Ficción Power: La carbonería

 

Por ASUNCIÓN CABELLO

 

Pegando a mi casa hay una carbonería abarrotada de carbón, picón y cisco, con tanto polvo volante, que agobia a las clientas, empujándolas a salir fuera, alargar sus cuellos, respirar muy hondo. Yo miro toda esa negrura con los ojos engurruñados. Una araña grande y gorda de patas muy largas se pasea por el techo buscando rincones para tejer su tela tan espesa como mis legañas cuando me despierto. La balanza torcida, sobre el mostrador de madera vieja sin barnizar, pesa kilos y kilos de basta negrura en sacos de esparto despeluchados que llevan los niños de piernas flacas y pantalón corto, llegados de corralones tres calles más allá, tintineando calderilla en sus bolsillos remendados.

Mi madre siempre quiere que compre allí sin importarle el asco que me da la cesta de mimbre manchada de negro, ni el olor tan insoportable a polvo pegado. No le interesa para nada que los calcetines blancos de croché tejidos por mi abuela con ferocidad se pongan brunos. Ella dice que es práctico tener una carbonería tan cerca. Yo pienso en la araña gorda, ratones muy negros, cucarachas y hormigas de cabezas rojas, aunque no las vea, que pueden colarse por alguna grieta en la pared y meterse en nuestro portal hasta mi habitación y hacerme mucho daño.

Ella no me hace caso porque dice que soy embustera, fantasiosa, queriendo siempre llamar la atención; pero jamás mentiría en cosas tan feas de la tienda oscura.

El carbonero siempre sisa en el peso, se equivoca en las vueltas, nunca sonríe, masca un palillo de dientes a todas horas, huele a podrido, tiene los fondillos grises tan renegridos como el cisco que vende; su delantal lo lleva salpicado de tizne. Todo eso debe ser porque es solterón, sin mujer que le diga lo puerco que es. Además, habla torcido por el maldito palillo pillado entre sus dientes, mira de soslayo, se suena los mocos en andrajos.

Yo no quiero ir nunca, no aguanto la peste chocando contra mi falda colegial, el tufillo a orín de gatos callejeros buscando comida. Pido el carbón desde la puerta del escalón desportillado, alargando la cesta polvorienta hacia el mostrador asqueroso, soltándole las monedas en su mano sucia, retrocediendo enseguida no fuera a caerme la araña grande en la cabeza chupándome la sangre.

La bombilla tenebrosa colgando del techo baila frenética contra las paredes viscosas. En mis pensamientos profundos veo fuego de brasas achicharrando el agujero de la hornilla de mi madre. Si me quedara encerrada por mala suerte me moriría del susto pensando en el infierno del que habla el padre Sebastián.

Pasen y lean: “Las mujeres y la literatura”, de Virginia Woolf


Extracto del libro, cedido por La Dragona Editorial

“Ustedes, que vienen de una generación más joven y feliz, quizás no hayan oído hablar de ella, tal vez no sepan a lo que me refiero con «El ángel del hogar». La describiré de la forma más breve posible. Era sumamente comprensiva. Era enormemente encantadora. Era absolutamente generosa. Destacaba en el difícil arte de la vida familiar. Se sacrificaba a diario. Si había pollo, elegía el muslo; si había corriente, ahí se sentaba ella. En resumen, se conformaba hasta tal punto que nunca tenía pensamientos o deseos propios, sino que siempre prefería satisfacer los pensamientos y los deseos de los demás. Ante todo —y no tendría que decir esto—, era pura. La pureza debía ser su principal belleza, su rubor, su gran gracia. En aquella época —los últimos días de la reina Victoria— toda casa tenía su propio ángel. Y cuando empecé a escribir, lo encontré en las primeras palabras. La sombra de sus alas cayó sobre mis páginas; escuché el murmullo de sus faldas en la habitación. Me refiero a que en cuanto agarré la pluma para reseñar aquella novela de un hombre famoso, se deslizó detrás de mí y susurró: «Querida, eres una mujer joven, estás escribiendo sobre un libro escrito por un hombre. Se comprensiva, se delicada, halaga, engaña, usa todas las artes y las artimañas de tu sexo. Nunca dejes que nadie sepa que piensas por ti misma. Sobre todo, se pura». Y fue como si ella guiara mi pluma. Mencionaré ahora el único acto por el que me atribuyo méritos, aunque en realidad el mérito pertenece a una de mis excelentes antepasadas, quien me dejó una cierta cantidad de dinero —¿podríamos decir unas quinientas libras al año?—, por lo que no necesitaba depender exclusivamente de mi encanto para vivir. Me giré hacia ella y la agarré del cuello. Hice todo lo que pude para matarla. Si hubiera tenido que presentarme frente a un tribunal, mi excusa hubiera sido que actué en defensa propia. Si no la hubiera matado yo, me hubiera matado ella a mí. Me hubiera arrancado la esencia de mi escritura. Porque, en mi opinión, en cuanto pones la pluma sobre el papel, no puedes siquiera reseñar una novela sin tener ideas propias, sin expresar tu verdad sobre las relaciones humanas, la moralidad, el sexo. Y, según el ángel del hogar, las mujeres no pueden tratar todas estas cuestiones libre y abiertamente. Para tener éxito, debemos cautivar, conciliar; sin rodeos, debemos mentir. Así pues, cada vez que sentía la sombra de sus alas o el resplandor de su halo sobre mis páginas, cogía el tintero y se lo lanzaba. Era difícil de matar. Su naturaleza ficticia le era de gran ayuda. Es mucho más difícil matar a un fantasma que a una realidad. Siempre que creía haberla despachado, volvía lentamente. Aunque me halagaba a mí misma porque a fin de cuentas la había matado, la lucha era intensa; me llevó tanto tiempo que hubiera sido mejor emplearlo en aprender gramática griega, o en deambular por el mundo en busca de aventuras. Pero era una verdadera experiencia, una experiencia que, al parecer, acontecía a todas las mujeres escritoras en aquel tiempo. Matar al ángel del hogar era parte de la ocupación de una escritora”.

Más Woolf que nunca

El pasado 28 de mayo el Ateneo de Málaga acogió la presentación de ‘Las mujeres y la literatura’, de Virginia Woolf. La escritora londinense, que se sigue mostrando sin duda como un claro referente del movimiento feminista, reivindica en este libro el papel de la mujer escritora. Y un buen ejemplo de ello es esta colección de ensayos (publicada por primera vez en 1979 en su versión original, Women and writing) en la que nos ofrece una valoración única de varias escritoras como Aphra Behn, Mary Wollstonecraft, la duquesa de Newcastle, Dorothy Richardson, Charlotte Bronte, Jane Austen o Katherine Mansfield, entre muchas otras.

Como comenta la Coordinadora editorial y traductora del libro, Marta Gámez, “destacaría el hecho de que, como comenta Laura Freixas en el prólogo del libro, la faceta de Virginia Woolf de ensayista es quizás la más desconocida, y con obras como esta se demuestra su maestría en este género. Además, el hecho de que encontremos similitudes entre algunas de las afirmaciones que lanzaba Woolf en aquella época con situaciones actuales, hace que sea necesaria la difusión de este tipo de obras —tanto para la concienciación de las generaciones más jóvenes, como para poner de manifiesto la situación actual de la mujer, en general, y en mundo del arte y la cultura, en particular—“.

Como finaliza Laura Freixas en el prólogo: “A nosotras, sus herederas, nos corresponde intentar avanzar un poco más por ese camino”.

“Las mujeres y la literatura” (Virginia Woolf)
172 págs.
La Dragona Editorial (antes Miguel Gómez Ediciones)
Prólogo de Laura Freixas
Traducción de Marta Gámez y Violeta Sánchez

Sonidos al tiempo

 

Joaquín Lobato_ATENEO MALAGA

El poeta veleño Joaquín Lobato

Música para un poeta            

Por MARGARITA GARCÍA-GALÁN

Una vez más, el recuerdo de Joaquín Lobato reunía a un buen número de amigos y amantes de la cultura, en uno de los actos programados en este ‘Abril Lobatiano’ que airea la vida y la obra del poeta veleño. En el Auditorio del Museo Picasso, la música aguardaba escondida en las teclas de un piano, esperando las manos mágicas de la malagueña Paula Coronas. Música para un poeta, en un concierto homenaje a aquel que amaba el mar y el verano; que contemplaba la vida desde su celeste orilla solitaria y dibujaba corazones “en libretas usadas de melancolía”. En el corazón de Málaga, en plena judería, alrededor de una legendaria higuera de troncos retorcidos que hermosea la recoleta plaza con sus frondosas ramas abiertas, los amigos, los afectos se iban encontrando, reconociéndose a través del tiempo, siempre con el denominador común del entrañable recuerdo a Lobato. La poesía y la música, que se llevan tan bien, se vestían de largo y se daban la mano para llenar de emociones la tarde abrileña.

El escenario se llenaba de voces amigas que nos acercaban la vida y el alma sensible del poeta. Voces expertas recitaban esos versos suyos que nos pasean de su brazo por las calles de Roma. El Portafolio de Roma se abría y Paula Coronas mecía el paseo por la ciudad eterna acompañando los pasos con un nocturno que embellecía aún más el recuerdo. Oh la elegancia fragante del príncipe inventado / y este aire de esta Roma imaginada que me embriaga… Una vez más, el sentir de Joaquín se me acerca, me invade y me contagia de estampas bellas cuando aún tengo reciente un inolvidable paseo por Roma saboreando helados y oyendo la música de esas preciosas fontanas “que imaginan vuelos de mariposas”. Apoyando mi cansancio en esas barandillas con vistas a la historia y sintiendo la dureza de los adoquines de las calzadas que a Joaquín le maltrataban los pies. El virtuosismo de Paula Coronas ponía música al paisaje y sus metáforas y nos enseñaba, junto al poeta, el embrujo de una ciudad que a él le cautivó. Despedirme de Roma me cuesta una tristeza.

Una semblanza del poeta nos recordaba el “brillo inmaculado de su infancia”, sus versos, su pintura, su teatro… La Asociación de amigos de Joaquín Lobato, el departamento de Cultura del Ayuntamiento veleño, y el Ateneo de Málaga haciendo causa común en homenaje al poeta siempre cabreado con Platón; eternamente enamorado de la vida, con el que empaticé en la distancia y al que tengo en alta estima. Versos, teatro y la música de Paula Coronas, magnífica pianista a la que vimos engrandecer la Calle del Mar de un pueblo con mar, en una memorable tarde de verano donde ella y su piano brillaron entre vecinos entusiastas y turistas al sol. En el Auditorio del Museo Picasso, su homenaje a Lobato nos paseó con Albéniz por la belleza de ciudades españolas. Nos sorprendió con un precioso vals de Ocón y una espléndida farruca que bailaba entre sus manos y nos puso el alma de pie. Un lujo de concierto, en un entorno hermosísimo que mira a la Alcazaba y donde se abrazan distintas culturas. Desde su palco celeste, Joaquín Lobato estaría atento, vibrando, llorando en silencio con el piano de Paula Coronas.

En la Plaza de la Higuera caía la noche. El árbol, que se aferra con fuerza a la luz violeta de Málaga, mostraba su verde nuevo, estrenando pureza y aromas entre sonidos de pájaros nocturnos y los ecos de sentimiento de un genial piano amigo. Por el balcón casi abierto entra la noche / todo ese resplandor solemne de la ciudad a lo lejos… El ‘Nocturno’ de Joaquín se materializa en el paisaje de la ciudad vestida de noche. Después de tan hermoso homenaje, la luna de abril nos envuelve cuando volvemos a casa con el sabor agridulce de lo vivido. Henchidos de música y versos; apenados, como siempre, por la  ausencia. Allá donde esté, Lobato seguirá “erguido como siempre”, sintiendo el calor de sus amigos y el reconocimiento de su pueblo. Despedirme de tardes así me cuesta una tristeza.

*Foto retocada del archivo web de La Asociación de amigos de Joaquín Lobato

El brillo imprescindible

rafael perez estrada_Ateneo Málaga

Rafael Pérez Estrada ha sido homenajeado en el Ateneo de Málaga

 

Por MARÍA LUISA BALAGUER

En 1977 yo no conocía la calle Puerto, casi no conocía más calles que la de Vendeja, adonde llegaba cada mañana, incluidos los domingos, a rebajar las montañas de expedientes que se apilaban en un despacho demodé, con chimenea artificial y unas falsas maderas labradas con miles de capas de barniz. Algunas mañanas me cruzaba en la plaza del final de la calle con Alfonso Canales, que subía igualmente a su despacho, en el que nunca entré, y que yo imaginaba lleno de poesías, y lejos de los folios repetidos de las denuncias a la Inspección y a las Magistraturas, en las que yo quemaba mis 23 años de encendida pasión obrera y militante.

Así que no podía haber visto a Rafael Pérez Estrada en La Malagueta, salir de su casa para entrar en el Bilmore o el Itagua, sino en las escaleras del primer piso del Palacio de Justicia del Muelle de Heredia, eufemismo de aquel lúgubre edificio ennegrecido, en el que el Colegio de Abogados ocupaba dos exiguas habitaciones, una de entrada con mostrador y otra de libros, que Juan Bandera nos vendía a precios de coste.

Bajando o subiendo esa escalera, estaría Rafael, como si me hubiera visto antes, o supiera que otra niña acababa de colegiarse de abogada, con lo que no sé si se podrían contar todavía las mujeres que ejercían con los dedos de una sola mano. En ese mismo momento me invitaría a los coloquios de los viernes a mediodía, para que yo hablara del Decreto Ley del derecho de Huelga, porque él, matrimonialista, tenía curiosidad por todo. Ese primer viernes, yo ya debí sentir allí, en una sala pequeña de aquel Palacio de Justicia, la fascinación de la voz de Rafael, luego repetida mil veces en el Ateneo, entonces en la Plaza del Obispo, donde hoy se acristala una Caja de Ahorros.

“Lo que Dios ha unido solo lo separa Rafael Pérez Estrada”, pero era su conversación lo que me atraía, su brillantez al encontrarlo por la calle y reírnos a gritos, o la tarde que el Ateneo invitó a un político autonómico en el María Cristina, y la gente no cabía, y las carcajadas a las palabras de Rafael haciendo las presentaciones, se oían más allá de Carretería.

Entre las personas imprescindibles en Málaga, me faltan dos muy brillantes, que influyeron en mí, para evidenciarme la necesidad de huir de la vulgaridad, y luchar sin descanso para poder tener un mundo vivible. De una de ellas apenas puedo todavía hablar, después de más de un año de ausencia, mi querido Ricardo, jurista de impecable factura, y amigo que lloraba conmigo mis amarguras y las suyas, y siempre convertía en certezas mis dudas. De Rafael es aquella congruencia que alcanzan muy pocas personas, capaces de hacer de sí mismas la atracción por vidas nunca antes vistas en la Málaga de los setenta.

 

 

El pasado 22 de mayo, con motivo de la conmemoración del fallecimiento de Rafael Pérez Estrada, la Fundación Rafael Pérez Estrada en colaboración con el Ateneo de Málaga organizó una lectura colectiva en el salón de actos en la que participaron, entre otros: José Infante, Aurora Luque, Francisco Ruiz Noguera, Esteban Pérez Estrada, Mª José Vergara Pérez, Guillermo Busutil y Sonia Marpez.

 

 

Remedios Zafra: “El entusiasmo creativo es una muestra de libertad, es mágico encontrarse a personas con ideas”

Remedios Zafra

Por VICKY MOLINA

La profesora, escritora y teórica cordobesa Remedios Zafra (Zuheros, 1973) generosa instigadora de ideas, defensora y fan de la reflexión, profunda a poder ser, visitó el Salón de Actos del Ateneo de Málaga el viernes 20 de abril, acompañada por la Presidenta, Victoria Abón y la Vocal de Feminismo, Cristina Consuegra.

Zafra, que ensayísticamente se dedica al estudio crítico de la cultura contemporánea, la antropología, la creación y las políticas de la identidad en las redes, presentó en Málaga su libro El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital, ganador del Anagrama de Ensayo 2017.

Uno de los temas que aborda sin duda toca la fibra de todo aquel que desea hacer de su vocación creativa una profesión siendo tan fuerte la pulsión que finalmente está por encima llevarla a cabo aunque la remuneración no complete su parte del trato, por desgracia Zafra señala que esto “se ha convertido en una seña de identidad de gran parte de los trabajadores creativos y culturales contemporáneos, el pago es en sí la realización de la actividad. Se producen distintas formas de explotación pagadas con lo simbólico cuesta creer el valor cultural y económico de la práctica creativa, eso ya se ha visto y vivido en el feminismo con el trabajo doméstico de las mujeres o de las científicas invisibilizadas, la producción no estaba equiparada, no estaba considerada un empleo, el pago era afectivo, así estaba construido por el sistema patriarcal”.

Y añade “el trabajo creativo es un trabajo que ha esquivado la contratación estable, la precariedad impide crear desde la concentración, impide la investigación, la imaginación, etcétera llevando a que se produzca un apagamiento de la pasión intelectual”.

La escritora cuenta cómo una señora al final de una presentación le dijo que siguiera escribiendo pero no libros que la hicieran sentir mal, que para eso ya estaban los telediarios y es una idea que Zafra había percibido se repetía y que le llevó a reflexionar: “Está bien que existan libros que no complazcan y que sean inquietantes yo busco esa perturbación, perturbar no tiene porqué ser negativo, frente a la tentación de convertirnos en cosa tenemos que enfrentarnos a la existencia completamente asumida y para ello es necesario la lectura, el pensamiento, lo perturbador, y ser capaces de extraer de ese zarandeo lo constructivo”, explica.

Remedios Zafra Firma libros

Así Remedios Zafra se encarga de recordar la importancia de “la creatividad humana como algo transformador que el sistema se encarga de desarticular” y ofrece una lectura positiva de El entusiasmo: La libertad. “Tenemos muchas limitaciones impuestas, pocas elegidas, el entusiasmo creativo es una de esas muestras de primera elección. Es mágico encontrarse a personas con ideas”.

Zafra habla en El Entusiasmo de la precariedad vinculada a los términos velocidad, caducidad y exceso nuevos espacios para el engaño y el autoengaño “es un libro espejo para personas que se dedican al trabajo creativo y la precariedad que lo acompaña en un sistema de hiperproducción y velocidad competitiva, ansiedad productiva, autoexplotación, miedo al desempleo”.  En un mundo en red en el que ahora todos somos creadores, “antes unos escribían para muchos, ahora todos distribuimos la información, la creación, hay una saturación de voces, se invierte en un futuro que se aplaza, mientras los likes alimentan nuestra vanidad”.

“El mundo se solapa ahora en una pantalla”, dice la ensayista, y cuenta la anécdota del niño que va en el coche, mira por la ventana y mueve los dedos, los cierra y los abre sobre el cristal, intentando ampliar la visión de la vaca que ve su paso y que se aleja. “Vivimos en un mundo de velocidad y exceso no hay tiempo para la parada reflexiva, todo se deriva hacia lo emocional, no hay un diálogo, el pensamiento profundo no tiene cabida en estos tiempos. Es este un libro que pide tiempo para el pensamiento y la reflexión en ese rompecabezas en el que habitamos”.

 

Para escuchar el audio de la presentación puedes entrar aquí: https://youtu.be/cofazpGTdYE

 

Naturaleza y percepción … por Luis Bujalance

Obra de Luis Bujalance

Verano de 2008. Un hombre menudo rompe la monotonía del metro de Londres cargado de ramas de árbol. Muchas más de las que sus brazos pueden abarcar. Aquel hombre-árbol que sorprendía a los pasajeros del vagón con su curioso equipaje era el pintor Luis Bujalance (Málaga, 1967), que desde el 10 de febrero hasta el 23 de marzo expone su obra en el Ateneo de Málaga.

Paradójicamente fue en Londres donde nació la conexión con la naturaleza que caracteriza gran parte de su obra. Entre los anodinos muros de la Universidad Central Saint Martins, un edificio de ladrillo más parecido a una fábrica que a una escuela de artes, estudió la obra de Anselm Keifer y Joseph Beuys, quienes le sirvieron de referencia.

Allí hizo dos exposiciones. En la primera expuso pintura. En la segunda, ya a final de curso, se atrevió a montar su propia instalación con aquellas ramas que viajaron en el metro.

Si hay algo que destaque en su obra pictórica es la fuerza que transmite. Manchas, texturas e impredecibles combinaciones de materiales alejan al trabajo de Bujalance de la clásica pintura sobre lienzo.

No cesa en la búsqueda de nuevas posibilidades y experimenta con materiales poco habituales como el cemento o el asfalto, y los combina con elementos más comunes como impresiones digitales, fotografías o pintura acrílica. A través de esta mezcla de técnicas presenta obras sin lógica aparente, pero que se prestan a la interpretación que cada espectador quiera otorgarle en la intimidad de la contemplación.

El aparente sinsentido que habita en sus cuadros cobra un poderoso significado al entender que la naturaleza es el aglutinante que une todos sus factores. El artista lo expresa así:

“En toda mi obra subyace una relación con la naturaleza que no es casual. Mi búsqueda a través de la pintura profundiza obviando lo superficial hacia un entendimiento de la naturaleza y la esencia de todo lo que conocemos. En mi trabajo trato de mostrar cómo la naturaleza se manifiesta en todos los ámbitos. Lo que se podría entender como un deterioro de la materia, una mancha de humedad en una pared o una puerta, yo lo veo como la naturaleza retomando lo que es suyo, continuando su ciclo y venciendo así nuestro empeño por convertir el mundo en algo impoluto y ‘perfecto’. Las texturas dibujadas por el agua con partículas de asfalto sedimentadas sobre cualquier material aparecen en mis obras mostrando ese ciclo del que nada ni nadie escapa y que por ello desvela algo inherente a la existencia”.

Obra de Luis Bujalance

Su unión con la naturaleza es tan instintiva que, cuando utiliza auténticas piezas de la naturaleza para crear instalaciones, consigue que el conjunto de las ramas y los troncos que utiliza resulte un puzzle cuyas piezas encajan a la perfección, lejos del caos que refleja en sus lienzos. Una dualidad que enriquece su obra, haciéndola más interesante para el observador y revelándole un poco más de lo que se esconde tras aquel hombre cargado con ramas en el metro de Londres.

Mitchie Martín

Las Mujeres del Ateneo

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, el Ateneo de Málaga quiere poner en valor a las mujeres de su organización, que por primera vez en sus 51 años de existencia cuenta con una mujer en su presidencia y con mayoría femenina en su Junta Directiva.
Fotografías de: Lucía Rodriguez Vicario

Las mujeres del Ateneo

Manifiesto de Guillermo Busutil en contra del hotel del puerto

La Opinión de Málaga, 18.11.2017.

Buenos días a todos los que habéis venido en paz y con razones a defender el patrimonio de nuestro horizonte: azul mediterráneo, abierto y despejado bienestar del cemento que tanto nos pesa como cadáveres de la especulación y la política de la corrupción a lo largo de una Costa en la que el Sol lleva décadas enladrillado. No hemos aprendido nada de ese boom transformado en ruinas y paro, ni del tiempo que nos ha costado ganar el puerto como ciudad pública del ocio y la cultura.

Nada hemos aprendido, sobre todo algunos políticos y los que disfrazan la arquitectura, el urbanismo y el desarrollo de iconografía del progreso y la modernidad cuando en realidad se trata del viejo monopoly privado de los que hacen riqueza a costa de lo público. La demostración es el tomahawk hotelero que la Autoridad Portuaria sueña erigir en falo del turismo de cinco estrellas a pie de ola, partiendo en dos el paisaje de nuestra identidad, precisamente la que atrae la economía turística que crece en su demanda de oferta cultural, y de esa singularidad mediterránea que nos define y ennoblece.

Málaga navegante y puerto, creativa y primera en defensa de la libertad, representada en la voz de todos los que aquí, hoy y ahora, defendemos el lienzo limpio de nuestro paisaje marinero en lugar de avalar la venta del alma de la ciudad como ambicionan plantar una torre por el morro como dice el arquitecto y amigo Ángel Pérez Mora. Una agresión que rompe y contamina por arriba y por abajo, y le corre el rímel al cielo, que contribuirá a congestionar aún más el tráfico de la zona y quién sabe si a extender, cómo se intuye la operación que encubre, la oferta comercial del muelle al horizonte del dique convirtiendo ese paseo en la nueva milla de oro de Málaga. Una soberbia de Babel que nada tiene que ver con un proyecto de ciudad ni con el modelo cultural que está desarrollando ni con esa sostenibilidad del medio ambiente con la que tanto se llenan la boca nuestros políticos, especialmente la Junta, y de la que rápidamente se olvidan para darle luz verde a Plata y a su sueño del dildo turístico, aunque sea a costa de repetir informes técnicos porque al parecer resultaron negativos. Una pregunta sobre si es real o no, a la qué sumarle la de qué hubiese decidido la Junta si La Autoridad Portuaria fuese del PP. No olvidemos que la política es también un juego de salón y de máscaras. Y en este caso un ejemplo de despotismo: todo para Málaga pero sin la opinión ciudadana.

Esa ciudadanía representada por el Colegio de Arquitectos, la Academia de San Telmo, la Academia Malagueña de Ciencias, la plataforma Defendamos nuestro horizonte, Ecologistas en Acción, los grupos municipales de IU y de Málaga Ahora, periodistas, escritores, ciudadanos ilustres y un sensato geógrafo como el profesor de la UMA Matías Mérida con su detallado y, este sí, riguroso estudio, a la que los promotores del hotel descalifican y privan del valor de su voz y son tachados de carpetovetónicos.

No hagan lo mismo que en Cataluña y distingan sus autoridades entre malagueños de pro y malos malagueños. Tampoco se tomen los argumentos y reparos del pueblo ilustre como agravios personales ni se hagan mártires de la victimización. Sean gestores para todos y de verdad, sean responsables y morales, que es lo que se le exigen a los políticos y a los que administran el poder, y sean brillantes y audaces. Y también honestos porque el Hotel Catarí no es un Peine de los Vientos de Chillida, ni el Kursall de Moneo de ese mismo San Sebastián, ni el Guggenheim que transformó Bilbao. Empeñarse en las mentiras de la seducción no conduce a nada bueno, estimados políticos. Recuerden que a la lujuria económica del ladrillo y de la soberbia política le susurró negocio el diablo, y que sobre ello nos alertó el Nobel Aleixandre en un hermoso y amenazante verso: “angélica ciudad, un soplo de eternidad podrá destruirte”.

Escuchen y no hurten a la ciudad el debate público. Y dejen que sea la democracia y no las posverdades ni el dinero la que determine la salud, la belleza, la cultura, la identidad y el futuro de nuestro paisaje como bienestar, como recurso económico y como corazón público de encuentro y de disfrute. El horizonte no se vende ni se privatiza. SE AMA Y SE SUEÑA.

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De qué hablamos cuando hablamos de ‘consentir’, por Elena Álvarez Mellado

eldiario.es, 20-11-2017

Un banco es un asiento. Y también una empresa financiera. O un conjunto de peces.

Tirar significa lanzar algo. O desecharlo. Y también acarrear.

La polisemia y la ambigüedad son el pan nuestro de cada día en lengua. De hecho, la mayoría de palabras de un idioma acaparan varios significados. Y tiene sentido: al fin y al cabo, una lengua que asignase un único significado a cada palabra acumularía un repertorio de vocabulario inabarcable. Habitualmente, la polisemia no genera demasiados conflictos a los hablantes porque sabemos discernir sin mucho esfuerzo el significado con el que nuestro interlocutor está usando una palabra polisémica, ya sea a través de las palabras que la acompañan o de la situación que nos rodea. Es improbable que la frase ¡mira ese banco! se refiera a una sucursal financiera si estamos en el acuario mirando peces. Sin embargo, hay algunas palabras en las que la polisemia resulta menos evidente y las palabras se convierten en un terreno minado. El verbo consentir es una de ellas.

A priori, consentir es un verbo inofensivo que significa aprobar o aceptar algo que nos proponen y que requiere de nuestra autorización para que se lleve a cabo. Damos nuestro consentimiento en una boda, en un acuerdo, en una negociación. En ese sentido, una relación sexual consentida sería lo contrario a una violación. Pero, por algún motivo, parece que la expresión relación consentida nos resulte insuficiente y no evoque exactamente el mismo significado que relación deseada, por ejemplo. De hecho, la insatisfacción que causa el verbo consentir ha llevado a que se acuñen conceptos como consentimiento activo o consentimiento entusiasta como alternativas al aséptico y por algún motivo defectuoso consentimiento a secas. ¿Qué le pasa al verbo consentir?

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Chiquito, por Antonio Soler

Sur, 12.11.2017

Artista del hambre, hijo del pueblo y penúltimo representante del viaje a ninguna parte. Chiquito de la Calzada se coló en el corazón de una sociedad acostumbrada a lo agreste por la vía sentimental y blanca. Un hombre inofensivo, ya casi vencido por la vida al que quisimos sentar a nuestra mesa. El pobre de ‘Plácido’ que además nos traía la risa y desde una intuición iletrada le hacía cosquillas a nuestra presunta inteligencia. Producto malagueño donde los haya. Largueza, ingenio y creatividad. Todo eso añadido a la ciencia de la calle, el polvo de los caminos y la comida escasa de las malas pensiones y las peores compañías. Un compendio de todo lo que un buen padre quiere mantener lejos del alcance de sus hijos y que, al modo de los antiguos bufones, sólo sirve para hacer un paréntesis en la vida laboriosa. Un desvío.

Hombres de provecho que Chiquito, desde la Calzada de la Trinidad, sólo había alcanzado a ver de lejos. Emprendedores con andaderas, fauna protegida. Trapecistas con red. Una raza desconocida para quien desde la infancia consideró el tablao y el escenario como la cumbre más alta que nadie pudiera alcanzar jamás. Chiquito, como tantos de su estirpe, hizo de su vida entera sueño y paréntesis. Y la vida, por una vez, quiso ser justa y corresponder a su pasión. La risa de Chiquito viene del hambre, de la picaresca y del doblez. Es el surrealismo de quien no conoce la academia del lenguaje y lo inventa, del que crea imágenes insólitas y metáforas que desde el absurdo lanzan una estocada luminosa y disparatada al raciocinio, un chispazo clarividente que rompe el orden adormilado de la lógica. Es lo que hacen los artistas y es el alambre por el que con su paso sincopado siempre se movió el humor de Chiquito.

 

No era un chistoso al uso ni hizo de la boina y la garrota su gracia. Sus chistes podían ser soberanamente malos, pero eso era lo de menos porque lo que importaba era el cómo, el personaje, el espectáculo de ver a un hombre humilde escapar del naufragio. Frente al personaje cazurro estaba el ladino portuario, el fenicio que cambia arte por pan. Pocos escritores contemporáneos han incrustado en el lenguaje la mitad de palabras y expresiones que Chiquito. O las han desempolvado del remoto baúl familiar. Cambió el amor al flamenco, donde había sido un ignoto cantaor, por la parodia de los humoristas profesionales. Juergas de señoritos, madrugadas de intemperie, viajes estrafalarios sustituidos por una fama repentina y sonora. Allí donde otros habrían empezado a padecer la carcoma del fracaso, Chiquito encontró el grial tan largamente buscado. El invento fue él mismo. El filón no estaba en los lejanos escenarios de Madrid ni en las remotas casas discográficas, sino en el corazón del barrio de la Trinidad. En ese espejo al que cada mañana se asomaba un hombre humilde -y al decir de todos bueno- que se llamaba Gregorio y que ya para siempre fue Chiquito.

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Matar a Gandhi, por Txema Martín

Desde que el actor Anthony Rapp acusara a Kevin Spacey de tocamientos durante una fiesta en 1986, cuando el primero tenía 16 años de edad y el segundo 26, todo se ha torcido en la vida del protagonista de American Beauty. Señalado mundialmente como un acosador sexual, Spacey intentó desviar la atención admitiendo su homosexualidad y echando la culpa al alcohol, pero a partir de entonces han sido muchos antiguos y actuales compañeros de rodaje quienes le han señalado como un sátiro. En un impulso moral provocado por el escándalo de violaciones del productor cinematográfico Harvey Weinstein, la plataforma Netflix ha cancelado la grabación de la sexta temporada de la serie House of cards y va a volver a escribir el guión asesinando al personaje que interpreta Kevin Spacey en el primer episodio (esperemos que al menos así mejore la calidad de una serie en decadencia). Del mismo modo, el veterano director Ridley Scott volverá a grabar las secuencias de su próxima película en las que aparecía el actor, y que ahora interpretará Christopher Plummer. La vida profesional de Kevin Spacey está acabada. Y después de él van a venir muchos más.

Este tipo de reacciones de la industria puede provocar sensaciones enfrentadas. Por un lado, parece ejemplar que todo el mundo señale y denuncie el acoso y que nos plantemos frente a actitudes que no son en absoluto anecdóticas: no ha sido ninguna sorpresa conocer que en el mundo del espectáculo y en otros ámbitos profesionales -ya estén relacionados con el culto al cuerpo o no- el acoso sexual y el intercambio de favores estaban a la orden del día. Una situación de dominación jerárquica sirve a muchos y a algunas como detonante para cumplir sus fantasías a cambio de un trabajo o mediante la amenaza por perderlo. Pero por otro lado, y pasando por alto que una etiqueta en las redes sociales no parece el lugar más indicado para denunciar una violación, cabe preguntarse hasta qué punto el trabajo de un actor o las obras de un artista deben ser repudiados o quemados en la hoguera por determinados aspectos de la vida personal. Es decir, debemos aclarar si estamos dispuestos a que las circunstancias personales consigan borrar definitivamente el trabajo de algunos artistas.

Muchos referentes de la historia tienen una vida privada que para la moralidad actual sería más que discutible. Hemingway era un bruto. Picasso, un misógino. Caravaggio hoy sería acusado de pederasta. Hasta Gandhi, gran adalid del pacifismo y del respeto por los animales, ha sido señalado por varios historiadores como un racista y como un maltratador que reprimía con violencia a su mujer y a sus hijos. Seamos conscientes de que muchos líderes de la humanidad no soportarían el actual escrutinio de la opinión pública. Espero que se admita esta contradicción: es bueno que se condenen actitudes despreciables, pero también resulta lamentable que hayamos perdido la inocencia como espectadores.

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El ángel del tiempo, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 05.11.2017

La Opinión de Málaga, 11.05.2017

La vida se mira de cerca, sosteniéndole la mirada. A cara descubierta escuchando lo que dice por dentro del ruido y del silencio. Lo de fuera es fácil, todos nos reconocemos. Una de las mejores maneras de hacerlo es a través de la fotografía. Esa que no roba intimidades ni compone ficciones de realidad. Una fotografía que no toma distancia, que respira la imagen, la desnuda en blanco y negro, intuye el instante y descifra su alma. Es la que lleva haciendo más de cuatro décadas Nicholas Nixon en busca siempre de la esencia humana, libre de cualquier máscara. Igual que Chejov para el que la vida en escena debía ser lo que era en realidad. Ese es uno de sus principales objetivos. Y también el tiempo que convierte en poemas. Lo enfoca, a pelo lo mira a los ojos, sin ninguna condición, y lo retrata para contarnos del tiempo su caligrafía, sus texturas, sus paisajes, su maltrato y sus facturas. También sus caricias. Nixon nos enseña que la vida consiste en convivir con ese aliento misterioso que nos mueve, nos talla, nos embellece, nos enajena, nos desaloja.

Fotografía de Nicholas Nixon.

La mejor manera de entenderlo, de enfrentarnos a su mirada, la del tiempo, y estrechar su mano, es con la espléndida exposición de Nicholas Nixon abierta en la Fundación Mapfre hasta el 7 de enero próximo. Un viaje cultural, introspectivo, sincero, a través de 212 piezas fotográficas en blanco y negro, que pueden habitarse como si uno estuviese a dos pasos de lo que sucede. Da igual que sean calles, porches, panorámicas, amantes, edificios desde el vértigo en alto, enfermos de Sida o las cuatro hermanas Brown durante 41 años retratadas desde la sombra cómplice que, en algunas fotografías, se interna al otro lado del enfoque queriendo ser una de ellas. Todas son detalles, gestos, silencios, dignidad, la realidad indómita y cotidiana con las que la mirada, la luz y el encuadre escriben imágenes que nos cuentan y nos descubren por dentro conversando con ellas. Tal vez porque, como dice Carlos Gollonet, comisario de esta retrospectiva, abordan temas que forman parte de nuestra propia experiencia.

Todo empezó en 1968 con una Leica de pequeño formato y otra de 4×5 pulgadas para investigar el mundo desde la naturaleza, con una mirada que cruza por ella, muda, sin interrogar, aproximándose tan sólo a la piel de la luz, al paisaje suspendido en la cumbre del aire, recostada junto al blues de un río. El joven fotógrafo de Detroit explora las islas en soledad hopperiana de Alburquerque: Harry´s Diner, una caseta de burritos y tacos varada en una carretera entre dos fronteras, junto a la antena de reclamo coronada por una estrella de neón; se asemeja el conjunto a un viejo transistor Wenders de voces fantasmales que dedican una canción. También está el Mar Motel, un oasis en el desierto, la luz quema, limpia y salvaje, sin encontrar un horizonte sobre el que ponerse de pie y otear más allá. Esa falta de perspectiva aérea lo condujo a enfocar los ocho miles urbanos de Boston. La bruma de los gigantescos colosos de la codicia, las arquitecturas de la ambición y del dinero formando un bosque de panales del trabajo y luces insomnes. Ambos paisajes eran naturalezas muertas, el aprendizaje de mirar en blanco y negro con trípode para pupilas de 8×10. Nixon necesitaba retratar risas, promesas, intenciones, tristezas noqueadas, escondrijos de la mirada. Criaturas del tamaño de un hombre.

Así empieza lo mejor y más hermoso de su trabajo. De nuevo 4×5, esta vez a pulso, en los márgenes de Boston donde el río Charles cambia cada día al paso de la gente que baña sus pensamientos en su curso. Ese padre con su hijo de torsos desnudos, dos edades en el espejo del agua, igual que una pintura de Seurat en Asnières sur Seine. O el amor de una pareja en penumbra verde, sus cuerpos desordenados suavemente después del diálogo de la piel. A ninguno parece molestarle esa ardilla humana y silenciosa que registra la atmósfera de sus emociones, sin alterar su intimidad. El río también está en una calle de los suburbios de Boston, de Mississippi, de Kentucky. Sus orillas son los porches, ese limbo entre lo privado y lo público. Escenarios de Faulkner, de Cheever y de Eudora Welty -hay mucha literatura en el envés fotográfico de Nixon- en los que enmarca con naturalidad y frescura niños absortos en una escalera componiendo geometrías del descanso; la infancia como el paraíso de la felicidad ruidosa, donde la suciedad es la cicatriz del juego y la libertad; la entrega dichosa del padre cómplice entre risas en contraste con el que reposa ensimismado en su dolor cansado de guerrero al lado de su pequeña princesa, encajados ambos en el vacío de un abrazo que no se toca. Imágenes de humildes héroes y víctimas que no lo saben.

De una edad en construcción a otra erosionada por las olas del tiempo. Los ancianos de 1984 en residencias que visita el fotógrafo como voluntario. El afecto en primer plano, mirado y mirándose. La vida escapándose frágil y en soledad extrema. Impactan la belleza y la ternura conmovedora de sus perfiles de muerte; la zurda de un esqueleto como una herramienta del amor y del trabajo abandonada sobre la mesa; las manos de FK y de MT en los surcos de frente o sobre medio rostro, viejas llaves de la memoria, la identidad que desea desvanecerse a solas. Rostros de adusta quietud fuera de las horas, y tatuados de historias. Me acuerdo de Baudelaire:”un buen retrato me parece una biografía dramatizada”. La más célebre de Nixon es la de su mujer Bebe y sus hermanas, Heather, Mimi y Laurie desde 1975 orladas en el mismo orden, cada año el chequeo luminoso o apagado de las emociones en sus rostros, en sus maneras de enlazarse en abrazos, sólo Bebe lo mira siempre de frente. A medias siempre la foto. De un lado la entrega, y en sus ojos él y su autorretrato. La serie con la que Alice Munro- de nuevo la literatura en la indagación del fotógrafo y su relato- podría dedicarle una historia sobre cómo un hombre cuenta el tiempo en femenino. Lo mismo que hace con las parejas que desnudan su deseo en escorzos, en bocas, en abrazos y coreografías del placer en los que palpita un clima, toda la sensualidad y paz que caben en una caricia. Tan sinceras y desnudas como la serie en la que su mirada viaja cortazariana por su vínculo con Bebe: sus labios en los que el amor no envejece ni pierden su luz las pupilas que se unen en una mirada. La pareja en la metáfora de dos troncos rugosos y firmes, unidos en su raíz y carne.

No hay mundo que Nicholas Nixon no haya visitado de cerca, ampliando desde el silencio de una seducción -la fotografía lo es- la intensidad psicológica del drama o de la felicidad, haciendo visible todo aquello que no lo es -dice bien Gollonet en la lectura de su obra-. En la naturaleza enmarañada en su esplendor y metamorfosis; en los cuentos de hadas americanos en los que dos chicos de Thomas Wolfe juegan con una bicicleta en una calle, quizás la misma en la que un tipo contempla el estallido en un almendro con el que conversa en jarras, y por la que un hombre se detiene a buscar en su cartera sin percibir que la luz lo dibuja en negro en una valla de madera en blanco. En los enfermos de Sida, arropados en su agonía por la ternura de sus padres. O en las mágicas atmósferas de su casa, donde duerme de pie una cortina o la brisa del otoño juega un rompecabezas del cielo estrellado en las escaleras.

Cuando vocifera la política del absurdo, y la violencia estalla la aventura y concordia de nuestros días, nada como refugiarse en esta maravillosa exposición de Fundación Mapfre. La de un ángel del tiempo, y de la vida en gelatina de plata.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Poética del color y las formas en la obra de Verónica Romero, por Antonio Abad

Hasta qué punto nuestra mirada no es más que un cauce que nos lleva desde la retina hasta nuestro corazón. Miramos el mundo, miramos lo que nos rodea. Lo hacemos una y otra vez. Mirar es reconocerse y reconocernos en la luz. La mirada es una chispa que cobija el incendio que arde o debe arder en nuestros sentidos. Mirar, sobre todo un cuadro, es más allá de enfrentarse a un objeto que alguien nos ha puesto delante, que lo ha colgado en la pared como se cuelga cualquier cosa. Pero un cuadro es otra cosa. Un cuadro, una pintura queremos decir, es la constatación de un hecho trascendente. Lo que se ve no es solo lo que se ve. Más allá del contenido observable, ya sea un paisaje, una figura o una abstracción hay, principalmente, un trasunto que viaja desde la realidad a otra realidad a través del color y las formas para que el que mira se adentre en su interior y comience a escudriñar la sutileza de los sueños. Toda creación es un sueño vertido en un soporte, en nuestro caso la superficie de un lienzo.

Eso es lo que hace Verónica Romero, trasgredir lo inasible para convertirlo en sustancia de nuestra mirada. El cuadro, sus cuadros, son esos recipientes en donde se cobijan el misticismo y el color, la geometría y el silencio, las formas que conforman un hábitat de serenidad y equilibrio, de planicies desnudas donde la recta o la curva deslizan un paisaje sobrio envuelto en un silencio de mesura y recogimiento para morar dentro de nosotros mismos. De ahí que llame «moradas» a sus resoluciones plásticas. De ahí que recoja de Santa Teresa ese término que invita a otro tipo de oración, a otro entender y expresar el mundo desde formulas pitagóricas. Se trata de un arte de estructuras geométricas; es decir, de un arte de formas geométricas ya que las formas geométricas no son más que formas abstractas surgidas de la observación del orden natural, son configuraciones que provocan nuestra imaginación y que están presentes en todas las artes y son comunes a todas las civilizaciones: el cuadro, el triángulo, el círculo, etc.

Pero el arte geométrico no se ha inventado ahora. No es otra impostura de las vanguardias del siglo XX o del XXI. A lo largo de todo el desarrollo artístico de la humanidad siempre ha estado presente. Desde el Paleolítico, donde el hombre hacía uso de la representación de la figura, también encontramos un arte representado por formas geométricas y trazos lineales de carácter abstracto; o en el Neolítico donde la decoración geométrica en las vasijas de barro es el medio de expresión predominante, adentrándonos después en el uso de la ornamentación (grecas, orlas, cenefas) de los mosaicos tanto griegos, romanos o paleocristianos; e incluso en la sistematización de la perspectiva en el Renacimiento, y no digamos en el arte islámico cuya abstracción geométrica es una realidad en sí misma para representar a Dios y el universo, se viene utilizando las formas geométricas como medio de representación visual por la amplia funcionalidad especulativa y simbólica que tiene y que desembocó, en el siglo XX, en determinados movimientos vanguardistas, llámense constructivismo, suprematismo, neoplasticismo… (Kazimir Malévich, Josef Albers, Frank Stella, Max Bill, Kenneth Noland, Barnett Newman, Mark Rothko, y tantos otros) continúa en nuestros días siendo un medio expresivo fundamental en la obra de muchos artistas. Es el caso de Verónica Romero.

Su pintura es ante toda una suerte de conceptos simbólicos y semióticos que están asociados a las formas geométricas y, por lo tanto, guardando una estrecha vinculación con el misticismo, de ahí que llame «moradas», como llamó Santa Teresa a su famoso tratado de oración, a cada una de sus composiciones.

Decía Maurice Denis que «a través de la superficie del color, del valor de los tonos y de la armonía de las líneas es como se llega a la mente y suscitar las emociones». Verónica Romero, y como la abstracción es la función esencial del espíritu humano, lleva a cabo una decidida voluntad de simplificar sus composiciones y hacer –si cabe así decirlo– un uso espiritual del color. Hay en todo este quehacer una actitud poética y un planteamiento reflexivo. Sin caer en el minimalismo, su gramática pictórica deviene una especial fijación por el color, un color no construido a pesar de su simplicidad por tintas planas sino por la acumulación de capas sucesivas de acrílico que en la superficie del lienzo tratan de conformar estructuras homogéneas, revestidas al mismo tiempo de ciertas calidades. El contorno de las formas, a su vez, vienen delimitadas por líneas difuminadas, sin límites claros, más bien parecen desenfocadas, que tratan de romper la dureza de los distintos espacios de la composición con unas demarcaciones menos acusadas y más sugerentes como si quisiera con ello quebrar la uniformidad de los distintos elementos que la componen.

Al mismo tiempo, Verónica Romero intenta situarse en un espacio intermedio entre la superficie pictórica y el cuerpo tridimensional. Resultado de ello es toda una serie de obras que representan (son) cubiertas de libros intervenidas donde, a partir de un título conocido, ya sea novela o ensayo, y a modo de alegoría, sin obviar los esquemas estructurales de sus cuadros, va creando nuevas formas geométricas capaces de expresar por sí solas conceptos y significados. Un arte por tanto más conceptual que expresivo cuyas formas, y parodiando a Santa Teresa y su castillo interior, «muchas veces, por un modo que yo no sabré decir, se da a entender mucho más de los que ellas…» por sí mismas dicen.

El orgullo desatado, por Elvira Lindo

El País, 13.10.2017

Se dice, se escribe: quien no saca la bandera española al balcón es un acomplejado. Camino lleva de convertirse esta consideración en lugar común. Acomplejada. Honestamente, no me veo. Para quien es hija de madre aragonesa/valenciana (Ademuz es un enclave) y de andaluz, para quien nació en Cádiz y conserva nostalgia escolar de Palma, para quien estudió en un instituto del Retiro, sacó sus oposiciones de locutora en Málaga, y siguió mudándose de manera insensata de la periferia al centro de Madrid y viceversa, para alguien con raíces tan diversas, ¿cuál ha sido la respuesta obvia a quien preguntaba en Nueva York, y tú, de dónde eres? Desacomplejadamente, respondía que española porque es lo que soy. Jamás dudé de que al otro lado del océano estaba mi sanidad, el punto del mapa donde pago mis impuestos, pero sobre todo el lugar donde sitúo mis recuerdos, la tierra donde reposan mis padres y las calles en las que se afanan a diario mis seres queridos. Incluyo algo esencial: la patria más chica de quien escribe es su sintaxis, ese particular orden íntimo aprendido desde la infancia que nos proporciona una voz singular. ¿Complejo? Ninguno. Pero tampoco orgullo. De la misma manera que siempre me ha irritado esa cansina descripción derrotista de mi país en la que encuentro más pose que sinceridad, me inquietan las declaraciones exacerbadas de orgullo colectivo. Y vaya, parece que no hay manera de escapar de ellas. Seamos claros, tildar de acomplejados a los que no se envuelven en la bandera o no le dan más sentido a una fiesta que el de tener un día de descanso es para algunos opinadores que leo/escucho un eufemismo de ser antipatriota, y me deja atónita que quienes tanto critican la comprensible angustia que provoca una sociedad en permanente despliegue de sus símbolos identitarios vean razonable contestar con un órdago de la misma índole.

Se dice que es la gente de izquierdas la que, anclada en los viejos prejuicios progres, no acepta los colores de la bandera nacional, que son precisamente esos melindrosos los que acudieron, manipulados por supuesto, a la concentración de las banderas blancas. No es eso lo que esta cronista vio. Lo que había, al menos en Madrid, era un ambiente familiar donde a falta de alguien que dijera unas palabras daban vueltas los asistentes a la Cibeles sin saber muy bien hacia dónde tirar. La policía había establecido una especie de rompeolas en la Castellana al que acudían manifestantes de la concentración de Colón para mostrar la bandera española de manera desafiante, algunos con ganas de una gresca que, por fortuna, no cuajó. Me acerqué entonces con pesadumbre hasta el lugar de encuentro de los desacomplejados y allí estuve un rato escuchando a un tipo que micrófono en mano vociferaba que ahí es donde estaba la gente que daría su vida por España. Me fui pensando que el problema de poner el patriotismo en un listón tan alto es que somos muchos los que nos quedamos fuera.

No quiero hacer de esta anécdota una generalización de todo aquel que ha decidido estos días sacar la bandera a las calles de mi ciudad, en absoluto, pero sí desearía, incluso apelando a esa Constitución que algunos esgrimen como texto sagrado en la mano, que se considere que tan pueblo es (tal y como se les dice a los independentistas) el que se levanta a aplaudir un desfile como el que remolonea en la cama, el que aplaude al Rey como el republicano, el que no está dispuesto a ceder en este embrollo ni un ápice de sus convicciones como el que sí. Pero advierto, por la manera en que informaba TVE del desfile del 12 de octubre, que hay una voluntad de repetir una y otra vez que el pueblo español (ese pueblo que todo dirigente se apropia como suyo) había salido a defender la unidad de España. No seré yo quien critique las ocupaciones que cada uno elija en el día señalado como fiesta nacional, pero quiero vivir en un país en el que no se tome la parte por el todo, en el que vuelva a reinar la ironía sobre el asunto, en el que la canción de George Brassens no lleve camino de convertirse en subversiva; ocurre que establecer una definición para el buen patriota es estrechar la libertad de expresión, y eso me alarma desde el momento en que en mi oficio, en todos los oficios artísticos, debe existir un nivel de tolerancia que nos permita contar y cantar tanto lo que nos gusta como lo que detestamos. En el dibujo de El Roto de este 12 de octubre una abuela le pregunta al nieto, “¿No sientes el orgullo de ser español?”, y este responde, “Abuela, a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio”. Esta viñeta está en sintonía con toda la obra de este artista genial. Lo admiramos porque nos produce asombro e incomodidad. Si en días pasados le llamaron facha, con esto podrían definirle como rojo. Para mí hace honor a los versos de Machado: “Busca a tu complementario/que marcha siempre contigo,/y suele ser tu contrario”. A lo que yo, en prosa, apostillo: déjennos respirar a nuestro aire.

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A plata o cruz, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 29.10.2017

La política siempre nos la juega. Da igual la papeleta de una mitad, de muchos y de los que piensan en blanco. La política es como la banca: gana y se lo lleva. La ideología, los principios, los deseos, las normas, las leyes, el consenso, la ciudad, nosotros los de a pie, es lo de menos. O si usted prefiere, son excusas, coartadas, el tablero o el tapete para seguir de mano en el juego y llevarse lo que conviene a la cuenta corriente del ego. Lo mismo da que se trate de una república independiente que de una torre de las vanidades con las que hacerle un roto al horizonte. Al de España o al de Málaga. A cualquier paisaje en el que la ciudadanía se identifica, se reconoce, convive con su memoria, admira los transatlánticos del progreso y considera que el futuro es cuestión de compartir un mismo sueño y sus lenguajes. Para los gobernantes lo mismo importa la crítica chica que la crítica grande, entre una y otra meten el pie de mando sin reparo y no hay quién le dispute la bocamanga o el matute de su propósito visionario.

Ha sucedido en Cataluña con una enajenación de ruptura que duele e irrita, especialmente por la cobardía -por mucho que algunos la califiquen de estrategia de combate- de no hacerlo a voto descubierto como exige la honestidad de rebelarse y reivindicar ese coraje. Y ocurre de otra forma, más pequeña y sin tanta brecha, afortunadamente, en Málaga donde el presidente de la autoridad portuaria y el alcalde del PP insisten en plantar un Sputnik de 135 plantas a pie de oleaje, partiendo en dos la fachada mediterránea con este dildo para el turismo de helicóptero, cuyo disfrute ciudadanos será el de presumir de tenerla más grande. Rompe y contamina por arriba y por abajo, y le corre el rímel al cielo, este absurdo faro del capital privado de clase alta. Un hotel de los líos (los que se traen y los que desconocemos) dividiendo al personal entre los que le hacen la ola a Plata, a De la Torre y a Juan Cassá, tres tíos Gilitos con pupilas de caja. Por cierto, que habría que preguntar al representante de Ciudadanos qué de qué ciudadanos después de quedarse tan pancho esta semana al decir que hay que recortarle presupuesto a los museos franquicias -el Ruso y el Pompidou que han proyectado Málaga junto con el Museo Picasso, a una capitalidad cultural que atrae turismo y elogios- para darle ese dinero a las cofradías. Las que, según él de verdad representan a Málaga y hacen más por los malagueños. Es evidente que el tipo busca votos y salir en procesión bajo palio de alcalde. Tan poco sorprende su defensa del retorno al XIX. Nada más tomar poder se cargó el Instituto Municipal del Libro y ahora le sobran los museos contemporáneos. Sólo le cuadran el del Automóvil, el de Revello de Toro y el de las Costumbres Populares. Lo único que cabe decirle a este aspirante a regir La Casona y a inaugurar el casino de 135 plantas, que hay cuatro tipos de políticos: los inteligentes y preparados, los intuitivos, los listillos y hábiles y por supuesto los tontos.

No es extraño con esa cultura que este paladín de la política con un pasado de huella blanca desprecie con ardor a quienes critican la torre con la que Plata sueña ser el Hércules plus ultra -aunque tenga, de momento, una sola columna-. Él también se pone airado y nervioso si le mentan la bicha del impacto de la enigmática inversión privada en un suelo público y a la que la Junta de Andalucía (de la que se trajo su currículo cinco estrellas) le tramita por vía rápida su Seguí de vértigo enhebrando la brisa, mientras que a la mayoría de los arquitectos los condena al laberinto burocrático del aburrimiento. La misma Junta que juega con el ayuntamiento al ajedrez del metro y que en el caso del hotel se celebran ambos la rapidez del respaldo. Lo mismo que han hecho ambos políticos con el vergonzoso informe de Medio Ambiente descartando el impacto ambiental y alegando (descojónense en coloquial como yo) que sólo sobresale el glande arquitectónico, según desde dónde uno quiera mirar su erección en el paisaje.

Otrosí de Junta y del Ayuntamiento, tan democráticos ambos a diario y seguro que frente a la Catatonia de las pos verdades (por cierto, una de ellas es la antigüedad de su lengua que en realidad fue el dialecto provenzal del lemosín sin literatura alguna, hasta que 400 años después de la Gramática española de Nebrija Pompeu Fabra se inventó la primera Gramática sobre el catalán, conformado por el dialecto de Barcelona) es el rechazo, casi aversión, a la sociedad civil que se opone a la primera piedra de lujo del monopoly del puerto. El Colegio de Arquitectos, la Academia de San Telmo, la plataforma Defendamos nuestro horizonte, Ecologistas en Acción, los grupos municipales de IU y de Málaga Ahora, periodistas, escritores, ciudadanos ilustres y un sensato geógrafo como el profesor de la UMA Matías Mérida con su detallado y, este sí, riguroso estudio, no sólo no tienen valor de voz para quienes gestionan el patrimonio de Málaga sino que son tachados de carpetovetónicos y toca pelotas del progreso. Sólo les ha faltado a los chamanes de la ciudad llamarnos masones, como hubiese hecho Franco en sus mejores tiempos de gala, ejecuto y a los críticos borro de en medio.

No le pega a usted, alcalde, no es su talante, enrocarse junto al boss del puerto y protagonizar ese estribillo de la sabia picaresca popular de Plata tajo la torre y La Torre mucha plata. Tampoco los ciudadanos, cansados en lo psíquico y en lo emocional, heridos en la razón y en el paisanaje europeo, nos merecemos que sigan e insistan ustedes tomándonos por tontos, con tantas defensas de triquiñuela de su catarí Hotel para la catarsis, y sin tener en cuenta las alegaciones públicas y alimentando las innumerables bondades del dildo del Levante a base de mover dinero por las tuberías subterráneas de la publicidad en prensa. No nos adoctrinen también acerca de las bondades económicas y turísticas del Hotel Casino –mejor deberían estar regulando la burbuja y el acoso del boom de los apartamentos turísticos-. Ni le regalen el oído a los acomplejados y a los que sueñan con ser capital mediterránea de Las Vegas diciendo que el edificio de Seguí es como un maravilloso Peine de los Vientos de Chillida, como el Kursall de Moneo de ese mismo San Sebastián, igual que el Guggenheim que transformó Bilbao. Empeñarse en las mentiras de la seducción no conduce a nada bueno, estimados políticos. Y no se tomen los argumentos y reparos del pueblo ilustre como agravios personales ni se hagan mártires de la victimización. Sean gestores para todos y de verdad, sean responsables y morales, que es lo que se le exigen a los políticos y a los que administran el poder, y sean brillantes y audaces. Escuchen y pregúntense por qué en lugar de insistir tanto en su torre de las vanidades a pie de levante no la edifican en el nuevo paseo marítimo, contribuyendo a darle futuro a un barrio dormitorio de la nueva juventud, y necesitado de infraestructuras que le otorguen identidad contemporánea. Dejen de mirase narcisos y en levitación sobre el mar y, cómo defiende el arquitecto Ángel Pérez Mora, sean audaces en solucionar la herida sucia de ese río sin agua, amurallado y marginado que brecha Málaga en dos. Eso sí que es un reto de futuro y un consenso de todos, aunque desde luego poco tiene de negocio lucrativo.

Málaga ha recuperado con criterio y éxito el puerto para la ciudad. El visitante admira su oferta de paisaje azul y gastronomía, de náutica de exposición y de turismo. Despejarse hacia el horizonte es una forma de consumir la felicidad. Dejen de jugar, como si sólo fuese suyo, el futuro a plata o cruz.

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