Soñadores políticos, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 18.06.2017

Irene Montero, portavoz de Unidos Podemos, durante la moción de censura.

 

 

 

Ya nadie atraviesa los espejos ni cree que otra vida es posible. La crisis nos ha vuelto serios, respetables, dóciles y desencantados. Y a lo poco que nos atrevemos es a cruzar el semáforo en rojo. A diario fichamos, cumplimos, regresamos y cerramos a oscuras los ojos sin pensar si existimos, o si somos emoticones de copia y pega en cualquier parte. Ni siquiera nos planteamos si hay alguien que nos sueñe un futuro diferente, porque nos hemos acomodado en la cobardía o en exilio interior del escepticismo. No es extraño que la mayoría confiese no haber seguido la moción de censura al Gobierno porque la política les aburre y les resulta indiferente. No hay palabras nuevas que suenen a la posibilidad de una verdad ni discursos ilusionantes con probabilidades de realización. Muchos piensan que la realidad es una sucia niebla entre la utopía y la falta de credibilidad. Algo de razón tienen, y están en su derecho. Lo mismo que los que consideran que la política no es un plato que se sirve frio, y por ello debaten apasionados e impacientes -en público o en reuniones de amigos que celebran los afectos- entre réplicas y el afán inagotable de que sus ideales le discutan las coartadas a la opción que nos administra el espejismo de la mentira y la precariedad de la tristeza, como si nada más estuviese permitido. No diré que de ellos es el reino de los cielos pero sí que, como ha dicho el cineasta, Jonas Mekas, son soñadores lo que necesitamos, aunque fracasen.

Estoy de acuerdo a pie juntillas, y con el viejo mechero coreándolo en alto. Los soñadores son los poetas de la reflexión y de los sueños que se ponen a prueba con convicción y deseo. Algo de eso tuvo en esencia el discurso crítico de Pablo Iglesias -seguir la moción era una opción voluntaria pero necesaria para opinar y exigir democracia-, con aceptables razonamientos frente al indignante espectáculo de la bancada azul y sus paladines. Cuando uno sabe lo suyo de héroes a los que se les descubre el talón o la máscara, ha conocido la cocina política, como se aúpan los liderazgos y se manejan sus oscuros fontaneros, es muy consciente de que en España tenemos demasiados políticos de bisutería y de sonrisa planchada con la que te estafan la credibilidad y la vida, y muy pocos con solvente preparación y carta común de ciudadanía. Y que, salvo alguna que otra excepción, algunos de los problemas del PP son que sus corazones bostezan con la angustia de la calle y sólo se despeinan y se les corre el rímel cuando la izquierda amenaza con madurar y unirse contra la soberbia de quiénes se consideran los idóneos y férreos generales de un país que no funcionaría sin ellos.

Bastó con ver, aunque se haya olvidado fácilmente a vuelta de esquina de la noticia y sus imágenes, a quienes se hacen llamar sus Señorías arrullándose en risas frente las acusaciones de los numerosos casos de corrupción -que en una auténtica democracia hubiese determinado hace tiempo la dimisión de Rajoy-. Inadmisible resulta igualmente que Rafael Hernando se comporte como un machista con Irene Montero, y que su compañera de partido, además de mujer, Andrea Levy, lo disculpe. No vivimos en un cómic aunque se empecine en creerlo la diputada Ana Vázquez, dedicada a mandar mensajes bromeando con el aspecto de novios de la portavoz y el líder de Podemos. En el Congreso, en el que la democracia cumple 40 años y con algunos excelentes ejemplos de diputados, de concejales y de ministros, no pueden tener cabida personajes sin educación, sin ética, ni respeto a las argumentaciones del adversario. Arquetipos de la época de Felipe IV sin voluntad de autocrítica y mucho de chulería zafia, que se dicen representantes de la ciudadanía cuando su razón de ser, de llegar y gestionar el poder se fundamenta en el dominio feudal de las élites económicas, y en su actitud de autosuficiencia. Gobiernan porque una mayoría electoral se lo otorga, sí. También porque la falta de políticos con un conocimiento estadista de los retos que tenemos por delante evita que exista una alternativa que transforme el escenario, el atrezzo y la obra que desarrolla la vieja lucha por el poder y sus inmediatas, múltiples y contagiosas enfermedades morales.

¿Es posible que surja en nuestra democracia una política con mayúscula, con más imaginación y nuevos procedimientos para tomar decisiones que eviten que se agraven más los espacios políticos y judiciales, y a favor de una necesaria justicia social? En Portugal, a la que tan poco queremos tener en cuenta, el gobierno socialista de Antonio Costa lo ha demostrado con un pacto de izquierdas, firme y por encima de recelos. En poco tiempo y sin ruidos ha conseguido un retorno del crecimiento económico y la disminución del desempleo que ha pasado del 12 al 10%. Una unión por la superación del modelo neoliberal y en contra de las políticas de austeridad que promueven la devastación social en Europa. Pablo Iglesias se lo dibujó muy claro a Rajoy: la España de los logros económicos del PP nada tiene que ver con las numerosas vicisitudes de los ciudadanos de a pie. Lo mismo que sucede en Francia, en Alemania, en Italia. El presidente no escuchó. Prefirió parodiarlo: él no iba a presentarle una moción de censura.
¿Y el PSOE, le entendió? Después de las manos tendidas durante la moción debería ser que sí. Pero primero debe demostrar más allá del congreso que hoy termina que sabe restañar realmente las heridas y reiniciar una política con claras líneas de actuación y consenso. La base primordial para abordar su futuro con garantías, fajándose frente al PP o buscando la posibilidad de concesiones, acuerdos y una posición política con su izquierda que atraiga a la ciudadanía que no se siente representada desde la coherencia, las exigencias de la globalización y otra política menos turbia, sin chispa o que no termina de superar su tendencia youtubers.

El oráculo cercano es evidente. Sólo el PP, avalado por la dogmática fe de sus fieles que se tapan la nariz ante las evidencias por el miedo atávico a lo rojo, tiene garantizada su resistencia al alza. La opción contraria exige el convencimiento de que se puede hacer un programa de izquierdas sereno y atrevido a la vez, apoyado en políticas educativas y fiscales bien defendidas con una economía de libre mercado con conciencia social, y en soluciones alternativas que favorezcan la protección frente a las difíciles exigencias que seguirán llegando, y no provoquen demasiado pánico en los mercados y que éstos lo torpedeen. A favor están el elevado paro, la precariedad laboral, el empeoramiento de la capacidad adquisitiva, la emigración de los jóvenes, el hartazgo de circo y droga (arrogancia y corrupción) y de los desproporcionados privilegios de la clase política. La frustración y el enfado de la gente con las deshumanizadas e ineficaces instituciones del Estado, enrocadas en su pesebre.

El reto es acordar el punto de encuentro de esa izquierda en el centro de la izquierda. Posicionándose a la derecha ha fracasado en Francia y en España; hacerlo más a la izquierda de sus márgenes apenas encontraría respaldo y sus cauces democráticos los mercados los convertirían en un campo de minas; contar con Ciudadanos sería un caleidoscopio que exige a Rivera aclararse y desplazarse a la izquierda. Lo prioritario es negociar, sin ser cautivos de los dogmatismos, una mayoría de progreso. Las elecciones y las sumas son libres. La más ilusionante pasa por colaborar en la construcción de esa izquierda al centro de la izquierda, capaz de gestionar con éxito la alternativa de un modelo nuevo que haga renacer las esperanzas, la democracia, la estabilidad y el avance hacia una Europa social.
Sólo hace falta soñar, generosidad y trabajar unidos por encima del vértigo. Otro mundo es posible.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.

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Invasión, por Antonio Soler

Sur, 04.06.2017

La Málaga universal, pictórica, cultural y un tanto borracha de todo eso anda revuelta por la invasión de Invader. Invader mezcla el píxel con lo naif y lleva detrás una corte de seguidores votivos y votantes que califican las obras de este creador como quien juega en bolsa. Mientras, él, además de mezclar el pixelado y un concepto naif o pos naif o como lo quieran bautizar, mezcla la transgresión con la oficialidad del mismo modo que lo hacen otros tantos compañeros suyos denominados artistas callejeros pero que de callejeros tienen bastante poco. La sociedad tiene un gran estómago y es capaz de digerir los movimientos más rompedores. En todos los sentidos. En lo artístico, en lo literario y en lo político. El 15-M nacido de la calle y de la indignación más clara acaba en el Parlamento disfrazando una política casi antediluviana con pedorretas, exabruptos y poses que sirven de trampantojo progresista y sólo pueden despistar a los más ingenuos y engañar a los más voluntariosos y bienintencionados.

Y del mismo modo que en la prehistoria la sociedad engulló y digirió a los cubistas o a los dadaístas o convirtió en hilo musical de la sala de los dentistas a los en su momento revolucionarios Beatles o Rolling Stones, ha asimilado a los artistas callejeros y los ha convertido en un producto comercial que juega a no ser producto comercial. Una oficialidad travestida de rebeldía. Una rebeldía pactada, ahormada en los despachos, y detrás de la cual hay un flagrante negocio. Los protagonistas juegan al malditismo. No se dejan ver. Llevan máscaras como el Zorro y se cuelgan en la noche de altos edificios. El amparo de los héroes del tebeo. Una chiquillería intelectual donde la ocurrencia somete a la profundidad y se impone más por el aura que se le otorga que por la esencia de su creación.

Y en esa mezcla de malditismo y oficialidad Invader ha venido a Málaga y ha colocado en el Palacio Episcopal una gitanilla. Haciendo caja con la polémica. La estética de la gitanilla es más que dudosa. El daño que pueda ocasionar al edificio también lo es. La investigación policial del hecho, estando el zarandeado CAC detrás, se ajusta al matiz naif del asunto. La cosa puede ser todo lo caricaturesca que se quiera y puede hacerse la sátira que a cada uno se le antoje pero hay una cuestión insoslayable detrás de todo eso. La propiedad privada. Y el derecho de cada vecino a decorar su casa del modo que se le antoje de acuerdo con las normas básicas de urbanismo. No se trata de que este artista haya topado con la Iglesia. Con lo que ha topado es con un derecho elemental. Y por muchos seguidores que tenga y por muchos euros que sus mosaicos valgan no es dueño de las calles. El Ayuntamiento se encuentra ante una paradoja que él mismo ha creado. Con una contradicción que lo deja con un pie dentro de las reglas y otro fuera. Una vez más.

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Despatarrarse, por Txema Martín

Sur, 09.06.2017

Manuela Carmena me parece la mejor regidora del Ayuntamiento de Madrid desde los tiempos de Tierno Galván y la mayoría de sus propuestas me parecen geniales, pero, del mismo modo, reconozco la dificultad de aguantar la risa cuando me entero de alguna de sus más valientes ocurrencias. Ya sean de ella o de su grupo, porque la misma simpatía que despierta Carmena se convierte en cierto rechazo cuando uno escucha lo que dicen algunos de los miembros de su heterogéneo equipo municipal.

Hace poco que escuché por primera vez el término ‘manspreading’, un anglicismo flamante (sólo lleva en el diccionario de Oxford desde 2015) que alude a la tendencia de algunos hombres a abrir las piernas cuando están sentados, especialmente en los transportes públicos. En castellano tenemos sin embargo un par de verbos para eso: ‘despatarrar’ o el más malagueño ‘espatarrar’, que quizá no suenen tan sofisticados como la voz inglesa y por eso se le considere impropio para un bando municipal. Descubro además que en El Salvador y en Venezuela también se emplea para este fenómeno uno de mis verbos favoritos del diccionario: explayarse. Todo esto en realidad quiere decir que despatarrarse es un fenómeno mundial; es entonces el género humano el que tiene una tendencia extraordinaria a explayarse con cualquier cosa que se encuentra.

Por esta universalidad del gesto, es posible también que la experiencia de despatarrarse se produzca por una característica más fisiológica que psicopática: los hombres abren las piernas para mantener oxigenados los verdaderos orígenes de su improbable descendencia, mientras que las mujeres las cierran para prevenir cualquier atisbo de cosquilleo vaginal, o incluso porque frente al uso de la falda, una prenda últimamente denostada por los sindicatos del sexo, quieren evitar el efecto Sharon Stone en ‘Instinto básico’, un portentoso ‘womenspreading’ que rayó hasta hacerlas inservibles muchos kilómetros de cinta VHS en todo el mundo.

Es verdad que la imagen de un hombre espatarrado en el metro junto a dos mujeres con las piernecitas cruzadas es poderosa. Sin embargo, una de las grandes conclusiones respecto al ‘manspreading’ es que lo que más irrita es el prefijo y el uso discriminado de este extranjerismo. Frente al español se ha preferido el inglés, un idioma quizá menos sexista pero que en esta fórmula incluye una responsabilidad única e íntimamente masculina. Mucho está tardando alguien en decir que las mujeres también se espatarran. O por lo menos que lo hacen de otra manera, pero para lo que deberían estar los ayuntamientos es para promover el civismo, tanto si es un fenómeno propio de un régimen heteropatriarcal o el resultado de una mala educación, cansancio o mero pasotismo ante la vida. A mí ya me da igual que sea por las piernas abiertas, por una mochila, por un bolso o por las bolsas del Bershka. Respetemos el espacio vital.

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Pensamiento único, por José Luis González Vera

La Opinión de Málaga, 12.06.2017

La semana anterior, para anunciar la consulta sobre la independencia de Cataluña, el presidente Puigdemont instaba a rebelarse a los votantes contra el país del pensamiento único, en referencia el estado español. Así están las cosas, según sentencia de filósofo de codo en barra. Recuerdo una columna que Alfonso Canales publicó en este periódico en la que centraba los tiros sobre la, entonces, reciente manía idiomática de comenzar cualquier frase con la muletilla “la verdad es que”, como si el hablante tuviera que exorcizar la tentación de mentir en cada afirmación. El poeta se habría horrorizado con la actual variante de “en verdad” con la que todos los jóvenes, comprendidos hasta los 53 años que profeso, inician el discurso. También recuerdo otro magnífico texto de mi querido Álvaro García en el que abordaba el tema de referirse “al tema” para introducir cualquier tema. El tema es que son modas que, como el prêt-à-porter, pues eso, unas quedan al fondo del baúl y no regresan, mientras otras conocen una especie de reencarnación crónica, como las gafas de pasta o esas horribles sandalias romanas. El idioma tiene sus manías. En ocasiones, el vocablo al uso vuelve a la vida pero como un zombi, esto es, sin su alma originaria. Existe, oímos su sonido pero, en realidad, ya es otra palabra con un significado, un alma, diferente; en la mayoría de las ocasiones, debido a intereses de uno u otro tipo. Eso que los filólogos llaman en su jerga, las connotaciones. Así, el término “fascista”, a modo de revancha histórica, cuando se arroja provoca ahora parecidos efectos a los de “rojo” durante la dictadura. Yo oí a un camarero que se quejaba del vecino que protestaba su volumen de música a las tantas de la madrugada mediante el breve descalificador que lo señalaba como fascista. Dícese del ciudadano que pretende dormir en su propio domicilio. Discusión zanjada tal y como en la posguerra alguien soltaba por los mentideros del pueblo que fulanito era un rojo y la brigadilla se encargaba de eliminarlo y arruinar a la familia. Rojo, dícese de quien tiene algún bien de interés para alguien.

La precisión en el uso de las expresiones es importante por aquello de entendernos y comprender el mundo que nos rodea sin que amanezca como un trampantojo perpetuo. El tema es que, en verdad, uno puede acabar viendo fascistas o rojos en todos aquellos semejantes que nada tengan que ver con una u otra ideología. Y aquí llega lo del pensamiento único. Siempre que he oído al alguien acusar a otros de estar poseídos por eso del pensamiento único, así sin una definición previa de qué oculta tal sintagma, es porque no pensaban como el amo del dedo que señala. El pobre éxito de lecturas, Carlos Marx, tan inspirador de ventoleras en su nombre, avisaba de que la ideología es el peor enemigo de la idea. Diógenes, el perro, buscaba a algún hombre razonable con un farolillo encendido en mitad del día por las calles de Atenas. Descartes comienza dudando de todo para iniciar su método de pensamiento. Kant dedicó su vida entera a ordenar sus ideas por unos caminos que considerara adecuados. Perdón por la andanada de nombres. Estás con una cerveza en la mano, charlando de la nada y cualquiera se atreve a espetarte en las narices que tal o cual opinión la emites porque estás preso del pensamiento único, como si el pensamiento pudiera ser único, según su propia y libre condición. Pues ahí queda ya otro político que arenga contra el pensamiento único que, en este caso, por fin descubierto, oh milagro, coincide con unas determinadas fronteras y una serie de ideas que no militan en la ideología con la que él maneja la realidad que se le presenta cada mañana. A pesar de mi juventud, arriba manifestada, en verdad la vida me ha enseñado a desconfiar de esos salvadores que aparecen con una fórmula mágica en una chistera, por lo general, tapizada por la desconsideración hacia quienes están inmersos en ese indeterminado pensamiento único, siempre muy distante al de quien lo invoca. Esas modas discursivas nunca son inocentes.

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El castillo, por Antonio Soler

Sur, 11.06.2017

Susana Díaz, que siempre dijo que estaría donde le dijeran los suyos, en la cabeza o en la cola del tren, ha decidido que de no ser conductora, su sitio no está ni en la cola ni en la butaca de ningún tren sino en lo alto de una colina y dentro de un castillo. De modo que ha reformado su Gobierno con peones, torres y alfiles que hagan más sólidos los muros de su fortaleza. Por fin, tal como le pedía la oposición, parece que se va a centrar sólo en Andalucía. Un Gobierno fuerte para un invierno duro y de duración imprevisible. Hombres y mujeres con el aliento renovado para hacer una larga travesía del desierto. Aquellos acompañantes con agujeros en las sandalias o señalados por la plebe han sido abandonados en la orilla del camino a la espera de que un generoso coche escoba los instale en cualquier torre de marfil con vistas al poder.

Susana Díaz no ha atendido ni a la paridad de género ni a equilibrios territoriales. Lo único que en esta ocasión parece haberle interesado es la efectividad, el blindaje. Ante esa actitud cabe preguntarse qué habría ocurrido si en vez de a la cola del vagón, el revisor de las bases le hubiera señalado el mando del convoy socialista. ¿Se habrían producido estos cambios o el estado de euforia permanente y triunfalista de doña Susana habrían hecho continuar un Gobierno que ahora, sola frente al espejo, se le ha antojado anémico? ‘Andalucía primero’ parece haberse dicho en clara sintonía con aquello que parecen dictarse a sí mismo los líderes del mundo.

‘Andalucía primero’ o ‘Andalucía lo único’. Roto el cuento de la lechera de Ferraz, Andalucía es el inmenso salvavidas, el virreino hinchable que se le ofrece a Díaz. Y no va a permitir que se le vaya el aire por ningún poro. Ya anuncia un tiempo de nuevas políticas, giros que traerán a la comunidad más ecuanimidad y más justicia distributiva. Alumnos pobres en los campus universitarios, hospitales y asistencia sanitaria más equitativa para todos. Un PSOE-A más blanquiverde, más aceitunero y más altivo. Y más trianero. La periferia de Sevilla ve mengüado su poder. Los sesudos del análisis lo atribuyen a una posible estrategia de cara a los congresos provinciales y a una renovación generacional. A saber. Lo que sí está claro es que Susana Díaz se atomiza, se repliega sobre sí misma para hacerse más fuerte, probablemente más eficaz. Y que en ese proceso de concentración Málaga pierde poder y queda representada con una sola consejería en el nuevo Gobierno. Algo que muchos atribuyen a la influencia menguante de Miguel Ángel Heredia, incapaz de hacer valer la voz de una provincia que es el principal motor económico de la región y que históricamente pertenece al graderío de sombra de la Junta. Sea como fuere, tras la remodelación se atisban muros más gruesos y más altos. Y a la oposición, como el agrimensor de Kafka, sin poder traspasar nunca el umbral del castillo.

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La feria jibarizada, por Alfredo Taján

Sur, 01.06.2017

Se produce una extraña similitud entre las caravanas de los hombres azules, los tuaregs y nosotros. Pero los tuaregs cortejan el desierto dejando ver sus ojos profundos, y nosotros, menos valientes, ni siquiera enseñamos los ojos, protegidos por gafas de sol, contra la luz de Málaga, luz cegadora. De esa forma, llegamos a la plaza de la Merced, uno de los emblemas del liberalismo español, donde se alza un obelisco que nos recuerda a nuestra abnegada ciudad como la primera en el peligro de la libertad. Antes de acceder a la plaza llevo a mis invitados a ver una placa que pusimos en honor a la escritora Rosa de Gálvez, que vivió por aquí, y hoy es negada en una estatuaria. A veces, las ciudades se comportan como madrastras de cuento, y las madres que se comportan como madrastras de cuento son las peores.

Avanza la caravana y por fin, con el terral a cuestas, invadimos las exiguas casetas que componen la Feria del Libro malagueña 2017. Me alegra que un espacio transitable por antonomasia como la Merced acoja la feria de los libros, lo que no me gusta tanto es que se haya convertido en una feria jibarizada, porque hay que escribirlo: la feria del libro sigue siendo digna y seguimos luchando por su supervivencia, pero ha quedado reducida a la mínima expresión. No es justo que una ciudad como Málaga, capital de la literatura, carezca de una representación más holgada. Me pregunto dónde se encuentran tantas librerías, editores y libreros que antes defendían con uñas y dientes una iniciativa que en su momento fue una de las más destacadas de este país y hoy no pasa, al margen, insisto, de loables y denodados esfuerzos, de ser un testimonio. Tampoco sé si lo que falla es la concordancia de las distintas administraciones o el modelo elegido para gestionarla. Tengo la sospecha de que, como siempre, se han unido todos los factores contra la cultura, contra el libro, a favor del lento declinar de las especies. Borges aseguraba que el hombre desciende del mono pero que también se dirige al mono, en esta cuestión, como en otras, Borges siempre tiene razón.

Con el terral a cuestas hablamos de Cien años de soledad en mitad de la plaza, junto al obelisco a Torrijos. Hace cincuenta años que, tras la defección de Carlos Barral -no importa si la leyó o no, la verdad es que no la publicó- el gallego Francisco Porrúa tuvo el valor, y el acierto, de editarla y así convertir a García Márquez en uno de los escritores clave del siglo XX. Una señora con bastón que ya debía haber cumplido los treinta en 1967 se me acerca y me dice: «Mire, Taján, he venido hasta aquí a pesar de este calor infame, he venido por Cien años de soledad y por los libros, sobre todo por los libros». Pienso que se puede extirpar la ignorancia pero no se puede hacer nada en contra de las condiciones climáticas.

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El mapa de Picasso, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 10.06.2017

Picasso todo lo vale. La firma a pie de cada obra o a su espalda. Su imagen de minotauro con una camiseta marinera, ensimismado en un lienzo en construcción, trazando la rúbrica en un espejo, jugando de padre o haciendo travesuras experimentales. Sólo nos falta su voz para completar la mitomanía que no ha dejado de provocar el talento, la vida, la producción artística de un genio que seduce por igual a críticos, público, millonarios, ladrones, coleccionistas y a jóvenes creadores que todo lo desacralizan. Picasso siempre es noticia entre todos. Lo mismo aparece en una subasta de Christie´s del pasado mes de mayo y en la que obtiene 41 millones de euros por Mujer sentada, vestido azul, una abstracción picassiana de Dora Mar en bikini de playa, que la policía lo salva del contrabando y del naufragio en un yate de un apellido de la banca que navegaba la intimidad azul de contemplar la bella Cabeza de mujer joven. Los ensimismados del arte tienen esas pasiones solitarias. Jacques Lacan se encerraba en una habitación de su casa para pensar el nacimiento del mundo frente al sexo femenino de un cuadro de Courbet. Jaime Botín disfrutaba de Picasso en la privacidad de las aguas internacionales, hasta que lo han detenido por intentar brindarlo supuestamente en la Suiza de las cajas secretas. O quizás venderlo a uno de esos coleccionistas de guantes blancos y dinero sin huella. Otros, en cambio, prefieren velarlo en el patio de una casa de la malagueña calle Beatas. Picasso hiperrealista y amortajado en poliéster, fibra de vidrio y poliuretano en la capilla ardiente de la Alianza Francesa. Su autor Eugenio Merino, junto con Los Interventores, invita a los visitantes a que reflexionen sobre la instrumentalización de la figura de Picasso con fines comerciales. Quién sabe si, además de la pieza y del folleto que cubre el trayecto desde su lugar de nacimiento, su museo y su cuerpo presente, el proyecto termina con la venta de merchandising: camisetas de rayas blancas y azules horizontales, pantalón marfil y zapatos negros. La verdad es que frente a la obra de 1.64 metros de estatura yacente, su realismo es palpable. Y viéndolo dan ganas de acercarse a su museo de Málaga.

Siempre que alguien importante se muere o nos recuerdan el aniversario de su nacimiento, a uno le entran ganas de revivir su obra. Sucede habitualmente con los escritores. Fallecen y el óbito nos empuja a las librerías en busca de sus obras emblemáticas. En Málaga ha ocurrido esta semana con el heterodoxo Juan Goytisolo. Lo malo es que la Feria del Libro es como una pequeña reserva india en la plaza de la Merced, bajo un sol de imperio y un cuadrado sin número áureo. Es difícil en esta feria de Wolfe, que no cesa de caer en picado, encontrar libros de este intelectual rebelde contra los convencionalismos y los prejuicios, con una lúcida prosa cervantina y una literatura de periódico en defensa de las bibliotecas destruidas por la guerra y de cualquier cultura estigmatizada por el atávico miedo. Tampoco hay apenas ejemplares de autores de literatura reconocida ni apenas ambiente de encuentro. Los únicos felices son los autores que se auto publican.

Menos mal que lo de Picasso es más fácil. Su museo merece siempre la pena ser visitado porque cada vez supone un nuevo descubrimiento. La mirada nunca es la misma, y contemplar sus recién estrenados fondos es un disfrute en el que es raro no descubrir algo nuevo en muchas de sus obras. Y también para aprender o deleitarse, en los casos de adicción al arte, con sus exposiciones temporales. La última enmarca a La Escuela de Londres, una muestra organizada por la pinacoteca malagueña en colaboración con la Tate Gallery, que reúne 90 obras de un grupo de artistas que hicieron del cuerpo, como sujeto e identidad, una fascinante lección de la naturaleza del dibujo, de la carnalidad del tiempo, de la afirmación de la realidad y su emoción a través de la figura humana, el paisaje urbano y el entorno cotidiano de lo personal y lo internacional. Audaces y a su aire, en una época en la que el mercado apostaba por la abstracción, sus trabajos son una extraordinaria enseñanza acerca de la magia del dibujo como pulso, levedad, y trazo de la creación en libertad, y también de la pintura como construcción, textura, peso e indómita fuerza germinal. Aquel grupo, bautizado en 1976 en la exposición The Human Clay en la galería Hayward de Londres, estimuló un intercambio de miradas y una fecunda competitividad pespuntada de admiración, de parecidas obsesiones personales, de preocupación por acontecimientos frente a los que adoptaron posturas éticas y criterios estéticos cercanos al informalismo, al pop art, al expresionismo abstracto y a la nueva objetividad.

Desde el inicio de la exposición, el encantamiento de las piezas anima al visitante a concentrarse en la exquisita belleza de lo sutil y de la perfecta precisión del dibujo en cada obra de William Coldstream; en la encarnación del vigor pictórico del paisaje en los lienzos de David Bomberg, maestros de los miembros de La Escuela de Londres que inicia su colectiva con la sorpresa de la mirada ante la joya que es la pieza de un perro de Francis Bacon, inicio de su gesto plástico sobre el tormento y la búsqueda de liberación, y en la que resulta admirable su composición del horizonte. Este primer Bacon, innovador en el retrato psicológico en el que están presentes el grito, la animalidad interior y el abismo, con ecos del dramatismo expresionista del cine de Eisenstein, y las primeras indagaciones en la viscosidad y crudeza del color, resulta mucho más potente y admirable que el de sus posteriores fragmentaciones de pinturas sobre la violencia del cuerpo, la sexualidad y la metamorfosis, que recuerdan a Oscar Wilde ” cada hombre mata lo que ama”, resueltas como seriaciones de marca. Esa misma libertad pero más juguetona e intelectual adquiere una magia especial en las pinturas de Ronald B.Kitaj, admirador de Cezanne y de Matisse, que transitan entre el cartelismo, el collage sujeto a una equilibrada composición aparentemente desdeñada, a la euforia del color y a la sensualidad y erotismo del pastel. Técnica del maravilloso lienzo en el que rinde homenaje a Romero de Torres y a Coubert con el descaro de un protagonista sexo femenino. También es muy evidente la idea de Kitaj de que fuese posible inventar en pintura un personaje, una personalidad, de la misma forma que eran capaces de hacerlo los novelistas.

La embriaguez de la oferta expositiva exige lentitud, que el visitante se tome tiempo en apreciar los cuadros que lo reclaman. Le sucede a la mayoría del público con Lucien Freud y su concepción deleuziana de la verdad desnuda de la intimidad de los cuerpos en instantes de abandono, de agazapada pulsión sexual y vulnerabilidad. La pintura como carne y como construcción, susurra Freud al introducir en uno de los cuadros la mesita con los pinceles. Un existencialismo humanista que atrae y perturba al espectador frente a sus cuerpos a solas con su sombra. Hipnótica también es la densidad de la gestualidad cromática de Auebach; los insólitos ángulos de Kossoff con los que retrata la iglesia londinense de Christchurch; la calidad escultórica de la contenida emoción de los cuerpos de Euan Uglow o las inquietantes atmósferas del color en las fábulas de Paula Rego. No se pierdan en la última sala la obra en papel: el dibujo es el alma, la pintura el corazón.

Qué envidia que no le ocurra a uno como a Stefan Kasper, visitante 10 millones del Rijksmuseum de Ámsterdam y ser invitado a pasar la noche y descorchar una botella de champán, no frente a La ronda de noche de Rembrandt, sino ante cualquiera de los cuadros de esta exposición. O de los fondos de un museo en el que cada muestra temporal es la equis de un tesoro en el mapa de Picasso.

No se está entendiendo por qué ganó Trump, por Vicenç Navarro

Público, 06.06.2017

En la cobertura mediática del tsunami político que ocurre en EEUU se hace excesivo hincapié sobre la figura de Trump y su idiosincrasia y comportamiento atípico como presidente del país, sin analizar el contexto político que determinó tal elección, lo que hace que no se esté entendiendo por qué ocurrió tal tsunami. Atribuir este hecho –su elección como presidente- predominante a su figura es un error de primera magnitud, pues hay algo mucho más importante que Trump para comprender lo que está pasando en EEUU, y es entender por qué más de sesenta millones de personas votaron por él (casi el 50% de las personas que fueron a votar lo hicieron por él). Y lo que es incluso más importante es entender por qué la gran mayoría de la clase trabajadora blanca, que constituye la mayoría de la clase trabajadora estadounidense, lo votó. En realidad, la clase trabajadora blanca fue el centro de su base electoral. Este es el punto más importante que hay que entender. Sin comprender este hecho, habrá muchos Trumps como presidentes en las próximas décadas en EEUU.

¿Por qué la clase trabajadora votó a Trump? 

En primer lugar, tenemos que hacer una aclaración, que es obvia, pero que parece desconocida, ignorada u ocultada en los grandes medios de información. En EEUU (como en todos los países de Europa) hay una clase trabajadora distinta a la clase media. En realidad, hay más estadounidenses que se definen como pertenecientes a la clase trabajadora que a la clase media. Los datos están ahí para aquellos que quieran verlos. Y lo mismo, por cierto, ocurre en la mayoría de países de la Unión Europea, incluyendo España.

Esta clase trabajadora en EEUU ha ido perdiendo capacidad adquisitiva en los últimos treinta años, desde los años ochenta, con la elección del presidente Reagan, que inició las políticas neoliberales que constituían un ataque frontal a la clase trabajadora. Las rentas del trabajo como porcentaje de las rentas totales del país han ido descendiendo, pasando de un 70% de todas las rentas a finales de los años setenta, a un 63% en el año 2012. El enorme endeudamiento de las familias estadounidenses (y el gran crecimiento del sistema crediticio financiero) se basa en este hecho. Este descenso de las rentas del trabajo creó un problema, al disminuir la demanda y el crecimiento económico (puesto que la mayor parte de la demanda procede del consumo originado por las rentas del trabajo). Por otra parte, el crecimiento del sector financiero (que, como acabo de decir, fue también consecuencia del descenso de las rentas del trabajo) y la escasa rentabilidad de las inversiones en el sector productivo de la economía (donde se producen los bienes y servicios) explican que crecieran las inversiones especulativas, creando las burbujas cuya explosión (sobre todo la inmobiliaria) creó la Gran Recesión, consecuencia del comportamiento especulativo del capital, facilitado por las políticas desreguladoras del capital financiero.

La desregulación del comercio y de la movilidad de capitales inversores que perjudicó a la clase trabajadora 

Las políticas neoliberales, en su objetivo de incrementar la rentabilidad del capital, facilitaron la movilidad de las industrias manufactureras a países con salarios más bajos y con peores condiciones laborales. Ello causó una gran destrucción de puestos de trabajo bien pagados en el sector manufacturero de EEUU, ocupados en su mayoría por la clase trabajadora blanca. En realidad, bastaba que los dueños y gestores de las industrias manufactureras amenazaran a sus trabajadores con el traslado a otro país, para conseguir rebajas salariales y la aceptación de peores condiciones de trabajo. Es lógico, pues, que la clase trabajadora, afectada por tal movilidad de industrias a otros países con salarios mucho más bajos, odiara los tratados de libre comercio y a los gobiernos que los promovían. En realidad, los efectos de tal movilidad aparecen claramente en los barrios  donde viven los trabajadores metalúrgicos en la ciudad de Baltimore (tales como Dundalk), uno de los centros industriales más importantes de EEUU. El traslado de los altos hornos del acero (Bethlehem Steel Corporation) a otro país creó un enorme deterioro en tales barrios. Estas políticas neoliberales han sido llevadas a cabo por todos los gobiernos federales, desde Reagan hasta Obama, siendo, por cierto, más acentuadas y promovidas por los presidentes demócratas Clinton y Obama, que por los republicanos.

Otra causa del enfado de la clase trabajadora: Las limitaciones de los programas sociales federales 

El Estado del Bienestar en EEUU está muy poco desarrollado. Como resultado del enorme poder que los propietarios y gestores de las grandes corporaciones financieras, industriales y servicios tienen sobre el Estado federal (lo que en aquel país se llama la Corporate Class), los derechos sociales y laborales están muy poco desarrollados. No hay, por ejemplo, el derecho de acceso a los servicios sanitarios. En realidad, en EEUU hay más muertes debidas a falta de atención médica que a la enfermedad del SIDA. Un indicador de la crudeza e insuficiencia del sistema sanitario estadounidense es que el 44% de las personas que se están muriendo (es decir, que tienen enfermedades terminales) indican que están preocupadas por cómo ellas o sus familiares podrán pagar sus facturas médicas. No hay plena consciencia en Europa de que EEUU es el capitalismo sin guantes.

No existe en EEUU la universalidad de derechos, es decir, que una persona, por ser ciudadana o residente, tenga un derecho en concreto. La provisión de servicios sanitarios, por ejemplo, depende de la renta de una persona, siendo los programas sanitarios del gobierno federal (como Medicaid) de tipo asistencial, es decir, de ayuda a los pobres, que, erróneamente, se cree que son los negros (en realidad, la gran mayoría de pobres en EEUU son blancos, aunque los negros son los más pobres entre los pobres). Pero en el imaginario popular, entre la clase trabajadora blanca, se considera que son los negros los que se benefician más de estos programas federales, cuyos gastos se cubren primordialmente con los impuestos que pagan las clases populares. De esta percepción (errónea) se crea el antagonismo de la clase trabajadora blanca (que no se beneficia de estas políticas federales asistenciales) hacia el gobierno federal, por pagar, con sus impuestos, la asistencia sanitaria a los pobres (que consideran que son los negros). De ahí la elevada impopularidad entre la clase trabajadora blanca de los programas antipobreza federales (que Trump quiere disminuir radicalmente).

¿Qué ha estado haciendo el partido supuestamente de izquierdas, el Partido Demócrata?: Las limitaciones de las políticas de identidad antidiscriminatorias 

Uno de los atractivos del modelo americano ha sido la posibilidad de ascender en la escala social. La movilidad vertical era la base del sueño americano (The American Dream). Esta percepción daba pie a relativizar la clase social en la que un ciudadano nacía, puesto que se asumía que podría ascender a las otras clases sociales, incluyendo la que se llamaba la clase alta.

Se reconocía, sin embargo, que tal movilidad social estaba perjudicada por la discriminación que las minorías (como las afroamericanas) y las mujeres sufrían. De ahí que, a partir de la legislación de derechos civiles, iniciada por el presidente Johnson (en respuesta al movimiento liderado por Martin Luther King en defensa de los derechos civiles), el gobierno federal estableciera las políticas antidiscriminatorias, como el punto central de sus políticas sociales, que tenían como objetivo facilitar la integración de los sectores discriminados dentro de la movilidad vertical, favoreciendo a minorías y mujeres, aumentando con ello su número en las estructuras de poder político y mediático. La elección de un afroamericano, Barak Obama, como presidente, culminó este proceso entre los negros, y el intento de la candidata Clinton hubiera tenido el mismo significado para las mujeres.

Ahora bien, la mayor discriminación que existe en EEUU es la discriminación por clase social. La mortalidad diferencial por clase social es mucho mayor, por ejemplo, que la mortalidad diferencial por raza o género. Es más, la mortalidad diferencial por raza tiene poco que ver con la raza, sino con racismo. La discriminación racial pone a la mayoría de negros en la clase trabajadora no cualificada y peor pagada. Tal discriminación de clase relativiza el sueño americano, pues la movilidad social, que permite el paso de la clase trabajadora a las clases más pudientes, ha sido siempre –en contra del  mito del sueño americano- muy limitada y menor, por cierto, que en países como los escandinavos, donde los instrumentos de la clase trabajadora (como los partidos de izquierdas y los sindicatos) han sido más poderosos.

La falta de sensibilidad hacia la discriminación de clase explica que la clase trabajadora blanca tenga poca simpatía por los programas antidiscriminatorios, los cuales no la benefician directamente. En realidad, el aumento de negros y mujeres en las estructuras de poder ha tenido muy escaso impacto en la mayoría de negros y mujeres que pertenecen a la clase trabajadora. El estándar de vida de la clase trabajadora negra no aumentó durante el gobierno Obama. Y lo mismo hubiera ocurrido con las mujeres si hubiera ganado las elecciones la Sra. Clinton. Su insensibilidad hacia la discriminación de clase y la necesidad de incorporar la variable de clase en sus políticas (llegando incluso a insultar a la gente trabajadora seguidora de Trump) explica que la mayoría de mujeres de clase trabajadora no votaran por ella, sino a Trump.

Las únicas voces dirigidas a la clase trabajadora: Sanders y Trump 

Las únicas voces que hablaron a y de la clase trabajadora fueron el candidato demócrata Bernie Sanders y el candidato republicano Donald Trump. El primero, un senador socialista conocido por su integridad y continua defensa del mundo del trabajo, criticó las políticas neoliberales que habían afectado muy negativamente el nivel de vida de la clase trabajadora, denunciando los tratados de libre comercio que habían promovido los gobiernos demócratas de Clinton y de Obama, siendo una de sus máximos defensores la Sra. Hillary Clinton, primero como esposa del presidente Clinton, y más tarde como Secretaria de Estado (cargo semejante al de Ministro de Asuntos Exteriores). Criticó también las reformas laborales realizadas por los sucesivos gobiernos, las cuales descentralizaron los ya muy descentralizados convenios colectivos, debilitando a los sindicatos. Su grito de batalla electoral era que EEUU necesitaba una revolución política, rompiendo con el maridaje del poder económico y financiero con el poder político, maridaje que es favorecido por la financiación privada del proceso electoral, mediante la cual los lobbies financieros y económicos financian a los candidatos sin ningún freno en la cantidad de dinero que estos candidatos puedan recibir, para, entre otras cosas, comprar espacio televisivo, que está completamente desregulado, disponible para el mayor comprador. Sanders propuso la financiación pública del proceso electoral, reduciendo o incluso eliminando la financiación privada derivada de los lobbies financieros, económicos y profesionales. Ganó en 22 de los 50 Estados durante las primarias del Partido Demócrata, siendo el más popular entre la gente joven y la trabajadora. Las encuestas mostraban que hubiera ganado las elecciones a Trump.

Pero el aparato del Partido Demócrata, claramente controlado por los Clinton y los Obama, se movilizó para destruirlo, siendo el adversario principal del partido. La victoria de Hillary Clinton sobre Sanders aumentó la abstención de un porcentaje muy elevado de los jóvenes, y causó un flujo de votantes antiestablishment hacia Trump. Las clases populares querían primordialmente mostrar su gran rechazo al establishment político-mediático centrado en Washington, la sede del gobierno federal.

La derrota de Sanders promovida por el Partido Demócrata facilitó la victoria de Trump 

La derrota de Bernie Sanders facilitó la victoria de Trump. Pero la mayor causa de su éxito fue la movilización del movimiento libertario, dirigido por el Tea Party, que había ido infiltrando y controlando las bases del Partido Republicano, en su lucha contra el establishment político de Washington, incluyendo el establishment republicano. Este movimiento, claramente financiado por intereses financieros de carácter especulativo (como los hermanos Koch), tenía como su objetivo central eliminar la presencia del Estado federal en la escasamente regulada actividad financiera, como por ejemplo en los sectores inmobiliarios, los sectores de casinos y juego, y la actividad especulativa de la banca. Estos sectores se aliaron con la clase trabajadora blanca que, por las razones indicadas anteriormente, se oponía al Estado federal. Fue esta alianza la que constituyó la base del movimiento libertario, un movimiento de ultraderecha que sembró el campo para el éxito de la candidatura de Trump. Este diseñó su campaña con un programa para anular los tratados de libre comercio y favorecer las rentas del capital, bajando espectacularmente los impuestos de sociedades de un 35% a un 15% y eliminando los programas antipobreza y los programas antidiscriminatorios con una narrativa racista y machista. El suyo es un programa libertario como máxima expresión del neoliberalismo, intentando eliminar la influencia del sector público y de las intervenciones públicas mediante la privatización de los programas públicos.

¿Es Trump un fascista? 

Trump tiene características de la ideología fascista, tales como un nacionalismo extremo basado en un sentido de superioridad de raza y de género (un machismo muy acentuado), con un canto a la fuerza y a la intervención militar, con una concepción no solo autoritaria, sino también totalitaria del poder, deseoso de controlar los mayores medios de información y reproducción de valores (desde la prensa y la televisión, hasta al mundo universitario), profundamente antidemocrático, presentándose como el salvador de las víctimas del sistema político corrupto.

Ahora bien, también hay que subrayar las características que le diferencian del fascismo. Una es que Trump no creó un movimiento y partido, sino que fue al revés: el movimiento popular antiestablishment creó a Trump. La segunda característica que le aleja del fascismo es que está en contra del Estado (a la vez que lo instrumentaliza para optimizar sus intereses particulares y los intereses del mundo del capital), siendo su postura un libertarismo neoliberal extremo. En realidad, es la expresión máxima del neoliberalismo. Definir a tal movimiento como populista es no entender los EEUU. En realidad, han existido partidos semejantes al Tea Party que tuvieron características parecidas al actual. Nada menos que Henry Wallace, el vicepresidente progresista del presidente Roosevelt, alertó de la posibilidad que surgiera un fascismo americano, con características propias, que en defensa del ciudadano común se convertiría en el máximo exponente de los intereses del mundo del capital, el cual es siempre proclive a movimientos autoritarios y totalitarios, intentando establecer un orden altamente represivo que impida el surgimiento de movimientos que amenacen las estructuras de poder. Trump es un ejemplo de ello.

El término populismo, utilizado por el establishment político mediático para definir cualquier movimiento contestatario, tiene escasísima capacidad analítica para entender lo que está pasando en EEUU (y en Europa). En EEUU es un movimiento libertario extremo con características totalitarias semejantes (pero no idénticas) al fascismo que votó unánimemente contra el establishment político-mediático -el Partido Demócrata-, representado por Hillary Clinton apoyando en su lugar a Trump que, astutamente utilizó una narrativa antiestablishment, presentándose como la alternativa a tal rechazado establishment. Definir este fenómeno como populismo tiene poco valor explicativo. Es lógico que el establishment político-mediático lo defina como tal, pues es la manera de caricaturizarle, dificultando su comprensión, pero no tiene ningún valor ni científico ni explicativo, pues dificulta la comprensión del fenómeno que se analiza.

¿Qué pasará en EEUU? 

En realidad, la evidencia apunta a que el establishment político-mediático estadounidense tampoco entiende lo que está pasando en aquel país. Su obsesión con la figura de Donald Trump, sin analizar y actuar sobre las causas de que casi la mitad del electorado le votase, es un indicador de ello. Y la respuesta del Partido Demócrata a este hecho es dramáticamente insuficiente: sus propuestas son continuadoras de las que propusieron las últimas administraciones de tal partido (Clinton y Obama), sin que haya incurrido en la más mínima autocrítica. Asumen que la falta de popularidad del presidente Trump forzará un cambio, incluyendo su posible impeachment, ignorando que lo que determina la victoria de un candidato no es su popularidad en el país, sino el nivel de apoyo que consigue entre el electorado que lo vota en relación con otras alternativas. Y lo que está predeciblemente ocurriendo es que mientras la popularidad general del presidente Trump está descendiendo (nunca fue muy popular), la que tiene entre sus votantes es extraordinariamente alta. Vemos que, en contraste con lo que ocurre en el Partido Demócrata, la lealtad del votante a Trump es elevadísima. Es visto, por parte de las bases electorales, como el antipolítico, sujeto a una gran hostilidad por parte de los mayores medios de información, a los cuales sus votantes detestan.

Referente a las posibilidades de ser expulsado de su cargo (impeachment), estas son pequeñas, pues ello dependería de una acción del Congreso, hoy controlado por el Partido Republicano, donde el movimiento libertario de ultraderecha tiene un enorme poder. En ausencia de un cambio improbable en el Partido Demócrata, las próximas elecciones al Congreso verán un enorme aumento de la abstención (ya siempre muy elevada) que permitiría mantener el Congreso y el Senado en manos del Partido Republicano. Solo en caso de que este perdiera el control del Congreso podría ocurrir el impeachment. De ahí que lo que ocurra va a depender no solo de lo que suceda en la administración Trump, sino también de lo que pase en el Partido Demócrata que pueda movilizar el voto abstencionista. El sistema electoral estadounidense imposibilita la aparición de un nuevo partido. De ahí que la crisis del bipartidismo que hemos visto en Europa no se dará en EEUU. 

El panorama futuro de EEUU es más que preocupante. Pero no hay que olvidar que la enorme crisis política que tiene el país ha sido causada por la políticas neoliberales realizadas desde los años ochenta, iniciadas por el presidente Reagan y continuadas por todos los demás, Bush senior, Clinton, Bush junior y Obama. No hay que olvidar que el enorme desencanto creado por el presidente Obama favoreció la victoria de Trump. El “Yes, we can!” (¡Sí, nosotros podemos!) quedó en un eslogan que no se materializó en la medida en que las expectativas que había generado no se cumplieron, destacando su complicidad con los grandes poderes financieros (centrados en Wall Street), los cuales frenaron significativamente su vocación transformadora.

En realidad, ha ocurrido en EEUU lo que también se ha dado en Europa. La aplicación de las políticas neoliberales ha creado esta enorme crisis y un rechazo (al cual también se le define erróneamente como populismo) que está predominantemente centrado en las clases populares y que, debido a la adaptación de las izquierdas tradicionales al neoliberalismo, ha sido canalizado por partidos de ultraderecha, con características semejantes al fascismo. Las políticas neoliberales de Trump continuarán imponiéndose, paradójicamente envueltas en una narrativa “obrerista” y “proteccionista” que entra en claro conflicto con las políticas de la administración Trump, que son profundamente hostiles hacia el mundo del trabajo a costa de un tratamiento claramente preferencial hacia el mundo del capital. Y con unas políticas comerciales que continuarán la dinámica de la globalización neoliberal, realizada no a base de tratados de libre comercio que incluyen varios países, sino a través de tratados bilaterales que permitan a EEUU tener mayor control de los términos de tales tratados. Trump representa así la máxima expresión del neoliberalismo. De ahí su enorme capacidad de dañar el bienestar de las clases populares del mundo, incluyendo las clases populares de EEUU, las primeras víctimas del capitalismo sin guantes, con una concepción darwiniana caracterizada por su enorme insensibilidad social y carente de solidaridad, con un canto a la acumulación de capital sin freno, sin límites en su comportamiento para así alcanzarlo. Lo que está ocurriendo muestra que, como bien indicó Rosa Luxemburg, las alternativas entre las que la humanidad debería escoger serían el barbarismo (al cual la evolución del capitalismo podría llevar) o el socialismo. El neoliberalismo y su máxima expresión nos están llevando claramente a la primera de esas alternativas. Así de claro.

Vicenç Navarro es catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra y director del JHU/UPF Public Policy Center.

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La alcaldía en BMX, por Txema Martín

Sur, 05.05.17

No es imprescindible haber visto el vídeo unas cincuenta veces para poder decirlo: el alcalde sería la leche como hombre del espectáculo. En todo su mandato, Francisco de la Torre ha desarrollado diferentes propuestas escénicas que nos han permitido contemplarle en muchísimos roles, casi todos sin despeinarse. Se ha metido en un montón de jardines con los que ha trascendido de la retrógrada y mortuoria escena de colocaciones de primeras piedras y nos ha dado momentos deliciosos, como el que vivimos ahora, y que nos ha dejado hipnotizados.

En estos 17 años hemos visto al alcalde bailando maragatas, con sombrero de verdiales, cocinando arroz, jugando al pádel, bromeando con King África o practicando taichí. En la caseta de El Rengue, por poner un ejemplo con mucho mérito, el alcalde ha saludado a jubilados que son más jóvenes que él. De forma puntual como el posado veraniego de la Obregón, De la Torre nos deleita cada año con su arrebatador traje de baño de dos piezas (el bañador y el gorrito) antes de emprender la tradicional travesía a nado del Puerto, que lo mismo completa, nadando hasta el final. Lo único que echamos de menos fue verle duchándose con un barreño mientras le cronometraba su mujer, como aseguró que hizo durante la crisis de las tarifas del agua. Es verdad que el alcalde nos tiene acostumbrados a esto pero el mero hábito no elimina nuestra capacidad para la sorpresa.

Al principio y ante la mirada atenta del ciudadano Juan Cassá, al que quizás veremos en las mismas circunstancias algún día, De la Torre intentó vanamente pedalear sentado, práctica que quizá resulte más señorial si no fuera porque las bicicletas BMX se suelen manejar de pie. Cuando se hace sentado se queda uno en una postura más inclinada hacia la obstetricia o la tocología que hacia la verdadera acrobacia. Analizando el incidente, comprobamos que es una tipología típica de caída en cámara lenta, no tanto como un hundimiento pero sí como un tenso derrumbe, y desde el principio parece inevitable a juzgar por el público asistente que parece jalear la caída o acompañarla con la voz. Pero si hay algo para lo que se tiene que tener estilo en esta vida es para caerse. Después de la culada, el alcalde se levantó con la cadera indemne y completó el recorrido, encumbrando todo el proceso con una frase muy suya: «El BMX es una práctica deportiva que tiene sus dificultades pero también su atractivo».

En realidad aquí la caída es lo de menos. El moratón no tendrá importancia porque este pequeño incidente queda empañado por la valentía de montarse, ya con cierta edad y simplemente por gusto, en una BMX delante de decenas de cámaras, dispuesto a recorrer un circuito profesional. Nadie querría tener un alcalde avergonzado, triste o pusilánime. Todo esto es mucho más entretenido así. El alcalde recuperándose de las minas que le ponen en su propio partido, ahora también en BMX. Un respeto.
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Stefan Mediterráneo, por Guillermo Busutil

La opinión de Málaga, 03.06.2017

La farola de Málaga es blanca, y verde y azul cuando de noche la brisa le canta sus doscientos años mediterráneos. Su corazón latiendo 3+1 destellos cada 20 segundos, y su ojo Polifemo que traza una vereda de 25 millas náuticas hasta donde las sirenas bailan tomando tierra en la luz que las orla, guardan las historia de los barcos que surcan el mar donde son más grandes las estrellas, o que amanecen a proa entre la niebla como aves y su presagio. En estos días donde tarda más en acostarse la luz, la vemos coqueta y feliz. Le han dicho los políticos que Málaga brilla en ella. No sabe que protagoniza un melodrama. De la Torre y Plata la celebran como un icono del puerto y de la ciudad pero en realidad planean jubilarla como museo cartográfico. Se les ha quedado antigua frente al vértigo del hotel catarí al que siguen defendiendo con manipulaciones de infografías, extraños intereses de partidos y de los de un medio de comunicación que encabeza la cruzada, hurtando el debate serio, arengando al pueblo al Dos de mayo en nombre de la bandera de la modernidad y del progreso, del empleo y del futuro. Voces sin rigor y en masa frente a las voces expertas en medio ambiente, en paisaje, en arte, en urbanismo, en arquitectura y en otras disciplinas que cuestionan la idoneidad de esta agresión contra su identidad marítima.

No sé qué le pasa a Málaga con su ADN mediterráneo. Sólo lo enseña en el museo de Ikea del XIX en cuya pinacoteca sobran muchos cuadros mediocres, que no pasan la prueba del algodón del arte, y claman ausencias de mejores obras del Colectivo Palmo y de otros artistas cuyo estilo está muy por encima, en talento y estética, de los bodegones burgueses y los paisajes con trampantojo. Ya escribí acerca de este museo abigarrado y con discurso pespuntado, a pesar de un trabajo de diez años de preparación y que, al igual que otros espacios, no reconocen la sólida trayectoria de pintores como Bola Barrionuevo, Chema Cobo, Rafael Alvarado, Sebastián Navas o ese demiurgo de la escultura y del grabado, del que fue pionero en la Málaga de 1958, llamado Stefan von Reinswitz. El gigante bávaro, con espalda en pelea con la altura de los años y el reuma, que hace décadas convirtió el Palacio del Obispo en un bosque de Bomarzo. Un éxito de crítica y de visitantes que nunca se vio refrendando por un libro de fondo de la colección del ayuntamiento, en la que figuran entre otros el maestro Enrique Brinkmann. Su premio fue poblar un nuevo parque del extrarradio con sus criaturas surrealistas y mitológicas. Sirenas erguidas en el equilibrio de su cola, guerreros transformados en óxido, lluvia y pájaro, esqueletos de peces fantásticos, que parecen haber sido rescatados del naufragio en el fondo ciego del mar. Lo mismo que sus pegados mecánicos o el minotauro sentado en el tiempo mientras escucha un libro como si fuese una caracola. Quién sabe si transmitiendo la lengua de las olas, el rumor de su espejismo, el canto del viento que vuelve y se aleja, o el susurro alemán de este artista al que mi amigo Héctor Márquez describió en un catálogo como «una mezcla entre Jacques Tati, Max Ernst y Jeunnet y Caro». En cambio yo lo veo como un inventor alemán de la nobleza en contra del nazismo y soñador de la felicidad de un jardín extranjero, un buen trago al sol y unos pocos amigos (Jorge Lindell, Paco Peinado y Brinkmann) con los que charlar acerca de cómo estrenar la imaginación en cada nuevo reto estético. Igual que aquel amigo americano de la Huerta del Ángel de Macharaviaya al que todos quisimos como Robert Harvey. Alto y desgarbado también, poco reconocido igualmente por esta ciudad del olvido que tan solo y escondido ha dejado a Jorge Guillén, mirando el mediterráneo de una Málaga a la que su compañero Aleixandre definió como una Ciudad del Paraíso reinando sobre olas amantes.

El tiempo oxida la juventud y deja que la memoria se desvanezca a causa de los años y su erosión. Sucede así con las esculturas de Stefan aisladas en un parque al sol donde conviven los perros, los niños, las madres y los ancianos alrededor de unas piezas tutelares que en su creación final le costaron dinero a su mago. Esculturas con algo de dadaísmo algunas, y otras emergidas de los viejos relatos sobre los prodigiosos seres del mar y de las islas sin rumbo en los mapas, y cuyos moldes a cubierto dentro de uno muro, como si fuesen un tesoro o el conjuro que asegura el éxito de la construcción, la burocracia quiere desahuciar. Lo certifica la sequedad de una de esas cartas despersonalizadas y tensas que, al igual que las de Hacienda, parecen amenazar con prisión a quien las recibe. Sigo prefiriendo la marca negra de Stevenson. También hubiese preferido Stefan que esa carta le contase que los ajuares de sus trabajos se expondrían como interesantes piezas del proceso creativo; que al Parque del Oeste le pusiesen su nombre o que en el Paseo del Palmeral, en sus jardines o en el delta de asfalto que conduce desde La Farola a la Estación de Cruceros las criaturas de su bestiario cobrasen vida al crepúsculo, en la bajamar de la noche o en el levante anaranjado del amanecer. Sería hermoso pasear entre ellas escuchando sus relatos de mar y de mundos lejanos, de tripulaciones fantasmas y de rosas de los vientos rumbo a ensenadas de la felicidad. La política y el talente empresarial de esta ciudad siempre prefiere lo nuevo, lo de fuera, el pastiche entre el antiguo glamour y el suelo de cadena hotelera. Y en lugar de Stefan han poblado el muelle con esculturas de Elena Laverón: caminantes errantes que podrían dialogar con los faunos, las sirenas caracol, la Venus con alas de valkiria y el minotauro cenachero del alemán. Que no, que en Málaga la escultura es decoración y no arte público que crea pensamiento, poética y espacio. Que no, que el mediterráneo y su cultura no es en Málaga un territorio ni una atmósfera ni un poema escénico.

Málaga sueña con ser la Santorini andaluza, y al igual que la isla del Egeo, recibir 10.000 cruceristas al día. Tener origen cartaginés, romano y árabe no está de moda. Lo que se lleva es descender del turismo que comienza a ser una marabunta que a unos les renta y a muchos incomoda su overbooking. Dice el alcalde que la exposición de Laverón en el puerto potencia la imagen de Málaga desde la Alcazaba al mar, justamente lo contrario de su defensa del simbólico falo con el que la ciudad aspira a convertirse en la Shanghai del sur de Europa y competir en rascacielos, en lugar de gestionar su fachada mediterránea, abrir más parques en los barrios de sus periferia, y dignificar y engrandecer una Feria del Libro exiliada bajo el sol de la Plaza de La Merced, que estos días es un oasis de violetas jacarandas y rojas acacias de Constantinopla. Una postal en cuyo reverso escribir un poema de Isabel Pérez Montalbán sobre los fuegos japoneses en la bahía o una naumaquia de Aurora Luque. Incluso una de sus publicidades en verso en las que un Ícaro alquila alas adaptables y elásticas.
Menos mal que tenemos en la ciudad a esta poeta del mediterráneo que nos recuerda la cultura del mar. Lo mismo que al querido Stefan que anda haciendo las maletas del abandono y de la tristeza porque esta ciudad tiende a olvidar a los ciudadanos ilustres en favor de los nuevos ciudadanos que mercadean con centros comerciales y torres de Babel. Que dirían los fenicios que la fundaron, si levantasen la cabeza. Seguro que más Stefan y menos Málaga D´Or.

Faldas, a la izquierda; pantalones, a la derecha, por Octavio Salazar

El País, 30.05.2017

Es evidente que en los últimos años estamos asistiendo a un retroceso de las políticas de igualdad de nuestro país. Tras el impulso, al menos normativo, que vivimos en la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, los años de crisis y el continuado gobierno del PP se han convertido en la alianza perfecta para frenar los avances en materia de igualdad de género y para consolidar una lógica neoliberal que tan mal casa con los derechos humanos en general y con los de las mujeres en particular.

Uno de los ámbitos en los que ha sido más evidente ese paso atrás ha sido el educativo. Recordemos como la LOMCE no solo alteró los presupuestos y objetivos esenciales del sistema sino que también eliminó la tímida pero necesaria Educación para la ciudadanía al tiempo que legitimaba los conciertos celebrados con centros en los que se diferenciase por razón de sexo. Una previsión, recurrida por el gobierno andaluz ante el Constitucional y que todavía está pendiente de sentencia, que ahora el Tribunal Supremo ha avalado al reconocer a varios centros andaluces de educación segregada su derecho a obtener financiación pública.

Al entender el Supremo que estamos ante un derecho de los llamados “de configuración legal”, su fallo se ampara en lo previsto por la LOMCE, de la misma manera que en varios pronunciamientos emitidos con anterioridad a la entrada en vigor de dicha ley había sostenido que la educación diferenciada por razón de sexos no podía ser sostenida por fondos públicos. A la espera, pues, de lo que diga el Tribunal Constitucional sobre una cuestión que como todas las que inciden en la igualdad real de mujeres y hombres genera tantas controversias jurídicas y políticas, seguimos pues regidos por una norma que parece retroceder en el tiempo y que olvida todos los esfuerzos de tantos educadores y tantas educadoras por consolidar un sistema en que niños y niñas sean educados en condiciones de igualdad.

Ese objetivo, por otra parte, no hace sino ajustarse al programa ético y político de una democracia que ha de partir necesariamente de la igualdad formal de ambos sexos y que ha de plantearse como uno de sus principales objetivos conseguir que dicha igualdad no quede en la letra de la ley sino que se traduzca en un modelo social donde mujeres y hombres seamos sujetos equivalentes, tanto en el ejercicio de nuestros derechos como en la asunción de nuestras responsabilidades.

En este sentido, llama la atención la escasa atención que el Supremo, en las diversas ocasiones que ha abordado esta materia, ha prestado a la necesaria perspectiva de género, desconociendo de esta manera los mandatos que la LO 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres establece para todos los poderes del Estado, incluido por supuesto el judicial.

Desde esta perspectiva, la clave del debate, que no sé si el Constitucional llegará a asumir como tal, es el entendimiento de la coeducación como parte ineludible de modelo educativo que cabe deducir de la Constitución española. Un modelo que, entiendo, ha de partir de la igualdad de género como parte esencial de lo que podríamos llamar “ideario educativo constitucional”, el cual se deduce además de los tratados internacionales que nos obligan —el más significativo la Convención de eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer de 1979, ratificada por España en 1984—, de la rotundidad del Derecho Comunitario en esta materia (art. 3.2 Tratado de Amsterdam y art. 8 Tratado de Lisboa), así como de la consolidada interpretación que de la igualdad entre hombres y mujeres se ha realizado por nuestro Tribunal Constitucional a partir de los artículos 14 y 9.2 CE.

Un compromiso que, además, alcanzó su máxima expresión a través de las obligaciones establecidas por la LO 3/2007, la cual reiteró y amplió las previsiones que sobre esta materia ya contenía la LO 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género. Entre ellas, la integración del principio de igualdad en la interpretación y aplicación de las normas (art. 4) o la asunción de la transversalidad de dicho principio (art. 15), el cual debe ser asumido por todas las Administraciones públicas “de forma activa, en la adopción y ejecución de sus disposiciones normativas, en la definición y presupuestación de políticas públicas en todos los ámbitos y en el desarrollo del conjunto de todas sus actividades”.

De manera más específica, dicha ley obliga a que el principio de igualdad se integre en todas las etapas del sistema educativo (arts. 23, 24 y 25), debiéndose perseguir entre otros objetivos evitar “que, por comportamientos sexistas o por los estereotipos sociales asociados, se produzcan desigualdades entre mujeres y hombres”. De ahí, que como ya tuve ocasión de explicar, la reforma del art. 84.3 de la Ley Orgánica de Educación, llevada a cabo por la LOMCE, no pueda ser sino inconstitucional.

La democracia ha de partir necesariamente de la igualdad formal de ambos sexos

Por lo tanto, la pregunta que deberíamos responder es si, de acuerdo con los objetivos que marca el art. 27.2 CE (“La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”), nuestro sistema público de enseñanza debe asumir como un criterio esencial la igualdad de hombres y mujeres, de forma que ningún comportamiento o práctica discriminatoria —o, lo que es lo mismo, diferenciadora sin una fundamentación racional y objetiva— tenga cabida dentro de él.

Si respondemos afirmativamente, es obvio que no estaremos ante una cuestión sometida a la libre disponibilidad del legislador. Ello no supone la prohibición radical de la educación diferenciada, la cual podrá mantenerse como opción privada. Lo que no cabría admitir, por tanto, sería la existencia de escuelas públicas que diferenciaran por razón del sexo, como tampoco ayudas públicas a centros privados que lo hicieran. Como tampoco sería imaginable que desde lo público se apoyasen propuestas educativas que pudieran suponer en general una flagrante contradicción con los principios constitucionales, muy en especial con el de igualdad y no discriminación por cualquier circunstancia personal o social.

Desde una lógica constitucional es difícil el encaje de la educación segregada por sexos en un sistema que, entre otros objetivos, persigue la conformación de una sociedad en la que la igualdad sustancial de mujeres y hombres “constituye un elemento definidor de la noción de ciudadanía” (STC 12/2008, FJ 5). Un objetivo que difícilmente podrá alcanzarse si la escuela, que constituye un espacio fundamental para la educación cívica, establece diferenciaciones y no fomenta las relaciones iguales entre chicos y chicas, con la consiguiente superación de roles y estereotipos sexistas.

Yendo más allá de los discutibles criterios pedagógicos que se esgrimen a favor de la educación diferenciada, lo que no parece tener mucho sentido es educar a niños y a niñas desde unos parámetros que nada tienen que ver con los escenarios sociales en los que tendrán que desarrollarse como individuos y como ciudadanos/as. Por lo tanto, difícilmente la escuela diferenciada puede revertir en el desarrollo pleno de la personalidad de los niños y las niñas que han de convivir bajo un “contrato social” basado en la igualdad de género y en una sociedad en la que todavía hoy es necesario “remover” muchos obstáculos que siguen impidiendo la efectividad de dicho principio.

Sería además absolutamente contradictorio que, por una parte, los poderes públicos adoptaran políticas en dicho sentido y, sin embargo, ampararan en el ámbito educativo la diferenciación por razón de sexos. Es decir, el entendimiento de la igualdad de género como parte del “ideario educativo constitucional” no debería perder de vista que los poderes públicos han de seguir actuando sobre una realidad que sigue arrastrando factores sociales y culturales que ponen trabas a la plena igualdad entre mujeres y hombres. Y que, en consecuencia, el sistema educativo no puede permanecer ajeno a la transformación de una realidad en la que está en juego la calidad de nuestra democracia y, muy especialmente, las condiciones que hacen posible la efectiva garantía de los derechos fundamentales de hombres y mujeres. Un compromiso además avalado constitucionalmente por el art. 9.2 CE y al que trató de responder el objetivo de la “coeducación”, la cual supone un paso más hacia adelante con respecto a la educación mixta, que planteó la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo de 1990 (LOGSE). Es decir, no se trata sólo de que niños y niñas sean educados conjuntamente, sino que la educación que reciban esté apoyada y fomente una serie de valores relacionados con la igualdad de género, que interaccionen entre ellos y ellas para superar los estereotipos y las discriminaciones.

Sería inimaginable que desde lo público se apoyasen propuestas educativas que pudieran suponer en general una flagrante contradicción con los principios constitucionales

En consecuencia, y como bien apuntó Tomás y Valiente en su voto particular a la STC 5/1981, “todo ideario educativo que coarte o ponga en peligro el desarrollo pleno y libre de la personalidad de los alumnos será nulo por opuesto a la Constitución”. Por lo tanto, la clave del debate no debe situarse en los controvertidos argumentos que desde el punto de vista científico pueden avalar las “bondades” de la educación diferenciada por razón de sexo, sino en la irrenunciabilidad del modelo coeducativo en función de los objetivos que la escuela debe cumplir con respecto a los que constituirán la futura ciudadanía.

Aún en el caso de que se llegara al acuerdo entre la comunidad científica de los distintos niveles o ritmos de aprendizaje por parte de los niñas y las niñas, la escuela pública debería en todo caso fomentar los espacios en que unos y otras se interrelacionen, cooperen, compartan similitudes y diferencias y, en definitiva, se formen para ser sujetos activos en una sociedad que se articula, entre otros principios, sobre la igualdad de género. Y en la que, insisto, unos y otras van a convivir y en la que, por ejemplo, van a tener que desarrollar estrategias de cooperación, gestión pacífica de conflictos o de construcción igualitaria de relaciones afectivas y sexuales.

A estas alturas, todas y todos, incluidos los magistrados del Supremo, deberíamos tener claro que la igualdad de hombres y mujeres representa una de las esencias de la democracia y, por tanto, la escuela sostenida con fondos públicos debe favorecerlo y transmitir al alumnado no sólo conocimientos teóricos sino también la vivencia, yo diría que hasta emocional, de lo que la igualdad representa desde el punto de vista individual y colectivo. Si no partimos de este principio irrenunciable, corremos el riesgo de que la igualdad de género siga entendiéndose más como una opción ideológica que como un principio constitutivo de los sistemas constitucionales.

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Sardinas en espeto, por Juan Gaitán

La Opinión de Málaga, 17.03.17

Antes de ponerme a escribir, como quien meditase, he estado un rato mirando al mar desde la ventana. Tengo la suerte de ver, sin siquiera tener que levantarme de la silla, un trocito pequeño, casi angosto, entre un edificio y una palmera, pero lo suficiente para encontrarme con él, para evaluar su humor y su color, para saludarnos como dos viejos compadres que tienen más de una batallita en común. Porque entre el mar y yo, creo haberlo dicho antes, hay más de un lazo. Los dos tenemos la misma sangre de jilguero, la misma memoria de espejo, la misma rebeldía contra el cielo.

Hoy, esta mañana, el mar está azul solo muy adentro, al fondo. Cerca de la orilla verdea. El levante, ese viento macho y marinero, lleva tres días alzando olas de varios metros y dejando un rastro de arena herida, porque el levante, cuando tiene hambre, se traga la playa a dentelladas verdes y frías, muy lorquianas.

También me parecieron siempre muy lorquianas las sardinas, que visten de azabache y plata como los toreros barrocos, exquisitez de dioses mediterráneos a las que un colectivo de Marbella quiere convertir en Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad cuando están espetadas.

Probablemente, a nadie se le haya ocurrido una manera mejor de comer sardinas que el espeto, esa seña de identidad tan malagueña y tan universal. El espeto aúna la mezcla perfecta de varios elementos naturales, de ahí su potencia. El espeto requiere fuego, arena, cañas, sardinas frescas y tradición, esa sabiduría de la supervivencia con casi nada que siempre ha tenido mi pueblo, esta gente criada en el rebalaje, nietos de fenicios capaces de construir milagros con elementos modestos y sencillos, hacer alta gastronomía con un pescado humilde pinchado en media caña.

Comerse un espeto no es solo un tipismo, es una conexión con lo remoto, con la raíz de ese difuso y cambiante espacio en el que los malagueños pasamos nuestra vida, esa versátil frontera entre el mar y la tierra que es nuestro espacio vital y que tanto marca nuestro carácter, nuestra esencia como pueblo, nuestra forma de ser tan cercana al concepto del oleaje, de la marea, del mañana será otro día. El espeto representa no solo una delicia culinaria, un modo sencillo y tremendamente eficaz de asar sardinas. El espeto es también el símbolo de una cultura, de una manera de vivir, de sobrellevar ese difícil y complicado trámite que es la vida, que siempre viene sin manual de instrucciones, sin un triste esquema de cómo desentrañarla, de cómo hincarle el diente, y que nosotros resolvemos sencillamente, pero con grandeza.

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Francia, por Antonio Soler

Sur, 07.05.17

Si tuviésemos dos dedos de frente hoy nos habríamos levantado cantando la Marsellesa, porque si hay quienes afirman que todo el mundo occidental debería tener derecho al voto en las elecciones norteamericanas, en el día de hoy los europeos nos jugamos mucho más que aquello que se dilucida cada cuatro años al otro lado del Atlántico. No porque Estados Unidos esté lejos, sino precisamente porque nos encontramos en un mundo global y la única posibilidad de que Europa tenga algo que decir en este nuevo mundo es permaneciendo unida y estrechando los vínculos sociales, políticos, económicos y culturales entre los miembros de la UE.

Y lo que hoy se juega en Francia es precisamente eso. Salvaguardar y potenciar la Unión Europea. Y la posibilidad, aunque difícil, de frenar la caída, dar un cambio en el sentido declinante de los últimos tiempos y encauzarla hasta los confines de un Estado federal. No atrincherarnos reforzando las fronteras interiores sino hacerlas más permeables. No reclamando a la Unión mayor autonomía de los gobiernos nacionales sino cediendo soberanía en beneficio de una estrategia mucho más ambiciosa. La UE no es Disneylandia ni una parodia de la isla Utopía. Es la vacuna contra las dos guerras civiles que destruyeron el continente en la primera mitad del siglo XX. Un vasto territorio regido por la democracia que nace contra la xenofobia, los totalitarismos, los populismos y en defensa de aquellos tres principios que desde Francia se extendieron por el mundo. Libertad, igualdad, fraternidad.

Miembros de Greenpeace han colgado estos días de la torre Eiffel una inmensa pancarta con esas tres palabras. Tres invocaciones que dieron la luz al mundo y que se encuentran en peligro ante las acometidas de unos nuevos totalitarismos que ya no vienen disfrazados con camisa negra, hoz y martillo o esvástica sino camuflados con chándal patriótico y nacionalismo a ultranza. Después del desastre del ‘Brexit’, una Francia fuera del euro y cuestionando la UE pondría en jaque más de medio siglo de progreso. No serían solo las Landas, el Languedoc o Bretaña las que en los próximos decenios padecerían el descalabro. Seríamos todos. Hasta esta orilla del Mediterráneo llegaría ese tsunami económico y social. Las calaveras de Voltaire y de Diderot resonarían como maracas huecos en nuestro rompeolas. Estaríamos de regreso hacia la caverna, hacia esa Europa fraccionada y recelosa que ya apenas podría aspirar a islas de progreso y a ser un continente-museo propiedad de Asia y USA. Sólo hay que enumerar los partidarios de Le Pen para saber dónde está el horizonte. Trump, Putin. Y la indiferencia de Melenchon. El liberalismo de Macron tiene poco de salvaje. Contempla aspectos sociales que para sí los quisiera Ciudadanos. Sólo la ceguera y la soberbia justifican al socio de Iglesias. Y la connivencia con el caos. El populismo. Buen día para la Marsellesa. Ojalá esta noche el himno resuene, no como ese cántico exclusivista de los que se autoproclaman hijos del pueblo, sino como el faro que iluminó a medio mundo y nos trajo la dignidad.

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Homenaje a D. Manuel del Campo: sabiduría musical, por Verónica García Prior

Dedicar a la música una vida entera conduce en don Manuel a una sorprendente y aquilatada sabiduría musical. Superar los ochenta y ostentar la magna agilidad mental y verbal del maestro del Campo lo convierten en un monumento vivo al servicio del conocimiento musical. EL músico, compositor, crítico, divulgador, investigador musical ha dejado una larga estela de aportaciones importantes en el terreno musical. Si a ello le unimos que después de estar incluso jubilado ha seguido permaneciendo al pie del cañón aportando continuamente su preciada lucidez al servicio de nuestro valioso patrimonio musical (no sólo andaluz sino malagueño), entonces obtenemos una personalidad y profesionalidad tan elogiable que hace más que justo el homenaje del que se hacen eco estas líneas. Como no podía ser de otra manera diversas entidades y personalidades importantes del patrimonio cultural y musical se aunaron para darle en vida ese merecidísimo homenaje a D. Manuel del Campo.

El pasado jueves 11 de mayo, la Sociedad Filarmónica de Málaga quiso rendir homenaje a tal figura ilustre malagueña con un concierto en la prestigiosa Sala Unicaja de Conciertos María Cristina, de Málaga. Los encargados de deleitarnos con verdadero alma musical fueron el Ensemble Mainake y, como solista, a nuestra reputada pianista malagueña Paula Coronas. El aforo de la Sala rebosaba de un variado y entusiasta público en un acto que contó con la presencia del alcalde de Málaga D. Francisco de la Torre, el presidente de la Sociedad Filarmónica de Málaga D. Pablo Lamothe, el Ateneo de Málaga representado por su presidente D. Diego Rodríguez, entre otros miembros de altura.

En la presentación del concierto se hizo referencia a la vida dedicada a la música y la influencia que ha ejercido siempre Manuel del Campo, así lo señaló el alcalde de Málaga y la pianista malagueña Paula Coronas. El propio homenajeado, embargado por la emoción natural del evento, tomó la palabra para mostrar su agradecimiento y, una vez más, con su fluidez verbal y sapiencia inagotable dejó asombrado al público. Don Manuel dio cuenta no sólo de cómo se dedicó a la música, sino que también dio un repaso a los comienzos musicales de la Sala María Cristina así como realizó un recorrido histórico –con datos y fechas incluidas- por el que ha pasado la Sociedad Filarmónica de Málaga. Aún emocionado dio paso a Paula Coronas quien agradeció lo mucho que la ha ayudado en multitud de obras conocidas y desconocidas por el público.

El concierto se inició con una de las obras clásicas favoritas del homenajeado, el Concierto en Re Mayor nº 11 para piano y orquesta de J. Haydn (1732-1809). En esos 25 minutos que duró esta pieza de concierto el Ensemble Mainake (formado por siete instrumentistas) y la solista Paula Coronas transmitieron al auditorio una emoción que manaba de cada nota. El buen gusto de la interpretación y el virtuosismo conmovió al público y al propio Manuel del Campo.

A esta obra clásica le siguió una florilegio de obras de Joaquín Turina (1882-1949) selectamente reunidas: La Oración del Torero y la Rapsodia Sinfónica op.66 para piano y cuerdas, siendo esta última la única obra para piano y orquesta del compositor sevillano. Dicha obra aúna una melodía expresiva, poética en su canto virtuoso e influenciada por lo clásico y un sentimiento de raigambre andaluza a través de una notoria línea melódica que explicita el cante y baile andaluz. Una unión casi mística de lo clásico y lo andaluz hacen de esta obra turiniana una verdadera joya del piano reforzada por la expresividad del acompañamiento orquestal.

Tanto el Ensemble Mainake como la virtuosa y emotiva interpretación de Paula Coronas hicieron que el público se pusiera en pie y ovacionara tan gran interpretación. Un largo tiempo de aplausos concluyó con dos bises de Paula Coronas que permitieron escuchar obras compuestas por Manuel del Campo. El público quedó emocionado ante la belleza de dichas composiciones que la Coronas supo llevar con depuradísima técnica al terreno justo de la ensoñación melódica que ideara su autor. La sencillez melódica de estas piezas y su sencilla armonía transmitían, en cambio, una complejidad sensorial que subyugaba. Cada acorde señalaba una característica del más puro estilo andaluz pero los que se rastreaba un homenaje al clasicismo mediante una simbiosis adictiva que sólo Manuel del Campo fue capaz de crear.

El concierto se cerró con una gran ovación y con el agradecimiento enternecedor de un más que emocionado Manuel del Campo.

Una vez más, con conciertos de este gran nivel, podemos constatar que Málaga ha sido cuna de grandes intérpretes y compositores que es preciso conocer y visibilizar tanto en nuestro país como fuera de nuestras fronteras. La multifacética Paula Coronas (investigadora, docente, concertista…) ha sido adalid de esta actitud de recuperación histórica del arte musical malacitano que ha llevado literalmente por su manos incluso fuera de nuestras fronteras. Entidades como son El Ateneo de Málaga (con sus multiplicadas actividades de variado enfoque) y la Sociedad Filarmónica de Málaga (del que subrayamos su vocación didáctica) y sus experimentados atriles enaltecen, en conjunto, nuestro rico y elogiable patrimonio musical español y malagueño.

Verónica García Prior, musicóloga y docente.

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La educación de los pájaros, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 07.05.2017

La única palabra que te acuna tendríamos que celebrarla siempre. Tampoco ella tiene una sola fecha para nosotros. Al contrario, está abierta 24 horas sin un día de descansarnos. Es el compromiso que adquieren desde el momento en el que nos hacen sitio dentro de ellas, convirtiéndose en el mejor corazón sobre el que dormir las dudas, los miedos y el dolor. Las madres son una empresa de afectos desinteresados que nunca hace eres, y jamás contempla lo imposible. No existe ningún otro ángel con delantal, tan pendiente de guardarnos de los peligros que hemos de aprender en la infancia, y del vértigo del precario equilibrio de la adolescencia. Eficaces en mil ojos e intuiciones, las madres nos van preparando contra los golpes y conflictos de la vida adulta, y cocinan a fuego lento la educación, las normas de conducta, la autoestima, el estímulo de la aventura y cómo ceder en los desencuentros. Inasequibles al desaliento -como demostraron las madres de mayo- se deslizan sutiles o con una sinceridad sin cosméticos, entre los fracasos, los extravíos, las desganas, los gestos ariscos o el antojo de una violencia equivocada; por cualquier pasillo y campo de batalla en los que sientan que sus hijos son víctimas o están amenazados.

Siempre creemos que a las madres se les agradece su currículum con un beso entre las flores, una llamada telefónica, regresando a casa de vez en cuando para sentarnos a su lado o con piropos sobre la belleza y su estado que suenan fugaces y convencionales. Gestos, todos o cualquiera, que son para ellas un detalle que abrigan en su memoria a solas. Lo mismo que el orgullo con el que condecoran nuestros éxitos sin recordarnos que el origen estuvo en sus consejos, en su aval a nuestros sueños. Porque las madres siempre apuestan contra la banca. Son, siempre que puedan, agentes de finanzas a favor de emprendimientos o resolviendo deudas de lo que no sale. Jamás le devolvemos sus préstamos materiales ni el silencio de sus desvelos. A las madres, igual que a los padres, se les presupone generosos, sacrificados, responsables de lo que nos sucede. Fue su voluntad la que nos puso en pie frente a la vida y todos sus combates. Las conquistas y los disfrutes nos los atribuimos a nosotros.

Qué difícil ser madre, porque desde el primer momento conlleva renunciar en parte a ser mujer y tener ambiciones profesionales. Ser madre es un pluriempleo: esposa, tutora escolar, médico de cabecera, enfermera de urgencias, estratega de relaciones, asistenta de hogar, secretaria de agenda, chófer de horarios, rompeolas de todas las exigencias; de noche una amante de etiqueta y, en la rendición profunda de su tiempo, una soñadora para sí misma. Ha sucedido siempre. La mujer a contra reloj entre la culpabilidad y la entrega, la renuncia voluntaria y la exclusión impuesta. La vida familiar y laboral son conceptos incompatibles en nuestra sociedad. Según datos del estudio del IESE Businees School, presentado el pasado abril en la Asociación de la Prensa de Madrid, una de cada cuatro mujeres ha renunciado a tener hijos por seguir su trayectoria profesional. El 35% confiesa que sólo puede llegar a lo más alto si lo hace. Los obstáculos que más les afectan son los micromachismos, las estructuras empresariales rígidas y la falta de reparto de las tareas. Casi el 70% termina realizando una doble jornada cuando llega a casa. Esa discriminación empresarial entre paternidad y maternidad ha determinado que las mujeres sean madres más tarde; que un 51% haya tenido menos hijos de los deseados; que un 60% se sienta culpable de no dedicarles el tiempo que les hubiese gustado, y que un 28% renuncie a tenerlos. Un 97% considera que la ayuda que se otorga a la maternidad es muy escasa. Si en la Unión Europea destinan una media de 2,2% del PIB para ayudas a familias, en España la cifra máxima no sobrepasa el 1,4%. Un déficit que, junto con la falta de flexibilidad de las empresas, la inexistencia de una racionalización de los horarios y el desajuste entre el calendario escolar y laboral, complica mucho la elección de la maternidad. Y peor lo tiene el más de millón y medio de madres solteras que el INE tiene registradas en un país en el que, según sus previsiones, este 2017 habrá más muertos que nacimientos, por vez primera desde la guerra civil.

Menudo oficio el de madre. Sus exigencias no se aprenden en ningún libro pero da para de cada madre un manual; la experiencia las mantiene entre la duda de haberse equivocado y la certeza humilde de haberlo dado todo. Y a su sueldo de final de mes, y sin jubilación, nunca le echan cuentas. En medio un mundo o muchos, según los hijos que se tengan y el ADN del carácter con el que cada uno demandará mano fuerte, mano izquierda, desvelo permanente, satisfacción, alegría, más apoyo; y su papel mediador con el padre, el otro cabo de esta cuerda de pentagrama en el que ir escribiendo el solfeo de la educación de los pájaros. Una educación que engloba los valores y los sentimientos, las responsabilidades y los derechos, y un tema tan difícil como la equidad en los afectos y la conciliación entre hermanos: Los celos que generalmente culpan a los padres de favoritismos frente a exigencias. El eterno problema del que sólo se descubre su escaso predicamento cuando uno se transforma en padre, y comprende los porqués de las decisiones y las actitudes de nuestros tutores. Una empatía que nos convierte entonces en cómplices de ellos, y en su educación de los nietos.

Mi colega y amigo Ignacio Camacho escribió a su pérdida que cuando una madre se muere, se apaga el eco de la infancia. Y tiene razón porque ellas son nuestro primer afecto del juego, el ánimo en los retos de todos los aprendizajes. Y porque el olor de la madre es como el olor de la tierra mojada. Te despierta sensaciones dichosas, la felicidad de la infancia a lo lejos, su mano en tu mano dibujando a lápiz el mundo y sus palabras, el trofeo de su sonrisa ante nuestros primeros logros. Sobre su pérdida hay un hermoso libro de Roland Barthes, Diario de duelo, que cuenta como cada día el semiólogo escribía acerca del dolor de su ausencia y dejaba sus flores favoritas sobre su mesa. Me acuerdo también en este domingo de las que cruzan el Estrecho con sus hijos de leche o dan a luz en el exilio de los campos de refugiados; de las que lloran la incomprensible muerte de un hijo; de las persisten en salvarlos de cualquier cuenta de los abismos; de las que llevan o llevarán a sus hijos a sus espaldas hasta que vuelen sus alas desde su mano, y de las que el injusto egoísmo deja envejecer olvidadas. A todas las felicito por ser el amor más estable de todos y las que mejor escuchan nuestros monólogos. Y por supuesto a la mía, que supo pronto que llevaba la escritura dentro, y me hizo cómplice desde muy pequeño de su pasión por el cine y la pintura. Mi primera maestra en verdades, en el ejemplo en la adversidad, el esfuerzo y la constancia; y la ternura en cómo coser las heridas para que supiese hacerlo solo; en la importancia de la sencillez y del perdón; atenta siempre a sacudirme las penas, y a plancharme la sonrisa, la impaciencia y la rebeldía.

Hoy es su fiesta de flores y peluquería, aunque deberían faltarnos domingos, miércoles y viernes para devolverles el amor con creces, y darles gracias por la risa del agua, por el verbo que cicatriza, por la calidez del guiso, por la vida a la que nos hicieron. Por el corazón en el que siempre somos su primavera y sus pájaros.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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