La emoción y el gesto en Pablo Rodríguez Guy, por Antonio Abad

Rodríguez Guy es un pintor instalado en la no objetividad. Queremos decir que a lo largo de su obra prescinde de la representación del objeto (Malévich) y de toda imagen del mundo real.

Su propuesta, envuelta de un acusado existencialismo, porque para él la pintura es una pura manifestación del ser, propende necesariamente a la definición de un caos muy especifico de naturaleza emotiva. Esto le lleva a comprometerse con una plástica esencialmente abstraccionista, liberada de cualquier servidumbre de carácter figurativo, y a adoptar una mirada interior que le permita plasmar en cada uno de sus cuadros la otra realidad que esconde la realidad misma.

Estamos, pues, ante un arte que se ha dado en llamar art autre, un arte diferente, como muy bien lo definiera el crítico francés Michel Tapié. Dicho arte supone, en primer lugar, el principio de la exaltación del azar y, en segundo lugar, la constancia de un continuado arrebato lírico.

La obra, de este modo, se irá conformando a sí misma, se irá construyendo empujada por el devenir de los imprevisibles senderos que marcarán la aparición de las formas y los distintos espacios cromáticos de toda composición. Se trata, por tanto, de una pintura que hunde sus raíces en el automatismo más beligerante de los surrealistas pero que al mismo tiempo fluctúa entre lo dadá y el informalismo. En este sentido diremos que la introducción de los materiales más diversos en los soportes de sus cuadros –ya sean madera, lienzo o papel–, va a desempeñar, en muchos de los casos, un papel decisivo para conseguir toda una suerte de texturas y de calidades que buscan, desde la acentuación de lo matérico, cierto aire de carácter tridimensional y, por supuesto, la configuración de un mundo propio que al artista irá envolviendo de misticismo y rigor.

La espátula, la ralladura, el grattage sobre todo, junto a los empastes, los chorrreones, las roturas y todo tipo de materiales de deshecho (telas, cuerdas, maderas, papeles, chatarras…), vendrán a conformar toda una serie de composiciones que reivindica a la materia como elemento comunicativo ya que habrá sido creada por un impulso vital y un talante profundamente místico.

Como muy bien dice el propio pintor, “lo fundamental es que [las obras] tengan vigencias, que hayan sido vividas, con emociones sentidas intensamente y hasta con un cierto desgarro de pasión”. De ahn salida del subconscientestacianera espontigencias, que hayan sido vividas, con emociones sentidas intensamente y hasta con un í que aplique el color de manera espontánea, valorando cada gesto como una manifestación salida del subconsciente. Su pintura tiene precisamente en el gesto a su mejor aliado, ya que el gesto del artista es lo que configura verdaderamente la obra para que la materia aparezca con toda su crudeza.

Pintura eminentemente comprometida con la más pura esencia del informalismo español en esa secuencia continuada de los Tapies, Guinovart, Puig, Canogar… entre otros, bucea igualmente en determinadas signografías orientales.

Por último, cabe decir que Rodríguez Guy ha sabido desarrollar una depurada técnica aditiva a la hora de afrontar el grabado introduciendo, a partir del collagraph o la mixografía, un lenguaje no objetual lleno de ricos matices y acertadas texturas de alto relieve; sin olvidarnos, tampoco, de su atrevido acercamiento al body art (arte corporal) a través de una serie de acertadas y ocurrentes performances llevadas a cabo en distintos espacios expositivos.

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Los autónomos son de derechas, por Txema Martín

Sur, 11.04.17.

El titular de esta columna no es de mi autoría. Esta genialidad pertenece al diputado socialista y secretario provincial del PSOE malagueño, Miguel Ángel Heredia, que fue pronunciada en una clase magistral de fontanería frente a unos jóvenes militantes de los que desde aquí y ahora me compadezco. No sólo porque asuman que para triunfar en política tenga uno que curtirse obligatoriamente en esos arrabales de la moralidad que son las agrupaciones de los partidos, sino porque tomen como guía a alguien que ha sido catapultado después de haber hundido en Málaga a un partido que si se sostiene es por la buena voluntad de cambio de un puñado de socialistas más o menos arrinconados, y sobre todo de unos aguerridos votantes que continúan siéndolo pese al bochornoso espectáculo que este PSOE, que es el que Heredia representa, nos ofrece un día sí y otro también. Hay que reconocerle a Heredia no tiene un trabajo sencillo. Escurrirse en política de semejante manera implica una flexibilidad ideológica casi milagrosa, unas posturas imposibles que le valen el título de, posiblemente, el diputado socialista con peor prensa de nuestro país: «cuando digo que los autónomos son muy de derechas, me crujen». Pues claro que te crujen, Miguel Ángel. Si es que nos lo pones a huevo.

Más allá del desprecio a los trabajadores por cuenta propia, algo coherente viniendo de quien viene, o que se marque el farol de hablar con Toxo (y menudo farol) a Heredia hay que disculparle el improperio que le cascó a Margarita Robles por dos motivos. Primero, porque en esta tierra los insultos a menudo derraman su connotación hacia el cariño, y en definitiva aquí hay gente dispuesta a tildar de hija de puta a la madre que le parió. Y segundo, porque en el eslogan primitivo de «afíliate primero, hijaputa» reside la esencia misma de este socialismo subterráneo que no es apparatchik, sino aparatichi.

El protagonista de este relato no piensa dimitir, qué carajo: ¡cómo echar por tierra dos décadas viviendo de la política por decir lo que uno piensa! Eso sí, políticamente correcto, ha pedido disculpas por estas «desafortunadas declaraciones» fruto de un calentón, aunque lo que de verdad parece aquí desafortunado y caliente no es el pronunciamiento de este discurso, que cabe con holgura dentro de las fauces del aparatichi, sino que fuera grabado por uno de los suyos y posteriormente difundido para sonrojo de toda la militancia. Todo esto es como una versión pachanguera de House of cards (ya saben: la democracia está sobrevalorada) pero con alguna salvedad: Susana Díaz no se parece en nada a Robin Wright. Que Heredia y Antonio Hernando se proclamen líderes de la iniciativa política del socialismo en nuestro país sólo produce escalofríos. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que, si Susana Díaz gana, este señor puede llegar a ser ministro.

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Los bellos durmientes, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 16.04.2017.

Forastero o fantasma. Desde la esquina de los visillos una sombra te interroga. Sigilosa, casi invisible, como si no existiese, la mirada de la que se advierte su recelo y su roce cuando se regresa a un pueblo de la infancia o se inaugura un entorno de hermosa tristeza salvaje.
Calles, casas, piedras, naturalezas muertas de un bodegón de tiempo en blanco. Si se afina el oído se escucha el rastro de la culebra del silencio, el idilio de la brisa con la noche, el temblor de un fuego en cenizas dormido, la lluvia que se ausenta, se descuida y vuelve, la niebla que todo lo encubre borroso y lo reinventa. Qué maravillosos esos lugares en mansedumbre y con memoria sin cerradura, en los que reencontrase con los juegos que presagiaron un destino o donde imaginar la voz de una campana, el roce de los besos encomendándose al amor o al deseo, el aroma a fuego lento en la cocina y las figuras de los habitantes emprendiendo su lucha y su costumbre. Quién no conoce una de estas escenografías de recuerdos secos y con la vida convertida en una bella durmiente, con el nombre en óxido y olvido en madreselva. Pueblos que son una habitación sin nadie pero en los que siempre se escucha un murmullo de agua camuflada en verdes, un rumor de sombra espectador dentro y fuera del tiempo preguntándose a tu paso ¿fantasma o forastero?

Más de tres mil existen censados en el mapa rural de España, a punto de flamear en llamas, como el de Bonanza, uno de estos veranos en los que el lobo rojo del fuego enciende los rastrojos del abandono amontonado, la torpeza del hombre o la violencia de sus intenciones. El álbum de un país que languidece en sus mundos interiores y amarillentos por la sangría demográfica y el éxodo, a finales de los cincuenta y los sesenta, en trenes y autobuses en busca de un futuro en la ciudad y sus campos de extrarradio, fábrica y progreso en construcción. Atrás quedó el paisaje envejecido y en despoblación. En muchas de sus plazas o a pie de foto en la entrada o perspectiva de postal de paso estuvo Sergio del Molino durante su trabajo de campo por las aldeas deshabitadas de una España vacía. Su crónica acerca de las soledades de un país patanegra con diáspora interior impulsada por el hambre, el dolor y la vieja cicatriz del arcaico feudalismo de los caciques. Una geografía de la España de atrás en cuyos escenarios sobreviven nudosos callaos humanos de voces intraducibles en su lacónica o superviviente sequedad. Otros sólo son una escenografía en venta en algunas de las páginas webs que ofertan pueblos a buen precio su resurrección. De los 3.500 contabilizados por el INE, unos 1.500 pueden ser adquiridos, aunque no llegan a 200 los que tienen los papeles en regla.

¿Cuánto cuesta un pueblo? Los hay por 62.000 euros en Pontevedra con seis edificaciones y manantial de agua; conjuntos rústicos de dos casas, 3 cobertizos y un hórreo cerca de Costa da Morte por 59.000 euros, y por 380.000 La Alameda, en la provincia de Segovia, con 1.800 metros de terreno, saneamiento y distribución de agua. También los hay por 15 millones con casas en mejor estado, rodeados de bosques y en zonas privilegiadas. La comunidad con más pueblos en venta es Galicia, con unos 35. Le siguen Lleida, Soria, León, Zaragoza y Teruel. Cada enclave tiene sus huellas románicas, la desgarradora herida de la guerra civil o sus leyendas paranormales. Y también esa belleza desmoronada que susurra a los objetivos de las cámaras fotográficas enamoradas de la locura y la decadencia. Umbralejo, Belchite, Ochate, son algunos de estos pueblos inconscientes en el tiempo y con la luz en herrumbre. Cualquiera de ellos y todos podrían hermanar su belleza en soledad con la aldea deshabitada en una máscara de verde y niebla de la isla china de Gougi, con el pueblo italiano de Graco desafiando el acoso sísmico que lo disecó o con el Hotel del Salto del Teqendama en Bogotá, empinado junto al precipicio de las cataratas y donde suena música de orquesta en el abandono de su viejo corazón de lujo.

Hotel del Salto del Teqendama, en Soacha, Cundinamarca, Colombia.

Volvamos a nuestro mapa rural con sus 4.955 pueblos de mil habitantes, y los 2.655 con menos de 500. Su supervivencia pasa por el ingenio. Hace unos días estuve en Júzcar, al que después de siglos de historia desconocida lo enclavan en azul pitufo los numerosos extranjeros, orientales en su mayoría, que lo visitan después de verlo en tres películas de Sony Pictures rodadas en las calles de los 292 habitantes cuya economía ya no está en blanco. Y desde este pueblo la primavera viaja por la provincia malagueña hasta Alfarnate al que los japoneses revitalizaron el pasado año con su celebración del Hanami: excursiones de familias enteras a mediados de abril para disfrutar descalzos de un almuerzo bajo los cerezos en flor. Pueblos en los que nunca ocurre nada y donde precisamente eso se convierte en gancho. Lo hicieron en Miravete de la Sierra (Teruel) hace diecisiete años con ese eslogan y un programa que ofrecía trabajo y viviendas familiares, consiguiendo aumentar su población un 48%. Tampoco se queda atrás la creatividad del pueblo holandés de Boxmeer, en el que desde finales de marzo el Hotel Riche alberga una copia exacta de la habitación azul celeste, con suelo de madera y una cama amarilla con manta roja para dormir como un Van Gogh dentro del cuadro pintado en 1888 y conocido como El dormitorio de Arlés. La iniciativa puede que la copien en Aix-en-Provence para disfrutar de las vistas de las bañistas de Cezanne o en Pontoria y que su hotel ofrezca una noche en la que soñar El origen del mundo igual que lo hizo Gustave Courbet. Después de todo son muchos los turistas que se cruzan con los 500 habitantes del francés Giverny para ver la casa y el jardín con puente de Monet.

Cualquier iniciativa es buena para intentar que el territorio rural español no dependa exclusivamente de la museización del campo. El término con el que el Javier Esparcia, catedrático de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Valencia, explica la tendencia de algunas zonas de Europa y de Canadá a acudir a los espacios rurales como si fuesen pequeños museos donde disfrutar de su petrificación a la deriva, y el deterioro del patrimonio cultural que en muchos de estos parajes son fantasmas ciegos a punto de disolverse en un golpe de nieve, un grito de viento o un incendio de sol. Pueblos que cuentan con algunos expertos en su defensa, como José María Pérez, presidente de la Fundación Santa María la Real del Patrimonio Histórico, convencido de que la crisis favorece un vuelco de la situación, y que hay gente que quiere cambiar el agobio de vivir en una ciudad por un pueblo. Especialmente profesionales liberales, habituados a realizar el 80% de su trabajo de manera online, que buscan converger su actividad intelectual con el cultivo del campo u otra gratificante actividad agraria.

Estoy seguro de que estos neo rurales son la solución al despoblamiento del campo y al fracaso de las ciudades creativas que soñó Richard Florida, quien advierte que la desaparición de la clase media, junto con la pobreza persistente que nos cerca, convertirán las urbes en zonas de riqueza blindadas y en barrios hacinados, inseguros y con el bienestar averiado indefinidamente. No es extraño que muchos se adelanten al futuro del retorno a un territorio rural en el que librarse del estrés y sus frustraciones, respirar de nuevo, tener una mejor medida de la vida y del tiempo y donde ser pueblo consista en ser forasteros dispuestos a besar los labios de los fantasmas para despertar la felicidad tranquila de construirse una historia y su naturaleza humana.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Sobre modernidad y tradición en la obra de José María Córdoba, por Antonio Abad

En términos generales podemos considerar que José María Córdoba participa de un cierto eclecticismo, eclecticismo en donde actúan diferentes dinámicas para conformar una obra marcada preferentemente con un fuerte componente figurativo. Será esta la figuración lo que recorra todo su universo personal a través de su propia visión subjetiva, pero será una figuración fragmentada, deconstruida, porque la deconstrucción le permite ahondar en los significados escondidos de las imágenes.

La amiga pantera.

Ya desde sus inicios, de algún modo se ve influenciado por la aparición de grupos tales como Estampa Popular o Equipo Realidad que independientemente de insertar en el ámbito de lo estético aspectos que guardaban relación con la política desarrollaron un arte figurativo como contraposición al informalismo dominante. En este sentido José María Córdoba participa del realismo social. Estamos hablando de los años 70, en donde se evidencia una iconogrfía de compromiso que recoge, sin rechazar de inmediato algunas fórmulas académicas y poniendo mucho énfasis en la figura humana, la constatación de un espacio social sumido en la injusticia y en la pérdida de los valores cívicos más indispensables.

Con la ayuda de una beca que le fue concedida por la Diputación de Córdoba, José María viaja a Italia recorriendo distintas ciudades desde Venecia a Roma. Al volver a nuestro país su pintura sufre una fuerte conmoción debido al impacto que le produce todo lo que ha visto y en sus composiciones irán apareciendo unos personajes de un tiempo ido, para dar como resultado una obra en la que siempre subyace la melancolía hacia el pasado. Por eso en estos cuadros el espacio no parece tangible, no es de este mundo. Hay como una especie de deambular onírico en el que los personajes nos plantean una serie de interrogantes que el espectador no sabe cómo responder. Se trata de un hacer que bascula entre el surrealismo y la pintura metafísica, como en el caso de Chirico, pero naturalmente alejada del desamparo, lo desconocido o lo extraño en el que se desenvuelve toda la iconografía de dicho pintor. Podemos decir de esta segunda etapa de su quehacer artístico que José María Córdoba nos remite al mundo clásico y a los mitos pero confiriéndoles una nueva lectura.

A partir de 1983 abandona algunos procesos de investigación y se adentra en composiciones donde las imágenes se superponen o se diluyen en retículas, creando bajo la ausencia de toda perspectiva, y la inclusión de un vivo cromatismo, toda una suerte de ideogramas correspondiente a representar lo cotidiano, la temporalidad de las cosas y el verdadero sentido de lo primigenio. De ahí que algunas de estas obras se acerquen a la esquematización del arte africano.

A principio de los noventa de nuevo nos sorprende con otro giro radical en obras que expresan necesariamente algún tipo de naufragio personal. El artista de algún modo se ve absorbido por una melancolía existencialista, arrebatado igualmente por un grito atormentado (había muerto su padre) para que su pintura se vuelva esencialmente dramática, conjugando una desfiguración casi caricaturesca con una pincelada agresiva de colores chillones, violentos y trazos angulosos. Se trata de composiciones alejadas de la realidad objetiva y que buscan un modo de expresar las emociones más íntimas de su tragedia interior.

A mediado de los noventa vuelve a sorprendernos con otra propuesta plástica que de algún modo y con pequeñas variaciones de orden ornamental continúa hasta nuestros días. Es muy posible que sus numerosos trabajos escultóricos desde la consideración del volumen le llevará a utilizar técnicas neocubistas cuando quería trasladar cualquier tipo de representación volumétrica y para ello necesitaba reducir la perspectiva del objeto y sistematizar lógicamente el tratamiento del color. El cubismo, sobre todo el cubismo analítico, le permitía establecer nuevas estrategias a la hora de cuestionarse el contenido de sus cuadros.

Las figuras entonces se descomponen en unidades estructurales, se fragmentan, o se deconstruyen en función de un sistema donde se advierte la influencia cubista y algunas prestaciones de Dubuffet así como un determinado grafismo propio del cómic.

Igualmente un sarcástico humor parece adherirse a su manifiesto interés por el pop-art y el conceptualismo. En este sentido tanto el desenfado como la ironía tienden más que nada a darle un cierto carácter lúdico a sus composiciones. Al mismo tiempo toda una serie de pictogramas (el pájaro, el pez, recordemos los peces mágicos de Paul Klee, la máscara sobre todo) vienen a configurar un mundo que trata de desvelarnos la otra realidad que hay detrás de todo lo visible.

En definitiva toda la obra de José María Córdoba es una síntesis entre la modernidad y la tradición, un puente que facilita un dialogo abierto con el espectador, sobre el devenir del tiempo, sus tensiones y la naturaleza de todo lo que nos rodea.

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La Torre, por Antonio Soler

Sur, 06.04.17.

Uno recuerda aquella fiebre de final de los sesenta que impulsaba a todo el mundo a ser moderno y a arramblar con cualquier vestigio que supusiera antigüedad. El pasado se identificaba con la miseria. La verdadera fe era la demolición. Era la época en la que salvajemente se arruinaban paisajes urbanos, no como luego e incluso ahora puede hacerse, con nocturnidad y disimulo, sino a las bravas, con el orgullo de quien emprende una carrera espacial o se libera de las ataduras de una opresión humillante. Todo lo que hoy es ‘vintage’ era entonces basura. En Málaga fue el tiempo del urbanismo más fiero. El Perchel fue arrasado y la ciudad sacudida por un voraz seísmo especulativo, como si el mismísimo Valerio Lazarov nos hubiera hecho objeto de su desquiciante modo de ver el mundo.

Simulación de cómo sería el hotel en el Puerto de Málaga.

Respondiendo a ese golpe de péndulo que desgració tanto patrimonio se creó una sana conciencia proteccionista. Y todos empezamos a caminar hacia el otro lado del arco. Pasado el punto que indicaba el término de lo razonable seguimos avanzando hacia los terrenos de un nuevo corsé. El pasado, por el mero hecho de serlo, era digno de salvaguardarse, y todo aquello que provienese de él debía considerarse una reliquia, fuese un mármol esculpido por Miguel Angel o las basuras que el naufragio del tiempo arrojaba a nuestra orilla. El valor estético, artístico o cultural, en el sentido más amplio del término, quedaban supeditados al carbono 14. De ahí puede entenderse que en algunos rincones patrios preserven algunas tradiciones salvajes por el simple hecho de llevar siglos practicándose. Solo así entiende uno que puedan defenderse a ultranza cosas como la pensión La Mundial, que no tiene otro valor que haber aguantado de pie un poco de tiempo y que no es ni arqueología ni arte sino costumbrismo de saldo.

Pero ahora no se trata de La Mundial, ahora andamos a vueltas con la futura y posible torre del puerto. Más allá de las dificultades administrativas que el caso plantea y del beneficio económico que puede aportar a la ciudad -algo que no debería pasarse por alto alegremente-, el debate se centra en considerar si esa torre es producto de un vano afán modernizador al penoso estilo de hace medio siglo o supone una clara mirada al futuro. Y visto lo visto, uno se decanta por esta segunda visión. ¿Que la torre supondrá un impacto en el paisaje? Sí, evidentemente. Y que será un mensaje. Un mensaje del tipo de ciudad que Málaga es y quiere ser. Asumir nuestra identidad y potenciarla. Málaga no es Toledo ni Florencia. Si hay una ciudad ecléctica en el sur de Europa, esa es esta. Eso no supone una apuesta por el pastiche. Cuando en su día se pretendió que el máximo exponente del nuevo puerto fuera un hipermercado, una plataforma ciudadana se levantó en contra del despropósito. Se añoraba un nuevo edificio emblemático. Quizás el proyecto que ahora hay planteado no sea un Kursal malagueño, pero apunta hacia una imagen nueva, y real, de lo que somos.

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Cómplices necesarios: los intoxicadores, por Lidia Falcón

Cuando se cumplen 81 años del Golpe de Estado de los militares facciosos de 1936 y del comienzo de nuestra Guerra Civil, el “relato”, como se llama ahora al análisis de los acontecimientos históricos, de los politólogos y otros expertos en intoxicación ideológica, se hace dominante.

Milicia republicana en defensa de la República, tras el golpe de estado de 1936.Foto Keystone-Getty Images.

Uno de ellos, de cuyo nombre no quiero acordarme, escribe en un periódico de lustre y ámbito nacional, un artículo infame explicando a los incautos e ignorantes lectores españoles que la guerra de Siria es como la Guerra Civil española. Dos bandos enfrentados, ambos errados, que se matan sin que se sepa muy bien por qué, que en su seno tienen diferentes facciones, una de ellas que pretende llevar la lucha hacia  el triunfo de la democracia y otra, azuzada por los peores objetivos,  que pretende dominar al pueblo para someterlo a la esclavización bajo una dictadura. Ambas facciones  irreconciliables, luchan apoyadas por diferentes potencias internacionales, de las que tampoco ofrece las razones que les llevan a intervenir,   a su  vez fanatizadas y dispuestas a matarse sin objetivo ni causa.

Todo historiador honrado sabe y ha divulgado ya que la guerra civil española fue una lucha de clases: las oligarquías del país, industrial, agraria, bancaria, contra el pueblo trabajador. El ejército faccioso era el brazo armado del capital. No en balde la República separó la Iglesia del Estado, renunció a utilizar la guerra para dirimir los conflictos, implantó una educación laica, aprobó la Ley de Reforma Agraria, declaró la igualdad entre el hombre y la mujer y aseguró, en el primer artículo de su Constitución, que era una República de trabajadores de todas las clases. Esa ofensiva del gobierno republicano contra el capital y la Iglesia que habían dominado el país durante todos los siglos anteriores acabó con ella. Los grupos del Ejército, alzado con la alianza de la Iglesia católica, los banqueros, los caciques rurales y el apoyo ideológico que le prestó Falange Española, se lanzaron a conquistar el país para entregárselo al fascismo y a las clases dominantes. Y el pueblo y la mayor parte del Ejército mantenedor de la legalidad republicana, se defendieron bravamente contra los golpistas.

Porque sabían que en España se dirimía la primera batalla contra el fascismo que se libraría, en forma terrible, poco después en el mundo entero con la II Guerra Mundial. Y lo sabían los campesinos y los obreros, los intelectuales, los científicos, los artistas, los militares republicanos y las mujeres, sin el concurso de las cuales la defensa de Madrid no hubiera durado tres años. Y lo sabían los demócratas de todos los países que vinieron a España a luchar y a morir con las Brigadas Internacionales, para evitar que el fascismo se enseñoreara del planeta.

En España se dirimió el destino del mundo para un siglo. La lucha contra el fascismo que no se dio ni en Alemania ni en Italia, y que consintieron culpablemente las llamadas democracias occidentales, con el liderazgo del Reino Unido que prefirió primero aliarse con Hitler para entregarle los Sudetes checoeslovacos que apoyar a la República española, con la creación de aquel infame Tribunal de No Intervención. Caro lo pagarían más tarde los británicos cuando las V1 y las V2, los primeros misiles no tripulados alemanes, cayeron sobre Londres, y más caro lo pagaron millones de europeos, de judíos y de soviéticos, masacrados por las tropas nazis.

Todo esto es de historia de bachillerato. Cuando se enseñaba historia verídica en las aulas. Ahora el “relato” ha pervertido la escuela, los medios de comunicación, con los comentaristas cómplices de la ideología dominante que vuelve y vuelve, en un eterno retorno,  a intoxicarnos con las mentiras que asustan al pueblo, ignorante y desinformado, para que repudie la República y acepte la monarquía que tan sangrientamente nos impusieron.

En Siria la situación es dramáticamente opuesta. Las potencias internacionales, esas que forman el conjunto de las democracias, con EEUU a la cabeza decidieron acabar con el mundo árabe y el Medio Oriente. Esos países eran aliados de la URSS, Afganistán fue la frontera de la guerra fría, después Irak, Libia, continuaron Egipto y hasta Túnez. Descabezar el movimiento obrero que comenzaba a formarse, destruir los conatos socialistas que se daban en esas naciones, establecer un cinturón de fuego frente a la Unión Soviética primero y Rusia después,  y por supuesto hacerse con las materias primas que poseen: petróleo, gas, las rutas del gaseoducto, el transporte, y destruir a los enemigos de Israel, esos han sido los objetivos de EEUU y de sus aliados, con el inestimable concurso de la OTAN (los mismos protagonistas) y hasta con el perrito faldero de España. Lean a Nazanin Armanian en este periódico, y sabrán más del concierto criminal que ha llevado a destruir el mundo árabe y una de las civilizaciones más antiguas y completas del planeta.

EEUU organizó y financió a los grupos terroristas que ahora nos golpean con diversos atentados, se apoya en Arabia Saudí, de cuyas escuelas fundamentalistas salieron los yihadistas, y sigue siendo el soporte de los diversos y estrambóticos grupos opositores al gobierno de el Asad, a los que la prensa occidental presenta como defensores de la democracia, que están exterminando a la población siria, con el apoyo de los bombardeos norteamericanos.

Nada tiene que ver la historia de nuestra desgraciada República y Guerra Civil, del golpe fascista de Franco y sus secuaces, y del tristísimo final que acarreó 40 años de dictadura, con lo que está sucediendo hoy en Siria.

Y no crean que las “facciones” que se enfrentaron en la contienda española correspondían a dos bandos, como si ambos fueran igualmente delincuentes del crimen organizado. Enfrentamiento entre bandas, la mafia matándose unos a otros. En España existía un gobierno legítimo, votado por el pueblo el 16 de febrero de 1936, que le dio la mayoría absoluta al Frente Popular, y el Frente Popular no era bolchevique. En realidad costó que los coaligados aceptaran al Partido Comunista, y únicamente la influencia de Largo Caballero del PSOE consiguió que participara con su modesta presencia. Las fuerzas políticas mayoritarias del Frente eran Izquierda Republicana, liderada por Manuel Azaña, el PSOE y Unión Republicana. El Partido Comunista solo obtuvo 17 escaños.

Y el otro bando, ese sí un bando de criminales, fueron los militares fascistas, que obtuvieron la ayuda de Mussolini y Hitler, los partidos monárquicos, absolutamente minoritarios en el Parlamento y la minúscula Falange, de la que ni siquiera José Antonio Primo de Rivera obtuvo el acta de diputado por Málaga, en las elecciones del 36, como pretendía.

Y me parece extraordinario que a estas fechas, abril de 2017, cuando se cumplen 81 años del comienzo de la contienda y 86 de la proclamación de la Segunda República tenga que escribir artículos recordando los hechos más relevantes de la Historia de España, que deberían estudiarse en la escuela,  para información de lectores intoxicados por la propaganda franquista. Propaganda  que continua en la pluma y en la boca de los ideólogos del capital que tienen que mantenernos en el engaño y el miedo al fantasma del comunismo, que al parecer vuelve a recorrer Europa.

Porque los cómplices necesarios del régimen monárquico, capitalista y patriarcal que nos oprime, son los intoxicadores que todos los días desde los medios de comunicación nos tergiversan la historia, retorciéndola a su gusto para que los españoles se sientan aterrados ante la posibilidad de que volvamos a sufrir una tragedia semejante a la que asoló España desde 1936 hasta 1976, y pudiéramos caer en las garras del bolchevismo, que según ellos está destrozando Siria.

No se puede caer en más abyección que la que muestran ideólogos, politólogos, profesores y esbirros del sistema, propagandistas del miedo al comunismo y al terrorismo, unificadas ambas luchas como si fueran la misma, para que el pueblo español no pueda caer en la tentación de poner en cuestión el sistema que nos oprime y del que la máxima representación es la Monarquía, y le diera otra vez por votar republicano como hizo en 1931. Ahora que volvemos a estar en abril.

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Los límites del amor, por Txema Martín

Sur, 07.04.17.

A España, en general, se le está yendo de las manos el asunto de los límites del humor, una cuestión que aparece y desaparece cada cierto tiempo pero que cada vez que vuelve lo hace con más fuerza. Cada vez hay más acusaciones de delitos absurdos motivadas por bromas, funciones de teatro y otros artefactos que deberían formar parte del ancho campo de la ficción. Ahora existe la costumbre de escandalizarse en público por chistes de los que nos reímos en el ámbito privado. No seamos hipócritas. Si a cualquiera de nosotros la Fiscalía nos pusiera un micrófono durante un fin de semana y lo aceptaran como prueba en un juzgado, estaríamos todos condenados a infinitos trabajos a la comunidad y a multas capaces de arruinar a todos los millonarios que aparecen en Forbes. A Guillermo Zapata lo imputaron por escribir en Twitter bromas entrecomilladas sobre Irene Villa, quien por cierto afirmó no sentirse ofendida por estos chistes que llevamos escuchando –en privado– desde el día siguiente de su atentado. El hecho de que la protagonista no se sienta ofendida por el chiste pero inculpen al emisor subraya aún más la irritante función paternalista del Estado. Más desesperante resultó la condena al líder del grupo Def con Dos, César Strawberry. Un año de cárcel por seis tuits y un retuit, es decir, que la condena no viene sólo por decir algo que pueda considerarse inapropiado, sino también por compartir una mala opinión de los demás.

César Strawberry, cantante de Def Con Dos, en el banquillo.

Quizá una de las claves estén ahí, en creer que las redes sociales son como las barras de los bares cuando en realidad se trata de la emisión de comunicaciones públicas. Por otro lado los bares no son lugares libres de sospecha, ya que hasta hace poco en España podías dormir en el calabozo por hablar contra el régimen franquista durante una partida de dominó. Ahora en las redes está ocurriendo algo parecido; ya no te mandan una carta exigiendo disculpas, sino una citación capaz de arruinarle la vida a cualquiera.

Este es el modelo de cosas que están convirtiendo nuestra sociedad ofendida, hipersensible, injusta, quejica, respondona y por lo tanto más inmadura. Y vamos a peor. El propio Strawberry hizo unas declaraciones bomba cuando dijo que con Franco había más libertad de expresión. No parece que sea el caso, pero no ayuda a sentirnos libres ejemplos como cuando en 2010 el desaparecido cantautor Javier Krahe se sentara en el banquillo por un vídeo en el que aparecía cocinando un crucifijo en el año 1977. Si lo que hace 30 años era una sátira ahora tiene indicios de delito no sólo es por la capacidad amplificadora de las redes, sino por esta mutación nacional hacia el moralismo. A nuestra incipiente capacidad para el escándalo y el drama se le añade el aburrimiento existencial de mucha gente y una sola conclusión: este país está lleno de gente aburrida.

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Otra Málaga es posible, por José Luis González Vera

La Opinión de Málaga, 10.04.2017.
Casi a las mismas horas nocturnas en que un grupo de jóvenes destrozaba un hotel en Torremolinos, atravesaba yo la Plaza de los Monos (malagueñismo) asombrado por el desparrame sónico con que otro grupo de jóvenes extranjeros animaba cuatro calles adyacentes, quisieran sus habitantes o no. Como en una de esas repeticiones que afecta a los karmas, según dicen, me encontré idéntica escena protagonizada por autóctonos cuando mi camino, ya casi místico, me condujo a la Alameda de Colón. La existencia es una suma de casualidades. Pero yo no creo en las casualidades y sí en que uno termina en un punto porque pasea una calle que conduce a otra, que se cruza con otras dos. Lo mismo te pilla un coche porque te dio por la ornitología y vas mirando hacia arriba porque tu padre compró una enciclopedia y le regalaron ese libro de pájaros que tanto te gusta desde niño, que llegas a tu casa, te acuestas y dispones de otra propina de horas que dios te regala. La casualidad es hija legítima de la causalidad. Málaga está sembrando vientos de los que unos recogen beneficios y otros tempestades, lo que la Biblia señala como parte exclusiva del pobre. Que de la Torre inició una guerra contra los habitantes del Centro es un hecho tan indiscutible como la invasión de Polonia. Un zarpazo de esos contra los que no se puede reaccionar. Total, el Centro apenas acoge votantes por escasez poblacional y edad de sus moradores. Unos grupos de presión, cada vez más potentes, imponen sus intereses y sus principios urbanísticos que coinciden con los bursátiles. Así, la compra de inmuebles por parte de grandes carteras de inversión internacional conviene a un Ayuntamiento con enormes necesidades monetarias. Mientras más dinero, más cohetes y más fastos. La excusa es que hay que convertir Málaga en una feria. Pero las ferias se caracterizan por sus grandes dosis de falta de control y vomitonas por doquier, como en el hotel de Torremolinos o, imagino, en las fiestas antes mencionadas.

Pero otros modelos de ciudad son posibles. Así, Barcelona busca ahora el desactivar esa aluminosis habitacional que significa la proliferación de pisos para vidas volanderas combinados con la hostelería intensiva y sumados a un paisaje urbano de franquicias. La ciudad como escenario irreal que puede acabar en campo de guerra desolado por el tiempo como sucedió, y sucede, en Torremolinos. Pero Málaga engancha porque sorprende. Un grupo de profesionales médicos y biólogos, pertrechado de una sólida armadura vital, no sé si de medios, se ha entregado al estudio de enfermedades raras. Nuestro alcalde se enfadó mucho cuando Madrid defendió el traslado de la Agencia Europea del Medicamento a Cataluña sin que nadie mencionara Málaga, precisamente promocionada por su excelencia como callejero para bares mediocres, playas reguleras y museos al peso. La infraestructura hotelera existe, el cielo nos regala el buen tiempo, pero la investigación científica debe ser cultivada como el arbolito. Otra Málaga es posible, por ejemplo, como referencia médica mundial. Se trata de apoyar y promover la llegada de investigadores, laboratorios y clínicas para que tras ellos acudan quienes vayan a ser aquí tratados, junto con sus familias. La eliminación de impuestos para tan nobles fines, al tiempo que el desvío de tasas hosteleras hacia ese objetivo aportarían un capital que dibujaría nuestra ciudad y su centro bajo parámetros muy diferentes de los actuales. Cientos de bares y restaurantes, aunque ninguno entre los de renombre internacional. Miles de visitantes ajenos a aquel turismo de lujo anhelado. Si no es por Antonio Banderas ni siquiera se conoce nuestra Semana Santa más allá de las teles locales. Construcción y rehabilitación de pisos destinadas al tránsito humano atraído por el botellón doméstico y la permisividad ante el desvarío. Me pregunto si en breve saldremos en los medios también por el balconing o algo parecido. Otra Málaga es posible, si se pretendiera, claro. La causalidad ahora nos pasea por pésimas casualidades.

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Los todólogos, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 02.04.2017.

La realidad no es un tema. Es el término con el que convertir un argumento en una verdad. La realidad en cualquier conversación en disputa es lo que se ansia fijar con la contundencia seca del timbre; con una voz condescendiente en su poder dialéctico, o un tono subrayado con violencia. Tres voces que en ocasiones se acompañan con el gesto de certeza en la mano, y otras veces con una mirada de sonrisa educada en busca de convencer. La realidad siempre está vinculada a la política, a la economía, a la cultura, a un suceso, problema o noticia. Los campos sobre las que todos los ciudadanos abrimos en turno de polémica y debate. Unos a favor, otros en contra, y algunos a la escucha que les permita conformar una posición desde la que les merezca la pena intervenir.

Tertulia de La Sexta Noche.

Esta práctica habitual forma parte de nuestro diálogo cotidiano con el mundo y con la vida que nos rodea. Cada día escuchamos debatir en los programas de radio y de televisión. Y reproducimos su eco, el argumento en el que nos hemos sentido reflejados o a la contra. También solemos improvisar uno propio y más coloquial, en la cafetería del barrio, en el bar del mediodía, de mesa a mesa en la oficina. Incluso en el gimnasio en ese horario y cuando existen excepciones donde en las cintas, en las elípticas o en las bicicletas de un mismo gimnasio un cirujano, un catedrático de física, un abogado, un profesor de derecho y otros profesionales liberales comparten la oratoria en equilibrada conversación de posicionamientos acerca de un tema de la realidad que los ocupa. Una tertulia sin focos, sin maquillaje ni moderador con pinganillo, en la que la palabra es una toma de conciencia; el silencio un argumento estético; y el debate, un puente en el que entrecruzar ideas con la intención constructiva de encontrarse en un acuerdo; y de cierre en una risa colectiva y sin esfuerzo en la que se anudan las raíces de las que crece el afecto. Ni Antonio, ni José Ramón, ni Eusebio, ni Alejandro, ni Javier ni Carlos, y muchos menos Felisa y Alicia, se arrebatan por el nervio con desenlace adversario. Ninguno entra en combustión ni pretende atrapar al otro en su botella de cristal. Y eso que en el aire se contraponen, se desmigajan o se autopsian la posibilidad de un Gibraltar español; la denuncia de una torre de Babel que defienden los que epatan negocios y ambiciones privadas, o confunden progreso con especulación; el déficit mayor o igual en preparación y ética de unos políticos frente a otros; el abismo moral entre la macroeconomía y la economía humana de a pie; el tuneo de la sensualidad de una foto de hace sesenta años de Claudia Cardinale para amoldar las curvas Cezanne de antes al dibujo de Milan Fashion Week; u otras cuestiones de la actualidad meticulosamente dialogadas. No existe entre ellos la emboscada al argumento del otro. Tampoco el grito es la rúbrica violenta de un pensamiento desbordado que trata de imponer una razón de fauces abiertas en lugar de un acróbata o elaborado argumento.

Todo lo contrario de las tertulias profesionales. Y no me refiero a La Clave con la que José Luis Balbín nos ilustró con cine para debatir lo social y lo político, lo religioso y lo cultural, con excelentes invitados como Olof Palme, Daniel Cohn Bendit y Bernard-Henri Lévy ni a La noche de Hermida donde discrepaban sosegadamente y con humor inteligente Fernando Fernán Gómez, Cristina Almeida, Celia Villalobos. Luis Antonio de Villena y Álvaro Pombo entre otros. Lo que se lleva, crea militancia y pretende ser barómetro y brújula en nuestra actualidad, son esas otras tertulias de foro y circo sobre el ajo político y los temas con carga emocional en la que participan personas de supuesto fuste y mucha fusta con resaca en redes. Nombres y rostros que en muchos casos viven a lo largo del horario de parrilla y en diversas cadenas, sin tiempo para tener una solvente información a pesar de la contundencia de sus opiniones de ascensor: un mensaje contundente de tres frases cortas y llamativas o con argumentación guionizada al oído a favor de la acción y del dinamismo.

La fórmula eficaz con la que alimentar la temperatura del espectáculo: la confrontación de realidades distintas que deriva en una fricción que eleva el tono del discurso. Y de paso consigue audiencia, el éxito del minuto de la curva en alto. El objetivo por el que todas las cadenas dejaron de invitar a profesionales entendidos -que tenían claro el mensaje, sabían ser ellos mismos, transmitir seriedad y relajación, y mantenían una actitud positiva-, siendo reemplazados por los todólogos profesionales, con chispa y a cuchillo dispuestos a opinar de los temas más variados, sin que les haga falta tener conocimientos enciclopédicos ni tener que saber que el diálogo no comienza con un acto de decir, sino con un acto de escuchar, como defiende el antropólogo Gennaro Cicchese.

Su éxito escénico ha creado escuela. Los aspirantes sólo necesitan crearse una identidad televisiva -si puede ser a modo de personaje, mejor-, ser radicales con decibelios, no practicar jamás la neutralidad, provocar con rapidez , manejar con dominio el atropello verbal, mostrar abiertamente su lado emocional y montar de vez en cuando una bronca para hacerse respetar. Cada vez se doctoran más y se llevan un buen jornal por los campos de batalla de El Cascabel al Gato, Al Rojo Vivo, Las Mañanas de Cuatro o La Marimorena. Pocos desconocen quienes dicen ser y de qué opinión cojean Marhuenda, Alfonso Rojo, Eduardo Inda, Carlos Cuesta, Pilar Rahola, Montse Suárez, Pío Moa, Carmen Tomás, Elisa Beni o Fernando Berlín entre otros que igualmente se denominan comunicadores, y alardean de poseer supuestas informaciones de cocina política o de primera mano que nos ofrecen a modo de análisis independientes y credencial de trabajo. No es extraño que broten los populismos y en este siglo XXI arrasen en share ciudadano. Mucha gente comparte sus idearios a pie juntillas. Ya no se enseña en los colegios ni en los institutos, ¡Oh capitán, mi capitán!, a debatir con cordura, conocimiento, respeto y convencimiento.

Un propósito al que se acercó el programa 59 Segundos a favor de crono que exigía en armar un buen discurso con el que convencer. En esa línea se encuentran otros programas y excelentes profesionales que llevan años ejerciendo análisis y opinión como Nativel Preciado, Javier Valenzuela, Fernando Ónega, Ignacio Camacho, Lucia Méndez, Nuria Ribó o Fernando Jáuregui. Gracias a ellos el debate político aborda claves que facilitan entender cuestiones de trastienda y contribuyen didácticamente a que el espectador tenga información acerca de interrogantes políticos o sociales, globales o de su comunidad, y adquiera diferentes perspectivas que le faciliten construir su propia opinión. Ese es el fundamento de las tertulias y lo fue durante mucho tiempo hasta que el periodismo se convirtió en portavoz de intereses partidistas o privados, y las televisiones lo fiaron todo a la batalla de la audiencia. No es extraño que el discurso de los partidos convenza poco, y que el debate político no deje de ser un enfrentamiento que deja perdedores. Lo hemos visto con lo sucedido en Podemos después de su Congreso de Vistalegre, y con el PSOE que anda en querella.

Pensar no es un espectáculo. Tampoco el argumento de un debate, ideológico, social o ciudadano, puede serlo. Discutir con los otros no consiste en levantar un muro alrededor y excluir cualquier posibilidad de diálogo colaborador con las opiniones diferentes. El debate es una gimnasia saludable de la democracia y de los hombres. El arte de hacer de las ideas el lenguaje en el que encontrar la construcción que nos enriquezca como países, ciudades, personas que, en lugar de jugar con sus pulgares, enlazan sus manos.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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La socialdemocracia necesita tiempo, por Ángel Valencia

La Opinión de Málaga, 01.04.2017.

Las primarias del PSOE y la competición por el liderazgo entre Susana Díaz, Patxi Lopez y Pedro Sánchez constituyen, sin duda, una oportunidad para recuperar el protagonismo político perdido por la socialdemocracia en nuestro país. Sin embargo, aunque la pregunta decisiva que hay que responder es ¿Quién manda ahí? Hay otras cuestiones sobre las que reflexionar.

Hace poco Felipe González en la presentación de su último libro (Felipe González, Gerson Damiani y José Fernández Alberto –Editores–, Quién manda ahí. La crisis global de la democracia representativa, Debate, Barcelona, 2017), planteaba la necesidad de «resetear la socialdemocracia» y buscar respuestas para gobernar la globalización y la revolución tecnológica, así como ofrecer alternativas ante los problemas actuales de la democracia representativa entre los que destacan, por un lado, la deriva reaccionaria y populista de ciertos líderes y partidos políticos y, por otro, la existencia de una tecnocracia sin alternativas como único discurso y política posible ante la crisis. Ante esta situación pidió una reacción y un debate de ideas. Un análisis, un diagnóstico sobre la sociedad que vivimos y sus problemas para poder hacer un programa que recupere el protagonismo de la socialdemocracia en la izquierda.

El problema de la socialdemocracia es que, cómo dijo Tony Benn, «no estamos aquí sólo para gestionar el capitalismo, sino para cambiar la sociedad y definir sus valores más finos». Por tanto, definir un proyecto político acorde con la sociedad de hoy pero con la señas de identidad de cambio y transformación social del proyecto socialdemócrata es quizás hoy más difícil que nunca en toda su historia.

En nuestro país, eso le exigirá al nuevo líder que alcance la secretaría general conseguir la confianza de los militantes, de los dirigentes del partido y también recuperar la confianza de los votantes y además recuperar el liderazgo y la credibilidad interna en el partido y en la sociedad. Pero además, deberá de pensar en una acción política compartida, tanto en la oposición como en el gobierno, en la que su espacio político en la izquierda estará condicionado por los pactos. Solo así, podrá recuperar su opción para gobernar.

Una socialdemocracia reconstruida poco a poco, en su proyecto, en la definición de políticas, en la posibilidad de gobernar, que necesita recuperar la iniciativa política en la política europea, en los liderazgos, en los gobiernos nacionales y, sobre todo, ser capaz de articular un proyecto político acorde con la sociedad de nuestro tiempo que conecte con la ciudadanía. La urgencia de la política diaria y de la lucha por el liderazgo debe combinarse con una socialdemocracia que necesita tiempo para abordar todos esos retos y poder recuperar de nuevo su protagonismo político. Son algunas reflexiones que quizás no deberían de olvidar los candidatos a estas primarias.

Ángel Valencia es catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Málaga.

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Muerte digna, por Juan Antonio Fernández Arévalo

Cuando, desde hace tiempo, se rompen las amarras que nos unían a la Iglesia católica, el momento de la muerte se aprecia de una forma bien distinta. La obligación religiosa de ponerse a bien con Dios, entregando el sacrificio y el dolor de los últimos momentos como purificación e impulso hacia la ¿nueva vida eterna?, deja paso a la concepción humana -y humanista- de aceptación de la muerte como final de la vida y, por lo tanto, como parte de la vida misma, que es un segmento temporal que empieza en el nacimiento y termina en la muerte (Kierkegaard y otros filósofos existencialistas nos pueden ilustrar).

Javier Bardem en la película Mar adentro de Alejandro Amenábar.

Y aunque, en nuestro ateísmo pasivo, que no militante, aún se perciban elementos mágicos unidos a la muerte; y aunque el respeto a la culminación de la vida siga estando impregnado de elementos reverenciales -e irracionales-, la muerte no puede seguir siendo aceptada de cualquier manera, sencillamente porque hemos superado aquella fase negra de “lo que Dios quiera” o “porque lo quiere Dios”. Hay numerosos testimonios en la historia sobre dolores insufribles en torno a la muerte, como para que nos lo tomemos a broma.

Sé que muchos católicos, aún practicantes, piensan que la muerte no puede estar rodeada de dolor, como expiación de los pecados del pasado. Para ellos, también, la muerte es un momento más de la vida, para el que no está vedada la mayor dignidad posible, que toda persona debe tener en todos los momentos de la vida humana. ¿O, acaso, con la muerte, el hombre debe perder esa condición humana?

La Iglesia católica ha estado ligada tradicionalmente al dolor y al sacrificio de la muerte, como señal inequívoca de salvación o como preparación y purificación hacia la otra vida, si bien, en los últimos tiempos, han surgido voces, dentro de la propia iglesia, humanizando el impacto de la muerte.

Indignado y estupefacto, aún tengo en la memoria el escarnio sufrido por el doctor Luis Montes, en la Comunidad de Madrid, por haberse atrevido a utilizar medios paliativos que “dulcificasen” el tránsito de la muerte, desde la vida a la no vida. Le llamaron asesino, lo crucificaron moralmente, le formaron expediente disciplinario con el fin de expulsarlo de la carrera médica, lo intentaron meter en la cárcel y, finalmente, eliminaron el departamento de cuidados paliativos para personas en estado terminal. Menos mal que aquello de la Inquisición, que tantos momentos de gloria ha dado a España, había dejado de actuar desde tiempos de Fernando VII (el maestro Cayetano Ripoll, ¡qué casualidad!, fue el último ajusticiado en 1826); de lo contrario, la hoguera, el garrote vil u otros métodos sofisticados, hubieran encontrado una víctima propiciatoria en el Dr. Montes.

Hay países que han aprobado leyes en favor de la voluntad soberana de la persona, con todas las precauciones y condicionamientos que el momento y las circunstancias exigen. Leyes sobre la muerte digna, sobre la eutanasia y/o sobre el suicidio asistido, han sido adoptadas por Suiza, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Colombia y algún estado de los Estados Unidos (California), mientras otros como Francia y algunos otros estados de EEUU han comenzado con otras disposiciones menos conflictivas como la sedación terminal. España comienza ahora a platearse la muerte digna: por algo se empieza.

Personalmente, estoy concienciado en favor de alguna forma de dignificación de la muerte, ampliable más tarde según la demanda de los ciudadanos y previo debate en profundidad de filósofos, médicos y demás profesionales interesados en dar salida al problema, no de boicotearlo. No se puede consentir que, en pleno siglo XXI, muchas personas sigan muriendo en medio de dolores atroces y a otras se les prolongue la vida artificiosamente, por razones religiosas la mayor parte de las veces, ocasionándole al enfermo terminal -y también a sus familiares y allegados- un dolor y sufrimiento innecesarios.

Siempre recordaré la muerte de mi padre, sin consciencia y en un estado físico deplorable, con una sonda nasogástrica para alimentarse porque ya no tenía capacidad, ni física ni mental, para comer como dicta la naturaleza. Fue una auténtica infamia y yo me rebelo ante estos inquisidores que chapotean con la muerte.

Valga, como conclusión, el final de este poema, seguramente menos crudo de lo que debiera, que escribí a la muerte de mi padre:

…”La vida se derrama inexorable,

como la gota que el frasco rebosa,

y aparece su rostro inevitable,

espejo de una muerte pavorosa.

¿Por qué el fin será a veces deplorable

si es más digna la huida sigilosa?”

Cartagena, 29 de marzo de 2017.

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Resoluciones y reflexiones en Francisco Peinado, por Antonio Abad

Francisco Peinado es un artista indefinible que trata de subvertir la realidad, transgrediéndola, impregnándola de algún tipo de novedad o de suceso a través de la introspección, la jocosidad y los sueños, pero sobre todo de un apasionado análisis de lo cotidiano.

Es la suya una propuesta fuertemente dramatizada, llena de arrebatos, de impulsos irónicos, que nos introduce en un mundo caótico, absurdo, fantasmal, poblado por seres desorientados y arquitecturas imposibles. Un mundo en el que la realidad, los sueños, lo mágico y los mitos conviven con su autor, en su casa de Alhaurín de la Torre, frente al espejo del tiempo y las soledades.

Profundizar en su pintura es profundizar al mismo tiempo en su realidad circundante, en su contexto humano, en su particular dialéctica de lo visible y lo invisible que conforman todo un mundo lleno de magicismo y de ensoñaciones, de turbulencias y arrebatos, como si el mundo mismo, sus misterios y sus veleidades se hubieran incrustrado en el pulso de su mano para luego despeñarse a lo largo de la superficie del lienzo.

Dicho proceso que insiste en manifestar el sinsentido de lo que nos rodea, es un proceso poco convencional en cuanto a técnica y concepción, como si en Peinado todo tuviera un significado ambiguo o sintiera la constante necesidad de cuestionar sus propias percepciones de las cosas; es decir, contraponer la realidad contemplada y la ilusión que dicha realidad produce. El resultado, a pesar de ello, no es una dualidad o una pugna de los contrarios, sino un cuestionamiento permanente de sus propias “resoluciones”

Todo esto dará lugar a una serie de elementos embrionarios que se derramarán por sus telas y que al yuxtaponerse originan dos tipos de órdenes: uno puramente formal y otro de carácter mágico-simbólico.

El primero, va a producir cierto abigarramiento lineal que debido a su impulso arrebatado, a sus resoluciones broncas, toda la composición quedará arbitrariamente abierta hasta conformar un espacio ilimitado como si le faltara lienzo en sus cuadros para meter su inagotable mundo». El segundo supone trastocar la realidad, fragmentándola mediante formas carentes de referencias directas del mundo exterior para crear un universo turbulento y escalofriante, una iconografía propia, una especie de bestiario sensorial, que nos sumerge en su mundo de sueños y de connotaciones escabrosas.

Debido a esto no podemos situar una pintura tan diversa y tan compleja como la suya en ningún encasillamiento al uso pero por ese carácter irracional y onírico de sus temas dentro del automatismo surrealista, junto a cierto el expresionismo y a una buena dosis de informalismo, sobre todo en su última etapa, pueden constituir las características generales de una obra que surge para cuestionarse a sí misma sus propios significados.

Toda la acción pictórica de Francisco Peinado es una pelea con sus propios hallazgos, penetrando en la esencia del pigmento para desbocarlo por caminos y sendas aún no transitadas, obteniendo de él sus más puros valores plásticos, como si estuviera renegando de su maestría técnica o de su depurado oficio. Es como si a la talla de un diamante le estuviera impidiendo reflejar su belleza.

Digamos que hay en todo ello la sensata habilidad de escapar de cualquier adocenamiento. A Peinado le da miedo imitarse y busca en su desasosiego permanente nuevas rutas de exploración donde volcar sus fantasmas y demonios.

Queremos decir que Peinado es el cuadro. De ahí su insistencia en los autorretratos, mejor dicho, en sus reconstrucciones y resoluciones de sí mismo. Le gusta sumergirse en el lienzo, y no sólo lo hace en sentido metafórico, en su afán de constituir una plástica dialogante con los materiales que utiliza sin importarle nada de lo que vaya a salir después de estar luchando (a veces) con algunas de esas grande superficies con las que se enfrenta. El resultado final siempre será una incógnita porque no hay un boceto previo ni una idea ni la mínima intencionalidad compositiva, solo un impulso o el esfuerzo descomunal y ciego de perderse en el vértigo del color y la maraña formal.

Peinado le habla a sus cuadros y sus cuadros le hablan. Entre el lienzo y sus ojos, entre el pigmento y sus manos confluyen fuerzas convergentes. Una misteriosa complicidad, acaso bien calculada, se produce entre ellos. De ahí que muchas zonas, deliberadamente de torpe ejecución, de farragosa factura, de colores sucios, sean el resultado de un empeño de liberar a las formas de la tiranía del impulso creador y, por otra parte, podamos observar que la materia abstrusa, insensible, inane, parezca tener alma.

Estamos ante un pintor que no quiere saber nada de lo que está haciendo, pero que a su vez pone al servicio del cuadro todo su buen hacer y su sabiduría. José Hierro ha dicho que Peinado hace eso, «consustanciarse con la materia pictórica, formar parte de ella, introducirse en el laberinto de las formas, las texturas, los tonos, el color, la línea o el dibujo y emerger a través de ellos». Ese afán de construcción y deconstrucción, de sutiles matices junto a refriegos y enmarañados justifican su insólita –por específica y particular–, forma de pelearse con la obra; de ahí la jocosidad, la ironía, el sarcasmo, el exabrupto expresivo, lo monstruoso, lo delirante, todo lo que concierne a su mundo de enigmas y alucinaciones.

En resumen, los “peinados” que irán surgiendo explorarán imposibles perspectivas y arquitecturas inquietantes. Hay también como un intento de fabulación de su entorno más cercano que irá narrando a través de elementos que forman parte de su realidad más inmediata.

Peinado es un pintor muy atento a lo que le rodea, pero nunca, como Edvard Munch, pintará lo que se ve sino lo que se vio. Cualquier objeto, por muy insignificante que éste sea, por muy escabroso que pueda resultar (recordemos su obsesión por los urinarios), lo ve rodeado de misterio. Sucesos, sobre todo si se salpican de historia truculentas, se mostrarán revestidos de otra realidad más cruel y más espantosa si cabe. Distorsionar el orden de las cosas, imponer el caos, desgravitar el mundo, como si la tragedia de la realidad no le fuera suficiente, es lo que trata, en definitiva, de situar en su pintura, para transferirnos todo un universo que abarca desde el borde de la objetividad hasta las profundidades de sus íntimos temores, creando una tensión entre lo temporal y lo intemporal, entre lo real y lo simbólico, entre la descripciones físicas externas y la verdadera emoción. En definitiva, ponerse ante sus cuadros supone algunas veces sentir su propia angustia, aquello que Kierkegaard decía que era el «vértigo de la libertad».

¡Sssh!, que viene Godot, por José Antonio Garriga Vela

Sur, 04.03.17.

Aún no había cumplido los veinte años y ya era Samuel Beckett mi escritor favorito. Abro el libro de Barral Editores, Barcelona 1972, que contiene las obras de teatro Esperando a Godot, Fin de partida y Actos sin palabras. En la esquina superior de la primera página aparece el precio escrito a lápiz: 60. Cuarentaiún años después, cuando me dirigía a visitar la tumba de Beckett en el cementerio de Montparnasse, compré un periódico español con la foto de Roberto Bolaño en la portada y la noticia de su muerte el día 15 de julio de 2003. Una extraña sensación se apoderó de mí. Iba al cementerio a compartir el silencio con Beckett y me acompañaba el recuerdo de Bolaño. No sé por qué, precisamente hoy, me viene aquel día a la memoria.

Cuando me preguntan por mi libro preferido, no sé cuál elegir, pero durante años dije siempre el mismo: Primer amor de Samuel Beckett. Pienso en Suzanne, el amor de Beckett. Cincuenta años juntos, hasta que en abril de 1989 Suzanne murió. «A ella se lo debo todo», confesó. Él se fue en diciembre de aquel mismo año, no digo ‘nos dejó’, simplemente se fue con Suzanne. Una piedra de mármol gris cubre el recuerdo. Hay días que nunca se olvidan. Me acuerdo perfectamente dónde estaba y qué hacía el 11 de septiembre de 2001 cuando cayeron las Torres Gemelas. Existen fechas que evocan instantes concretos que jamás se olvidan. Cómo voy a olvidar la reacción que tuve cuando supe que Beckett había muerto. Como si Sam fuera un amigo íntimo, lo mismo que Buster Keaton, mi admirado Pamplinas. Me hubiera encantado verlos juntos por las calles de Nueva York en la película Film, guión de Samuel Beckett y reparto: Buster Keaton. Una película muda con un único sonido silencioso: ¡Sssh!

¿A quién esperan realmente Vladimir y Estragón en la obra Esperando a Godot?, ¿a quién suplanta Godot? Hay quienes lo relacionan con Dios. Sin embargo, yo prefiero la versión que cuenta que Samuel Beckett estaba un día al borde de la carretera para ver pasar a los ciclistas del Tour de Francia. Pasaron los corredores escapados y luego el pelotón, pero el grupo de espectadores que estaba a su lado permanecieron inmóviles. Beckett preguntó por qué permanecían quietos y uno de ellos contestó que esperaban a Godot. Godot era el ciclista más lento y también el más viejo, un hombre cansado que pasó al cabo de un buen rato y todos le aplaudieron. También aplaudieron los espectadores de la película Film durante más de cinco minutos el día que se estrenó en el Festival de Venecia, 1965. Allí estaban Fellini, Antonioni, Visconti, Godard; y yo, mientras tanto, ¡maldita ignorancia!, viendo la tele en casa.

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La conciencia poética, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 19.03.2017.

La poesía es un arrebato de intimidad basado en hechos reales. Decía mi padre al que recuerdo mucho tiempo de ausencias este domingo que lo celebra, acercándome entre la niebla su voz leyéndome para que aprendiese que un poema es el lugar donde mejor se cuadran las cuentas con la vida. El amor, la muerte, los sueños, la pérdida, y su memoria. El Haber y el Debe en asientos contables. Siempre le gustaron los números y los sonetos. También los versos más allá de sus márgenes, como un dibujo de trazo rebelde al vuelo. Escribir poesía es encender una luz en la oscuridad para ver una realidad que no está pero sucede. Se lo decía yo a mis hijas (y se lo recordaré el martes que mundialmente la festeja) durante su infancia preguntándole a la lectura sobre el corazón, la identidad y cómo la emoción toma en trance y música el cuerpo de las palabras y entonces se entiende todo. Que ellas nos abracen, y hasta que a veces la lluvia se las lleve.

No sé si los padres de hoy leen a sus hijos novelas, relatos, periódicos o poesía entre sus brazos. Explicándoles que son mundos que se atraviesan a través de las profundidades interiores que abre el lenguaje para encontrarnos en sus historias. Puede que el tiempo precipitado con sus desencantos y cansancios, los deje ahora educarse solos y a solas explorando la vida en las calles de atrás de las pantallas de sus móviles. Tal vez algunos tienen maestros tutelándoles el encuentro con las voces de Luis García Montero, de Aurora Luque, de Caballero Bonald o de Luis Alberto de Cuenca entre otros autores de la introspección de la vida, del desafío de vivir la realidad pensándola. O que con suerte y esperanza otros hagan de la poesía su tatuaje; la guerrilla en contra del destino roto que políticamente les estamos legando. «Me niego a vivir en serio y en serie». «Prohibido hipotecar tus alas». «Nada puede detener a una oveja negra orgullosa de sí misma». Batania Neorrabioso, poeta urbano en tuits, paredes de barrio, contenedores de basura que ahora son páginas.

Aurora Luque, poeta.

Desde el uso que la música y la publicidad han hecho del relato corto y de las fórmulas poéticas, el género ha captado nuevos públicos como han conseguido Marwán y Luna Miguel con canciones, blogs y la relación con el mundo virtual -donde también triunfa Irene X con 50.000 seguidores en twitter y 17.000 en Instagram que cotillean fragmentos de su vida publicada con filtros cálidos-. Igualmente contribuyen El Gaviero, Harpo o La Bella Varsovia que asoman nuevos nombres, junto con otras editoriales como Renacimiento, Visor, Bartleby, Pretextos y Calambur con voces más consolidadas, y los recitales en directo que denominan jam. Argumentan algunos que una clave importante del aumento de lectores es la ruptura entre poesía tradicional y la aparición de nuevos formatos y lenguajes. Ignoran que ya en los sesenta, y durante los años ochenta, convivían la poesía discursiva y la experimental que tomaba mercados, autobuses, paredes urbanas y manifestaciones políticas como hicieron Ignacio Gómez de Liaño, Julio Campal, José Miguel Ullán, Fernando Millán, La Carpeta o Agustín Parejo School con la tachadura del texto, la palabra desplazada por la imagen o por el objeto, y la poesía acción. De esa estirpe procede María Eloy García, escénica e irónica voz en la misma época en la que Juan Cobos Wilkins pregunta en su último libro ¿Para qué sirve la poesía? El género que María Victoria Atencia define como la primavera de la literatura; que según Francisco Brines es lo más espiritual y escondido del hombre; aquella en la que Joaquín Pérez Azaústre encuentra el misterio y el fulgor que anida en lo invisible. Partitura en la que la que la voz se vacía en la palabra, como dice Ana Gorría; y la que a Antonio Lucas le permite crear su propia vida. Una isla desgajada del continente, sentenció Derek Walcott, Premio Nobel 1992 cuya poesía la muerte deshojó el viernes.

Este martes, con la primavera recién estrenada y a punto de saltarnos a la piel que nos transforma en pájaros, Granada, Ciudad de Literatura UNESCO y su programación, de la que es responsable Jesús Ortega, la celebran como una gincana de 18 librerías y 45 escritores: Erika Martínez, Ángeles Mora, Olalla Castro, Manuel M. Mateo, Trinidad Gan, José Carlos Rosales, Ioana Gruia y Álvaro Salvador moviendo de 18 a 21 horas a los lectores de sus poemas y de otros autores. En otras ciudades también habrá actos. Lo mismo que en Málaga donde el Centro Cultural Generación del 27 no sólo la avala con los Premios del mismo nombre y el de Emilio Prados, si no que su director, José Antonio Mesa Toré, es un poeta a punto de presentar su libro Exceso de buen tiempo, Premio Ciudad de Melilla. Sea como fuere el martes le debemos una flor azul, un instante de lectura. Habernos enseñado la humana condición de soñar y de equivocarnos; el saber que los besos a veces llegan tarde o que con ellos empezamos otras vidas. Que la conciencia poética nos permite explorar nuestras emociones y reconocernos en la ética y en las pasiones. «Y que la imaginación siembra en el aire puertas al futuro».

Ese verso de Eduardo García, forma parte del regalo que para el día del padre me ha hecho la poesía, a la que yo le adelanto con estas líneas el mío. Forma parte de su libro, editado en Vandalia por la Fundación José Manuel Lara, La Lluvia en el desierto. Lo sumo con emoción y memoria de la vocación del lenguaje y de la rebeldía a otros antídotos de venenos efectivos -contra los geómetras de la economía y los que hacen caminar a la gente con las manos a la espalda- que colecciono en el escaparate de mi biblioteca: El arrecife de las sirenas, La fruta de los mundos, El rumor de las llamas, Los mundos contrarios, Un invierno propio, Naumaquia, Las estrellas para quien las trabaja, La Hija del capitán Nemo, El Fugitivo, Fuegos japoneses en la bahía, Las entreguerras, La jaula de los mil pájaros, Universos delicados, Alfileres de luz, Diario de un flâneur, Indignación, Ficciones para una autobiografía, Los buenos propósitos, En legítima defensa o La espuma de las noches. Qué mejor lugar de identidades con su doble, geografías de piel, correspondencias con los paisajes y de cuentas rendidas a la vida, para que descanse su manera de soñarla hasta la extenuación, «tan sólo para más adentro alcanzar su secreto». Lo hizo sucediendo su batalla hasta el penúltimo poema, sin dejarse vencer cuando al asomar la muerte las palabras palidecen de miedo. Un libro como actitud e indagación de la vida en la escritura, negándose a aceptar cuanto esperan de nosotros aquellos que intentan reducirnos a piezas de una cadena de montaje. Los mismos que ocupan el tiempo anunciando que tal día anunciarán tal cosa, o nos despiden de la dignidad y los sueños nos vacían.

No saben que estamos de suerte porque somos una isla de realidad, con sus exigencias y rutinas, rodeados de poesía por todas partes. En las calles, en el encantamiento de las cosas, en los rituales cotidianos y dentro de lo que sentimos. Agazapada y lúcida está dispuesta a apoderarse en un descuido del camino de vuelta del trabajo, del desánimo de los días, de los fantasmas de nuestra agenda, enseñándonos a ser intrusos de nosotros mismos y a conjugar la certeza de lo mágico con la interrogación moral. Siempre la primera en la desobediencia y en curar con la belleza, la última en rendirse.

Sólo hace falta abrir el oído y la mirada, y volver a ser conciencia de lo que somos, en la carne y en el sueño, en la luz y en la deriva.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Orillas, por Antonio Soler

Diario Sur, 23 febrero 2017.

Un paraíso con lindes, con los mojones que delimitan la comarca electrificados. Es la aspiración de los mediocres y los temerosos. El localismo puede tener una vertiente pobre, en un descuido puede rodar hasta la más desoladora miopía intelectual. Sólo contemplado como un reflejo del resto del mundo, como una molécula hermanada con un organismo superior, puede tener sentido y resultar enriquecedor. Ese quizás sea el trasfondo del debate, a dos vueltas, que se ha completado anteayer alrededor del eje Sevilla-Málaga. Periodistas, sociedad civil, intentando ahondar en las virtudes de esa eventual comunión. Y en medio de esas vías de encuentro de inmediato aparecen los resentimientos, y la búsqueda de las razones de ese recelo. El asomo identitario a través de equipos de fútbol, semanas santas y demás orfebrería tribal no conduce demasiado lejos.

El malagueñismo a ultranza siempre miró de reojo a Granada, un viejo rival que hace décadas que se nos quedó pequeño. El pelargón económico, turístico, universitario y de infraestructuras nos hizo crecer lo suficiente como para no emprenderla con un párvulo en la hora del recreo. Además, ahí estaba la sombra de Sevilla. Una sombra que surge del ajedrez político y sus embarullados movimientos. Argumentaban los periodistas sevillanos que el recelo no tiene la misma intensidad en un sentido que en otro. Que Málaga siempre resulta más quejosa. Puede que sea porque Sevilla no atiende a los golpes de un inferior. Podría ser. Sí, pero también podría ser que existieran algunas razones que a lo largo de las últimas décadas han identificado el poder con Sevilla y a las demás capitales con sus vasallas.

Podría ser que todo comenzara con la fulminante segregación de Torremolinos, consumada bajo la aquiescencia de la Junta. Una segregación que dejó a Málaga huérfana de hoteles, sin palacio de congresos, sin algunas de sus herramientas vitales. Y también habría que preguntarse cómo se sentiría el sevillanismo cerril si Málaga fuese capital de la autonomía y todos los presidentes de la Junta hubiesen pertenecido al ámbito de poder malagueño del mismo modo que todos -Escuredo, Borbolla, Chaves, Griñán y Díaz- han pertenecido a la clase política sevillana. La identificación, voluntaria o no, merecida o no, del poder con Sevilla es un hecho. Los políticos no han sabido solventar esa rémora. Por el contrario, a veces la han fomentado. Sevilla, equivalente de la Junta como Madrid lo es del Gobierno central, ha sido también la coartada de muchos alcaldes no sevillanos para enmascarar sus errores y han convertido a la ciudad del Guadalquivir en un frontón, un muro sordomudo del rebotaban todos los dardos. Los más justos y los más envenenados. El eje, además de su sentido práctico, puede servir para paliar esos errores siempre que no cause nuevos agravios con el resto de las provincias andaluzas creando una primera y una segunda división andaluza. El mundo cada vez es más pequeño y, aunque las túnicas de los nazarenos y las velas de las vírgenes sean distintas, Málaga y Sevilla cada vez estarán más cerca.

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