barriada de Carranque. Desde hace más de tres semanas la pequeña gaviota se desplaza, con un ala caída, entre ese hito industrial francés de los años veinte, convertido hace años en escultura al aire libre, la citada calle Huéscar, y un edificio revestido de mármol y coronado por una réplica de la Victoria de Samotracia, que yace, como la gaviota, abandonado a una suerte de amnesia urbana, un espacio que ha servido de refugio a indigentes, y ahora es utilizado como cloaca máxima de la desgraciada gaviota y de sus padres, y demás parentela, que han venido a acompañarla; hay que verla caminar con dificultad pero rodeada por sus hermanas pequeñas que hacen de escoltas y le traen comida. Es increíble comparar la solidaridad entre las especies y el lento declinar de la especie humana. Las dos gaviotas mayores vigilan las evoluciones terrestres de su cría que no puede alzar el vuelo, y cuando alguien, que no advierte la presencia de las aves, se acerca demasiado, es blanco de la furia de los padres que, apostados en terrazas adyacentes, se lanzan en picado sobre la cabeza del despistado peatón que recibe un toque cual ‘remake’ de Los pájaros de Hitchcock. Yo mismo he sido advertido, en vuelo rasante, cuando me he arrimado demasiado, y una señora despistada que se adentró en la zona roja recibió un picotazo en la frente de no te menees.

La situación es patética. A la visión agónica de la gaviota, a su diaria decadencia, se une la impotencia de los padres, que por mucho airado picotazo que realicen no pueden evitar la lánguida muerte de su cría. Repito, la situación es patética aunque más patética ha sido la respuesta de la Protectora de Animales de Málaga. Más bien la no respuesta. Ausentes por ausencia, llevo intentando comunicarme con ellos desde hace más de dos semanas: todo en vano, no contestan. Telefoneo a un número que nunca responde, o que comunica constantemente (será que funciona a instancia de parte); quiero suponer que tendrán mucho trabajo, que están colapsados, no deseo pensar mal, las vacaciones son sagradas, por mucho que Cifuentes haya intentado desacralizarlas, y al agotamiento por tantas protecciones se suma el calor estival y la llegada de la feria de agosto, y no cabe la menor duda de que hay que proteger a muchos otros animales, no sólo a las gaviotas. Yo qué sé. En descargo de la Protectora debo confesar que ninguna de las otras asociaciones a las que he llamado han acudido en ayuda de la gaviota. He llamado a teléfonos facilitados por la Policía Local, y luego he seguido la cadena de llamadas sin encontrar respuesta. Que si nosotros nos dedicamos a los perros y a los gatos, que si nosotros a los burritos, que si nosotros a los ornitorrincos. Resulta inquietante porque mientras la gaviota agoniza cada vez hay más gaviotas alrededor para asistir a su deceso. Quizá planeen una terrible venganza.

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Rajoy miente, y ¿qué?, por Cristina Fallarás

Público, 23.07.2017

Así como el más vil de los escritores tiene sus lectores, así la más grande de las mentiras tiene sus creyentes; y sucede a menudo que, si una mentira es creída por sólo una hora, ha realizado ya su tarea y no hay más tarde ocasión de desmentirla.

(En El arte de la mentira política, panfleto atribuido a Jonathan Swift y John Arbuthnot)

Usted sabe que el presidente del Gobierno de España miente. No cabe escándalo sobre esta afirmación. A estas alturas, pocos son los ciudadanos que no lo sepan. Rajoy miente, además de no decir la verdad. Son dos cosas distintas. Que Rajoy miente ha quedado demostrado en medios de comunicación y tribunales, pero también por el sencillo ejercicio de superponer sus propias afirmaciones. En cuanto a que Rajoy no dice la verdad, basta con repasar sus múltiples “no lo sé”, “no lo recuerdo” o “no me consta”.

Viene esto al caso, porque este miércoles 26 de julio el “ciudadano” Rajoy está llamado a declarar como testigo en el juicio del caso Gürtel. Según el Código Penal español, como testigo tiene obligación de decir verdad. O sea, no solo de no mentir, sino de decir verdad. Son cosas distintas.

En el Artículo 458 del Código Penal se afirma: “El testigo que faltare a la verdad en su testimonio en causa judicial, será castigado con las penas de prisión de seis meses a dos años y multa de tres a seis meses”. En el 460 se añade, y esto podría resultar sustancial en caso de mediar voluntad: “Cuando el testigo, perito o intérprete, sin faltar sustancialmente a la verdad, la alterare con reticencias, inexactitudes o silenciando hechos o datos relevantes que le fueran conocidos, será castigado con la pena de multa de seis a doce meses y, en su caso, de suspensión de empleo o cargo público, profesión u oficio, de seis meses a tres años”.

Las reticencias, las inexactitudes, y el silenciado de hechos o datos relevantes podrían dibujar un buen retrato.

El retrato

El 3 de febrero de 2013 Rajoy pronunció una de sus frases más conocidas, quizás sólo superada en su propia contradicción por los pagos en diferido de María Dolores de Cospedal.

En Berlín, de pie ante la prensa, junto a la canciller alemana Angela Merkel, afirmó: “Desde luego, todo lo que se refiere a mí, y que figura allí, y a los compañeros de partido mío que figuran allí, no es cierto, salvo alguna cosa que es la que han publicado los medios de comunicación. O, dicho de otra manera, es total y absolutamente falso”.

Un par de semanas atrás, el 18 de enero, el diario El Mundo había publicado: “Bárcenas pagó sobresueldos en negro durante años a parte de la cúpula del PP”. El 31 de ese mismo mes, solo tres días antes de la declaración del presidente, El País publicaba los llamados “Papeles de Bárcenas”.

O sea, que Rajoy afirmaba que lo publicado era verdad –“salvo alguna cosa que es la que han publicado los medios de comunicación”–, para aseverar acto seguido que era “total y absolutamente falso”. Se trata solo de un ejemplo, ya que todo el ejercicio de Rajoy como presidente está trufado de afirmaciones de este tipo, donde las contradicciones se alternan con el absurdo.

Sin embargo, en la declaración de Mariano Rajoy como testigo, más que las inexactitudes o los silencios, pesa la posibilidad de la mentira.

La mentira

De nuevo se trata solo de un ejemplo, y también del más relevante. Si bien sobre el presidente del PP cunden las acusaciones de mentir en campaña electoral o en los debates sobre el estado de la nación, así como las sospechas referentes a cobros y pagos en B, hay un caso del que no cabe duda: el que rodea al archiconocido SMS que Rajoy envió a Luis Bárcenas.

En las fechas está la clave.

El 18 de enero de 2013, el hoy presidente del Gobierno envió un SMS a Luis Bárcenas donde se leía: “Luis. Lo entiendo. Sé fuerte”. El ex tesorero del PP ya había sido imputado en el caso Gürtel, ya se había dado de baja del PP, ya había renunciado a su escaño como senador, y la Audiencia Nacional había reabierto su caso después de que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) lo archivara “por falta de pruebas”.

En todo lo enumerado en el párrafo anterior no media la mentira. En esto sí: Justo una semana después de enviado el SMS, el 25 de enero, Rajoy aseguró a la prensa que no recordaba la última vez que había hablado con Bárcenas. Todavía faltaban meses para que El Mundo publicara la noticia de los mensajes telefónicos.

Pero no fue el único embuste sobre este tema. El presidente volvió a mentir, esta vez en sede parlamentaria.

Durante el pleno sobre Bárcenas que se celebró en el Congreso de los Diputados el 1 de agosto de 2013, el presidente afirmó a modo de disculpa: “Creí en la inocencia de esta persona, como creería en la de cualquiera de ustedes que se encontrara en un trance semejante, mientras los hechos no desvirtuaran esa presunción de inocencia. (…) Creí en su inocencia. Lo hice hasta el momento en que, a los cuatro años de iniciadas las investigaciones, llegaron datos que confirmaban la existencia de cuentas millonarias en Suiza, no declaradas a la Hacienda Pública, a nombre del señor Bárcenas”.

Mucho se podría detallar del apoyo del PP en general y de Rajoy en particular a Bárcenas, que incluye el pago de abogados y sueldo una vez “fuera” del partido. Sin embargo, si una se ciñe a la referencia del presidente en el Parlamento, la mentira es incontestable: El 16 de enero de 2013 se hizo pública la noticia de que Suiza había comunicado a la Audiencia Nacional que Luis Bárcenas había llegado a tener hasta 22 millones de euros en varias cuentas allí. Rajoy envió el SMS donde le pedía “Sé fuerte” el día 18 de enero de 2013, o sea, dos días después de conocida la noticia.

Es decir, cuando Rajoy explica que envía un SMS de apoyo y aliento a Luis Bárcenas porque no conocía “la existencia de cuentas millonarias en Suiza”, miente. Miente como un bellaco. Hacía un par de días que lo sabía. Resulta, además, sorprendente la soltura o impunidad con la que deja caer tales falsedades, cuando un golpe de hemeroteca basta para dejarlas en evidencia.

Sirva, pues, la mentira tejida en torno a los famosos SMS como ejemplo de lo que es capaz de afirmar el presidente Rajoy a la hora de justificar la corrupción que ha rodeado sus mandatos. Y el papel que ha jugado en ella.

Sin embargo, el Tribunal no lo llama a testificar como presidente del Gobierno, sino como “ciudadano”.

El ciudadano

El ciudadano Mariano Rajoy Brey nació en Santiago de Compostela en 1955, y 26 años después ya era diputado en el Parlamento gallego por Alianza Popular, partido fundado por su padrino, Manuel Fraga. Desde entonces ha recorrido un camino político uniforme y pertinaz: presidente de la Diputación Provincial de Pontevedra (1983-1986), vicepresidente de la Junta de Galicia (1986-1987), vicesecretario general del PP (1990-2003), ministro de Administraciones Públicas (1996-1999), ministro de Educación y Cultura (1999-2000), vicepresidente primero del Gobierno (2000-2003), ministro de la Presidencia (2000-2001/2002-2003), ministro del Interior (2001-2002), portavoz del Gobierno (2002-2003), secretario general del PP (2003-2004), presidente del PP desde 2004 y presidente del Gobierno de España desde 2011.

En cuanto al juicio que nos ocupa, el actual presidente del Gobierno ha insistido siempre en que la distancia entre él y Francisco Correa, cabecilla de la Gürtel, es sideral. De hecho, existe un cierto consenso en los medios de comunicación a la hora de negar cualquier relación entre ambos.

En este sentido, cabe recordar que fue Mariano Rajoy, personalmente, quien colocó a Luis Bárcenas como tesorero del PP. Corría el año 2008. Cuando lo hizo, Rajoy sabía que Bárcenas llevaba una década haciendo negocios con el jefe de la Gürtel, también conocido como Don Vito. Entre otras cosas, porque mientras Correa saqueaba (presuntamente) las arcas públicas, Rajoy fue ministro de Administraciones Públicas, de Educación y Cultura, de la Presidencia, de Interior, vicepresidente del Gobierno y presidente del PP. Pero también porque la presencia de Correa en la sede de Génova era prácticamente diaria, más allá de haber ejercido de padrino en la boda de la hija de José María Aznar con su amigo Alejandro Agag.

En cuanto a la financiación ilegal y la corrupción en campañas electorales, en informaciones conocidas hace solo un par de meses la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil aporta pruebas contundentes de que la campaña de Rajoy de 2008 fue financiada de forma fraudulenta, a base de cursos de formación inexistentes.

A quién le importa

Este mismo mes de julio, el coordinador general del PP, Fernando Martínez-Maíllo, afirmaba: “Es una declaración como testigo, creo que es importante recalcarlo, en la que siempre hemos dicho que creemos que va a aportar muy poco”.

Usted sabe que Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno de España, miente. Además, no dice verdad. Todos los hechos relatados en este artículo son de sobras conocidos por los españoles, hasta el punto de haberse convertido en objeto de chanza, y suponen solo un par de ejemplos. Sin embargo, este ciudadano llamado a declarar como testigo tiene obligación de decir verdad ante el Tribunal que juzga una parte del caso Gürtel.

Cabe preguntarse por qué un presidente del Gobierno que ha mentido ante los medios de comunicación, ante el Congreso de los Diputados y, por lo tanto, ante todos los ciudadanos, iba a dejar de hacerlo ante un tribunal.

Cabe preguntarse también, visto lo visto, a quién iba a importarle. Hasta este momento, y siendo de todos conocido, no parece haber hecho mella alguna. Y, en este sentido, efectivamente “va a aportar muy poco”.

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Vacaciones, por Ángel Valencia

Cuando una parte de España está de vacaciones y la otra las anhela, contando los días que quedan hasta que llegue agosto para estarlo, alguien se ha atrevido a invocar el conjuro y desafiar el sagrado derecho al ocio anual de todos: Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid declarando, este pasado martes, que no se irá de vacaciones este verano tampoco –por tercer año consecutivo- porque, aunque considera que los días de descanso son «una cosa muy buena», cree que no tienen que ser «una obligación» sino «una opción voluntaria». También ha aclarado que no pretende ni «polemizar» ni «decirle a nadie lo que tiene que hacer ni mucho menos» y que las vacaciones son «una conquista de los trabajadores». Así, es una decisión personal, Cifuentes prefiere quedarse trabajando en Madrid, al igual que hizo los dos pasados veranos tras su investidura como presidenta. «Me gusta muchísimo mi trabajo, me gusta quedarme en Madrid en verano y me voy a quedar trabajando». Una laboriosidad de la que también habla en su cuenta de Twitter donde la presidenta de la Comunidad de Madrid comenta que trabaja 14 horas diarias, incluyendo algún fin de semana, que a veces come frente al ordenador y que duerme cuatro horas cada día.

En principio, nada que objetar a la laboriosidad de Cristina Cifuentes. El trabajo de político y, en esos niveles de responsabilidad, es un trabajo especial que no tiene horarios, exige una dedicación completa, reuniones, entrevistas, asistencias a actos públicos y a cambio se dispone de personal, de buenos sueldos, varios secretarios y coche oficial todo el día. Se trata de un trabajo con cierta flexibilidad y recursos para ello, para resolver una agenda, normalmente, exigente, inflexible y llena de imprevistos. En ese sentido, es incomparable con el trabajo común de los demás. Por tanto, nada que decir al estilo Cifuentes y a si desea, por decisión personal, quedarse a trabajar por gusto y responsabilidad en su trabajo. Va de suyo en el cargo, por otro lado, pero si lo que desea es crear un estilo propio, ahí quizá se equivoca. El estilo proclamado es lo que resulta peor. Decirlo en unas declaraciones, hablar de su dedicación laboral en las redes, no es lo apropiado. Si desea dar una imagen de presidenta dedicada a los madrileños, nada mejor que la vean trabajando los funcionarios en la sede de la Comunidad y los madrileños que se quedan en Madrid y si pretende ser ejemplo para su partido, también –al final todo se sabe-. Las vacaciones o el trabajo de su presidenta no son la clave que acercará los políticos a los ciudadanos, ni les hará olvidar la corrupción del PP en Madrid.

En cualquier caso, ante tanta ética del trabajo, no debería olvidar la presidenta de Madrid la sociedad en la que vive y quizás tener un poco de sensibilidad porque la Encuesta de Condiciones de Vida publicada por el INE hace un año muestra que no todo el mundo tiene su capacidad de elegir. Los datos de esta encuesta muestran que, en 2015, cuatro de cada diez españoles no podían permitirse ir de vacaciones fuera de casa al menos una semana al año ni tenían capacidad para afrontar gastos imprevistos (en 2014, el 45% no podía irse de vacaciones) El 13% tenía muchas dificultades para llegar a fin de mes y el 9% se retrasaba en los pagos relacionados con su vivienda principal. Los datos indican que entonces estábamos mejor que el año anterior pero que aún nos encontrábamos en condiciones verdaderamente mejorables. Por otro lado, el 22,1% se hallaba por debajo del umbral de riesgo de pobreza, tan sólo una décima menos que en 2014. Los hogares españoles obtuvieron unos ingresos medios de 26.092 euros anuales, lo que se traduce en una bajada constante de los salarios en los últimos años. Las Comunidades más afortunadas fueron el País Vasco, Navarra y la Comunidad de Madrid y las que menos ingresos obtuvieron son las del sur de la Península: Murcia, Andalucía y Extremadura.

Hay, pues, una sociedad real que vive y trabaja a distancia de la sociedad oficial y para la que este tipo de declaraciones no puede representar gran cosa porque las vacaciones no son solo un derecho sino un ocio necesario que nos sirve, una vez al año, para hacer esas cosas valiosas que nadie retribuye. Y, por eso, preciosamente, son tan valiosas. Como nos recomendaba Fernando Savater en su artículo En defensa de la vida ociosa, hace casi un año, «Tómenselas a su modo, haciendo esas cosas tan valiosas que nadie retribuye, sea leerse las obras completas de Shakespeare, aprender a tocar la flauta dulce o mirar incansablemente el mar. No vendan ni uno solo de sus minutos y compren lo menos posible, pero sin agobios ni exageraciones. También hay cosas bonitas, aunque lo más bonito nunca sea una cosa. Váyanse, váyanse muy lejos, para lo que no necesitan siquiera salir de casa: viajen alrededor de su cuarto, como hizo Xavier de Maistre. Y a poco que puedan, háganme caso: no vuelvan jamás…». Presidenta, disfrute usted de su trabajo, y los demás de sus merecidas vacaciones. Precisamente por eso.

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La supervivencia del trabajo, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 16.07.2017

La economía no se pinta los labios ni su corazón se precipita cuando a los números les sube el pulso del paro. Tampoco se desahoga la corbata ni se arremanga el gesto ante el precario equilibrio a la pata coja entre las afiliaciones a la Seguridad Social y sus bajas de finales junio. El cambio de temperaturas arrastró a la sombra 257.014 empleos de precaria salud laboral hace diez días. Tiempo de sobra para que a los responsables de nuestra, o mejor dicho de la suya, política económica se les corriese el rímel de la mirada o se les secase la saliva grave con las que continúan afirmando que sobre sus alas el país vuela alto. Ni siquiera la oposición que sigue ocupada en hacerse oposición a sí misma, y sin revisar por qué no terminan de funcionar las cañerías que la vinculan con los ciudadanos, hace números abajo y arriba y exige saber qué está pasando de verdad con la enajenación del trabajo en España. Tal vez el impertinente granizo, el insufrible calor de temporada y de nuevo ETA y sus víctimas como paja política en el ojo ajeno sean más importantes que el empleo donde hace tiempo son demasiado normales las peonadas. Ya sabemos que a nuestros políticos cuando se visten de empresa les gustan mucho los juegos de mesa. Unos se aplican como el socialista Plata al monopoly del puerto al que el ministro de fomento le ha fomentado la ley para que fomente el desembarco del progreso privado. Y otros se enrocan como reyes en su tablero mientras los alfiles de su reforma laboral nos manejan igual que peones de playmobil de quita y pon.

Es habitual, en esta España que progresa adecuadamente, que sus empresarios den de baja a sus trabajadores el fin de semana para quitarlos los lunes del sol hasta el límite del viernes y así sucesivamente el empleo del día de la marmota. A otros les toca peor suerte y su jornada sube y baja según las horas de puentes, y de fiestas que guardar. Dicen los que saben que con la ley en la mano la mayoría de estos abusos los perseguiría la inspección del Trabajo, pero ¿hay todavía gente que confíe en estas inspecciones? Lo que está claro es que el sueño de esos trabajadores temporales, y también de los 6,58 millones que cobran al año ingresos por debajo de los 707,6 euros del SMI, consta de tres destinos: Gran Hermano, Supervivientes o entrar a formar parte de los mileuristas en bruto. La bendita condición de más del 30% de los españoles, según datos recientes del INE y de la Encuesta Anual de Estructura Salarial presentada la pasada semana.

Hace doce años Carolina Alguacil escribía una carta al director de un periódico nacional sobre los jóvenes entre 25 y treinta y tantos años, con carrera, másteres e idiomas que no cobraban más de 1.000 euros mensuales. Un perfil de mujeres y de hombres con Europa en la mochila y un futuro que cada vez se parecía menos a lo que les habían prometido. Aquellos pobres mileuristas de entonces desconocían que una década más tarde vivirían por encima de millones de náufragos de la crisis y de las políticas de empleo de Mariano Rajoy. Por debajo de su cumbre de ocho miles del siglo XXI hay 1.131.800 personas con un trabajo temporal o a tiempo parcial, según los datos de la Encuesta de Población Activa. Aquel malestar o desazón de entonces acerca de la injusticia de su situación ha sido sustituido por la conciencia de lo inevitable y de la aceptación ante el miedo a bajar del ranking de la precariedad del sueldo o de terminar en el largo túnel del paro. No es extraño, España cuenta con uno de los salarios mínimos más bajos de los 1.922, 96 de Luxemburgo, de los 1.457,52 de Francia y de los 1.378,87 de Reino Unido. Con este panorama cobrar 1.000 euros al mes supone ser un afortunado, aunque teniendo en cuenta que el país soporta 5,4 millones de personas sin empleo no es fácil no sentir angustia en el estómago porque tener empleo es tener la conciencia y el vértigo de estar en el alambre. Uno de los legados de la Gran Recesión es, como afirma el catedrático de la UNED Luis Garrido, que la mayor parte la sensación de inseguridad y la certidumbre de que se puede caer al pozo en cualquier momento.

El panorama puede empeorar aún más. La mayoría de los jóvenes del siglo XXI llegarán pronto a trabajar 14 horas más a la semana, sujetos a la inestabilidad personal y profesional que les impedirá hacer planes a largo plazo y formar una familia. Incluso su horizonte puede empeorar porque las nuevas tendencias apuntan a que el empleo será cada vez más fragmentado, más inestable y parcial.

La precariedad es el eje alrededor del que gira la mayoría de la vida laboral. Un reciente informe de UGT denuncia que cada año se sustituyen 650.000 puestos de trabajo indefinidos por empleo temporal y que los contratos que duran menos de siete días suponen un 25,7 % de todos los contratos temporales. Una precariedad de la que no se han librado los mayores de 50 años, despedidos en su mayoría por los ERES y sustituidos por temporales, de los que 300.000 ya no perciben ningún tipo de prestación a pesar de estar cerca de su jubilación, según daos de la secretaría de Políticas Sociales, Empleo y Seguridad Social. España lleva abonada a la precariedad desde los años ochenta, según cuenta el economista Antonio González, de la plataforma Economistas Frente a la Crisis. ¿La razón? Que los empresarios usan estos contratos para todo y no solo para cubrir necesidades de producción específicas, objetivo para el que fueron concebidos los contratos temporales.

Esta realidad da para mucho. La industria editorial lo sabe y lleva tiempo ofreciéndonos inquietantes lecturas sobre las expectativas laborales, marcadas por el auge de la robotización desocupando personal no cualificado o en ocupaciones vulnerables de los cambios, como La riqueza de los humanos de Ryan Avent y en cuyas páginas se nos alerta acerca de que o la sociedad encuentra modos solventes de hacer frente a la metamorfosis del empleo o el estallido social resultará peligroso. Otros como Utopías para realistas de Rutger Bregman proponen la solución de 15 horas de trabajo semanales y una renta básica universal. La propuesta conlleva el interrogante de dónde saldría el dinero para sufragarla, con una Hacienda cautiva de la pobre recaudación. La salida se parece cada vez más a la de un intrincado laberinto virtual. No hay fórmulas ni hilos de Ariadna que faciliten la labor por mucho que nos hablen del cambio del sistema educativo, más enfocado a un mundo entre las finanzas y la permanente actualización tecnológica; del modelo comunal del trabajo; de la importancia del emprendimiento –sobre el cual he preferido dejar en blanco la precariedad de los numerosos autónomos a los que la política sólo le ofrece parches y zanahorias-; o de la capacidad de resistencia de trabajos que dependan del talento creativo como elemento diferenciador y competitivo o de perfiles especializados en el ámbito digital. Todo esconde una letra pequeña que en un futuro cercano determinará la venta de nuestra alma al viejo diablo del capitalismo que muta y arrasa sin parar los antiguos campos del Humanismo, de los derechos sociales y del bienestar.

Bauman lo dejó muy claro. Antes los medios de subsistencia estaban vinculados a tener un empleo total. Una promesa desahuciada por un sistema capitalista que sigue buscando lugares y personas que trabajen por un dólar. Mientras esta codicia extendida se mantenga vigente la esperanza es un paréntesis entre el disfrute sin preguntas del presente y el futuro en el que descubrir nuestra supervivencia en el trabajo.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Cortázar y la cuestión catalana, por Ángel Valencia

La Opinión de Málaga, 09.07.2017

Mirar hacia Cataluña estos días es contemplar un paso más en la historia de un desencuentro en el que la perplejidad diaria ante lo que vemos no puede ocultar la preocupación por la existencia de un problema al que hay que intentar dar una solución política.

El abismo entre Rajoy y Puigdemont es narrativo: es una contraposición entre un cuento fantástico y un juego de silencios. Como diría Cortázar, el cuento es «un orden cerrado. Para que te deje la sensación de que va quedar en la memoria, que valía la pena leer, ese cuento será siempre uno que siempre se cierra sobre sí mismo de manera fatal» (Julio Cortázar, Clases de Literatura. Berkeley, 1980, Alfaguara, 2013. Pags. 29-30).

Puigdemont y el soberanismo representan un discurso que es una suerte de cuento. En este caso, un cuento fantástico que no es un orden cerrado, por su calidad literaria, pero sí por su puesta en escena, por su espectacularidad, por la firmeza de su lenguaje y sus promesas –referéndum, pregunta, independencia, etc-.

Por el contrario, Rajoy sigue instalado en la legalidad, en una opinión pública dividida en Cataluña, en la dificultad de establecer una consulta con unas garantías democráticas plenas y en la espada de Damocles de la aplicación del artículo 155 de la Constitución.

La legalidad constitucional y su defensa impiden todo, la independencia y el referéndum, pero no aborda la cuestión política que está causando el nacionalismo en Cataluña.

La actitud del PSOE y de Podemos en este marco pueden ser interesantes también. Habrá que buscar una solución pactada por una mayoría lo más amplia posible para intentar resolver la crisis de nuestro modelo territorial. Debemos pasar del cuento y del juego de silencios a la novela como “«obra abierta» en la que entran los grandes espacios de la escritura y de la temática. Valga la metáfora. Hace falta legalidad pero también una respuesta política y encontrar consenso ante un tema que va a continuar más allá de la consulta.

Ángel Valencia es catedrático de Ciencia Política de la UMA.

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Se inaugura un mojón, por Txema Martín

Ayer, en el kilómetro 222 de la AP-7, vía que discurre entre Torremolinos y Benalmádena, se celebró un acto político majestuoso, uno capaz de devolver toda la fe que habíamos perdido. La estrella del ‘happening’ fue un ministro de Fomento al que seguían diputados aleatorios, directores de áreas, presidentes de cosas, senadores, subdelegados importantes, secretarios generales, candidatos en ciernes, un guardia civil con su tricornio y concejales de todo ámbito hasta sumar veinte, sí, veinte políticos reunidos para inaugurar un mojón de carretera.

En un tristísimo descampado, porque celebrar este acto en mitad de la carretera habría degenerado en un golpe para la democracia, había gente suficiente como para llenar una caseta de feria, caras con las que podríamos crear dos tableros enteros del ‘¿Quién es Quién?’. La Revolución Rusa empezó con menos gente: en aquella llanura había tantos políticos que se podría haber levantado allí mismo un Ayuntamiento paralelo, quizá incluso una Consejería. La de Empleo, por ejemplo. Podría ser la primera vez que tantos políticos se reúnen en nuestra provincia en un espacio tan pequeño y sin su correspondiente catering de Doña Francisquita.

Muchos de los allí presentes eran expertos en desplazarse en comitiva. Es una forma de transporte incómoda, lenta y aparatosa. A veces te deja el orgullo apaleado pero, si se resuelve con una habilidad anfibia y uno se inmoviliza con cada flash, ir en comitiva puede cambiarte la vida. En comparsas como esta se han alzado ministros y se ha dejado caer a directores generales. Allí debía resultar muy excitante imaginarse dentro de 15 años con sus nietos en el coche, hacia un destino incierto, y poder decir aquello de «yo estuve en la primera piedra de esta mismísima rotonda», porque entre los políticos hay una cosa típica que es decir yo hice esto o yo hice aquello. Ha extrañado la ausencia de sendos alcaldes de las dos orillas: uno estaba en Madrid y el otro de vacaciones. Ha hecho muy bien en quedarse: romper el asueto para inaugurar un mojón podría haber generado la cara más triste de esta fotografía.

Imaginamos los discursos: «Las carreteras sirven para unirnos, y eso nos hace mejores personas». El ministro comentó que este proyecto solucionaría un problema relevante y mejoraría la vida de los vecinos. Y es verdad. Los que estén familiarizados con esa carretera y con el momento ‘me voy al Arroyo de la Miel’, que es uno de esos nombres de lugares con una literalidad inquietante, sabrán que allí se producen dos o tres atascos diarios. Frente a la barbarie de la caravana, los conductores emprenden una silenciosa práctica habitual: para no estorbar y de una manera muy natural, como los que van a morir a la barrera, los coches se apostan ordenadamente sobre el arcén. El fin de esta práctica llegará cuando esté terminada la carretera. Será dentro de dos años. Si los que estaban en la foto se hubieran puesto a trabajar, lo mismo la terminaban en un mes.

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Isla o pantalla, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 25.06.2017

Un instante improvisado o con un contemporizador enmarcado. Da igual que sea un impoluto fotograma fugaz o que se trate de una imagen compuesta como secuencia de una trama con continuación. Lo que importa es que ese trozo de vida sorprenda, conquiste y le provoque al espectador la codicia de un deseo. Ser Lauren Bullen y Jack Morris. Jóvenes, guapos, fotogénicos, cruzando el mundo en Instagram y compartiendo su vida Canon 5DMK3, editada en Lightroom. Una aventura que no responde a un impulso existencial, ni a la apuesta por una forma de vida libre y en movimiento. Tampoco es un proyecto artístico ni la empresa hedonista de dos millonarios. De 2.800 a 8.000 euros cada cromo de su felicidad es la tarifa con la que cobran la belleza, el exotismo y la cotidianeidad de compartir su desayuno con una jirafa en Kenia; su paseo por el vértigo de una terraza frente al atardecer indio de Jaipur o el amanecer de su amor entre las sábanas blancas de un ménage à trois con la jungla filipina. Su álbum lo siguen cuatro millones de personas. Aval suficiente para que ITCHoteles, The Luxery Collection o Paul_Heweitt entre otras firmas pongan pie a cada postal de esta pareja convertida en un redondo negocio de marca. Leer su historia le pone a cualquiera los incisivos largos. Y no digamos la glándula sublingual. De limpiar alfombras en Manchester y de ser ayudante en una clínica dental australiana al flechazo en Fiji y a la epifanía de la biografía como publicidad. Ya acumulan 45 países por los que han viajado gratis compartiendo la sonrisa de sus días de pasión y ocio, y los que les quedan a esta pareja de empresa.

El sueño de cualquiera de los 600 millones de usuarios que tiene Instagram, y que en buen número cada día narran los destellos de ficción de su existencia previsible. En identidad trabajada en espejo y como personajes sin autor, como si sus rutinas, los trampantojos de sus escenarios y sus mensajes, fuesen modelos de conducta o narraciones gráficas de héroes de carne, hueso y maquillaje. Una adicción de los millennials cuya existencia en red oculta la soledad con ecos de Me gusta y cada cual disfraza su inseguridad; da rienda suelta al desconocimiento de su diagnóstico psiquiátrico o se busca a sí mismo mediante la acción en un presente continuo que no existe sin el goce de que los demás sean vouyeres de lo que se vive, okupas de la intimidad. Los instagramers se han convertido en los nuevos bloggers a los que miman las marcan y a los que los followers quieren y siguen, igual que si fuesen gurús imprescindibles. Ropa, música, objetos, cualquier cosa cuya marca funcione, a modo de caracteres personales en los que la gente se encarna, y les permita conseguir más de 100.000 seguidores y cobrar entre 500 y 750 euros por una foto que oferte una expectativa de futuro que los demás también pueden adquirir. Monetizar cinco o seis fotos al mes supone un desahogado sueldo para vivir. Una nómina parecida se puede conseguir en YouTube, con más de 1.000 millones de seguidores al mes que dedican 6.000 millones de horas a ver videos caseros de veinteañeros con nombres de guerra como El Rubius, Vegetta 777 o WillyRex, y que, gracias a sus 8, 35, 6,9, y 4,2 millones de seguidores, ingresan cerca de 5.000 euros mensuales con sus comentarios, bromas o análisis.

Si el dinero es el objetivo de estos jóvenes, igual que en la década de los 90 el éxito fue el horizonte de los brokers, hoy el mandato social es la felicidad. Eso explica, según la psiquiatra Geraldine Peronance, que en Instagram también los ricos compitan en seguidores en una lista liderada por el matrimonio Bastion y María Yotta con su casona de Hollywood, escenario de fiestas con muchas mujeres, dinero saltando por los aires y automóviles de diseño rojo. «No hay separación entre el placer y el trabajo. Sólo se vive una vez». La frase de cabecera de estos propietarios de empresas de cosméticos, productos dietarios y software para personas de la tercera edad. Un fenómeno viral al que sumarle otro más reciente como el del italiano Gianluca Vacchi y sus espectaculares bailes, junto a su joven novia o a solas en cualquier parte, su estilismo y la recomendación que muchos han copiado: Enjoy!.

La cuestión es vender mundos simulados, realidades virtuales, objetos transformados en un don, en una ideología, en una manera de relacionarse. Una vida de sex shop social en la que sólo se tirita de placer y de afán, y en la que un segundo yo es el significante del triunfo y del destino. Lo explicó muy bien Sherry Turkle en La vida en la pantalla. Un ensayo impreso que de momento sólo puede leerse para entender cómo hemos perdido las antiguas formas de saber, la capacidad de la soledad y lo que se puede aprender de ella. Y las razones por las que las tecnologías han cambiado la percepción y el disfrute de la belleza, del conocimiento y el deleite de lo inesperado y lo natural por una existencia etiquetada, mimética y envasada al vacío. ¿Tendríamos que preguntarnos si es verdad que si no se está conectado no se es nadie? ¿Y quiénes son los que realmente están desconectados? ¿Los que se niegan a formar parte de la híper estresada sociedad tecnológica, cada vez más deshumanizada, o los que practican el sonambulismo emocional de una existencia sujeta a la exigencia de la conexión permanente?

Cada vez hay más disidentes de la vida mediática en tiempo real. Susan Sarandon se separó de su joven pareja Jonathan Bricklin porque se hartó del reality en red que consistía en un seguimiento continuo del protagonista y su pareja. Y también crecen las ofertas que nos ponen en contacto con las viejas capacidades naturales del movimiento humano, como caminar, correr, nadar, trepar a un árbol, y enseñan a ser mejores ante situaciones de la vida real que demandan una respuesta física eficiente y eficaz. «Ser fuertes para ser útiles, para nosotros mismos y la comunidad» afirma Rafa Díez, responsable de Movnat Entrenamiento Natural. Una empresa que desarrolla la importancia del estado de alerta, del conocimiento del entorno natural, de habilidades de supervivencia, de trabajo colaborativo y de la superación de miedos y limitaciones.

Cuestiones importante si usted, harto de Instagram, de Facebook y de un mundo deshojado o encumbrado por un click a mano, decide hacerse el náufrago y contactar con la empresa Docastaway, que el malagueño Álvaro Cerezo abrió en 2010 después de pasar unas semanas de ermitaño a la deriva en el archipiélago indio de Andamán. La experiencia le despertó una vocación Robinson por arenas y cocoteros de Indonesia, Tanzania y Panamá hasta que decidió crear un negocio remoto, aislado y sensorial en Japón, Caribe, Filipinas y Polinesia por mil euros a la semana, y por el que han pasado 500 personas con un final notable en supervivencia y felicidad. Algo de cierto ha de tener el resultado de esta opción porque David Glasheen, víctima de la crisis bursátil de 1987 que provocó que se divorciasen de él su fortuna de 25 millones de euros y su esposa, ha pleiteado con todas su fuerzas contra la empresa propietaria de los derechos de Restoration Island Pty Ltd. 26 hectáreas deshabitadas al noroeste de Australia, donde fue abandonado el capitán Bligh por los amotinados de La Bounty, en las que ha gozado 24 años de soledad turquesa este náufrago de los negocios desahuciado ahora porque un gran resort turístico bien vale un paraíso.

En cualquiera de los casos, a la vida es a lo que todos aspiramos. La decisión es dónde queremos que suceda. En flirt de la pantalla o en la reinauguración del placer de lo humano y el disfrute de su tacto.

Guillermo Busutil es escritor y periodista. www.guillermobusutil.es

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Diario póstumo, por José Antonio Garriga Vela

Sur, 24.06.2017

Por cuestiones que no vienen al caso ha caído en mis manos el diario de un familiar que murió hace años. Me sorprende ver las primeras páginas en blanco. Entonces descubro que el diario comienza en la última página y por lo tanto cada día tenía un espacio predeterminado, como si supiera la extensión exacta de lo que iba a contar. El primer día ocupa las dos últimas páginas y está escrito en el transcurso de un viaje: «Lunes. Día 19 de marzo de 1990». Me encuentro ante la disyuntiva de seguir desvelando la intimidad o romper las páginas y tirar el cuaderno al contenedor de papel. La curiosidad me impulsa a seguir leyendo. Oigo la voz de alguien que permanece con vida aunque haya muerto y me cuenta lo que realmente piensa de las cosas, como si realizara un viaje al extranjero y otro al interior de sí mismo. Entonces descubro lo que pensaba de mí, lo que nunca me dijo. También describe los lugares que ha visitado ese día y quienes estaban presentes en su memoria. Algunos de ellos han muerto. Lo que más me interesa no son los museos, ni los monumentos, ni siquiera las personas que aparecen y desaparecen a lo largo de las páginas. Lo que realmente me interesan son los pensamientos que escribía al final del día. Qué curioso que hayan tenido que pasar casi treinta años para conocerlos.

Veo pasar los días, hasta que la página se queda en blanco, como si de pronto perdiera la memoria. Sucedió un viernes. Trato de recordar dónde estaba yo en aquellos momentos. Desando el largo camino igual que si revisara las páginas del diario que no tengo escrito. Luego vuelvo al presente en décimas de segundo y me doy cuenta lo veloz que transcurre el tiempo. Siento vértigo. Me pasa por la cabeza comenzar a escribir el diario, decir lo que siempre he callado y que alguien lo lea cuando me haya ido. Un testamento sentimental. Pero no tiene sentido hacer confesiones cuando es imposible escuchar las respuestas. Supongo que escribir un diario es la única manera de desahogarse sin que nadie se entere. Un alivio secreto y pasajero. La verdad que nadie sabe. A medida que voy leyendo y desvelando el pasado imagino la expresión de su rostro en cada uno de los instantes, la mirada que no desaparece. Me vienen a la memoria instantes que compartimos y a los que no dimos ninguna importancia, imágenes de la vida cotidiana que hoy, más que nunca, me estremece recordar. Leyendo el diario he descubierto los silencios que marcan la vida. Me gustaría que volviera a nacer, o que resucitara aunque sólo fuera un rato para preguntarle algunas curiosidades, algunas dudas, algunas mentiras.

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Noche de San Juan, por Juan Gaitán

La Opinión de Málaga, 22.06.2017

Con la noche de San Juan llega de veras el verano. Sí, ya sé que no me ciño al calendario oficial, a la exactitud cronométrica de los observatorios, pero yo me rijo por la ancestral tradición que aprendí de muy niño, la que dicta que es por San Juan cuando el solsticio trae la inmortalidad de las tardes.

Me gusta el verano, su lenta manera de hacer las cosas. Siempre he esperado con impaciencia su llegada, su calor y su luz, aunque me suponga un ataque grave de melancolía. Una prueba concluyente de que la vida es una enorme, terrible injusticia, es que no tengamos el derecho de, al menos una vez, volver a tener ocho años y un día de verano por delante, un día sin corrupción, sin atentados, sin hipoteca ni plazos concluyentes. Un día para no mandar y para que no te mande nadie. Una mañana de verano con un balón de fútbol y veinte amigos, dos horas largas de carreras, gritos y algún conato de pelea, y luego descansar a la sombra fresca del portal, sobre el escalón de mármol, y callarnos todos un segundo y sentir cómo se mece la eternidad.

Entonces, en aquellos días azules, por las tardes yo me sentaba en el brocal del aljibe a descifrar los hondos ecos del agua. Había en mi casa una luz que se demoraba en las baldosas y se reía en los cristales, una luz como si el mar estuviera cerca. A esa hora el silencio se hacía más denso, un toro echado en el llano. En una penumbra muda que sabía a pasas dormía la casa y la tarde se abría mansa y eterna. Por entonces la vida, maciza y desnuda, cómplice de mi niñez, parecía interminable. Pero aquellos días se me han perdido. Ya no está allí mi casa, ni la voz del agua, ni aquella luz, ni el camino largo que llevaba a la marisma.

Definitivamente el verano, como la lluvia en aquel soneto de Borges, es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Y quizás por eso este ataque de melancolía hoy, a solo unas horas de la Noche de San Juan, esa noche en que encendemos candelas para matar la noche, para hacer eterno el día. Candelas que tienen la facultad de remover recuerdos y hacernos ver que de aquellos veranos no queda nada más que la memoria y el calor, que no se hace viejo, que cada año se nos echa encima con más furia y más ardor, con su costumbre de secar el tiempo y volverlo tan amarillo e inservible como el periódico de ayer.

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Soñadores políticos, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 18.06.2017

Irene Montero, portavoz de Unidos Podemos, durante la moción de censura.

 

 

 

Ya nadie atraviesa los espejos ni cree que otra vida es posible. La crisis nos ha vuelto serios, respetables, dóciles y desencantados. Y a lo poco que nos atrevemos es a cruzar el semáforo en rojo. A diario fichamos, cumplimos, regresamos y cerramos a oscuras los ojos sin pensar si existimos, o si somos emoticones de copia y pega en cualquier parte. Ni siquiera nos planteamos si hay alguien que nos sueñe un futuro diferente, porque nos hemos acomodado en la cobardía o en exilio interior del escepticismo. No es extraño que la mayoría confiese no haber seguido la moción de censura al Gobierno porque la política les aburre y les resulta indiferente. No hay palabras nuevas que suenen a la posibilidad de una verdad ni discursos ilusionantes con probabilidades de realización. Muchos piensan que la realidad es una sucia niebla entre la utopía y la falta de credibilidad. Algo de razón tienen, y están en su derecho. Lo mismo que los que consideran que la política no es un plato que se sirve frio, y por ello debaten apasionados e impacientes -en público o en reuniones de amigos que celebran los afectos- entre réplicas y el afán inagotable de que sus ideales le discutan las coartadas a la opción que nos administra el espejismo de la mentira y la precariedad de la tristeza, como si nada más estuviese permitido. No diré que de ellos es el reino de los cielos pero sí que, como ha dicho el cineasta, Jonas Mekas, son soñadores lo que necesitamos, aunque fracasen.

Estoy de acuerdo a pie juntillas, y con el viejo mechero coreándolo en alto. Los soñadores son los poetas de la reflexión y de los sueños que se ponen a prueba con convicción y deseo. Algo de eso tuvo en esencia el discurso crítico de Pablo Iglesias -seguir la moción era una opción voluntaria pero necesaria para opinar y exigir democracia-, con aceptables razonamientos frente al indignante espectáculo de la bancada azul y sus paladines. Cuando uno sabe lo suyo de héroes a los que se les descubre el talón o la máscara, ha conocido la cocina política, como se aúpan los liderazgos y se manejan sus oscuros fontaneros, es muy consciente de que en España tenemos demasiados políticos de bisutería y de sonrisa planchada con la que te estafan la credibilidad y la vida, y muy pocos con solvente preparación y carta común de ciudadanía. Y que, salvo alguna que otra excepción, algunos de los problemas del PP son que sus corazones bostezan con la angustia de la calle y sólo se despeinan y se les corre el rímel cuando la izquierda amenaza con madurar y unirse contra la soberbia de quiénes se consideran los idóneos y férreos generales de un país que no funcionaría sin ellos.

Bastó con ver, aunque se haya olvidado fácilmente a vuelta de esquina de la noticia y sus imágenes, a quienes se hacen llamar sus Señorías arrullándose en risas frente las acusaciones de los numerosos casos de corrupción -que en una auténtica democracia hubiese determinado hace tiempo la dimisión de Rajoy-. Inadmisible resulta igualmente que Rafael Hernando se comporte como un machista con Irene Montero, y que su compañera de partido, además de mujer, Andrea Levy, lo disculpe. No vivimos en un cómic aunque se empecine en creerlo la diputada Ana Vázquez, dedicada a mandar mensajes bromeando con el aspecto de novios de la portavoz y el líder de Podemos. En el Congreso, en el que la democracia cumple 40 años y con algunos excelentes ejemplos de diputados, de concejales y de ministros, no pueden tener cabida personajes sin educación, sin ética, ni respeto a las argumentaciones del adversario. Arquetipos de la época de Felipe IV sin voluntad de autocrítica y mucho de chulería zafia, que se dicen representantes de la ciudadanía cuando su razón de ser, de llegar y gestionar el poder se fundamenta en el dominio feudal de las élites económicas, y en su actitud de autosuficiencia. Gobiernan porque una mayoría electoral se lo otorga, sí. También porque la falta de políticos con un conocimiento estadista de los retos que tenemos por delante evita que exista una alternativa que transforme el escenario, el atrezzo y la obra que desarrolla la vieja lucha por el poder y sus inmediatas, múltiples y contagiosas enfermedades morales.

¿Es posible que surja en nuestra democracia una política con mayúscula, con más imaginación y nuevos procedimientos para tomar decisiones que eviten que se agraven más los espacios políticos y judiciales, y a favor de una necesaria justicia social? En Portugal, a la que tan poco queremos tener en cuenta, el gobierno socialista de Antonio Costa lo ha demostrado con un pacto de izquierdas, firme y por encima de recelos. En poco tiempo y sin ruidos ha conseguido un retorno del crecimiento económico y la disminución del desempleo que ha pasado del 12 al 10%. Una unión por la superación del modelo neoliberal y en contra de las políticas de austeridad que promueven la devastación social en Europa. Pablo Iglesias se lo dibujó muy claro a Rajoy: la España de los logros económicos del PP nada tiene que ver con las numerosas vicisitudes de los ciudadanos de a pie. Lo mismo que sucede en Francia, en Alemania, en Italia. El presidente no escuchó. Prefirió parodiarlo: él no iba a presentarle una moción de censura.
¿Y el PSOE, le entendió? Después de las manos tendidas durante la moción debería ser que sí. Pero primero debe demostrar más allá del congreso que hoy termina que sabe restañar realmente las heridas y reiniciar una política con claras líneas de actuación y consenso. La base primordial para abordar su futuro con garantías, fajándose frente al PP o buscando la posibilidad de concesiones, acuerdos y una posición política con su izquierda que atraiga a la ciudadanía que no se siente representada desde la coherencia, las exigencias de la globalización y otra política menos turbia, sin chispa o que no termina de superar su tendencia youtubers.

El oráculo cercano es evidente. Sólo el PP, avalado por la dogmática fe de sus fieles que se tapan la nariz ante las evidencias por el miedo atávico a lo rojo, tiene garantizada su resistencia al alza. La opción contraria exige el convencimiento de que se puede hacer un programa de izquierdas sereno y atrevido a la vez, apoyado en políticas educativas y fiscales bien defendidas con una economía de libre mercado con conciencia social, y en soluciones alternativas que favorezcan la protección frente a las difíciles exigencias que seguirán llegando, y no provoquen demasiado pánico en los mercados y que éstos lo torpedeen. A favor están el elevado paro, la precariedad laboral, el empeoramiento de la capacidad adquisitiva, la emigración de los jóvenes, el hartazgo de circo y droga (arrogancia y corrupción) y de los desproporcionados privilegios de la clase política. La frustración y el enfado de la gente con las deshumanizadas e ineficaces instituciones del Estado, enrocadas en su pesebre.

El reto es acordar el punto de encuentro de esa izquierda en el centro de la izquierda. Posicionándose a la derecha ha fracasado en Francia y en España; hacerlo más a la izquierda de sus márgenes apenas encontraría respaldo y sus cauces democráticos los mercados los convertirían en un campo de minas; contar con Ciudadanos sería un caleidoscopio que exige a Rivera aclararse y desplazarse a la izquierda. Lo prioritario es negociar, sin ser cautivos de los dogmatismos, una mayoría de progreso. Las elecciones y las sumas son libres. La más ilusionante pasa por colaborar en la construcción de esa izquierda al centro de la izquierda, capaz de gestionar con éxito la alternativa de un modelo nuevo que haga renacer las esperanzas, la democracia, la estabilidad y el avance hacia una Europa social.
Sólo hace falta soñar, generosidad y trabajar unidos por encima del vértigo. Otro mundo es posible.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.

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Invasión, por Antonio Soler

Sur, 04.06.2017

La Málaga universal, pictórica, cultural y un tanto borracha de todo eso anda revuelta por la invasión de Invader. Invader mezcla el píxel con lo naif y lleva detrás una corte de seguidores votivos y votantes que califican las obras de este creador como quien juega en bolsa. Mientras, él, además de mezclar el pixelado y un concepto naif o pos naif o como lo quieran bautizar, mezcla la transgresión con la oficialidad del mismo modo que lo hacen otros tantos compañeros suyos denominados artistas callejeros pero que de callejeros tienen bastante poco. La sociedad tiene un gran estómago y es capaz de digerir los movimientos más rompedores. En todos los sentidos. En lo artístico, en lo literario y en lo político. El 15-M nacido de la calle y de la indignación más clara acaba en el Parlamento disfrazando una política casi antediluviana con pedorretas, exabruptos y poses que sirven de trampantojo progresista y sólo pueden despistar a los más ingenuos y engañar a los más voluntariosos y bienintencionados.

Y del mismo modo que en la prehistoria la sociedad engulló y digirió a los cubistas o a los dadaístas o convirtió en hilo musical de la sala de los dentistas a los en su momento revolucionarios Beatles o Rolling Stones, ha asimilado a los artistas callejeros y los ha convertido en un producto comercial que juega a no ser producto comercial. Una oficialidad travestida de rebeldía. Una rebeldía pactada, ahormada en los despachos, y detrás de la cual hay un flagrante negocio. Los protagonistas juegan al malditismo. No se dejan ver. Llevan máscaras como el Zorro y se cuelgan en la noche de altos edificios. El amparo de los héroes del tebeo. Una chiquillería intelectual donde la ocurrencia somete a la profundidad y se impone más por el aura que se le otorga que por la esencia de su creación.

Y en esa mezcla de malditismo y oficialidad Invader ha venido a Málaga y ha colocado en el Palacio Episcopal una gitanilla. Haciendo caja con la polémica. La estética de la gitanilla es más que dudosa. El daño que pueda ocasionar al edificio también lo es. La investigación policial del hecho, estando el zarandeado CAC detrás, se ajusta al matiz naif del asunto. La cosa puede ser todo lo caricaturesca que se quiera y puede hacerse la sátira que a cada uno se le antoje pero hay una cuestión insoslayable detrás de todo eso. La propiedad privada. Y el derecho de cada vecino a decorar su casa del modo que se le antoje de acuerdo con las normas básicas de urbanismo. No se trata de que este artista haya topado con la Iglesia. Con lo que ha topado es con un derecho elemental. Y por muchos seguidores que tenga y por muchos euros que sus mosaicos valgan no es dueño de las calles. El Ayuntamiento se encuentra ante una paradoja que él mismo ha creado. Con una contradicción que lo deja con un pie dentro de las reglas y otro fuera. Una vez más.

Publicado en Opinión Ventanas abiertas por ipmontalban. 0 comentarios