El PSOE, lejos de Suresnes, por Juan José Téllez

Público, 02 octubre 2016.

Larga vida a Mariano Rajoy en La Moncloa. En los últimos días, no sólo Pedro Sánchez ha perdido la secretaría general del PSOE, sino que todos los socialistas han perdido. Credibilidad, cohesión y confianza, tres cés fundamentales para seguir vivos como organización. No es la primera crisis interna que atraviesa el partido en su ya larga historia, pero quizá sea la más grave. Y no se espera un milagro a corto y medio plazo.

Felipe González lleva tiempo pareciéndose a Rodolfo Llopis, el secretario general del PSOE que él derrocó definitivamente en el decimotercer Congreso del partido en el exilio, celebrado en la localidad francesa de Suresnes, hace justo cuarenta y dos años, los días 11 y 13 de octubre de 1974. Algo estaba ocurriendo en la izquierda y el PSOE histórico, el de la diáspora, parecía no darse cuenta. Los renovadores, con aquel Isidoro y Andrés –Alfonso Guerra—a la cabeza, irrumpieron en la historia y ya nada fue igual.

Ahora, distintas visiones de la realidad española y de las incumbencias de ese mismo partido entraron en colisión en la sede socialistas de Ferraz, en Madrid. Tampoco será nada igual en el PSOE a partir de este momento. En el tardofranquismo, la frontera entre unos y otros socialismos españoles se mantuvo durante cierto tiempo pero resultó irrelevante, ya que el viento soplaba de favor para los paladines de la renovación. Esta vez, en cambio, ninguna de las partes en conflicto parece superar sus diferencias para encontrar una salida común a la habitación del pánico en la que han incurrido tras sucesivas derrotas electorales. Una larga travesía del desierto puede acecharles, incluso si logran evitar el hundimiento a través de la comisión gestora que deberá pilotar la celebración de un congreso extraordinario que ya no será exprés.

Hacia la refundación

La vida vive, pero también muere. Nada es eterno, nos cantan los boleros. Que un partido tenga ciento treinta y siete años de edad no quiere decir que sea inmortal. En caso de desvanecerse bajo el temido o anhelado sorpasso –como el Pasoc griego y según se mire– costará acostumbrarnos a su ausencia de la escena política española, aunque a su izquierda y a su derecha sus detractores se estén frotando las manos aunque de un tiempo a esta parte ensayen lágrimas de cocodrilo para los anticipados funerales socialistas. Ese muerto, sin embargo, puede gozar de mejor salud de la que se presume y, como ya ocurriera en el pasado, podría resurgir de sus cenizas. Sin embargo, la única posibilidad de que ese Lázaro se levantase y anduviera sería que el anunciado congreso abriese un proceso de refundación.

Nada será igual. Para la historia del PSOE y la de España, quedarán el cambio y el pelotazo, la ley del aborto y el referéndum de la OTAN, los cien años de honradez y unos cuantos de recreo, sus terribles reformas laborales o, en sentido contrario, su bonancible ley que permitió que los homosexuales pudieran contraer matrimonio, las formidables obras públicas o las miopes leyes de extranjería, los grandes avances legislativos a favor del progreso y las cloacas de la guerra sucia contra el terrorismo. Muchas caras y cruces en su misma moneda, que ahora parece devaluarse seriamente.

La presidenta andaluza Susana Díaz hablaba durante la reunión del comité director del PSOE de Andalucía, de la necesidad de coser los desgarros internos de los últimos meses. Al frente de la gestora, Javier Fernández, presidente de Asturias deberá ejercer como hombre bueno del armisticio. El partido está en tenguerengue, como en 1974, pero muy lejos de aquel horizonte esperanzador que se abría en Suresnes. Si quieren mantener la cohesión interna, los socialistas deberían incorporar su legado de grandes conflictos a menudo resueltos con abrazos del oso, desde el pulso entre felipistas y guerristas a las heridas que dejaron las últimas primarias, con Carme Chacón en un aparente autodestierro definitivo.

Se equivocarán los socialistas si piensan que es una crisis de nomenclatura. Es su propia crisis de valores, los de la socialdemocracia, progresivamente arrinconados en la Unión Europea y también ahora en España. Poco queda, salvo el disco duro de su memoria, de aquel partido de impresores que fundara Pablo Iglesias Possé, un tipógrafo de El Ferrol que desembocara en Madrid y que se escribía con Federico Engels. El partido socialista más antiguo de Europa, después de la socialdemocracia alemana. El perseguido, el cómplice, el progresista, el cauteloso, el que colaboró con la dictadura de Primo de Rivera mientras perseguían a los jóvenes socialistas de Tomás Meabe, el que sirvió de apoyo a los gobiernos de Azaña durante los años más esperanzadores de la Segunda República.

¿Ya nadie estudia historia en las casas del pueblo? ¿Nadie recuerda hoy que el enfrentamiento entre Indalecio Prieto y Julián Besteiro con Francisco Largo Caballero, no sólo llevó a los socialistas a alguna que otra bronca de puertas para adentro como la del comité federal sino a la revolución de octubre de 1934, sus indudables excesos y su cruentísima represión, por no hablar de su espiral de interpretaciones revisionistas?

Los años son distintos y, por fortuna, esta vez, la sangre no llegará esta vez al río. En otro tiempo, los socialistas viajaron al otro lado de los Pirineos o al otro lado del Atlántico, como muchos otros demócratas españoles, tras el golpe fascista y la guerra civil. Cuando llegaron al Congreso de Suresnes, el partido del yunque y de la pluma poco tenía que ver ya con aquella organización tan numerosa y bien estructurada que recibió con Antonio Machado a la Segunda República española, aquel 14 de abril de 1931. En el destierro, los socialistas eran una sombra de lo que fueron y ni siquiera formaron parte de la Junta Democrática que se crearía también en 1974 para aglutinar al antifranquismo patrio y donde formaban filas clandestinas desde los monárquicos de Juan de Borbón al Partido Comunista de Santiago Carrillo, que era la organización que partía la pana en el interior de un país doblegado por un partido fascista, un inquisitorial tribunal de orden público y la policía secreta de la dictadura.

Quizá muchos de los socialistas de hoy no sepan que sus compañeros convocaron el Congreso de Suresnes como respuesta a una larga tensión interna que comenzó a manifestarse en el Congreso de Toulouse de 1972, en el que Rodolfo Llopis se negó a dimitir. El asunto terminó en los tribunales y las diferencias estratégicas que ahora enfrentan a unos socialistas con otros se antojan simples juegos de videoconsola con las que entonces se esgrimieron, cuando los históricos llegaron a acusar a los renovadores de connivencia con el franquismo. Durante dos años, hasta 1974, el PSOE mantendría una dirección colegiada, de la que formaron parte Nicolás Redondo o Pablo Castellano.

La historia nunca se repite, ¿o sí? Habrá que preguntarse si los socialistas que parecen abocados ahora a un cisma quieren evitarlo o no. Todos parecen tener razón: tanto en su interpretación antípoda de los estatutos como de los motivos que parecen diferenciarles, en torno al no al Rajoy, la abstención o la concurrencia o no a unas terceras elecciones generales en las que, visto lo visto, no sólo tocarían suelo sino que empezarían a escarbar mayores profundidades todavía. Críticos y sanchistas tendrán tanta razón que morirán con sus razones puestas. Tanta razón que puede que ya la hayan perdido.

40 años de Suresnes

Cuarenta años después de Suresnes, las cosas han cambiado mucho. En la resolución del conflicto de entonces, resultó fundamental la posición de UGT. Hoy, los sueños del sindicato y del partido parecen dormir en habitaciones separadas.

 Probablemente, hoy, una dirección colegiada tampoco serviría de mucho, pero menos la bandada de benteveos leguleyos si la fractura se consume y a la postre tuvieran que ser los tribunales y no la militancia quienes diriman con sentencias y no con votos la legitimidad interna del partido.

Entre los críticos y los partidarios del ex secretario general del PSOE, hay otro PSOE, minoritario si se quiere, al que representa la izquierda socialista de Pérez Tapias que, significativamente, se fue de Ferraz sin votar siquiera. Hay un cuarto, el de los simpatizantes, absolutamente estupefactos y sin entender un pijo de galimatías estatutarios.

De las palabras de dimisión de Pedro Sánchez no parece extraerse la hipótesis de una salida del partido para crear otro. Todo lo contario. La militancia, cierto es, está revuelta, pero habrá que ver si esa rebelión se sustancia en el congreso o no llegará a nada, como ha ocurrido con frecuencia en otras ocasiones. En cualquier caso, la herida interna que sufre el PSOE no va a cicatrizar con un simple esparadrapo. O se toman en serio la reconciliación o estarán abocados a romperse en dos.

Si de toda esta encrucijada resulta un nuevo fraccionamiento del socialismo español, también quedará fragmentado el voto de la izquierda sociológica. Unas nuevas siglas que sumarse a una sopa de letras que se enfrentará sin suerte, presumiblemente, a lo largo de las próximas convocatorias electorales a una derecha mucho más fuerte y cohesionada, aunque ya no sea unívoca.

Por fortuna para sus militantes y para sus dirigentes, el PSOE es un partido con una sólida estructura interna y también con una amplia red clientelar que le aleja del modelo de aquella coalición que fue la UCD y que se vino abajo de la noche a la mañana, en aquel año horribilis de 1982, con su antiguo líder, Adolfo Suárez, fletando incluso un partido nuevo, el CDS, que jamás tuvo opción a ser lo que fue.

Gobernabilidad o gobierno alternativo

Pedro Sánchez no quiere a Mariano Rajoy y los barones tampoco quieren a Podemos, aunque muchos de ellos gobiernen con su apoyo. Pero, menuda paradoja, de persistir esos dos grupos en sus actuales diferencias sin resolverlas satisfactoriamente, los principales e inmediatos beneficiarios serán ambos adversarios.

Tras la kilométrica y peliaguda reunión del comité federal, tanto Pablo Iglesias como Alberto Garzón presumían que la baza la ganaba el Partido Popular, más cerca de la investidura de su candidato, Mariano Rajoy. El PSOE en funciones no lo ha decidido pero todo apunta a que buscarán una fórmula para garantizar la gobernabilidad. La del PP, no la de una coalición alternativa para la que, hoy por hoy, no sólo carecen de suficientes diputados para liderarla, sino de suficiente fuerza como para mantenerla. ¿Venderán cara su abstención los socialistas? Ni siquiera les quedará esa baza porque Rajoy ya no tiene que aceptarles pulpo como animal de compañía: la convocatoria de unas nuevas elecciones le otorgaría, visto lo visto, una holgada mayoría para hacer y deshacer a su antojo durante cuatro años.

La abstención le daría al PSOE un tiempo muerto para renacer de sus cenizas, pero en la oposición perderían la antorcha de la izquierda a manos de los diputados de Unidos Podemos que recordarían constantemente como sus votos sirvieron para que volviera a gobernar España un partido sentado eternamente en el banquillo de los acusados, el responsable de la reforma laboral de la precariedad, el de la ley mordaza, el de la ley Wert, el que encarcela a titiriteros y espía a partidos democráticos.

El PSOE y la autodeterminación

Entre las posiciones diferentes que los socialistas a la greña esgrimen hay una que tiene que ver con su geografía política: los críticos a Sánchez se sitúan en las comunidades autónomas donde los socialistas gobiernan y saben que el PP seguirá estrangulando sus presupuestos mientras no haya fumata blanca para La Moncloa. Todas las posturas internas, dentro del abanico socialista, tienen su razón y su sinrazón de ser. Tendrá consecuencias indeseables cualquier ficha que muevan. Por ello, cualquier decisión al respecto debería corresponder a la militancia, como pretendía el secretario general dimisionario. O incluso a los electores, como recordó Susana Díaz en su discurso sevillano. Afiliados y votantes, eso sí, podrían seguir los pasos de Pedro Sánchez y terminar dimitiendo de sus agrupaciones o de las urnas. O votándole de nuevo si decide presentarse a las primarias: sobre el PSOE planea el fantasma de Jeremy Corbin, que cada vez cuenta con más apoyos de sus compañeros de partidos y menos sufragios.

El laborismo y la socialdemocracia, de un tiempo a esta parte, no logran convencer a la ciudadanía para que compren sus idearios. En España, habrá que esperar a la celebración del congreso y de las primarias para dilucidar qué es el producto político que deberá vender el nuevo PSOE, para lograr que su marca adquiera una identidad diferente a las del resto de opciones en el gran bazar de la democracia. En Suresnes, habitaba la esperanza. Y un PSOE renovado que no sólo exhibía chaquetas de pana, carteles con arcoíris y sonrisas juveniles, sino también una hoja de ruta que, en aquella época, incluía la autodeterminación de las nacionalidades históricas que hoy se rechaza de plano, hasta el punto de que ha obstaculizado cualquier negociación en la investidura fallida de Sánchez: “La definitiva solución del problema de las nacionalidades que integran el Estado español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación de las mismas que comporta la facultad de que cada nacionalidad pueda determinar libremente las relaciones que va a mantener con el resto de los pueblos que integran el Estado español”, decía entonces el PSOE renovado, que apostaba por una República federal que permitiera la cohesión del estado y “el pleno reconocimiento de las peculiaridades de cada nacionalidad y su autogobierno a la vez que salvaguarda la unidad de la clase trabajadora de los diversos pueblos que integran el Estado español”.

En la transición española, aquellos socialistas que venían de nuevas lograron seducir a la opinión pública en un breve lapso de tiempo, por encima de un PCE al que el imaginario del franquismo había logrado caricaturizar como un demonio rojo con grandes cuernos. Hoy, es un PSOE desgastado, por su propia historia y por lo que pudo haber sido y no fue. Mal lo tiene para recobrar la vitola de esa izquierda sociológica que seguía votándole a pesar de que la izquierda transformadora dijese que no lo era. Si facilitan el gobierno de Rajoy, como parecen abocados a hacerlo, ¿qué relato podrán brindar los socialistas a los suyos? Hoy por hoy, perdido el flanco izquierdo, el PSOE quizá apueste por recobrar el centro como única opción, como una tercera vía entre dos segmentos de la sociedad española visiblemente polarizados. Sería una opción, claro. Pero sus partidarios harían bien en recordar que el centro político en España no gana unas elecciones desde 1979. Cuesta trabajo aceptar que el viejo PSOE del rodillo termine acostumbrándose al traje a medida de un partido bisagra.

Quizá tendrían que olvidar a Rodolfo Llopis y recapacitar, como José Borrell en sus declaraciones a Pepa Bueno, que Podemos son sus hijos. Resulta obvio decirlo: los parientes cenan, al menos, en Nochevieja, aunque no se lleven del todo bien los cuñados. Si la familia de la izquierda no termina reconociendo sus similitudes, superando sus diferencias y buscando convergencias puntuales que sumen votos, la derecha seguirá fumando su eterno puro en La Moncloa. Lo permita el PSOE o no. Sigan unidos o no los socialistas, Suresnes continúa estando lejos del futuro.

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La realidad era esto, por Ángel Valencia

La Opinión de Málaga, 19.02.2017

 La realidad era esto. Y en la política se refleja a través de un paulatino reajuste de las expectativas a la realidad existente. La legislatura anterior fue la de la táctica y los pactos, la de los discursos políticos, los gestos y los tiempos, la de los consensos imposibles y los conflictos permanentes, la del fracaso de unos líderes para formar gobierno.

La política de alta tensión por la nueva gobernabilidad en el reciente escenario del tetrapartidismo acabó con la frescura de la nueva política y el paisaje político dejó pronto de poder verse en términos dicotómicos. Sin embargo, la legislatura más corta de la democracia nos recordó la existencia de una agenda política pendiente de reformas políticas mucho más limitada al difícil juego de los equilibrios y de los consensos posibles, mientras que la necesaria regeneración democrática derivada del deterioro de una clase política y unos partidos estaba condicionada también por un calendario judicial en el que se iría dilucidando la responsabilidad penal de la corrupción.

Las elecciones del 26-J pusieron de manifiesto dos cosas: en primer lugar, que en el escenario político español se consolidaba un multipartidismo moderado formado por cuatro partidos con un apoyo variable pero que serían los que protagonizarían los pactos de gobernabilidad y, en segundo lugar, los resultados urgían la necesidad de liderazgos sólidos dentro de partidos cohesionados para poder abordar con más certeza la gobernabilidad de una legislatura compleja. Todos tenían esa labor pendiente pero con urgencia y grados de dificultad distintas en los distintos congresos.

El resultado electoral facilitó las cosas a Rajoy que, desde entonces, ha tenido más facilidades primero para ser presidente y luego para empezar a gobernar con pactos. El juicio de la trama Gürtel no ha inquietado al PP. Sólo ha afectado, de momento, a los cabecillas y a algunos cargos políticos del PP valenciano. Después del ligero retroceso electoral, Rivera sale con un liderazgo reforzado, difuminando algunas de sus señas de identidad iniciales –el socialismo democrático- e introduciendo modos de gestión empresarial en un partido que juega su papel en Cataluña y aspira a seguir siendo la cuarta fuerza política del país. Podemos había ganado escaños pero había perdido con la estrategia del sorpasso y eso ha supuesto un debate interno resuelto a favor de Pablo Iglesias que gana en liderazgo y en el modelo de partido, más a la izquierda –es decir, como hasta ahora-. Finalmente, el PSOE hace labor de oposición parlamentaria y sigue funcionando con una gestora, a Patxi López y Pedro Sánchez como candidatos, de momento, a las primarias y a una resolución del liderazgo que se pretende que, naturalmente, resuelva esta izquierda dividida.

La realidad era esto, un tiempo de realismo donde las fuerzas políticas de la derecha se recomponen con más facilidad de sus debilidades y se preparan mejor para gobernar, mientras que la izquierda entre atónita y dividida debería resolver estos problemas si no quiere seguir jugando un papel secundario en la vida política de este país.

Ángel Valencia es catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Málaga.

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Nóos somos iguales, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 19.02.2017.

Con la justicia lo mejor es saludarse de lejos. Con respeto y distanciamiento, confiando en no tener que cruzar la mirada con ella ni en depender del exceso de tiempo ni de la letra impresa cuyo estudio e interpretación con los que sentenciar da mucho que debatir. Lo más aconsejable es absolverse a uno mismo de evaluar su labor cuando están de por medio las dos Españas o los apellidos ilustres o militantes que dependen del cristal desde el que unos y otros miran la culpa y su precio o salvoconducto. Es fácil entender que meterse en harina con la justicia es igual, en forma y fondo, que topar con la Iglesia o con la clase política. Los únicos tres gremios nacionales que se unen en muro de escudos a la romana, a pesar de sus divisiones internas, frente a cualquier embate del pueblo y de la prensa. Esos otros actores cercanos a la barbarie y a la insumisión, siempre tan demoníaca, y a la conveniente necesidad de doblegar su amenaza por la ley del hombre y por la ley de Dios. Sin que se nos permita debatir, más allá de una bronca de taberna o de sobremesa familiar, de qué hombre ni de qué Dios estamos hablando.

Poner en duda la palabra de la Justicia, de la Iglesia y del Gobierno, continúa siendo en nuestro país un posicionamiento ideológico, un conflictivo acto de insurrección. Es cierto que de un siglo a este se tiene menos en cuenta el poder religioso y que sus métodos represivos no van más allá de un anatema obispal. En cambio sí que se mantiene la práctica del fariseísmo en la fe de la justicia y la incomprensible devoción a la política gubernamental que nos administra el sacrificio y la pasión con credo A y mano B. Lleno está el infierno del paro, en los últimos años, de periodistas cuyas almas reclamaron telefónicamente las voces del sanedrín gubernamental, por insistir en meter los dedos en la llaga de santo Tomás, y ofrecidas por los dueños de sus medios en un acto de contrición. Y a bula, políticamente correcta, suenan las evaluaciones de los partidos gobernantes y de algunos medios periodísticos en loa de la «decidida independencia del dictamen, ejemplar demostración del funcionamiento del Estado de derecho y de que nadie está por encima de la ley». Ni siquiera Miguel Gallegos, el pastor de Capileira, al que un fiscal pretendió enchironar, por trincar 100 gramos de manzanilla de Sierra Nevada, durante dos años y tres meses. Casi la mitad de la pena caída sobre los hombros del ex duque Urdangarin que comparte condena de seis años con Alejandro Fernández, el joven que entró el pasado junio en la prisión de Albolote por delito de falsificación de tarjeta, estafa de 1.079 euros, mentir a la policía y huir. El pastor fue indultado, y con el marido de la infanta veremos si lo exilian cerca de Lisboa, si el Supremo lo libera o en qué queda finalmente la sombra de su castigo.

En pleno siglo XXI y en democracia -esa vieja palabra mediterránea tantas veces mercadeada y violada económicamente en la orgía de la política financiera de 2013- es menos espinoso poner en solfa la ética política que hacerlo con la intocable clase judicial. La sentencia viene a ser un debate sobre el Estado moral de la nación, con el que se reabren de nuevo qué se entiende, cómo evaluamos y desde dónde se hace, la democracia, la justicia, la independencia, la igualdad, la inocencia, la equidad en el acceso a la mejor defensa -que siempre cuesta un ojo a cambio de la posibilidad de una sentencia ciega-, la credibilidad, la mentira, la corrupción, y el ADN de cada uno de estos conceptos. Cuestiones de peso que tienen su raíz clásica y filosófica más que antigua y populista -como señalan estos días airadas voces del dogma judicial a quienes piensan que hay que hacer justicia y no que parezca que se hace- en los maestros de los que ya no nos enseñan su impertinencia intelectual como Platón «la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte» y Aristóteles «la excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; valientes, realizando actos de valentía». A su sabiduría, libre de toda mácula partidista o adscripción podemita, se le pueden sumar las de otros jueces que consideran tibia la sentencia que da valor a los no le consta, no sabe y no recuerda de la Infanta Cristina (la señora Mato ya tiene allanado su purgatorio), y que en relación entre la pena solicitada (19 años) y la acordada (6) su desenlace tiene toda la pinta de una condena benigna con una cabeza de turco rubio que contente al vulgo. O sea un esperable pacto de imagen.

Ser un paladín de la ley no es un tajo fácil. Demanda vocación por el oficio, forja de conocimiento, auto exigencia ética, equilibrio entre conciencia y sensibilidad, e independencia para interpretar la ley. Así es en muchos casos que conozco personal o profesionalmente. Lo que no quita que se eche en falta en muchos otros en los que quienes trabajan, o la han hecho, dentro de su sistema, certifican la tesis doctoral de Francisco Gutiérrez, magistrado de la Audiencia provincial de Sevilla, en la que señala la lentitud e ineficacia de la justicia. Cum laude al que añadir el dato, según un estudio de la UE de 2015, de que España ocupa el puesto 25 de 28 países en percepción ciudadana sobre la independencia judicial.

La justicia es un cuchillo de doble hoja. Siempre corta por el lado del demandante y por la piel del demandado. Ninguno se libra de la fría caricia de su afilado dictamen. Es difícil encontrar sentencias que contenten por igual a todos. Pero con la que tenemos en debate, podríamos preguntarnos: ¿ha tenido la fiscalía distintas varas de medir?, ¿se han limado agravantes de los delitos para consensuar una sentencia? Y sobre todo ¿por qué gente acusada de robar o estafar cantidades desorbitadas de dinero, aprovechando sus privilegios, siguen ocupando cargos importantes o son castigados con menos penas que otros ciudadanos «normales»? No está de más recordar, en este amnésico país, la incógnita de qué hubo detrás de la expulsión del juez Elpidio Silva por encarcelar a Miguel Blesa -en libertad al igual que Rodrigo Rato, a pesar de su festín con Bankia- o sobre cómo queda la reputación del juez José Castro instructor del Nóos con esta sentencia. ¿De verdad tenemos que creernos que su trabajo sólo se basó en conjeturas y suposiciones, como parece confirmar la sentencia? No olvidemos que ya en 2014 la segunda asociación judicial del país Francisco de Vitoria tachó de intolerables «las acusaciones veladas de prevaricación que destilaba el escrito del Ministerio Público», además de criticar el silencio del CGPJ.

Las resacas siempre son molestas, aunque la experiencia me dicta que ésta no durará demasiado. Aún así, en este domingo de carnaval reflexiono en voz alta con lo que dijo hace poco tiempo el magistrado del Supremo, Joaquín Giménez, en una excelente entrevista: «un juez puede volar a ras del suelo o a la altura del cóndor». La metáfora es maravillosa. Igual que aquella inolvidable lección de Charles Laugthon a sus alumnos, que me ha recordado mi amiga Marga de La Iglesia, en la película Esta es mi tierra de Jean Renoir sobre los primeros artículos de la Declaración de los derechos del Hombre acerca de la igualdad, de libertad y de la ley.

Menos mal que nos queda el buen cine y la buena literatura para hacernos soñar esperanzas rebeldes y no aceptar ruedas de molino, porque en la realidad está claro que nóos somos iguales; por mucho que el señor Roca nos quiera hacer levitar.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Un metro tiovivo, por José Luis González Vera

La Opinión de Málaga, 19.02.2016

El Ayuntamiento de Málaga aduce problemas técnicos con el fin de demorar la construcción del metro hacia el Hospital Civil. Primero peroran políticos y enteraos, luego los técnicos y facultativos. Un orden lógico sin fisuras. Todas las guerras ganadas por USA situaron a sus científicos por delante. En España, demencia y estampitas de santos. El proyecto del metro en Málaga ha caído en la ciénaga de la ideología. La ideología ridiculiza la idea. La viste con gafas de broma. Le pinta la cara con cieno. Por encima de cualquier consideración de ingeniería o del bienestar de los vecinos de Eugenio Gross y Blas de Lezo, está el aparato testicular que la Junta de Andalucía dibuja sobre su solución en superficie, esto es, su tranvía metamorfosis del metro. Asiste uno a cualquier debate y las posiciones son graníticas. Parece que entre los socialistas malagueños ha cundido la consigna de lo que diga Sevilla. Así, uno debate en cualquier medio con un tertuliano, por ejemplo, de El Palo (donde espero que las lluvias no hayan hecho daño) y se encuentra que defiende unas pretensiones que ni le afectan para bien pero, sobre todo, ni para mal. Órdenes. Cualquiera que se mueva por la zona de Eugenio Gross sabe del pésimo trazado de aquellas calles que en nada se parecen a las magníficas avenidas sevillanas que dios les conserve muchos siglos. El caso es que Bruselas ya está empezando a dar toques de atención a ciudades como Madrid y Barcelona por emisión de gases contaminantes que provienen de un uso excesivo del automóvil. Nadie está feliz en su coche a las seis y media de la mañana. Si no es camino del áfter. Aunque Málaga diste aún de los niveles de contaminación de esas grandes urbes con áreas metropolitanas e industriales enormes, la bendición del metro podría situarnos en un puesto destacado entre las ciudades limpias, habitables y con museos; por el contrario, las polémicas por el metro nos han encumbrado en un primer escalón por número de titulares que reflejan el sinsentido con que se conducen los responsables públicos en nuestras tierras.

La biografía del metro semeja la de una criaturita de copla de esas con desencuentros y relaciones truculentas. Mala estrella cuando nació, de mano en mano como la falsa monea, pero nunca bien pagá. El ciudadano malagueño asiste a un espectáculo vergonzoso y preocupante sobre cómo se manejan los euros de nuestros impuestos. Tal como demuestran los hechos, se inició una obra de tal envergadura sin presupuesto y sin trazado, como mi amigo Gaby Beneroso y yo pergeñamos todas nuestras diabluras culturales y no, en la barra del bar y con cuatro rones en el cuerpo. Un método de trabajo propio, intransferible al proceder de esta Administración que nos imita con grave daño para el pueblo. Ya que la improvisación parece la nota dominante en esa tan desastrosa partitura del metro, quizás algún responsable podría guardar en la nevera la ideología y participar en, por ejemplo, alguno de los atascos en las vías hacia, y/o desde, el Parque Tecnológico que, como la muerte a todos iguala y martiriza. La última parada actual queda a pocos kilómetros de allí, podría continuar en superficie con poco daño para el vecindario y, tal vez, sería una línea rentable en poco tiempo si se considera la pechá de trabajadores que hacia, y dese, allí contaminan la atmósfera, no por gusto propio. Mientras, podemos esperar a que toque la lotería a la Junta, o que alguno de nuestros santos autonómicos realice un milagro financiero, y se vuelva a hablar de la redundancia del metro soterrado para Málaga, en lugar del tranvía que quieren parar frente a la ventana del comedor de los vecinos que, encima, añadiría colesterol de movilidad a una arteria definida por el propio Ayuntamiento como de especial importancia para el tráfico en una ciudad que se infarta en cuanto aparecen las mínimas circunstancias. El debate sobre el metro, que debiera de haber sido técnico, sólo técnico, se ha convertido en un campo de trincheras donde cada quien defiende unos postulados de catecismo, un tiovivo de razonamientos. Qué mareo.

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Gorona del Viento y la transición energética: seamos realistas, por Jorge Riechmann

Eldiario.es, 26.07.2016

Hay una pregunta materialista vulgar que oímos a menudo referida a empeños y actividades humanas: ¿quién lo paga?

En la naturaleza, la “divisa fuerte” es la energía. Se cobra y se paga en energía. También sucede así en la economía humana, que no se halla al margen de la naturaleza –a pesar de las ilusiones que alienta la teoría económica estándar. Ante las actividades de producción y consumo de los seres humanos, hemos de preguntar: ¿quién lo paga –es decir, con qué base energética se realiza? Y es que casi todas las actividades humanas se entienden mejor si pensamos primero en términos de energía (cuidando de no incurrir en determinismo energético; y abordando también, desde luego, los aspectos culturales, políticos, económicos, etc. de tales actividades). Pues de la energía disponible para una sociedad depende casi todo lo demás.

Esto sucede también si indagamos en posibles transiciones ecosociales hacia la sustentabilidad: ¿cómo afectaría a nuestras sociedades lo más básico de esos cambios, a saber, la necesaria transición energética desde la matriz actual basada en combustibles fósiles hacia un sistema energético nutrido con fuentes renovables?

Un desarrollo reciente –la electrificación parcial de la isla canaria del Hierro con energías renovables— pueda servirnos como “miniestudio de caso” para juzgar de forma realista las posibilidades de “solución técnica” para los problemas socioecológicos, en los contextos reales donde nos movemos. “El Hierro prescinde del petróleo”, se anunciaba a bombo y platillo hace dos años en prensa y televisión. El 27 de junio de 2014 se inauguró la central hidroeólica de Gorona del Viento (abreviaremos CHE), permitiendo a los diez mil habitantes de la isla canaria abastecerse parcialmente de electricidad renovable (eólica, para ser más precisos). Cinco aerogeneradores, dos depósitos de agua a diferente altura y un sistema de bombeo conforman lo esencial del dispositivo.

¿Un motivo de alegría, verdad? ¿Una iniciativa ejemplar? Sí y no. Reparemos en que el proyecto nació en 1981: y se materializa parcialmente, con gran fanfarria propagandística, 33 años más tarde. No es este el lugar para contar la historia política menuda de este retraso: en realidad, las mismas fuerzas que pusieron palos en las ruedas son las que hoy intentan colgarse las medallas, como bien saben las y los ecologistas canarios. El juicio de Federico Aguilera Klink (catedrático de la Universidad de la Laguna, y uno de los mayores expertos de nuestro país en economía ecológica) sobre Gorona del Viento es muy severo: “…un bluff más que otra cosa, no es nada de lo que dicen los medios masivos que ‘repiten’ notas de prensa de un gobierno que ignora el medio ambiente, el territorio, la democracia y las energías renovables y que, después, de impulsar la construcción disparatada del Puerto de Granadilla, descatalogando especies protegidas, ahora se apunta a lo de El Hierro como si fuese una revolución -no lo es- que han impulsado ellos…” (comunicación personal, 28 de junio de 2014).

Más de tres decenios para hacer a medias lo que hubiera debido desplegarse rápidamente a partir de los años setenta del siglo XX, en paralelo con importantes transformaciones económicas, sociales y culturales… Y al final, lo que tenemos es un proyecto piloto, uno más. Afirmaciones propagandísticas como “con la CHE se habrá conseguido el objetivo de ser 100% renovable”, o “con la CHE conseguiremos el autoabastecimiento energético de la isla”, o “la isla es un paraíso sostenible” (Teguayco Pinto, titulado “ La isla de El Hierro, un paraíso sostenible“, 11 de julio de 2016) están completamente fuera de lugar. El Hierro sólo ha logrado prescindir de una parte pequeña del petróleo con que la isla está funcionando actualmente… Veámoslo.

En el Hierro se venían consumiendo cada año unos 15.150 TEP (toneladas de equivalente de petróleo) en hidrocarburos (177.000 mWh aproximadamente), de los cuales antes de la CHE el 23% se destinaba a la generación eléctrica con grupos diésel. Hasta 2014 la generación eléctrica a partir de las energías renovables era insignificante, un 0,8%

Antes de la entrada en funcionamiento de la CHE, se estimaba que como máximo podría sustituir el 70% de la energía eléctrica consumida en la isla. Sin embargo, los ingenieros Sergio González y Juan Lorenzo (que han participado tanto en la redacción de su proyecto como en su posterior construcción) estimaban que a causa de la estacionalidad del régimen de vientos en la isla, la generación de la CHE no superaría el 55% de la demanda. De hecho, tras un par de temporadas en funcionamiento, el cuidadoso estudio de Roger Andrews (“El Hierro completes a year of full operation”, Energy Matters, 11 de julio de 2016) muestra que la CHE está proporcionando el 34,6% de la electricidad que consumen los herreños y herreñas: una tercera parte del consumo… sólo de electricidad, cuyo consumo total, recordemos, supone el 23% del consumo de energía de los isleños. En suma, Gorona del Viento aporta apenas el 8% de la energía usada en el Hierro; el 92% restante sigue siendo energía fósil. No es como para echar las campanas al vuelo, ¿verdad?

El coste estimado del proyecto, señala Pedro Prieto (comunicación personal, 19 de julio de 2016), supera los 80 millones de euros; si lo hubiesen tenido que pagar a escote los diez mil herreños y herreñas, tocarían a unos 8.000 euros por cabeza. ¿Esto es mucho o poco –por el 34% de su consumo eléctrico, que una vez hecha la inversión saldría casi gratis durante varios decenios? Depende.

Lo que muestra la CHE de Gorona del Viento es –discúlpese el trazo grueso de las tres conclusiones que siguen–: A) Las dificultades para la transición energética hacia la sustentabilidad, en un entorno político y económico hostil, son enormes (cuando lo que haría falta son transformaciones estructurales muy profundas, lo que tenemos son pequeños proyectos piloto… que llegan con retraso y en muchos casos sirven para adormecer o enjalbegar algunas conciencias inquietas, mientras la destrucción causada por el productivismo/ consumismo sigue desplegándose a gran escala). B) Sin reducir drásticamente la movilidad motorizada, no hay manera de que encajen las piezas del rompecabezas de la transición energética (el grueso del consumo energético no eléctrico mueve los motores de nuestros insostenibles sistemas de transporte). C) Las energías renovables no pueden proporcionar el sobreconsumo energético que hoy nos parece “normal”, aunque sí podrían abastecer a una sociedad que hubiese aprendido lo que significan suficiencia y eficiencia en el consumo energético (reduciéndolo a una décima parte aproximadamente del actual).

En definitiva, Gorona del Viento es una buena iniciativa (aunque mucho más modesta de lo que la propaganda mediática quiere hacer creer) que llega con tres decenios de retraso. Y para proporcionar a largo plazo la base energética de una sociedad sustentable (en una pequeña isla, en este caso), esta CHE requeriría un marco político –poscapitalista y ecosocialista— y un marco moral –de autocontención— que estamos muy lejos de haber construido. Y que por desgracia queda muy lejos del “sentido común” que hoy por hoy siguen cultivando las mayorías sociales.

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Las trompetas, las campanas, por Juan Gaitán

La Opinión de Málaga, 10.11.2016

Como ya se vio en otro tiempo, la mayoría prefiere cambiar libertad por seguridad.

El mundo se está convirtiendo en un extraño lugar donde ocurren cosas absurdas», dice mi amiga Beatriz Russo, una poeta que pone luz en todo lo que toca, y lo hace siempre con elegante dulzura.

Seguramente Beatriz tiene razón, pero a mí me da la impresión de que así ha sido siempre, de que el mundo «fue y será una porquería», por citar otra vez más a Enrique Santos Discépolo, solo que a veces se nos va un poco la mano y metemos la pata.

La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas ha desatado una miríada de opiniones, las más de las veces en contra de ese tipo soez, con pinta de matón de patio de recreo, ufano y pendenciero. Ha sido como si sonaran las trompetas del Apocalipsis (podría haber puesto las «trump-etas», pero me pareció facilón), y como si ya viésemos a Trump galopar sobre el rojo caballo de la guerra. Es fácil la comparación con las circunstancias que llevaron a Hitler al poder, también desde las urnas cebadas por una clase media asustada, preocupada por su futuro y por su estilo de vida. Podríamos estar de nuevo ante la misma encrucijada, solo que esta vez parece fruto de la planificación y no del albur de los tiempos. Una sociedad cada vez más embrutecida a base de planes de estudio que nos dirigen a ser buenos para producir e inútiles para el pensamiento crítico sin duda acabará eligiendo al patrón como jefe, porque serán incapaces de reconocer a ningún otro. Y la situación se complica cuando esa masa votante ha de elegir sumida en una situación de incertidumbre, de terrorismo, de recesión económica. Como ya se vio en otro tiempo, la mayoría prefiere cambiar libertad por seguridad, o al menos por una falsa ilusión de seguridad. Cuando el rebaño se siente amenazado, acaba siempre agrupándose en torno al perro.

 Tengo la amarga certeza de que estamos al final del modelo occidental, en el fin de nuestro mundo. El capitalismo se prepara para un estertor violento, es evidente, y nosotros estamos contribuyendo a ello con el «democrático» poder para decidir entre lo malo y lo peor, que es en realidad el margen que se nos ofrece. Tratamos de salvar lo que posiblemente ya es insalvable, un modelo económico y social basado en la explotación del hombre y de los recursos del planeta, alejándonos cada vez más del Humanismo y la racionalidad.

Es evidente que han sonado las trompetas, que no van a dejar de sonar. Como recomendaba John Donne, no preguntes por quién doblan las campanas. Están doblando por ti.

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El año que vivimos provisionalmente, por Antonio Soler

Sur, 29.12.16.

La vida, como a cada paso nos recuerdan los poetas, es pura provisionalidad. Pero este año la administración española se ha puesto lírica y ha querido recordárnoslo en todo momento. Hemos atravesado 2016 casi en su totalidad bajo la tutela de un Gobierno provisional que iba dejando ministros en la cuneta y adelgazaba sus funciones sin que pareciera que los cojinetes del Estado se resintieran. Quizás porque ya estaban lo suficientemente resentidos o porque de nuevo ha venido a demostrarse que ante la gran maquinaria del mundo todos somos prescindibles. Seguramente no había afán de tanta trascendencia entre la clase política y todo ha sido obra del azar. De hecho, ‘NO’ fue la palabra que sobrevoló nuestras cabezas la mayor parte del tiempo. Un monosílabo de poca enjundia filosófica y argumental. Ese fue el eslogan escueto y empecinado con el que Pedro Sánchez se fue a la tumba política por mucho que en estos días sus partidarios pretendan volver a montarlo en el famoso coche fantasma con el que iba a recorrer España como un Cid Campeador con porte de madelman.
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De Ceuta a Calais, los nuevos muros de la vergüenza, por Juan José Téllez

Público, 11.09.16

Quizá sonara en algún mp3 la vieja canción de Cohen: “Like a bird on the wire,/Like a drunk in a midnight choir/I have tried in my way to be free”. Como un pájaro en el alambre. Como un borracho en el coro de medianoche, yo he tratado de ser libre a lo largo de mi camino”. Como Sidi y como Youssouf, como Albert. Encaramados ayer a la valla de Ceuta. 60 personas al filo de la inexpugnable valla en la frontera de El Tarajal, durante horas.

Saltando la valla de Melilla.

Estoy cerca, quizá nos estuvieran diciendo con su gesto, antes de que los guardias llegaran a devolverles en frio o en caliente, según la ley que hizo la trama, promulgada por el piadoso ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, el martillo de herejes, soberanistas y sin papeles, el opusino que ahora quiere ser embajador en el Vaticano y que blanqueó dicha vulneración de los derechos civiles. Os estamos contemplando, nos estarían gritando en silencio, con ese gesto que tenía mucho de desesperación y de impotencia: ya vemos como vuestra crisis no impide sueldos multimillonarios en el Banco Mundial o los cochazos que van y vienen a la cercana Inspección Técnica de Vehículos, pero vuestra crisis mantiene once millones de hombres, mujeres y niños en situación irregular en lo que queda de la Unión Europea, sin derechos, sin deberes, sin nada, sin nadie. Como nosotros. A pesar de todo ello, rugirán ahora mientras las autoridades marroquíes les deportan, queremos cruzar de Guatepeor a Guatemala, del fuego a las ascuas. 250 saltaron la valla de Melilla hace una semana y las redes ardieron cuando Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, les llamó emprendedores: en buena parte, quienes llegan hasta allí no son otros que los mejores cerebros y los mejores cuerpos de un continente que está sufriendo un éxodo brutal, sin que Europa valore todo lo que podrían aportar a un sistema de valores que se va a pique, desde la seguridad social a las ideas.

Ayer intentaron cruzar más. Al menos, 263, calcula Helena Maleno, la periodista y activista de Caminando Fronteras, probablemente la española que más sepa de migraciones subsaharianas en la frontera del Estrecho. Ya ocurrió el 4 de junio en Benzú, la pequeña frontera cerrada, no demasiado lejos de Benyounes y de El Perejil, el islote donde se esconden los narcos y que protagonizó una absurda guerra fría entre España y Marruecos, hasta que los legionarios y los methanis se comieron el rebaño de cabras de una pobre viuda que terminó muriendo en la más absoluta de las miserias. Entonces lo intentaron 150, por el espigón, pero sólo nueve lograron llegar a Ceuta y entonar el “boza”, el mismo cántico de esperanza que repiten desde las cumbres metálicas a las que trepan.

El muro de Melilla

Tampoco es fácil cruzar el muro de Melilla, con su cuarta valla y un foso: a la oficina de solicitud de refugio que han instalado allí sólo pueden acceder los sirios, libios o eritreos y, en cualquier caso, untando bajo cuerda a la gendarmería. Hasta allí no pueden llegar los sudaneses, los nigerianos, los malienses, los congoleños, por más que vengan de estados fallidos, de territorios plagados por piratas, por boko harams raptores de niñas, por el isis que reparte bombonas mortales a distancia junto a la catedral de Notre Dame, por tiranos de serie, títeres de las antiguas o de las nuevas potencias coloniales, o por al qaedas del Magreb islámico. Ni siquiera los marroquíes que pretenden acceder a la maltrecha Europa pueden intentarlo: las dificultades son de tal calibre en la zona del Estrecho que, a pesar de las numerosas embarcaciones y toys que han vuelto a llegar en las últimas horas a Andalucía, muchos jóvenes del vecino país tienen que intentar el salto a través de la remota Turquía.

Los árabes y bereberes que sufren el racismo europeo también han aprendido a ejercer de xenófobos. No ha servido de mucho la campaña de regularización de inmigrantes clandestinos que se llevó a cabo en Marruecos en 2014: apenas veinte mil para una población flotante muy superior que apenas pudo acceder a dicha alternativa.

Ahora, en los auriculares, quizá suene Another brick in the Wall. Es difícil, Pink Floyd, abrir una brecha en los muros de Melilla y de Ceuta. Eso sí, disponen de una tupida concertina que no logra ahuyentar a quienes vienen siendo acuchillados por su propio destino desde que eran niños: se instalaron en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, pero su mismo gobierno las retiró al comprobar que no eran tan inofensivas como años después, cuando el PP volvió a instalarlas, proclamaba un portavoz de su empresa fabricante, European Security Fencing (ESF), quien llegó a asegurar que la misión de sus cuchillas no era la de cortar sino brindar un simple “efecto psicológico y visual de que hay unos filamentos que si accedes te puedes hacer daño”.

Ante las vallas fronterizas o frente al muro húmedo del mar, Ceuta y Melilla se han convertido en “Centros de selección a cielo abierto a las puertas de Africa”. Ese es el título de un informe publicado en julio de este año por las organizaciones Migreurop, La Cimade, el Grupo Antirracista de Acompañamiento y Defensa de los Extranjeros y Migrantes (GADEM) y la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA). En sus páginas, puede leerse como tras la campaña de regularización, en febrero de 2015, las redadas se multiplicaron, no sólo en las inmediaciones del monte Gurugú en Melilla. Al sur del país, se establecieron dieciocho centros de retención en donde fueron hacinado los detenidos, entre ellos menores, mujeres embarazadas o peticionarios de asilo.

El documento recoge datos especialmente atroces sobre dicho perímetro fronterizo, según testimonios reales de la Guardia Civil de Melilla: “Cuando la gran inmigración llegó, un poco antes de 2005, se instaló un obstáculo: una doble valla de tres metros con cuchillas, pero los migrantes las rompían cada día”. Después la altura se dobló a seis metros. En 2007 se procedió a retirar las cuchillas, ante la gravedad de las heridas que provocaban. Y se construyó la tercera valla. En 2013 se instalaron nuevamente las cuchillas, pero las personas inmigrantes continuaban la lucha por franquear el vallado”.

Una simple muralla de metal no sirve: “Como son verdadero atletas, han logrado pasar las tres vallas en un minuto; se decidió entonces instalar una malla ‘antitrepa’, que no deja pasar los dedos”, aseguran los portavoces de la Benemérita. Frente a ello, los candidatos a cruzar “inventaron herramientas para escalar la barrera, como ganchos en las manos o zapatillas de deporte con tornillos incrustados en la suela”. Frente a ello, las autoridades españolas utilizaron “una placa micro-perforada que sólo deja pasar el aire y fue colocada en los lugares más vulnerables”.

Los muros del continente

El Imagine all the people de John Lennon ya no mola. Ceuta y Melilla las experiencias piloto por las que se han guiado otros países a la hora de construir vallas similares. Viktor Orban, el primer ministro de Hungría, es muy fan de estos procedimientos y ha incrementado las exportaciones de concertina, hasta allí, de la empresa malagueña Mora. Tras la construcción hace unos meses, de una tupida valla contra los refugiados en las fronteras de Serbia y de Croacia, ahora prepara una segunda también en el sur del país.

Ajeno a la historia emigrante de su propia nación, a Orban no se le arruga el entrecejo al proclamar que existe «una correlación entre la migración y el terrorismo» cuando la mayoría de actos terroristas relacionados con el yihadismo en la Unión Europea, han sido cometidos por europeos fanatizados, que ya estaban aquí mucho antes de que empezara la formidable matanza que sufre Siria.

Los muros de Orban no son sólo físicos sino ideológicos: el 2 de octubre ha convocado un referéndum contra los planes de la Unión Europea para reubicar cupos de refugiados en los países miembros y prepara la contratación de 3.000 cazadores de frontera, mientras la justicia de su país enjuicia por vandalismo a la reportera de televisión que pateó a los refugiados en unas imágenes que dieron la vuelta al mundo pero cuyo gesto puede considerarse incluso caritativo si se tiene en cuenta la política del gobierno.

No está sólo Orban en el levantamiento de esos nuevos muros de la vergüenza: si el de Berlín fue construido en 1961 por la dictadura comunista para evitar que salieran del país sus disidentes, los que se erigen ahora en distintos puntos de Europa, están siendo levantados por la dictadura del capitalismo para que el tercer mundo no pueda salir de su miseria.

Esta semana el gobierno británico, a través de su secretario de Estado de Inmigración, Robert Goodwill –un apellido que puede traducirse al español como “Buena voluntad”– ha anunciado la construcción de un muro en el norte del puerto francés de Calais, para frenar a los inmigrantes que busquen cruzar el canal de la Mancha. Hacinados en un vertedero al que llaman La Jungla y que el gobierno francés habilitó como centro de acogida en enero de 2015, ahora alberga a casi nueve mil personas, aunque las autoridades ya han prometido clausurarlo. Algunos llegan a saltar a la carretera y abordan a los automóviles para que les llevan hacia el otro lado: el nuevo muro, de un kilómetro de largo, ocho metros de altura y cemento resbaladizo, pretenderá impedirlo. Eso sí, será adornado con flores y motivos vegetales para que el impacto visual no desagrade a los automovilistas. Visto lo visto, el Gobierno de Theresa May no sólo sigue adelante con el Brexit de la Unión Europea sino con el Brexit de los derechos civiles.

Hay muchos otros muros en Europea, que no suelen llamar tanto la atención informativa. Por ejemplo, el muro de trece kilómetros que separa Belfast de Irlanda y que, a pesar de los acuerdos de paz de 1998, sigue en pie desde 1969, como un ghetto católico frente a los protestantes. ¿Qué decir del muro entre Austria e Italia, entre Macedonia y Grecia, entre Bulgaria y Turquía? Un muro de doscientos kilómetros al que eufemísticamente llaman “línea verde” divide la zona griega de la turca en Chipre, atravesando la ciudad de Nicosia.

De Gaza al Sáhara

Al muro que separa Israel de la franja de Gaza, se sumará ahora una barrera subterránea destinada a bloquear los túneles realizados por los palestinos, para intentar burlar los check points de superficie, aunque suelen reservarse para acciones armadas y no para las idas y venidas habituales de trabajadores o empresarios, cuyos movimientos restringe cada vez más el gobierno de Tel Aviv: se trataría de la mayor cárcel al aire libre del mundo, según describe con acierto la propaganda palestina.

En la actualidad, Gaza está cercada por la marina israelí y vigilada por globos estáticos y drones. Además, hay un muro en la frontera con Egipto y una alambrada en la parte colindante con los territorios ocupados en 1948. Ahora, se pretende llevar a cabo las obras del muro subterráneo, pero otro se extenderá también a lo largo de 96 kilómetros de la frontera sur, con un coste superior a 500 millones de euros.

Mucha mayor extensión presentan los ocho muros defensivos que Marruecos estableció en el Sahara occidental, con una longitud superior a 2720 kilómetros: todo un parque temático de búnkeres, campos de minas y vallas, con la intención explícita de que los polisarios no regresen a su país, del que tuvieron que exiliarse hasta la hamada argelina en 1975.

El muro de Trump

Estados Unidos tampoco podía permanecer ajeno a la moda de los muros, como pretende Donald Trump, el candidato republicano a la Casa Blanca, que se encargó de hacer circular la especie de que iba a construir uno en la frontera sur y que, además, iba a pagarlo México. Nadie entiende aún por qué el presidente mexicano Enrique Peña Nieto llegó a recibirlo oficialmente, pero, como en la canción de Kiko Veneno y de Chico Ocaña, entre el excéntrico multimillonario y el voto latino ha empezado a crecer un muro de metacrilato que puede impedirle el sueño de Washington. O, mejor dicho, la pesadilla, para todo aquellos que no apreciamos la probable belleza de los muros ni que, como diría un cantable que popularizó Rosa León, con tantas rayas y puntos, en la nueva cartografía de la tierra, el mapa parece un telegrama: ¿qué nos estará intentando decir su clave en morse?

Quizá, como el informe hecho público por Unicef hace unos días, que la mayor parte de los refugiados son niños y niñas. Alrededor de cincuenta millones viven actualmente lejos de su lugar de origen, desarraigados y a veces perdidos de su familias. Como Aylan Kurdi, el niño muerto hace justo un año en aguas del mediterráneo y cuyo cuerpo arrojó el mar hasta una playa turca. En aquel momento, aquella fotografía llegó a derribar un muro, el de la conciencia de Angela Merker, la canciller alemana. Su plan de acogida a los refugiados duró poco. Y a pesar de ello, su partido acaba de ser desbancado en la región de Mecklemburgo-Pomerania Occidental por un partido populista de extrema derecha denominado Alternativa para Alemania. Ese otro muro que empieza a levantarse en Europa cuenta con los ladrillos de los votos ciudadanos y con la estricta argamasa de la ignorancia y del miedo.

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Volver a Macondo, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 05.02.2017.

Perfeccionista y supersticioso. Así se definía el maestro de lo real y de lo maravilloso. El periodista con una ética a toda prueba, capaz de reconstruir el esqueleto entero de un dinosaurio a partir de una vértebra. Y el escritor que nos enseñó la existencia de realidades que se cruzan en un poblado donde coexisten los vivos y los muertos, y sus fantasmas. Aquel Macondo donde lo prodigioso y lo humano, lo heroico y lo vulgar, enlazan siete generaciones de una saga épica de tiempo barroco, desde sus orígenes hasta su destrucción. El territorio de la familia Buendía que cumple cincuenta años de insomnio. Igual que el tiempo de la peste que recorre una parte de su historia antes de transformarse en la peste del olvido de la que sólo tiene el antídoto Melquíades, brújula del conocimiento de José Arcadio Buendía, los dos protagonistas fundacionales, junto con Úrsula Iguarán, de Cien años de soledad. Nunca he dudado que de ese misterioso y sublime personaje gitano, que regresa de la muerte porque no soporta su soledad, le venía a García Márquez su rechazo al mal gusto de una palabra porque atrae la mala suerte. Igual que su fascinación por el lenguaje como designación de las cosas, como representación de la realidad, como versiones de una misma historia, como presagio de lo milagroso y creación de lo mágico dando lugar a lo mítico y legendario.

Pocas veces una novela es tanto. Cada cual tendrá su arcón de lecturas predilectas, los abracadabras que le franquearon vivir otras vidas y los mundos en los que aprender a ser lo que se sueña con palabras. Pero casi ninguno de esos arcanos impresos te enseña a leer una novela como el árbol genealógico de una familia -en el que cada rama de su ADN tiene su historia y su presagio- que representa todas las posibilidades de la naturaleza humana y el encantamiento de un universo habitado por fuerzas sobrenaturales y miedos atávicos -lo mismo que en las tragedias clásicas y su eco en las obras de Shakespeare-. No sólo la nieve como descubrimiento mágico en la mirada de un niño nos embriagó en su lectura, porque son muchos los maravillosos episodios que pespunta la imaginación iluminada de sucesos como el del ramillete de mariposas que persigue a Mauricio Babilonia enamorado, o el de Remedios la Bella elevándose en el aire mientras dobla sábanas de bramante con Amaranta y se pierden con ella para siempre «en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria».

El tiempo no perdona el eco de muchas lecturas y, salvando a los clásicos en los que no es difícil encontrar un nuevo hallazgo que nos alimenta el conocimiento y el diálogo con la vida, lo normal es que aquellas novelas del embrujo juvenil o del boom de su argumento entre nosotros se nos caigan de las manos como tristezas del otoño o pretéritos de un destello convertido en polvo. A Cien años de soledad no le ocurre esa quiebra de su espejismo. Al releerla me acordaba de muy pocas cosas pero recordaba todo. El espíritu de sus historias, la hojarasca de sus personajes, el esoterismo y policromía emocional de su atmósfera, se despertaron enseguida y no tardé en adentrarme en Macondo con la felicidad de un niño que corre descalzo por la jungla de la aventura.

Es lo que tiene Cien años de soledad: el síndrome del encantamiento. 50 años después de su fundación, Macondo es, como dice el escritor argentino Rodrigo Fresán, el suburbio tropical de la Yoknapatawpha de Faulkner pero con un idioma que contiene un remolino de historias fantásticas y perfumes de la Aracataca de la infancia del autor, el eco de los relatos de su abuela Tranquilina Iguarán y las cicatrices de gesta del abuelo Nicolás Márquez, sobreviviente a la guerra de los Mil días, y que de repente maduraron, a bordo de un coche en una carretera mexicana de Cuernavaca, en un chispazo de literatura con una gran potencia viral que produce euforia y hechizo. Lo mismo en un lector ucraniano que de Sudáfrica, en un judío neoyorkino que en un árabe afincado en Londres. Un éxito debido en gran parte a la habilidad con la que el escribidor colombiano conjuga en sus páginas la figura del narrador omnisciente de la novela decimonónica, la voz del cuentista de la tradición oral y el registro del cronista de Historia para crear un mapa narrativo de la épica de la vida y la magia de lo cotidiano en el que se borran las fronteras entre lo real y lo fantástico.

En Tras las claves de Melquíades, Eligio García Márquez –hermano menor de Gabo- recuerda que sólo en la primera semana de publicada se vendieron 1.800 ejemplares de la novela y esa cifra se triplicaría a la semana siguiente hasta alcanzar los 8.000 ejemplares agotados en tres semanas. Hoy día son más de 50 millones traducidos a 25 idiomas. Jamás lo soñó aquel niño, ensimismado aprendiz de los cuentos familiares -como casi todos los piratas de infancia que mudan luego en escritores- educado en un suburbio de Bogotá, que abandonó sus estudios de Derecho para ser periodista en Cartagena, Barranquilla y Bogotá y marcharse a Europa como corresponsal de El Espectador y alternar el oficio que tanto amó canjeando botellas en París por efectivo y en Roma con los estudios de cine experimental antes de marcharse a la Habana y montar la agencia de noticias Prensa Latina con la que se mudó en 1961 a Nueva York. Era en México donde le aguardaba el destino: la confección de una novela febril, ahumada en cigarrillos, amarrada a la realidad por el trabajo de su esposa Mercedes Barcha -siempre hay una mujer en la sombra autista de los artistas y su abstracción de las necesidades mundanas-, y de la que sólo voló la mitad a la editorial Argentina porque carecían de los 82 pesos que costaba enviar el peso de todo el manuscrito, nacido de la imprenta el 30 mayo de 1967. Muy pocos han visto de cerca, no el original que destruyó su autor, sino las galeradas en las que caligrafió 1.026 correcciones. Su trazo que suprime y añade frases, sustituye palabras, reordena juegos de lenguaje, pule, despeja, purifica el texto y lo completa. Cuánto disfrutaríamos comentándolo en taller mis aplicados y brillantes alumnos de Paréntesis.

Cincuenta años no envejecen la literatura del Nobel. Viven espléndidos El otoño del patriarca, El coronel no tiene quien le escriba y Los funerales de la mamá grande, veneros magistrales que desembocan en aquella prodigiosa soledad de cien años que perdura como novela leída por distintas generaciones. Nadie acierta a explicar muy bien porqué. «Por la construcción de un pasado ilusorio, mítico y épico» como dice Héctor Abad Faciolince; «porque plantea la historia del nacimiento del mundo, y del hombre que en ese mundo nos interesa y nos conmueve», según defiende Santiago Gamboa o debido a que, como afirmó Neruda, Cien años de soledad es el Don Quijote del sur global. La cuestión es que van a festejar su efeméride en su tierra merecidamente. Jornadas de lecturas en la Fundación para el Nuevo periodismo en Cartagena; conversaciones en Caracol Radio con la participación de expertos como Erna von der Walde y el escritor Alfonso Sánchez Baute; con recreaciones de varios de sus capítulos en Aracataca, donde el auditorio de la Casa Museo Gabriel García Márquez acogerá encuentros de historias contadas por adultos y con la programación de la XII edición del Hay Festival 2017 entre otros.

Nuestra mejor manera de cumplir con su fiesta es leyendo de nuevo esta obra maestra en la que García Márquez nos enseñó que la vida no es como uno la vivió, sino como uno lo recuerda y cómo la recuerda para contarla.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Voyeur, por Ángel Valencia

La Opinión de Málaga, 04.02.2017.

Un elegante y delgado caballero, de esos que todavía usan ternos clásicos con chaleco hechos a medida y sombrero, probablemente un Stetson, y de esos pocos a los que chalecos y sombreros sientan bien, nos cuenta una historia sorprendente, la de un voyeur. Dicho así, podría suscitar esa inquietante sensación que nos produce el acercamiento a los límites de lo obsceno. Pero no se equivoquen, Gay Talese es el que nos cuenta la historia, el dandy de los escritores de no ficción y uno de los fundadores del nuevo periodismo. Su libro, El motel del voyeur (Alfaguara, Madrid, 2017) constituye la historia de un hombre corriente, Gerarld Foos, un americano medio, casado, padre de dos hijos y propietario de un motel, al que convierte en observatorio de la vida sexual de sus clientes sin su consentimiento y en el tapiz de una mirada que no se conforma con el momento erótico que surge de la expectativa y de la presencia, sino que desea permanencia y, de algún modo, reivindicación de la experiencia propia, un espacio intermedio entre el mirón morboso, el sexólogo aficionado con pretensiones y el historiador social y por ello, surge un diario que recoge las historias de quince años de voyeurismo. De la experiencia a la trascendencia, ese es paso que da lugar a esta historia, evidentemente, en el marco de una personalidad contradictoria.

Talese tiene el enorme talento de convertir un tema fronterizo entre lo prohibido y lo turbio, en una manifestación más de la vida, esa oculta pero no por ello desconocida, obscenidad cotidiana que la rodea. La razón es que es un escritor en el que lo importante es la historia y su manera de contarla, señalando signos de una época que permiten entender el mundo que vivimos pero dejando libre al lector para que interprete cómo desee el mundo talesiano. Si La mujer de tu prójimo constituyó la particular visión de Talese de la revolución sexual en Estados Unidos, El motel del voyeur, que surge cuando estaba a punto de publicarse el primero, es el último capítulo del gran fresco sobre la sexualidad en Estados Unidos escrito desde el gran periodismo. Puede que Foos nos parezca entrañable en algún momento, repelente a ratos, egocéntrico en muchos y, desde luego, un voyeur épico, con método casi científico y pretensiones de un avezado Masters y Johnson. Sin embargo, en una historia perturbadora en el que los límites entre la intimidad vista y un consentimiento inexistente, cada uno juzgará a Foos con los matices que quiera pero, desde luego, como ese hombre corriente que participa de la obscenidad cotidiana de la vida que todos sabemos que existe.

Talese no juzga, simplemente narra. Juvenal Soto le define acertadamente como un escritor-narrador en su último libro: “El escritor suele ser un tipo con ínfulas de más allá; es decir, alguien que pretende, a costa de los lectores y de lo no sólo estrictamente literario, trascender la literatura para conseguir un fin, llámese recado, corolario o como prefieran. El verdadero narrador cuenta historias y, además, las cuenta con los mejores utensilios de la literatura. Su recado y su corolario son su propia narración, alejada, o no, de las torres de marfil y de las artes por el arte. Será el lector quien elabore sus propias conclusiones aunque no sea un requisito indispensable. Más difícil aún resulta encontrar un híbrido de escritor-narrador que comparta los caracteres de ambos prototipos y los aúne en un ente superior de los dos. GT puede que sea ese híbrido”.

Talese nos deslumbró con su retrato de personajes americanos pero sin olvidar los desconocidos y los perdedores y, desde luego, sus orígenes, la mafia y su vida como escritor. A través de sus páginas deseamos ser más de una vez Frank Sinatra, comprendimos lo difícil que era ser Floyd Paterson y deseamos ir a ese Nueva York a cenar a los restaurantes con los que planeaba escribir un libro. Y nos damos cuentas que aparte de una crónica de Nueva York y de la América de su tiempo. Su último libro no es sólo un retrato de esos personajes desconocidos es una metáfora de la América y del mundo de hoy, porque al fin y al cabo ¿No somos voyeurs de Trump? Alguien que está acabando con todo lo que de noble tenía la política y nos hace vivir la política en el límite de una obscenidad casi cotidiana. Pero dejemos la política por un día. Si me permiten, concéntrese en el Talese que me hizo querer ser como un Frank Sinatra resfriado.

Ángel Valencia es un Catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Málaga.

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Magia, por Antonio Soler

Ayer, en Málaga, 52 inmigrantes subsaharianos fueron puestos en libertad a causa de la falta de plazas en los centros de acogida. Otros 52 seguirán pronto sus pasos ante la petición del Ministerio de Interior a la Cruz Roja de que se haga cargo de ellos. Un verdadera cabalgata. Una peregrinación que llega a nuestra costa dejando un rastro de ahogados que siguen el dudoso fulgor de la estrella europea. No vienen a adorar nuestra presunta riqueza sino huyendo de algo que por suerte desconocemos en su verdadera dimensión. La miseria en estado puro. El oro, el incienso y la mirra que buscan es el de la supervivencia, la oportunidad de vivir. Un trabajo precario, unos años de pobreza y la esperanza de tener en un día remoto un pasaporte con el emblema de la Unión Europea.

Con todo, a los miembros de estas últimas oleadas les ha sonreído la fortuna. Los mandamientos judiciales que en condiciones normales los obligarían a ser retenidos durante uno o dos meses no se cumplirán gracias al overbooking de los centros de acogida. La policía teme el efecto llamada que esta circunstancia pueda causar. La peregrinación orientada hacia nuestras costas, donde aquel que consiga salvar la vida en el viaje podrá adentrarse a sus anchas en suelo occidental y medrar en este incierto paraíso en el que vivimos. Las almas prudentes se empiezan a sobrecoger. La miseria no puede traer nada bueno. Delincuencia, enfermedades, terrorismo. El español es un pueblo que suele demostrar su espíritu solidario ante los desastres. Quizás porque no hace tanto tiempo éramos nosotros quienes cruzábamos las fronteras a pie, huyendo de la represión y la muerte, o, un poco más cerca, con maletas de cartón repletas de chorizos y ropa recosida camino de Alemania o Suiza.

Ahora hemos cambiado los chorizos por un título universitario. Es la nueva versión de la diáspora. Un drama, pero con los bordes limados frente al verdadero drama de quienes se ahogan un poco más allá de donde tomamos los espetos. Para muchos esta noche llegan los reyes magos de Oriente a un portal humilde. La magia ha alcanzado cotas tan altas como para transformar ese acto de recogimiento en un enorme monumento al consumo y a la fiesta, aquí focalizado en la calle Larios. De todos los rincones de la región acuden los peregrinos a ver el espectáculo de luz y sonido. La estrella errante ha ido a posarse sobre una calle comercial escoltada por macetones y policías que recuerdan la precariedad en la que se asienta nuestra tumultuosa existencia. Luz, alegría, caramelos en el aire, camiones asesinos y mártires forrados de explosivos. Mal haríamos en relacionar a los desgraciados de las pateras con los terroristas y entregarnos al populismo ultraconservador que campa por el corazón de Europa, inútilmente empeñado en hacer retroceder las manecillas del reloj de la Historia. Es el momento de una solidaridad menos aparatosa, sin terremotos ni catástrofes naturales. Sin otra plaga que esa que nosotros, o nuestros enviados, hemos creado.

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No aprendemos de la historia, por Juan Antonio Fernández Arévalo

El día 29 de septiembre de 1938, el primer ministro británico, A. Neville Chamberlain, su homólogo francés, Édouard Daladier, y los dictadores italiano y alemán, Benito Mussolini y Adolf Hitler, firmaron los acuerdos de Münich, por los cuales la región de los Sudetes, que pertenecía a Checoslovaquia, pasaría a manos de Alemania, alegándose que la mayoría de la población era de origen germano.

Estos acuerdos o pacto de Münich se pueden encuadrar en una política de “apaciguamiento” por parte de Gran Bretaña y Francia, con el objetivo de salvar la paz en Europa. Era una concesión más a la política desenfrenada de un psicópata que había alcanzado el poder en unas elecciones democráticas. La Alemania culta y desarrollada, impulsada quizás por la crisis económica y por el impacto del ignominioso tratado de Versalles, había depositado su confianza en un personaje peligrosísimo para la democracia y la paz mundial, como se demostraría tan solo un año después del pacto a que nos referimos.

Con circunstancias distintas, como casi siempre sucede en la historia, en estos momentos, otro psicópata, con muchas afinidades al Hitler de 1938, ocupa la presidencia de la primera potencia militar y económica del mundo, con el voto de una buena parte de estadounidenses.

Ya tuve ocasión de escribir, más o menos acertadamente, varios artículos con un título en el que me reafirmo: “La rebelión de los necios: ¿un nuevo fascismo?” Hoy mantendría el título eliminando la interrogación.

Creo que son demasiado conocidas las medidas, declaraciones, amenazas y actitud de este personaje, por lo que les evito las repeticiones.

Mis reflexiones van en el camino de las razones dadas en el pacto de Münich por las principales naciones democráticas, que entonces eran Gran Bretaña y Francia. Creo ahora que, como en 1938, ni los políticos, ni los partidos democráticos, ni una buena parte de la población europea civilizada y desarrollada, están a la altura de las circunstancias.

El humillante desprecio hacia México y, en general, hacia todos los países hispanos; la revisión o anulación de pactos comerciales, militares o de cooperación entre naciones; las expresiones sobre la idoneidad de la tortura y la eliminación de derechos humanos, entre otras consideraciones, no han tenido la respuesta contundente que hubiera sido de desear por parte de los gobiernos de los principales países europeos e hispanoamericanos. A veces pienso que algunos gobernantes pudieran estar de acuerdo, aunque también comprendo que la mayoría estén atenazados por el miedo a enfrentarse con el desafiante, chulesco y prepotente presidente de los Estados Unidos; sin embargo, no se les puede eximir de su responsabilidad. Como antaño, la dignidad de Europa se tambalea sin que sus líderes sean suficientemente conscientes del peligro que nos amenaza. Menos mal que los dirigentes de las principales ciudades norteamericanas (Nueva York, Los Ángeles, Chicago), unos cuantos periódicos, encabezados por el Washington Post y el New York Times, y algunos actores, con el valiente ejemplo de Meryl Streep, han alzado la voz contra este torbellino de maldad. Pero eso es poco, muy poco, para detener esta espiral fascista, que no se reduce a Estados Unidos sino que se extiende hacia las democracias más consolidadas de Europa (Austria, Holanda, Francia, Gran Bretaña…).

Posiblemente, pueda pensarse que es exagerada la comparación de Trump con Hitler, pero yo no me fiaría demasiado porque los hechos que pueden desencadenarse tras las medidas retadoras y violentas del incalificable magnate norteamericano son imprevisibles, como lo fueron las de entonces.

Una vez más la ignorancia de la historia la pagaremos todos.

Cartagena, 28 de enero de 2017 (Juan Antonio Fernández Arévalo).

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Guillermo Busutil y Pedro Luis Gómez, Medalla de Honor del Periodista

La Opinión de Málaga, 21.12.2016.

La Asociación de la Prensa de Málaga aprobó el martes la concesión de la Medalla de Honor del Periodista a Guillermo Busutil y a Pedro Luis Gómez, que se entregará tradicionalmente el 24 de enero coincidiendo con la celebración del día de Patrón, San Francisco de Sales.

La Asociación de la Prensa de Málaga ha querido reconocer la trayectoria profesional del periodista y escritor de éxito, Guillermo Busutil, actualmente director de la prestigiosa revista de ámbito nacional Mercurio de la Fundación José Manuel Lara y colaborador en las páginas de Opinión y como crítico literario en La Opinión de Málaga. Busutil, con más de 30 años de experiencia en la profesión, pasando por El Diario de Granada, La Gaceta de Málaga, El Sol, El Observador de la Actualidad de Barcelona, Onda Cero, El Mundo, entre otros. Además, cuenta con varios premios nacionales, como el recientemente concedido de Francisco de Rojas o el Unicaja. Eso sin contar con una dilatada experiencia como escritor de relatos breves, sobre los que ya cuenta con varias publicaciones, como ‘Vidas prometidas’.

El conocido periodista Pedro Luis Gómez será también galardonado este año en reconocimiento a su larga y premiada carrera profesional de casi cuatro décadas ligada a Diario Sur, donde actualmente es director de Publicaciones. Pedro Luis Gómez se ha convertido en una referencia en el sector turístico y cofrade, siendo además pregonero de la Semana Santa de 1993.

 La Asociación de la Prensa de Málaga instituye, a efectos honoríficos y como condecoración especial, la Medalla de Honor del Periodista, para el reconocimiento de los periodistas que se hayan distinguido en el ejercicio del periodismo conjuntamente poniendo de manifiesto su entrega, colaboración o cooperación en favor del ejercicio del periodismo y de la misma Asociación que agrupa a los profesionales, especialmente en la provincia de Málaga.
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La fe ciega (en Trump o el obispo), Cordópolis

27/01/2017

Poco antes de morir, Zygmunt Bauman decía sobre Donald Trump que era “con mucho, el más popular de los candidatos republicanos a la presidencia de los Estados Unidos, un hombre con un largo historial (en aumento constante, además) de siniestra retórica de odio racial y religioso, de invectivas formuladas en forma de nosotros contra ellos y de negativas a denunciar el lenguaje lleno de odio de algunos de sus partidarios” y coincidía con la calificación de Enma Roller, articulista de opinión de The New York Times, como “el candidato perfecto para esta era viral nuestra”. Tenía tanta razón que acabó ganando las elecciones. Pero no ganó la calle, sino las casas. No ganó las conciencias, sino las inconsciencias. No ganó la racionalidad, sino la fe.

En tiempos de incertidumbre, en tiempos de miedo, la gente se refugia en las certezas y en la manada. Y quienes lo saben, utilizan los púlpitos y los altares para sembrar dudas y pánico. La gasolina de la que se alimenta el poder. Poco importa que sea político, económico o religioso. La misma cosa a fin de cuentas. La sociedad se animaliza y acata lo que dice quien la protege, generando una verdad paralela que nadie se atreve a cuestionar. Aunque sea una mentira evidente, si proviene de quien defiende el nosotros, será que los otros mienten.

El filósofo polaco Zygmunt Bauman.

No hace mucho que el obispo de Córdoba dijo en una homilía que “ningún partido representa a los cristianos: todos han claudicado”. Recuerdo que entonces pregunté que cuántos cristianos se sienten representados por un personaje así. Y un feligrés me respondió que estaba equivocado, que no entendía, porque el obispo no era su representante sino su pastor. Y tenía razón. Yo estaba equivocado. Yo no entendía. Porque mi lógica es humana, democrática y racional. Pero la suya era divina, disciplinaria e irracional. En ningún momento cuestionará si lo que dice su pastor es verdad o mentira, conveniente o inconveniente, porque no es que tenga libertad de sumisión sino que sencillamente es sumiso porque no tiene libertad. Cuando el obispo de Córdoba habla no se dirige a la sociedad entera, no le importa que científicos desmoten sus barbaridades, ni siquiera le importa mentir descaradamente cuando afirma que nunca tuvo la intención de cambiar el nombre a la Mezquita. Nos equivocamos. El obispo de Córdoba es el pastor y sus ovejas obedecen. Son los otros quienes están descarriados. Son los otros quienes mienten. Son los otros los enemigos. Porque son los otros. Ahora entiendo lo que se esconde detrás de la letanía “por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos señor, Dios nuestro”. Y me estremece. Aún más, cuando nuestros ministros juran su cargo para dejar claro que se someten a la ley divina por encima de las leyes humanas. Que no son representantes sino ovejas. Por más que el obispo de Córdoba diga a los suyos que les han traicionado.

Estoy cansado de repetir que no odio a nadie. Estoy cansado de repetir mi respeto a todas las confesiones. Pero no importa. Es el otro quien me odia y quien no me respeta porque no asumo su fe ciega. Porque no formo parte de su nosotros. Precisamente yo que no lo considero otro porque no entiendo que deban existir muros entre las personas, no importa cual sea su identidad política, religiosa o sexual. Pero estamos perdiendo la batalla. Analizando las raíces del odio, Zygmunt Bauman cita a un psicólogo de la Universidad de Hawai que ha descubierto que los momentos que con más ansia se desean compartir de forma viral son aquellos que “vienen directamente del inconsciente” como el odio, el miedo o la ira. Y es eso lo que comparten las “almas solitarias” que se ponen ante la pantalla de un móvil, una tablet o un portátil, dónde solo hay unos otros “virales presentes”. Si queremos ganar esta batalla cultural de la que depende nuestro futuro, debemos hacer viral la democracia y el respeto a los derechos humanos para romper los muros con los que intentan separarnos. No somos manada, sino seres libres. No queremos caridad, sino justicia. No tenemos más dogma que la duda. Y sólo tememos a los que temen a la democracia.

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Trump, por Ángel Valencia

La Opinión de Málaga, 22.01.2017.

Una vez más y en política también, la ficción se ve superada por la realidad. Trump está siendo investido como nuevo presidente de los Estados Unidos, mientras escribo esta columna. Y como escribió Borges, «no nos une el amor sino el espanto». Con él, caminamos todavía entre la perplejidad del cómo fue posible que nos sucediera esto a la incertidumbre de cómo puede ser lo que nos está pasando y, sobre todo, lo que nos pasará. Si hay algo seguro con Trump es que no estamos seguros de nada de lo que diga ni de lo que haga. Un personaje tan excesivo, que dudamos que tenga la mínima prudencia exigible para poder ser capaz de tomar decisiones razonables en un cargo propio de esa responsabilidad.Podríamos pensar que, al contrario, es una expresión de esa saludable y vigorosa democracia norteamericana donde cualquiera puede ser presidente. En contra de lo que pudiera parecer a simple vista, ha roto también con ese estereotipo. Él es cualquier cosa menos cualquiera, y desde luego, nunca fue cómo los demás. Nada de un triunfador hecho así mismo gracias al sueño americano, al contrario, un hijo de papá consentido que se hizo multimillonario con todas las ventajas de su origen social y de su posición económica: un empresario inmobiliario, siempre al límite entre los casinos, los juicios y los escándalos sexuales. Un personaje de un egocentrismo desmedido que ha descubierto hace tiempo que nada mejor para expresar esa personalidad incontenible que la televisión y twitter. Alguien que como otros –Berlusconi en otro contexto- aprovechó un contexto favorable de descontento para desde su posición como empresario de éxito –y no político profesional- iba a hacer política de otra forma y restablecer el sueño americano. Y muchos le creyeron.

El problema de Trump es, precisamente, el enigma que esconde una personalidad excesiva. Para empezar ha nombrado a colaboradores muy afines a él, ideológicamente ultraconservadores y también muy cercanos al mundo empresarial. La primera duda es hasta qué punto se preservará la autonomía de la política de los intereses económicos, tanto del propio Trump como de su gobierno, así como de los grupos empresariales que hay detrás de ellos. En una palabra, un presidente y un gobierno acechado por los conflictos de intereses.

El segundo aspecto es el de unas políticas que constituyen un punto de ruptura con la presidencia de Obama: si hace lo que ha dicho, va a suponer un severo retroceso en política sanitaria, de inmigración y medioambiental. Es conocido su rechazo al Obamacare, su hostilidad a los inmigrantes y la idea del muro en la frontera con México y su tibieza con respecto al cambio climático. En política exterior ha manifestado una preferencia por Putin, un cierto desprecio por Merkel y se ha granjeado la impopularidad en China. En política económica la orientación será distinta también y está por ver si consigue sus objetivo Trump es un hombre reactivo y, profundamente, reaccionario porque busca instaurar un estado anterior al presente y, como tal, se opone a comprender lo que nos pasa. Quiere restaurar el sueño americano con un gobierno de millonarios como él con un giro claramente antisocial en algunas políticas públicas fundamentales, una política internacional errática y llena de gestos contradictorios y una política económica que está lejos de verse. Ante Trump, la preocupación por el enigma del futuro de su presidencia. Además, hay otra cuestión: ¿Será Trump, si tiene un mínimo éxito, el ejemplo de otros nuevos reaccionarios y de una clara derechización de la política, si bien, con otros estilos y en otros países? Es pronto para saberlo pero está claro que con Trump todos tenemos un problema.

Ángel Valencia es catedrático de Ciencia Política de la UMA.

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