Escaleras interminables y pompas de jabón

Por CHRISTINE FÉLIX GARCÍA

La ciudad moderna: una construcción artificial que conlleva  bullicio, luces, libertad aunque también  puede convertirse en costra, fatiga o extrañeza. Las ciudades crecen en el siglo XXI de manera arrolladora, tanto que a veces son capaces de engullir a sus habitantes,  entonces ¿qué nos hace querer vivir en ellas, soñar con sus latidos como si sus calles fueran arterias que buscan un corazón a veces sangrante? Delphine de Vigan lo sabe y en Las horas subterráneas nos adentramos en la capital francesa a través de dos personajes que recorren sus calles sin tregua luchando por entender lo que les está sucediendo. Y es que, tras un hermoso ventanal de cristal y acero, el acoso serpenteante en el trabajo o el amor no correspondido, pueden desbaratar a las personas, mientras los ojos más cercanos callan silenciosos.

 

 Las horas subterráneas-págs 63 y 64

En el momento en que la puerta se cierra tras ella, Mathilde hunde la mano en su bolso hasta sentir el contacto del metal. Siempre tiene miedo de olvidar algo, las llaves, el teléfono, el monedero, su abono de transporte.

Antes no. Antes no sentía miedo. Antes era ligera, no necesitaba verificar. Los objetos no se escapaban a su atención, participaban de un movimiento de conjunto, un movimiento natural, fluido. Antes, los objetos no resbalaban de los muebles, no se volcaban, no suponían un obstáculo.

            No ha llamado. Desde que su médico general se jubiló, no tiene médico de familia. En el momento de marcar el número que acaba de encontrar en Internet, le pareció que aquello no tenía sentido. No está enferma. Está cansada. Como cientos de personas con las que se cruza cada día. Entonces, ¿qué derecho tenía? ¿Qué pretexto? Hacer venir a alguien que no conocía. No habría sabido qué decirle. Decir simplemente: “No puedo más”.Y cerrar los ojos.

  ……………                                                                                                                                                    pág 151

  Esta vez es él el que ha perdido. Ama una mujer que no le quiere. ¿Acaso no existe algo más violento que ese hecho, esa impotencia? ¿Acaso no existe pena peor, peor enfermedad?

 No, sabe bien que no. Es ridículo. Es falso.

            El fracaso amoroso no es ni más ni menos que un cálculo alojado en los riñones. Del tamaño de un grano de arena, de un guisante, de una canica o de una pelota de golf, una cristalización de sustancias químicas susceptibles de provocar un fuerte dolor, incluso insoportable. Un dolor que acaba siempre por desaparecer.

             No se ha quitado el cinturón de seguridad. Tras el parabrisas, mira la ciudad. Esa danza incesante de colores de primavera. Una bolsa de plástico vacía que bailan el desagüe. Un hombre curvado la entrada de la oficina de correos que nadie parece ver. Hombres y mujeres que entran en un banco, que se cruzan en un paso de peatones. Mira la ciudad, Esa superposición de movimientos. Ese territorio infinito de intersecciones donde los encuentros no se producen.

  

 

Delphine de Vigan, Las horas subterráneas,

Traducción: Juan Carlos Durán,

Editorial Suma De Letras, Madrid 2010

 *Fotografías:  Christine Félix García

  

Grupo Literario Las tardes de Atenea

Roma: Un año de la vida de nadie

 

Por MARÍA LUISA BALAGUER

Roma es un campo de batalla de los sentimientos que desencadena una familia, vistos desde los márgenes de la casa que representa el servicio, una criada que sufre la soledad del abandono, y la frustración de su maternidad, pero que sorpresivamente, salva la vida de otros, a los que sirve. Lava la ropa en la tina, y reduce su vida a un patio, adonde se hacía antes la vida en las casas de familia, de las familias de antes.

La película está rodada en blanco y negro, como era la vida de finales de los sesenta en todo el mundo. Aquí, en Francia, en México.

La acción transcurre en mil novecientos setenta, que es un año de despojos. Administrar las revueltas de Francia, pero también de México, país que parecía entonces para mí fuera del mundo. Hasta muchos años después no supe de los muertos, y hasta otros muchos años, de la lucha de Elena Garro y de las delaciones y miserias que tuvieron lugar en aquel 68, que la dictadura franquista, omitía por contraria a nuestro orden público, en aquella recién estrenada ley de prensa e imprenta de 1964. La censura pasaba a liberalizarse, pero no tanto como para enseñar a nuestros estudiantes que allí mismo, un poco más arriba, se ajustaban las cuentas con el estado social, disconformes con la cuota que obreros y estudiantes habían  obtenido. Menos aún supe de la realidad de México, tan lejos de aquí, en aquel estado que acogió a todos los españoles que sobraron después de la guerra civil.

La película narra la vida aburrida, por cotidiana, que lleva una familia, donde lo más emocionante puede ser el peligro de rayar el lateral del automóvil del padre, al pasar por las estrechas paredes del aparcamiento de su casa. Durante minutos la tentación es dejarla, parece que el tiempo, en días como hoy, no se tolera tan lento. Pero en esas casas, los domingos, las criadas salen de paseo, y conocen a muchachos como Fermín, el que gustó a Cleo, y deciden no ir esa tarde al cine, y alquilar una habitación en un hotel.

Pasado ese tiempo la acción toma vida, y la crisis familiar estalla cuando el señor de la casa se ausenta y no vuelve, y esto también pasa en la película Roma. Esta es ya una película del canon de las películas de familias con hijos y señores que se aburren, y mujeres abandonadas, que sufren la soledad y los problemas de embarazos de las criadas.

En la calle, la agitación social asoma hasta las casas de las familias acomodadas. La señora acompaña a Cleo a comprar una cuna, allí hay una batalla urbana, entre estudiantes y paramilitares. Uno de ellos tiene mucha importancia para Cleo, desde el día que no fue al cine.

El grupo Los Halcones se había venido entrenando para sofocar la revuelta, en un campo al aire libre, adonde Cleo estuvo buscando a Fermín, que la despreció nada más verla.

Elena Poniatowska ha descrito con detalle lo que ocurrió aquella noche. Cincuenta años después nadie sabe de dónde salió el primer disparo, ni el número de heridos ni de muertos. Ese día cortó para el tiempo una larga lucha que se gestaba desde la década de los cincuenta, en torno a un régimen represivo y autoritario en México, las manifestaciones en torno al cumplimento de las leyes y la constitución eran constantes por parte de estudiantes.

El movimiento estudiantil de mayo del 68 en Francia contagió a México, como las protestas contra la guerra del Vietnam en EE.UU. México era la sede de los Juegos Olímpicos que se retransmitirían vía satélite a nivel mundial. Diez días antes de que empezaran tuvo lugar la represión, porque era necesario pacificar el país en esas fechas.

En 1970, fecha en que se sitúa la acción, las revueltas continúan; ya ha terminado la fiesta, los juegos olímpicos se fueron, y México quedó solo, administrando sus despojos.

Roma es mucho más que lo que les acabo de decir, es una película que no se ve solo con los ojos, sino con la fuerza de los sentimientos.

 

 

Grupo Literario Las Tardes de Atenea

ÉRASE UNA VEZ… GINGER

 

 

Por VICKY MOLINA

Érase una vez una niñita que no vivía en un País Lejano sino en este, más concretamente en el Barrio de la Paz de Málaga. La niña leía y leía a los hermanos Grimm, Dickens o Andersen hasta que un buen día se hizo mayor y sus manos se transformaron en unos enormes pinceles mágicos de los que brotó la creatividad más singular e inquietante que se pueda imaginar. Aquella niña se llamaba Encarni Díaz, hoy conocida en el Reino de las Artes como Ginger.

Enamorada del Surrealismo Pop, ha hecho suyo este estilo plagando sus cuadros de libros, animales portadores de la emoción, cuerpos fragmentados, sin rostros, que se completan desde el espejo de quien los mira, cerraduras y llaves que abren y cierran etapas, expectativas, esperanzas. Como explica la artista sobre sus referentes, “me inspiran mucho algunos pintores popsurrealistas de la escena actual, más que por su técnica o el  mundo que representan en su trabajo, por lo que me hacen sentir cuando veo sus obras, por ser capaces de hacerme soñar y querer saber más de ese universo que han creado, tengo la suerte de conocer a algunos y a mí me dan mucha fuerza para seguir construyendo mi propio universo. Yo quiero que la gente sienta lo mismo al observar mi trabajo”.

Sin duda, las referencias literarias son señas de identidad en sus cuadros, como explica Ginger, “los libros son un guiño a cómo empezó mi pasión por lo fantástico y lo inquietante. Desde muy pequeña mi madre me compraba libros para que me aficionara a la lectura. Los primeros fueron de Andersen o los hermanos Grimm, no son para nada historias infantiles, pero cuando yo era pequeña las cosas no eran tan políticamente correctas y no había tantos “filtros”. Me fascinaban esas historias cargadas de simbología, macabras, incluso crueles, había muerte, enfermedad, culpa, castigo, religión y a la vez mucha fantasía… En el siglo XVIII y XIX la vida era muy dura y los cuentos servían para atemorizar a los niños y que aprendieran a sobrevivir. Ese fue mi primer contacto con la fantasía, unos años más tarde me apunté a la biblioteca de mi barrio para poder seguir descubriendo historias fantásticas y allí pasé gran parte de mi infancia y adolescencia, leyendo libros de aventuras. Para mí fue la mejor época de mi vida y el porqué de mi mundo interior, por eso aparecen tan a menudo en mi trabajo”. Como también son santo y seña iconos de su infancia como gremlins, figuritas de Pin y Pon o el Dragón de “La Historia Interminable”, entre muchos otros.

Esta artista autodidacta ha conseguido dar el salto a la escena internacional cumpliendo así parte de sus sueños con exposiciones en Estados Unidos –donde ha expuesto en más de veinte ocasiones-, Australia, Alemania, Italia… y ha hecho cuatro muestras en solitario y “he conocido a gente maravillosa gracias a la pintura”, indica.

Díaz reconoce que la pintura no le da para comer muchas perdices: “Es cierto que vendo de vez en cuando, pero no como para que pueda dedicarme solo a ello. Yo tengo junto con mi pareja un estudio de tatuajes, “Trece Tattoo Torremolinos”, donde soy anilladora y recepcionista desde hace unos diez años. A pintar me dedico en mi tiempo libre, que son básicamente las noches, cuando llego de trabajar”.

Ahora Encarni Díaz quiere centrar toda su energía en su próximo objetivo: un monográfico con sus obras favoritas, que espera salga en 2019, además de participar en varias exposiciones en Estados Unidos también este año, “aunque mi plan es centrarme en el monográfico, es lo que más ilusión me hace”, aclara.

 

En las noches oscuras Ginger seguirá exorcizando miedos e inquietudes, seguirá devorando libros y películas de Ciencia Ficción y Terror, seguirá moviendo su pincel mágico ante un lienzo ingenuamente blanco para tatuarnos en la mirada un mundo al que querremos volver, eso sí, no estaría mal que nos dejara una de sus llaves a mano.

 

 Hasta el 1 de febrero puede visitarse la exposición de esta artista “La habitación de la memoria”, en la Escuela de Arte de San Telmo

 

Grupo Literario Las Tardes de Atenea

En busca de Marcel Proust

 

Por MIGUEL ÁNGEL GARCÍA DÍAZ

“Los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos”.

Marcel Proust

Se ha dicho a menudo que la importancia de la monumental novela de Marcel Proust (1871-1922), epígono literario del siglo XIX, reside en la omnipresente influencia que ha ejercido en la literatura del siglo XX, bien porque los escritores han tratado de emularla, bien porque han intentado parodiarla y desacreditar algunos de sus rasgos. Pero, igualmente importante es el hecho de que los lectores han disfrutado del amplio diálogo que la novela desarrolla con sus predecesores literarios.

¿En qué consiste este placer? ¿Qué significa, hoy en día, leer En busca del tiempo perdido? Si debemos justificarnos, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas, morales, etc. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo”. Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V”.

Tal el inicio de la monumental obra de Proust, uno de los íncipits más famosos de la literatura universal. Ahí tenemos la idea esencial de la literatura: “un sueño, pero un sueño dirigido”. Y la memoria que evoca y distingue, en la confusa duermevela, la vigilia del sueño onírico para volver a confundirlos en una realidad indiferenciada. Y la lectura de un libro como detonante de todo ello…

He aquí a Marcel Proust, retratando con inimitable detalle la decadencia última de la aristocracia y el ascenso definitivo de la clase media burguesa en los años posteriores del siglo XIX, ofreciéndonos un gran panorama de los pormenores del tedio de la vida burguesa de la Belle Epoque y algunos de sus puntos de tensión crucial, pero también guardando para la posteridad ese modo de vida mediante la riqueza imaginativa de su memoria.

Proust, un maestro de la tragicomedia, desafiando a Shakespeare en su capacidad de representar personalidades que resisten todas las reducciones psicológicas: ningún novelista del siglo XX puede igualar su lista de más de dos centenares de vívidos personajes.

Proust, convirtiendo su vida, atravesada por un sentimiento del fracaso y el vacío de la existencia, en arte y desplegando en palabras el teatro de la vida con un sinnúmero de situaciones, mientras, empeñado en combatir lo corriente, permanece ahí, reflexionando sobre el tiempo, el recuerdo, el arte, las pasiones y las relaciones humanas, retratando el adiós de una época y la manera imperceptible e inevitable como llega otra. Como un río que baja impetuoso y de repente se topa con otro más soberbio que lo absorbe en una sola corriente, primero revoltosa y luego mansa.

Invariablemente, juzgar a Marcel Proust es violentarle. En busca del tiempo perdido es una obra tan meditativa que transciende los cánones occidentales. Su carácter es curiosamente oriental: Proust, el Narrador, y Marcel se funden en la implícita convicción de que nunca estamos completamente formados, sino que nuestra conciencia siempre evoluciona lentamente. Esto no significa que Proust, en la soledad y el silencio de su habitación forrada de corcho, se sumergiera en una obra tan impensable como el Bhagavad-gita, pero En busca del tiempo perdido es literatura sapiencial, una monumental narración que alcanza la frontera entre meditación y contemplación. Ya al final de la novela no creemos necesariamente que el Narrador haya llegado a “conocer” una verdad o realidad, pero percibimos que está a punto de “convertirse” en una especie de consciencia distinta de todas las demás cosas que podemos encontrar en la ficción occidental.

Dejemos a un lado los recuerdos, evocaciones, cotilleos, reflexiones, descripciones y estéticas sobre las que tanto se habla de este clásico de Proust y asomémonos en su mundo más literario, porque donde realmente vivía era en esas páginas de libros ajenos y en las que luego escribía. Ahí sigue, en su habitación en penumbra, protegiéndose de un sol rabioso, con un libro en las manos. No esperemos más y veamos qué hace:

“Aquel oscuro frescor de mi cuarto era al pleno sol de la calle lo que la sombra al rayo, es decir tan luminosa como él, y ofrecía a mi imaginación el espectáculo total del verano, del que mis sentidos, si hubiese salido a pasear, sólo habría podido disfrutar de modo fragmentario; y de esta manera se acomodaba bien a mi reposo que (gracias a las aventuras narradas en mis libros, capaces de estremecerlo) soportaba, como el reposo de una mano inmóvil en medio de una corriente de agua, el choque y la animación de un torrente de actividad.

Pero la abuela, incluso si el tiempo demasiado caluroso se había estropeado, si había sobrevivido una tormenta o simplemente un chaparrón, venía a suplicarme que saliera. Y no queriendo renunciar a mi lectura, iba por lo menos a proseguirla en el jardín, bajo el castaño, en una pequeña garita de esparto y tela en cuyo fondo me sentaba y me creía oculto a los ojos de las personas que pudieran venir a visitar a mis padres”.

Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, “muy respetuosos de la lectura” que “hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente”. Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir “así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?”, lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, “no, gracias”, con lo cual el encanto quedaba roto.

El placer de la lectura no admite terceros. Pero hay lectores para quienes la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de la intimidad. Es así como creamos ateneos, asociaciones de lectores, clubes y talleres de palabras creadoras, como éste, que tienen algo de sociedades secretas y es gracias a ellos que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas canónicas. Deseamos que nuestro placer tenga un eco.

Intimidad solitaria y compartida, la lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia. El placer de la inteligencia significa, al menos, dos cosas: disfrutar del uso de la razón y disfrutar del reconocimiento del mundo. Es banal recordar que la lectura nos lleva a regiones insospechadas; menos banal es recordar que nos hace ciudadanos de tales regiones. Los lectores habitamos El Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el Madrid de Galdós, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Ursula K. Le Guin, el País de las Maravillas de Lewis Carroll, y los salones decimonónicos de Proust.

Tampoco debemos olvidar el placer de la memoria, tan cara a Proust. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje imagino (y sólo puedo imaginarlo porque tengo palabras), imagino que percibíamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas intuíamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresueño o cuando ciertos reflejos mecánicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento.

Cuando Proust en su más famosa escena, incluida en Por el camino de Swann, nos habla de que el olor de una magdalena mojada en el té le recordó súbitamente paisajes queridos de su infancia, nosotros no podemos participar en esa intuición, ni en esa asociación de imágenes, porque son patrimonio de un solo hombre; solamente, reconocemos que a nosotros también nos ocurren rememoraciones análogas.

Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero sólo puedo reconocerme, ser consciente de mí mismo, gracias a una página de Borges, de Jaime Gil de Biedma, de Virginia Woolf, de Faulkner, de Proust, de un sinnúmero de autores anónimos. Aventuro que en nuestro ajetreado siglo XXI, en este atareado mundo de realidad virtual e internet donde la prisa psicológica ha sustituido y dejado atrás a la mera velocidad tecnológica, adentrarse en la lectura de À la recherche du temps perdu, en la impresionante y sofisticada <<historia de una vocación literaria>> de más de tres mil páginas a la que Proust dedicó catorce años de trabajo, significa, entre otras cosas, un verdadero elogio de la lectura y del paraíso de la literatura, vale decir, la recuperación de lo que somos y de nuestra infancia.

Lo que somos venimos a serlo no sólo en el tiempo, sino a través del tiempo. Somos no sólo la suma de los distintos momentos de nuestra vida, sino el resultado del espacio que estos momentos adquieren a través de cada nuevo momento. No nos empobrecemos por el tiempo pasado y “perdido”; es, precisamente, el tiempo el que llena nuestra vida de contenido y no hay otra felicidad que la del recuerdo, que la de revivir, resucitar y conquistar el tiempo pasado y perdido. <Los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos>, nos dice Marcel Proust y, al fin y al cabo, <la literatura es la infancia, al fin recuperada>, nos recordaba George Bataille. Proust es el primero en ver en la contemplación, el recuerdo y el arte, no sólo una forma posible, sino la única forma posible de poseer la vida.

Así pues, leer, hoy en día, a Proust puede constituir un gozo y un verdadero disfrute, cuando el placer ha sido denigrado en nuestra época al entretenimiento superficial, a la distracción, a la facilidad, a la satisfacción egoísta. Confundimos información con conocimiento, terrorismo con política, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con tolerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes están en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por míseros paraísos, deshumanizarnos. Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más revolucionarias, más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes.

 

Tertulia La Palabra Creadora.
Vocalía Nuevas Líneas

POR EL INTERÉS TE QUIERO… JACINTO

 

Por VICKY MOLINA Y PEDRO FERNÁN

 

¿Y cómo es que levanta usted la mano, Señorita Benavente? ¿Acaso se cree distinta? Repito: Que levante la mano a quien no le mueva el interés. ¡Otra vez! No tenía que levantarla nadie, ¿entiende, Srta. Benavente? No ve su cara partida. Tan difícil es comprender que los códigos de representación corren por las venas de cualquier sociedad incluso sin civilizar. ¡Es usted una gran actriz, Srta. Benavente! Casi nos hace creer que aún no se ha hecho con algún saldo del Almacén de Caretas.

 La clase echa a reír.

Suena el timbre del recreo y todos corren salivando ya por el pan con foie gras.

 

“Para salir adelante con todo, mejor que crear afectos es crear intereses”, esta frase aparece en el Acto Segundo de “Los Intereses Creados”, considerada la obra maestra del dramaturgo y Nobel de Literatura español Jacinto Benavente (1866-1954).

 

A continuación os invitamos a escuchar de la voz de Pedro Fernán el Prólogo de este tinglado de la antigua farsa, preludio de la trama en la que Leandro y Crispín, dos pícaros, pobres como debe ser, llegan a una ciudad italiana donde se hacen pasar por un rico caballero y su criado.

 

Pasen y oigan pinchando el enlace:

 

 

Pedro Fernán es Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga.

 

Grupo Literario Las Tardes de Atenea

 

El Kipling más íntimo

 

Discursos (Rudyard Kipling)

264 págs.

Editorial: La Dragona

Prólogo: Ignacio Peyró

Traducción: Marta Gámez

 

FRAGMENTO DEL DISCURSO SOBRE LITERATURA, que tuvo lugar en Real Academia de las Artes, en Burlington House, Picadilly, el 5 de mayo de 1906 y que fue publicado en The Times dos días después.

“He recibido un gran honor, aunque francamente debo admitir que es un tanto aterrador; pero creo que, agradecimientos aparte, hasta el trabajador de las letras más insensible reconocería al dirigirse a una asamblea como esta el abismo que separa al más insignificante de aquellos que hacen cosas que son dignas de ser escritas, del mejor de aquellos que han escrito cosas que son dignas de ser comentadas.

Existe una vieja leyenda que cuenta la historia de un hombre que, cuando logró llevar a cabo una hazaña importante, quiso explicarle a su tribu lo que había hecho. Sin embargo, en cuanto empezó a hablar enmudeció, le faltaban las palabras, y se sentó. Entonces, según la historia, se levantó un hombre inculto, alguien que no había participado en la acción de su compañero, que no tenía ninguna virtud especial, pero que estaba aquejado —esa es la palabra— de la magia de la palabra exacta. Vio, habló, describió los méritos de la importante hazaña de tal modo que, no nos cabe duda, las palabras «cobraron vida y anduvieron por los corazones de los oyentes». Acto seguido, la tribu, al ver que las palabras realmente estaban vivas, y por temor a que aquel hombre transmitiera con las palabras historias falsas sobre ellos a sus hijos, fueron a por él y lo mataron. Pero, más tarde, se dieron cuenta de que la magia estaba en las palabras, no en el hombre.

Hemos progresado en muchos sentidos desde los tiempos de esa crítica temprana y destructiva, pero hasta el momento no parecemos haber encontrado un digno sustituto de la palabra exacta como registro definitivo al que todo logro debería parecerse. Incluso hoy en día, cuando se ha hecho de todo, aquellos que lo han hecho deben esperar hasta que el inculto lo haya dicho todo con palabras. Es cierto que una asombrosa cantidad de esas palabras se desvanecerá en el futuro como lo han hecho en el pasado; pero también es cierto que una mínima parte seguirá existiendo, y gracias a la luz de esas palabras, y solo gracias a esa luz, nuestros hijos podrán juzgar el periodo de nuestra generación”.

Rudyard Kipling (Bombay, 1865-1936) escribió novelas, poemas y relatos ambientados principalmente en la India y Birmania durante la época de gobierno británico. Kipling fue un escritor prolífico y popular, y su literatura gira siempre en torno a tres ejes: el patriotismo, el deber de los ingleses de llevar una vida de intensa actividad y el destino de Inglaterra, llamada a ser un gran imperio. Su insistencia en este último aspecto era sin duda un eco del pasado victoriano, y perjudicó gravemente su reputación como escritor, a pesar de que fue el primer autor británico galardonado con el Nobel de Literatura.

En este volumen se recogen los discursos —inéditos en español— que el escritor pronunció entre 1906 y 1935. En palabras de Ignacio Peyró, periodista, escritor y director del Instituto Cervantes de Londres, en estas páginas «encontraremos a un Kipling extrañamente cercano: rara vez en su obra le hallaremos un tono más íntimo, más confesional —como un chef que cocinara para los amigos o un pianista que, tras el concierto, se relajara ante el piano de un pub—. A veces hasta se le hace presente, a Kipling, un punto de retranca chestertoniana. En todo caso, en estas piezas ligeras no deja de haber momentos para la pura belleza: creo de corazón que su discurso sobre los olores de los viajes puede atravesar la puerta grande de las antologías del autor. Y tampoco faltan las honduras, por ejemplo al desarrollar sus teorías sobre lo inglés, sobre la ficción o la utilidad del leer. Porque no, no todo son piezas de circunstancias: estas rarezas kiplinguianas son, sin duda, una delicatessen».

Por su parte, como explica Marta Gámez, traductora del libro, probablemente todos conozcamos al Rudyard Kipling poeta y escritor, o al menos nos suene aunque sea por obras tan conocidas como El libro de la selva o El hombre que pudo reinar. No cabe duda de que el legado literario de Kipling es amplio y relevante hasta el punto de haber recibido aún en vida un reconocimiento tan importante como un premio Nobel y a una edad tan temprana como los 42 años. Gámez cree que el Kipling orador “se nos escapa un poco más, y es precisamente en esa faceta en la que se centra este libro, Discursos”.

Aunque él mismo en el discurso titulado «Una isla indefensa» se declara «culpable de interesarse por la realidad fuera de sus horas de oficina como escritor», Gámez al leer determinados discursos tiene casi la sensación de que ese Kipling cuentacuentos no deja de asomarse al orador porque en cierto modo no puede evitarlo. Y es que en sus discursos se sirve muy a menudo de historias (utilizando la ficción en mayor o menor medida) para llegar a una conclusión o a una doctrina final. Utiliza temas recurrentes como la caza, la guerra, el concepto de la tribu o el pueblo y tiende a remontarse al principio de los tiempos para relatar cómo el hombre aprendió o descubrió tal cosa y cómo empezó a enseñárselo al resto de los hombres.

 

Grupo Literario Las tardes de Atenea

 

Manuel Vicent en vaso largo

Por PILAR TAULÉS

“La muerte bebe en vaso largo” publicada por Manuel Vicent en 1992, representa cabalmente lo que pretendemos resaltar en el ciclo “Lengua de lujo” de la tertulia-taller “La palabra creadora”, es decir, la maestría extraordinaria en la utilización del lenguaje como recurso literario.

El mar, el paisaje levantino, los aromas y cualquier otro placer hedonista despierta los sentidos de Manuel Vicent, ya sea “el arroz, los chipirones o una ensalada de pimiento y berenjena con albahaca” o  “el fogonazo de una sandía contra la pared de cal”.

El tema es lo de menos. Aquí se trata de una fábula sobre la necesidad de ser feliz, la trasgresión de géneros, la igualdad entre vivos y muertos. Virgilio, Dante y Valle Inclán proporcionan materia para un viaje a los infiernos en busca de la felicidad, un “arriba y abajo” por las calles de Madrid donde una dama quiere hacer un homenaje a su amigo fallecido y los compañeros de timba quieren quitarle una esmeralda y localizar un tesoro por las alcantarillas.

El lenguaje, coloquial, siempre expresivo y contundente, como corresponde a los personajes, “gente acostumbrada a afeitarse la nuez con un serrucho” (ras, ras), con rasgos de animalidad que van con el “belfo caído” y  “resoplan por la nariz como un toro”.  La dama, es otra cosa: “lucía sus artes de cabaretera sin ahorrar ninguna de sus curvas bajo las telas de seda cuando andaba”.

Pero nuestro autor es culto y sabe de lenguaje poético que utiliza con profusión. He aquí un derroche de creatividad para describir el avance del día sobre la noche:

– En el filo de la madrugada los dos gatos saltaron y sonó el teléfono.

– El alba ya tenía una luz de rata en los aleros del bulevar cuando Georgina se echó a la calle.

– En esta madrugada de ceniza estaba cruzando el túnel cuando se encontró a los mendigos.

– Clareaba el día y en el garito acababan de descubrir el secreto del brazo ortopédico.

– A la luz sucia de los aleros, el alba le había añadido una cucharada de almíbar.

– Ya con la madrugada pintada con una primera mano de plasma, iban por el asfalto.

– Aunque la luz del alba era violeta, en la calle aún no se veía a nadie.

– Bajo el cielo bruñido Diego Cabrales pastaba con su camada en Alcalá Meco.

Por fin, el sol reluciente, ya exento, en el cielo.

 

Vicent visto por Fernando Vicente


Cuestión de estilo: Magnífica utilización de campos semánticos de sus temas preferidos: eros y la caza, tan cercanos.

“Eligió la escalinata de Correos, como observatorio para otear a los transeúntes. El cazador distinguió a un joven de aire silvestre contoneando las caderas un poco más de los necesario. Se dispuso a seguir a aquel antílope a una distancia prudente, de forma que no se alertara. Así comenzó la cacería”.

“Entonces el antílope cruzó con él sus ojos … El profesor hizo gestos de esperarlo a la salida y el antílope, por la intensidad de su mirada, pareció que aceptaba”. (Pieza cobrada).

Gráfico, tajante y rotundo para llevar el ruido y la velocidad al caos:

– “Iban en caravana saltándose los semáforos. Después de tragarse el hormigón de varios túneles…”

– “Los cuatro coches que iban devorando el asfalto… siguieron soltando un alarido de caucho en cada curva”.

– “El frenazo arrojó el fiambre contra la guantera y el paquete les cayó en los brazos como una enorme breva madura”.

“Barullo de abogados y subasteros en el Palacio de Justicia, donde reos y jueces formaban remolinos de togas y cartapacios”.

“Se veían pasar carretillas cargadas con pilas de legajo y un armario rebosante de sumarios amenazaba con derrumbarse”.

Como conclusión, economía de lenguaje y barroquismo a la vez, profusión de calificaciones y matices, textos repletos de luces, aromas y sonidos. Manuel Vicent es capaz de pintar con las palabras,  hacer que se oigan los colores y se vean los ambientes.

No sabemos si lo que escribe le sale a borbotones, si no tiene ni que pensar o trabaja mucho para cargar esa metralleta de epítetos sin conmiseración y esa sarta de metáforas donde los sentidos tienen un protagonismo esencial. Con su don especial nos permite disfrutar de una amalgama de sentidos, gracias a su LENGUA DE LUJO.

 

Ciclo: Lengua de lujo

Tertulia: La palabra creadora

Nos queda la palabra

Leyendo Vestidas para un baile en la nieve, con ADA VALERO

Refugiarse en el abrigo de un buen libro; reconocer en la literatura al aliado que, como un antídoto universal, te salva de la intoxicación cotidiana.  Me adentro en un mundo de mujeres cultas que acarician con veneración un ejemplar de Guerra y paz: un libro, un libro al fin contra la muerte diaria en el gulag, cientos de versos memorizados contra el embrutecimiento de la lucha por la supervivencia, mujeres-amigas, salvadas por la cultura, supervivientes que, finalmente libres, alzaron bibliotecas en sus paredes como quien rinde culto a un dios sanador, obrador del milagro de la vida en el abismo envolvente de los campos siberianos.

Un libro contra la fealdad del presente más íntimo: no solo contra este tiempo de banderas, de fascismos sin disfraces; no contra estos días de griterío amplificado, de redes infectadas donde se extienden la pandemia de la intolerancia, la ignorancia arrogante, la palabra soez, el dardo de los verbos resentidos…  Te queda el gesto de apagar dispositivos y pantallas, pero la fealdad te alcanza, hiere espacios íntimos que creías a salvo: la sonrisa al atravesar el umbral de un aula bulliciosa, el histrionismo feliz de la lección  ̶ niñas llorosas por la ausencia del habib en una jarcha bella de tan sencilla, las olas del mar de Vigo en una cantiga gallega, tus ojos atentos a estos adolescentes que saben lo que es llorar la ausencia… Pones el corazón  ̶  te expones ̶  cuando celebras en clase un libro, una vida de escritor, un poema que habla de ti y de tantos, también, aunque no lo sepan, de ellos. Creer que generosamente  ̶ con esa generosidad de quienes te distinguen al hablarte de un buen libro, al regalártelo, al recomendártelo como quien recomienda un remedio infalible contra todo lo remediable ̶   te ofreces por el gusto sencillo de dar aquello que siempre te ha servido bien, que te ha enseñado, que te ha dado palabras para nombrarte, para entender la realidad, para diseccionarla y, con suerte, destapar sus trampas; creerlo con la vocación osada de los ingenuos y descubrir unas horas después que la curiosidad solo es una entrada en el  diccionario, que la honestidad se confunde con la torpeza, que la gratitud es sinónimo de desperdicio.

Maestros, tal vez estamos perdiendo la batalla: el enemigo es potente y despiadado y nuestras armas  ̶ la palabra, la ferviente, la privilegiada palabra de los letraheridos ̶  no infunden temor: son curiosos vestigios de un tiempo que nos están envejeciendo. Para estos niños eternos el pasado no tiene glamour, no da bien en Instagram ni es materia de influencer.

Vuelvo a mis mujeres vestidas para un baile en la nieve. Forman un círculo que abre otro círculo, que abre otro círculo, que me integra, que resiste. En la batalla de lo íntimo aún podemos ser fuertes: nos queda la palabra, la heredada, la que quizás todavía podamos transmitir a modo de testamento duradero a los desheredados de este tiempo de tecnócratas, funcional, utilitarista, prosaico.

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La fantasía visionaria de Schulz

Por ANDRÉS HUESO

Bruno Schulz (1892 – 1942) es considerado uno de los escritores polacos más importantes del siglo XX, a pesar de que su obra literaria es muy escasa que se limita a dos volúmenes: Las  tiendas de canela (1934) y Sanatorio de la Clepsidra (1937). Actualmente es uno de los autores polacos más conocidos en el ámbito internacional. Sus obras se componen sobre la base de breves relatos, narrados en primera persona, centrados en la figura del padre del protagonista.

En su narrativa podemos observar un cierto gusto por lo onírico, se pueden percibir algunas influencias del surrealismo, expresionismo o del psicoanálisis freudiano. Un motivo recurrente en sus relatos es el miedo a la figura de la mujer, simbolizado en la sirvienta autoritaria, Adela.

El autor atribuye a situaciones y objetos cotidianos un significado mágico; el padre, Adela, los empleados de la tienda familiar y los habitantes de Drohobycz, su ciudad natal, se convierten en personajes de su propia mitología. Esa población adquiere un significado universal, parecido al que tenía Macondo en Cien años del soledad; un microcosmos, en el que se junta la sociedad tradicional y la nueva civilización de consumo. La problemática de su obra se centra en la condición humana en el mundo industrial y la pérdida de la individualidad del sujeto.

 

Vivió toda su vida en Drohobych, actualmente parte de Ucrania. Se ganaba la vida como profesor de dibujo en la escuela secundaria de su pueblo. Consideraba su labor como una misión, intentó acercar a sus alumnos los principales conceptos del arte, apoyaba a los jóvenes más relevantes. Sus artistas favoritos eran Zuloaga y El Greco. Aparte de su trabajo, era extremadamente solitario. Escribió los cuentos en el marco de la correspondencia con una amiga suya, Deborah Vogel, poeta y doctora en filosofía que vivía en el pueblo cercano de Lvov. Murió a los 50 años, el 19 de noviembre de 1942, a manos de la Gestapo.

 

La calle de los cocodrilos fue publicado en 1934, en una colección titulada originalmente Las tiendas de color canela. En este volumen se incluyen algunos de los relatos que tuvieron luego mayor trascendencia: como el que nos ocupa, Las tiendas de color canela (o de canela fina, según otras traducciones) y el Tratado de maniquíes. El volumen Sanatorio de la Clepsidra también está formado por relatos cortos, entre los que destacan Primavera y el que da título al volumen.

En 1992 Editorial Siruela publicó lo que probablemente sea la “edición completa” en español de su obra.

Bruno Schulz explicaba así su escritura en una carta a su amigo, artista, escritor y filósofo, Stanisław Witkiewicz:

«No sé cómo es que en la niñez llegamos a ciertas imágenes, imágenes de significancia crucial para nosotros. Son como filamentos dentro de una solución alrededor de la cual el sentido del mundo se cristaliza… Son significados que parecen estar predestinados para nosotros y estar esperándonos en el mismísimo comienzo de nuestra vida… Estas imágenes constituyen un programa, establecen el fondo fijo de capital de nuestra alma, que se nos es otorgado en intuiciones y sensaciones parcialmente conscientes. Me parece que el resto de nuestra vida se pasa en una interpretación de estas percepciones, en un intento de comprenderlas con la sabiduría que adquirimos, de pasarlas por el rango del intelecto que poseemos. Estas imágenes tempranas marcan las fronteras de la creatividad del artista. Su creatividad es una deducción de suposiciones ya hechas. No se puede descubrir nada nuevo. Sólo aprender al conocer más el secreto que le ha sido confiado a uno al principio. Su arte es una exégesis continua, un comentario sobre ese único verso que se le fue asignado. Pero el arte nunca desenredará ese secreto completamente. El secreto se mantiene irresoluble. El nudo en cual el alma fue atada no es un falso nudo que se desata con un truco. Al contrario, se hace más y más apretado. Intentamos desatarlo, trazamos el camino de sus cuerdas y de estas manipulaciones viene el arte…»

Dos de los relatos de Bruno Schulz han sido llevados al cine: El sanatorio de la clepsidra, en largometraje del mismo título, de Wojciech Has en 1973. Este cineasta ya había cobrado justa fama con su versión cinematográfica de El manuscrito encontrado en Zaragoza, magnífica obra ilustrada del también polaco Jan Potocky; a ambas obras, literaria y cinematográfica le dedicaron dos sesiones en la tertulia La Palabra Creadora del Ateneo de Málaga.

El segundo relato llevado al lenguaje cinematográfico es La calle de los cocodrilos, escrito en 1934, vertido al cine en un corto de animación, de título homónimo en inglés, del género stop motion, del que  Terry Gilliam considera como una de las diez mejores películas de animación de todos los tiempos y con el que los hermanos Quay se hicieron con el marchamo de artistas de culto.

La descripción de Stephen y Timothy Quay de lo narrado en su cortometraje dice: «En la exhibición dentro de un museo provincial hay una vieja máquina del Kinetoscope con un mapa que indica el distrito exacto de la calle de los cocodrilos. Al interior de este esófago de madera se encuentran las configuraciones internas y los mecanismos de Street of Crocodiles como una exposición cuasi-anatómica. La ofrenda anónima de la saliva humana por un cuidador de turno activa y libera el teatro ‘schulziano’ de la estasis en flujo permanente. El mito acecha las calles de esta zona parasitaria donde la ascensión mitológica de lo cotidiano es trazada por un intruso marginal que se enrosca a través de esta noche. No se puede llegar a ningún centro y la fútil persecución concluye en las habitaciones traseras más profundas de una tienda de sastre un poco dudosa.»

 

 

El interés de los Quay por la transformación de la materia, las marionetas, la textura y las tonalidades que utilizan en sus cortos recuerdan la estética de la prosa y grabados de Bruno Schulz. Comparten su fascinación por los pequeños objetos cotidianos, modestos, que pueden adquirir un significado simbólico, casi mágico. Los Quay admitieron en una entrevista que podrían dedicar el resto de su vida a rodar películas basadas en la prosa de Bruno Schulz. Película rodada con marionetas animadas fue, en su opinión, el medio más conveniente para traducir la obra de Schulz al lenguaje fílmico.

The Street of crocodriles está inspirada básicamente en el cuento que lleva el mismo título, pero también contiene elementos de los tres Tratados de maniquíes, que podemos observar en el propio uso de las marionetas, o en la presencia de los maniquíes que atienden al protagonista en la sastrería.

Aparte de leer y comentar unas notas sobre autor, texto y contexto, lógicamente más extensas que este resumen, en la sesión se leyó el propio relato La calle de los cocodrilos y se visionó el mencionado corto de los Quay Brothers.

El texto del relato puede encontrarse disponible en internet en varios sitios, como por ejemplo:
https://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/la-calle-de-los-cocodrilos/

 

Por otra parte, el corto también puede verse en Youtube:
https://www.youtube.com/watch?v=rKzh6ZBVD_Y

 

Ciclo de la literatura al cine: La calle de los cocodrilos, de Bruno Schulz a The Quay Brothers, onirismo, surrealismo y expresionismo.

Tertulia La Palabra Creadora.
Vocalía Nuevas Líneas

Envejecer II

 

Por MANUEL SÁNCHEZ VICIOSO

Empecé a escribir advirtiéndome de que mi piel envejecía y escribí más de la muerte, porque la muerte está al final del pasillo que abre la puerta de la constatación de que la piel está envejeciendo.

He oído decir a más de un escritor que ellos son medios para contar, yo he comprobado que muchas veces el escrito toma los derroteros que le vienen bien sin que estuviera previsto por el autor. Este es el caso que nos ocupa, quería escribir del envejecer y escribo de decir el adiós final.

Pero en definitiva el duende o la musa no se saldrá con la suya pues escribiré sobre el envejecer que empieza desde que inhalamos el primer aire que hincha nuestros pulmones. Empezamos a envejecer desde que nacemos, sólo que no somos conscientes de ello. Nos damos cuenta cuando empiezan los achaques, para algunas personas con la crisis de los cuarenta y de manera definitiva con la de los cincuenta, ya no digo con la sesentena, o cuando empiezan a ofrecerte el asiento en el autobús.

No vayan a creer los que no viajan en autobús urbano que no envejecerán, sólo tendrán la ventaja de no poder sorprenderse del dicho de una mujer joven “Siéntese usted”. Del mismo modo es significativo que te llamen abuelo sin tener nietos, a las mujeres no se les ocurre llamarlas abuelas, como no sea que las vean con un niño de la mano. Esto más que un error, inducido por la propia imagen, es una injerencia externa, casi una declaración de guerra las dos o tres primeras veces que oyes el  apelativo de gran padre. Convendría preguntar a quien te abueliza qué te ha visto, también vale preguntar en caso de la cesión del asiento en el autobús, pues con la simple pregunta ya te estás dando datos de que aparentas ser viejo, aunque tú aún no lo sepas ni lo asumas en su totalidad.

Nuestro envejecimiento se produce por oxidación o sea por contacto con el oxígeno, que es el que oxida, de aquí la moda de ingerir alimentos que contengan antioxidantes buscando la eterna juventud, pero al fin y al cabo el envejecer es consustancial con la vida misma. Dos hitos importantes son en el hombre la primera visita al urólogo, que se recomienda al cumplir los cincuenta, y para las mujeres cuando les llega la menopausia. Pero son momentos en los que no piensas aún, que vas para viejo.

Sin “pretender ser exahustivo” hay unas señales que nos acercan a que nos demos cuenta de que envejecemos, lo dicho de la piel con arrugas, y seca, la pérdida de fuerza física, la recomendación médica de que andemos, pero no corramos, la eficacia del tiempo, de mayor somos más lentos en muchas acciones, incluso en reflejos, pérdidas de memoria, a muchos hombres se les despidió la libido sin delicadezas y definitivamente cuando todos los días has de tomar algún medicamento, se habla más del pasado y menos del futuro, como no sea de viajes si la salud lo permite. Ni todos estos síntomas aparecen a la vez ni le pasa igual a todas las personas.

No nos preguntaron si queríamos nacer y no nos preguntan si nos queremos ir para siempre, lo que sí es axiomático es que nos iremos, pero no nos saldrá gratis, por ello lo mejor es acostumbrarse a envejecer, aceptar la realidad, envejecer con dignidad y tener una vida con una calidad adecuada a la dignidad que merecemos las personas.

Ser mayor tiene muchas ventajas incluidas la liberación del sexo, la mayor de todas es que somos especialistas en nosotros mismos, nadie mejor que uno conoce sus gustos ya sean sociales, de ocio, culturales o culinarios y por ello deberá procurar darse esos gustos y ser precavido, que significa hacerlo todo sin excesos. Hacer el ejercicio físico adecuado a la edad, o sea andar, comer de manera saludable, mantener relaciones sociales y sexuales adecuadas es la manera de aceptar el envejecer que nos acerque a una despedida propia de lo que merece todo ser humano.

Hacer el testamento legal justo para evitar que una vez idos nuestros herederos no tengan motivos de enfrentamientos por nuestros bienes. Hacer el Testamento Vital y para tener una muerte digna e indolora y la eutanasia para quienes la demanden.

La voz de mi cambija: BELLEZA

 

Por CRISTHINE FÉLIX

A veces pasear entre los despojos de la cultura es un ejercicio vital. Una estatua, un cuadro, una imagen o una melodía son capaces de iluminar los lugares más ocultos de nuestro ser donde habitan  los conceptos que acumulamos tras años de experiencia y reflexión. En este caso, Vivian Gornik relata el deseo de traspasar el concepto de belleza, porque más allá de la belleza se encuentra el anhelo de comunicación y la constatación de que un hilo invisible, más allá de las palabras, nos une a los primeros seres vivos que se conmovieron ante lo innombrable:

BELLEZA

Deambulando sin rumbo por el Metropolitan Museum, voy a parar a la sección egipcia. Es época de vacaciones -¿qué demonios me ha empujado a venir aquí hoy?- y el museo está plagado de turistas: cada vecina está rodeada de hombres, mujeres y niños armados con esas terribles cápsulas de cultura grabada en cintas cuyos auriculares emiten un sonido siniestro a los que se encuentran a menos de tres metros de ellos. En este momento odio la democracia.

Pero entonces las hordas se marchan y me encuentro frente a una pequeña estatua de madera recubierta de pan de oro, con los ojos perfilados de koh. Es la imagen de una joven diosa,  (se llama Serket) cuya labor era proteger los intestinos que habían sido extraídos del cuerpo momificado de Tutankamón y colocados en un pequeño ataúd dorado hecho a su imagen. La diosa es increíblemente hermosa; sus pechos, sus hombros y su estómago son curvas de ternura esculpida.  Está de pie y tiene los brazos delgados extendidos,  como si conjurara la oscuridad en la que Tutankamón está entrando para dejar que la pureza de espíritu de su fragilidad humana interceda por él. De un modo que no espero,  me conmueve tan profundamente que el ruido a mi alrededor se desvanece y en el repentino silencio siento que las lágrimas salen a raudales no de mis ojos, sino de un lugar mucho más hondo en mi interior.

Aunque estoy a solas con la diosa, y no hay nadie a quien pueda decirle nada, siento que no tengo palabras: soy incapaz de encontrar las palabras para describir la sobrecogedora emoción que este pequeño pedazo de madera y pan de oro ha despertado en mí.  Una terrible melancolía me abate. De nuevo, como me ha ocurrido con frecuencia a intervalos irregulares durante toda mi vida consciente, tengo esa inquietante sensación de que un lenguaje enterrado a mucha profundidad me recorre los brazos, las piernas, el pecho, la garganta. Si lograra que llegase al cerebro, tal vez podría empezar la conversación que tengo pendiente conmigo mismo misma.

 

Vivian Gornick:  La mujer singular y la ciudad. Traducción de Raquel Vicedo

Editorial Sexto Piso, Madrid, 2018. Páginas 111-112

Grupo Literario Las tardes de Atenea

Envejecer (I parte)

 

POR Manuel Sánchez Vicioso

De Antonio Fernández Bermúdez aprendí muchas cosas. Fue el abuelo materno de mis hijos que vivió 96 años y se despidió de nosotros el 27 de enero de 1994, día de la segunda huelga general convocada por CCOO y UGT contra las políticas genticidas de Felipe González.

Sus últimos meses los pasó postrado, su cabeza viajaba entre la realidad, los recuerdos y la fantasía, en muchos momentos jugaba al ajedrez. Un día ya cerca de su marcha estaba yo sentado en su cama y en un momento de lucidez me dijo “Ves ese ropero, yo valgo menos que él, el vale para guardar ropa y yo sólo para dar trabajo” Y se preguntó “Qué hago yo aquí

En los días de estío es habitual que andemos ligeros de ropajes, cuando la canícula aún no ha empezado a apretar, tengo por costumbre afeitarme, semitapado mi torso con una camiseta de tirantes blanca. Entraba la luz natural por la derecha y al levantar el brazo para enjabonarme la cara me fijé en las arrugas de la piel que se vislumbraban por encima de la axila hacia el cuello. Vi mi piel envejecida, acartonada, deshidratada, ajada. Entonces recordé la igualdad del aspecto de mi piel con la de mis padres cuando fueron viejos, en las manos la piel de mi madre era transparente. La primera emoción que sentí fue de sorpresa y después la conclusión: estoy envejeciendo. Ya he inaugurado la séptima década.

Mi madre siendo mayor, pero no vieja, decía que de mayor no le gustaría depender de nadie, que antes prefería la muerte, no se salió con las suyas, pasó de los noventa y en los últimos meses repetía con asiduidad que quería irse, que ella aquí ya no pintaba nada.

No está preparado el ser humano para pensar en la muerte cuando  es joven, pero cuando ya has despedido para siempre a tus mayores y vas demasiadas veces a los campos santos te das cuenta de que perteneces a la generación que está en la puerta de este último lugar.

Cuando el abuelo de mis hijos me dijo que quería morirse no lo entendí, no tenía edad para entenderlo. Cuando se lo oía decir a mi madre ya lo entendía, mi padre la asumió sin decirlo. Lo mismo que comprendía que enfermos terminales desearan la muerte y que la compasión me convenciera de la necesidad de la eutanasia. Me sorprendía con qué placidez, sin amargura y sin rencor pidieron mis mayores la muerte.

La causa de que quieran irse para siempre no es la que esgrimía mi suegro la de la utilidad sino la de que ya habían vivido lo suficiente, ya habían visto bastante, disminuían la ingesta por más que alguien les insistiera de que tenían que comer, pocas o ninguna cosa o acontecimiento les motivaba ni interesaba. Habían decido morirse.

He escrito morirse no suicidarse, pues si uno se lo propusiera ordenaría a su cerebro que mandara a los órganos de su cuerpo ponerse en situación de irse para siempre y creo que lo lograría. Es una leyenda que los inteligentes elefantes saben que ya se les acerca la última hora y se despiden de la manada y aceptan la muerte. Muchas personas perciben su último momento y se despiden de los suyos.


        La piel envejecida es la muestra física de que el camino de despedirse de la vida está más cerca que lejos. Aunque no desee irme ahora. No soy creyente pero creo en la reencarnación por conveniencia, por puro egoísmo, creo que cuando me vaya me dejaré cosas por hacer, entonces volveré para hacerlas. Quien no sea reencarnacionista no se reencarnará, así que al loro.

Muérdame, por favor

 

Por VICKY MOLINA Y PEDRO FERNÁN

Haga un breve viaje a los Montes Cárpatos con la voz prismática de Pedro Fernán esta noche… sí esta noche en la que todos queremos ser transilvanos, sólo por una noche. La más roja. No comeremos en presencia de nadie, haremos vida nocturna y decidiremos no mirarnos al espejo por si acaso nos deslumbramos con alguna estupidez. Saldremos ansiosos a la calle, seguramente nuestros niveles de azúcar estén pidiendo socorro por esa tontería de no comer y en el fondo lo sabemos: estamos cansados de buscar. Queremos gritar que no estamos muertos sin darnos cuenta de que no nos hace falta disfraz.

No tarde, se lo suplico no tarde, muerda y aprovéchese…mientras espero me desangro…

Escuchen la descripción del vampiro más famoso de todos los tiempos, gracias al escritor irlandés Bram Stoker. Fernán da voz al abogado Jonathan Harker en su escalofriante encuentro con el Conde Drácula.

Pinche aquí y acceda al Audio-Relato:

 

Voz: Pedro Fernán es Catedrático de la Escuela de Arte Dramático de Málaga.

Texto: Vicky Molina, Grupo Literario Las Tardes de Atenea

El relato de la caducidad del amor


Por ADA VALERO

En el marco del Festival Eñe, el Ateneo acogió el pasado sábado la presentación de la novela Feliz final, de Isaac Rosa, a cargo del escritor y periodista Guillermo Busutil. Ya en la reseña, publicada en la Revista Mercurio, destacaba Busutil las líneas maestras de su presentación: la consideración de estar ante una novela Bergman donde se disecciona la gestión de la felicidad de un matrimonio, con sus ficciones y su desgaste de realidad. Lapidariamente, Busutil inició su intervención afirmando que el amor también tiene su obsolescencia, pero, aunque todas las rupturas se parezcan en sus causas aparentes, cada cual requiere su terapeuta y su personal cuaderno de contrición. Isaac Rosa explora en Feliz final el proceso de la erosión y la ruptura de la pareja compuesta por Antonio y Ángela y lo hace sin concesiones, dejando al descubierto toda la carnalidad y la putrefacción del amor, literatura epidérmica que se lleva a cabo sin anestesia en el habitual estilo directo del novelista sevillano.

Isaac Rosa se mostró consciente de que haber escrito una novela diferente a las anteriores, aunque Busutil viera ya en La habitación oscura (2013) un germen de la que nos ocupa. El punto de partida lo constituyó una intuición relacionada con la observación de su entorno: la sensación de que algo no funciona en nuestras relaciones amorosas, de que no nos estamos queriendo bien. Feliz final surge como modo de comprobar si su intuición tenía razón de ser. Para ello, además del habitual proceso de documentación, recurrió a su círculo de amigos y de afectos, a los que hizo llegar un cuestionario con preguntas elementales y con él experimentó la sorpresa de que existía una necesidad de hablar, de abrir los corazones y poner en común, hasta el punto de que se incorporaban a su muestrario desconocidos que habían sabido del cuestionario y de su peculiar búsqueda. Este proceso ha convertido a la novela en un libro muy conversado, en palabras de su autor. Desde ese principio de experiencias personales, Isaac Rosa amplió el prisma, preguntándose cuánto de ese malestar amoroso proviene del yo y cuánto de la vida que llevamos hoy, del malestar social que resulta de las condiciones materiales, de la precariedad, del dolor reflejo del capitalismo como sistema cultural y de valores que provoca vidas llenas de ansiedad, de cortoplacismo y de obsolescencia. Aun sabiendo de la complejidad del amor y sin querer tratarlo de manera reduccionista, a la relación amorosa se le ha aplicado en buena medida la lógica del mercado y es que el amor funciona para el novelista como un microcosmos en el que se puede explorar qué tipo de sociedad hemos construido. En esta exploración recurrió al saber de la socióloga Eva Illouz (Por qué duele el amor. Una explicación sociológica, 2012), donde analiza la paradoja de que el amor, que nos conforma como seres humanos y sociales, está viviendo un enfriamiento emocional producido por la organización social de nuestros días, y de Arlie Russell Hochschild con su libro La mercantilización de la vida íntima (2008), serie de ensayos sobre el modo en que el capitalismo se infiltra en lo doméstico a partir de la incorporación de la mujer al mercado laboral.

El resultado de su exploración es una novela que provoca en el lector una forma de desolación ˗la primera con la que hace llorar a sus lectores, confiesa el autor˗ que ahoga, según la filósofa Marina Garcés, acompañante en la presentación del libro en Barcelona, pero que, en opinión de Isaac Rosa, no debe paralizar, sino movilizar.

Su estructura es interesante, pues empieza por el epílogo de la ruptura, contada a dos voces por sus protagonistas. Según su autor, la sustancia narrativa del amor es el relato, el contarse desde la verborragia del minuto uno del enamoramiento, en el que ya se empieza a armar el relato del amor ˗verdadera metáfora que recorre todo el libro˗ con una voz compartida, hacia la diversificación de las versiones, cuando la batalla por el relato es símbolo y desencadenante de la ruptura, pero también discusión por quién re-cuenta el relato, porque el componente verbal, el lenguaje, es conflicto en ese proceso doméstico de ajuste de cuentas que convierte a las familias en empresas, en un tiempo en que cada vez más las empresas pretenden parecerse a las familias.  Antonio y Ángela son dos personajes atrapados en el discurso del amor, en la autorreferencia para certificar el desgaste, la erosión que desemboca en ruptura.

Preguntado sobre la alternativa, Isaac Rosa confesó no tener respuestas y aludió a las palabras de Marina Garcés en su artículo El amor libre (publicado en catalán). El ideal del amor libre, según la filósofa, no contaba con dos factores: el malestar social, que no decae, y el capitalismo emocional, que se acentúa. El amor libre formaba parte de un proyecto de emancipación que no era solo sexual o afectiva, sino sobre todo social, económica y política, y no contaba con la liberalización capitalista del sexo y del amor, una nueva forma de dominio que necesita la frustración personal para incentivar el deseo colectivo, de modo que ahora, con este amor liberalizado, que no libre, tenemos muchas opciones, pero más miseria afectiva y nuestras soledades lo siguen siendo también en pareja. Para salir del encierro en que se encuentran esos dos en soledad, es necesario no cargar la relación de expectativas de felicidad, sino lograr construir un entramado de afectos.

Feliz final no es literatura del yo, que a Isaac Rosa no le interesa como género, sino una novela de exploración creada por un narrador que Busutil cuenta entre los mejores del panorama literario actual, un libro que, en su opinión, logra retratar desde lo microscópico a lo panorámico la catarsis de la separación como pérdida de un relato común.

 

Grupo Literario Las Tardes de Atenea

La cultura malagueña hace piña




Nos hacemos eco de la nota que refleja el éxito de la tercera edición de #EAmálaga 2018, un evento que ha sido capaz por tercer año consecutivo de aglutinar una buena de la representación de los espacios culturales que pueblan la ciudad de Málaga y que conviven con los grandes Museos.

Como resumen desde #EAmálaga, Bajo el timón de La Casa Amarilla y Veo Arte en todas pArtes, veintiún espacios se dieron cita en esta ocasión, formando parte del debate en el Salón de Actos del Ateneo de Málaga y organizando actividades especiales para la fecha. Una gran diversidad de espacios entre los que se encontraban Museum Jorge Rando, Mahatma Showroom, Antinoo Fine Arts, Escuela Apertura, Gravura Taller de grabado, Espacio de Dentro, La Casa Amarilla, VillaPucheroFactory (VPF), La Polivalente, Artsenal, Ateneo, El Retorno de Lilith, Kipfer and Lover, La Cajonera, Matraca, Galería Javier Román, TRANSDISCIPLINA A/V, entre otros…

La lluvia no aguó la fiesta, la gente se echó a la calle para recorrer plano en mano todos aquellos espacios que formaban parte de esta nueva edición. Una ocasión en el que dos proyectos Espacio de Dentro y La cajonera hacían su presentación en sociedad con la inauguración de los mismos.

Tras la visita a los espacios se dieron cita en el Ateneo, bajo el título “La Deriva Cultural”, representantes de todos los espacios que explicaron la razón de ser de su existencia, sus estrategias de desarrollo y lo que motiva esa forma de trabajar. Espacios que, pese a su diversidad, coincidían en afirmar que la razón que les lleva llevar a cabo sus proyectos es el amor al arte y que el trabajo duro es la única forma de capear las dificultades.

La principal conclusión a la que se llegó fue la importancia de tomar conciencia como colectivo y aunar los esfuerzos por una pasión compartida, pues esta será la única manera de conseguir un reconocimiento real y los apoyos externos que ayuden a crear más cultura. Los propios espacios culturales de Málaga son los generadores de su propio Clouster Cultural.

La jornada de tarde fue protagonizada por la presentación del proyecto multidisciplinar TRANSDISCIPLINA A/V con un showcase en la sede de la Fábrica de Cervezas Victoria. TRANSDISCIPLINA A/V creado como proyecto para la reflexión y experimentación de prácticas audiovisuales contemporáneas, integra diferentes corrientes artísticas trascendiendo géneros y etiquetas. Y cerrando la jornada un año más en Kipfer and Lover acogió en su espacio la Fiesta Networking.

Todo ello ha sido posible gracias al esfuerzo de los espacios participantes, a las entidades y empresas colaboradoras como Área de Cultura del ayuntamiento de Málaga, FGUMA (Fundación General Universidad de Málaga), Cervezas Victoria, Automóviles Torres, Ateneo Málaga, Copicentro, El Bar Jamones, El último Mono, Kipfer and Lover, 7trescuatro y Más Málaga.