Manifiesto de Guillermo Busutil en contra del hotel del puerto

La Opinión de Málaga, 18.11.2017.

Buenos días a todos los que habéis venido en paz y con razones a defender el patrimonio de nuestro horizonte: azul mediterráneo, abierto y despejado bienestar del cemento que tanto nos pesa como cadáveres de la especulación y la política de la corrupción a lo largo de una Costa en la que el Sol lleva décadas enladrillado. No hemos aprendido nada de ese boom transformado en ruinas y paro, ni del tiempo que nos ha costado ganar el puerto como ciudad pública del ocio y la cultura.

Nada hemos aprendido, sobre todo algunos políticos y los que disfrazan la arquitectura, el urbanismo y el desarrollo de iconografía del progreso y la modernidad cuando en realidad se trata del viejo monopoly privado de los que hacen riqueza a costa de lo público. La demostración es el tomahawk hotelero que la Autoridad Portuaria sueña erigir en falo del turismo de cinco estrellas a pie de ola, partiendo en dos el paisaje de nuestra identidad, precisamente la que atrae la economía turística que crece en su demanda de oferta cultural, y de esa singularidad mediterránea que nos define y ennoblece.

Málaga navegante y puerto, creativa y primera en defensa de la libertad, representada en la voz de todos los que aquí, hoy y ahora, defendemos el lienzo limpio de nuestro paisaje marinero en lugar de avalar la venta del alma de la ciudad como ambicionan plantar una torre por el morro como dice el arquitecto y amigo Ángel Pérez Mora. Una agresión que rompe y contamina por arriba y por abajo, y le corre el rímel al cielo, que contribuirá a congestionar aún más el tráfico de la zona y quién sabe si a extender, cómo se intuye la operación que encubre, la oferta comercial del muelle al horizonte del dique convirtiendo ese paseo en la nueva milla de oro de Málaga. Una soberbia de Babel que nada tiene que ver con un proyecto de ciudad ni con el modelo cultural que está desarrollando ni con esa sostenibilidad del medio ambiente con la que tanto se llenan la boca nuestros políticos, especialmente la Junta, y de la que rápidamente se olvidan para darle luz verde a Plata y a su sueño del dildo turístico, aunque sea a costa de repetir informes técnicos porque al parecer resultaron negativos. Una pregunta sobre si es real o no, a la qué sumarle la de qué hubiese decidido la Junta si La Autoridad Portuaria fuese del PP. No olvidemos que la política es también un juego de salón y de máscaras. Y en este caso un ejemplo de despotismo: todo para Málaga pero sin la opinión ciudadana.

Esa ciudadanía representada por el Colegio de Arquitectos, la Academia de San Telmo, la Academia Malagueña de Ciencias, la plataforma Defendamos nuestro horizonte, Ecologistas en Acción, los grupos municipales de IU y de Málaga Ahora, periodistas, escritores, ciudadanos ilustres y un sensato geógrafo como el profesor de la UMA Matías Mérida con su detallado y, este sí, riguroso estudio, a la que los promotores del hotel descalifican y privan del valor de su voz y son tachados de carpetovetónicos.

No hagan lo mismo que en Cataluña y distingan sus autoridades entre malagueños de pro y malos malagueños. Tampoco se tomen los argumentos y reparos del pueblo ilustre como agravios personales ni se hagan mártires de la victimización. Sean gestores para todos y de verdad, sean responsables y morales, que es lo que se le exigen a los políticos y a los que administran el poder, y sean brillantes y audaces. Y también honestos porque el Hotel Catarí no es un Peine de los Vientos de Chillida, ni el Kursall de Moneo de ese mismo San Sebastián, ni el Guggenheim que transformó Bilbao. Empeñarse en las mentiras de la seducción no conduce a nada bueno, estimados políticos. Recuerden que a la lujuria económica del ladrillo y de la soberbia política le susurró negocio el diablo, y que sobre ello nos alertó el Nobel Aleixandre en un hermoso y amenazante verso: “angélica ciudad, un soplo de eternidad podrá destruirte”.

Escuchen y no hurten a la ciudad el debate público. Y dejen que sea la democracia y no las posverdades ni el dinero la que determine la salud, la belleza, la cultura, la identidad y el futuro de nuestro paisaje como bienestar, como recurso económico y como corazón público de encuentro y de disfrute. El horizonte no se vende ni se privatiza. SE AMA Y SE SUEÑA.

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De qué hablamos cuando hablamos de ‘consentir’, por Elena Álvarez Mellado

eldiario.es, 20-11-2017

Un banco es un asiento. Y también una empresa financiera. O un conjunto de peces.

Tirar significa lanzar algo. O desecharlo. Y también acarrear.

La polisemia y la ambigüedad son el pan nuestro de cada día en lengua. De hecho, la mayoría de palabras de un idioma acaparan varios significados. Y tiene sentido: al fin y al cabo, una lengua que asignase un único significado a cada palabra acumularía un repertorio de vocabulario inabarcable. Habitualmente, la polisemia no genera demasiados conflictos a los hablantes porque sabemos discernir sin mucho esfuerzo el significado con el que nuestro interlocutor está usando una palabra polisémica, ya sea a través de las palabras que la acompañan o de la situación que nos rodea. Es improbable que la frase ¡mira ese banco! se refiera a una sucursal financiera si estamos en el acuario mirando peces. Sin embargo, hay algunas palabras en las que la polisemia resulta menos evidente y las palabras se convierten en un terreno minado. El verbo consentir es una de ellas.

A priori, consentir es un verbo inofensivo que significa aprobar o aceptar algo que nos proponen y que requiere de nuestra autorización para que se lleve a cabo. Damos nuestro consentimiento en una boda, en un acuerdo, en una negociación. En ese sentido, una relación sexual consentida sería lo contrario a una violación. Pero, por algún motivo, parece que la expresión relación consentida nos resulte insuficiente y no evoque exactamente el mismo significado que relación deseada, por ejemplo. De hecho, la insatisfacción que causa el verbo consentir ha llevado a que se acuñen conceptos como consentimiento activo o consentimiento entusiasta como alternativas al aséptico y por algún motivo defectuoso consentimiento a secas. ¿Qué le pasa al verbo consentir?

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Chiquito, por Antonio Soler

Sur, 12.11.2017

Artista del hambre, hijo del pueblo y penúltimo representante del viaje a ninguna parte. Chiquito de la Calzada se coló en el corazón de una sociedad acostumbrada a lo agreste por la vía sentimental y blanca. Un hombre inofensivo, ya casi vencido por la vida al que quisimos sentar a nuestra mesa. El pobre de ‘Plácido’ que además nos traía la risa y desde una intuición iletrada le hacía cosquillas a nuestra presunta inteligencia. Producto malagueño donde los haya. Largueza, ingenio y creatividad. Todo eso añadido a la ciencia de la calle, el polvo de los caminos y la comida escasa de las malas pensiones y las peores compañías. Un compendio de todo lo que un buen padre quiere mantener lejos del alcance de sus hijos y que, al modo de los antiguos bufones, sólo sirve para hacer un paréntesis en la vida laboriosa. Un desvío.

Hombres de provecho que Chiquito, desde la Calzada de la Trinidad, sólo había alcanzado a ver de lejos. Emprendedores con andaderas, fauna protegida. Trapecistas con red. Una raza desconocida para quien desde la infancia consideró el tablao y el escenario como la cumbre más alta que nadie pudiera alcanzar jamás. Chiquito, como tantos de su estirpe, hizo de su vida entera sueño y paréntesis. Y la vida, por una vez, quiso ser justa y corresponder a su pasión. La risa de Chiquito viene del hambre, de la picaresca y del doblez. Es el surrealismo de quien no conoce la academia del lenguaje y lo inventa, del que crea imágenes insólitas y metáforas que desde el absurdo lanzan una estocada luminosa y disparatada al raciocinio, un chispazo clarividente que rompe el orden adormilado de la lógica. Es lo que hacen los artistas y es el alambre por el que con su paso sincopado siempre se movió el humor de Chiquito.

 

No era un chistoso al uso ni hizo de la boina y la garrota su gracia. Sus chistes podían ser soberanamente malos, pero eso era lo de menos porque lo que importaba era el cómo, el personaje, el espectáculo de ver a un hombre humilde escapar del naufragio. Frente al personaje cazurro estaba el ladino portuario, el fenicio que cambia arte por pan. Pocos escritores contemporáneos han incrustado en el lenguaje la mitad de palabras y expresiones que Chiquito. O las han desempolvado del remoto baúl familiar. Cambió el amor al flamenco, donde había sido un ignoto cantaor, por la parodia de los humoristas profesionales. Juergas de señoritos, madrugadas de intemperie, viajes estrafalarios sustituidos por una fama repentina y sonora. Allí donde otros habrían empezado a padecer la carcoma del fracaso, Chiquito encontró el grial tan largamente buscado. El invento fue él mismo. El filón no estaba en los lejanos escenarios de Madrid ni en las remotas casas discográficas, sino en el corazón del barrio de la Trinidad. En ese espejo al que cada mañana se asomaba un hombre humilde -y al decir de todos bueno- que se llamaba Gregorio y que ya para siempre fue Chiquito.

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Matar a Gandhi, por Txema Martín

Desde que el actor Anthony Rapp acusara a Kevin Spacey de tocamientos durante una fiesta en 1986, cuando el primero tenía 16 años de edad y el segundo 26, todo se ha torcido en la vida del protagonista de American Beauty. Señalado mundialmente como un acosador sexual, Spacey intentó desviar la atención admitiendo su homosexualidad y echando la culpa al alcohol, pero a partir de entonces han sido muchos antiguos y actuales compañeros de rodaje quienes le han señalado como un sátiro. En un impulso moral provocado por el escándalo de violaciones del productor cinematográfico Harvey Weinstein, la plataforma Netflix ha cancelado la grabación de la sexta temporada de la serie House of cards y va a volver a escribir el guión asesinando al personaje que interpreta Kevin Spacey en el primer episodio (esperemos que al menos así mejore la calidad de una serie en decadencia). Del mismo modo, el veterano director Ridley Scott volverá a grabar las secuencias de su próxima película en las que aparecía el actor, y que ahora interpretará Christopher Plummer. La vida profesional de Kevin Spacey está acabada. Y después de él van a venir muchos más.

Este tipo de reacciones de la industria puede provocar sensaciones enfrentadas. Por un lado, parece ejemplar que todo el mundo señale y denuncie el acoso y que nos plantemos frente a actitudes que no son en absoluto anecdóticas: no ha sido ninguna sorpresa conocer que en el mundo del espectáculo y en otros ámbitos profesionales -ya estén relacionados con el culto al cuerpo o no- el acoso sexual y el intercambio de favores estaban a la orden del día. Una situación de dominación jerárquica sirve a muchos y a algunas como detonante para cumplir sus fantasías a cambio de un trabajo o mediante la amenaza por perderlo. Pero por otro lado, y pasando por alto que una etiqueta en las redes sociales no parece el lugar más indicado para denunciar una violación, cabe preguntarse hasta qué punto el trabajo de un actor o las obras de un artista deben ser repudiados o quemados en la hoguera por determinados aspectos de la vida personal. Es decir, debemos aclarar si estamos dispuestos a que las circunstancias personales consigan borrar definitivamente el trabajo de algunos artistas.

Muchos referentes de la historia tienen una vida privada que para la moralidad actual sería más que discutible. Hemingway era un bruto. Picasso, un misógino. Caravaggio hoy sería acusado de pederasta. Hasta Gandhi, gran adalid del pacifismo y del respeto por los animales, ha sido señalado por varios historiadores como un racista y como un maltratador que reprimía con violencia a su mujer y a sus hijos. Seamos conscientes de que muchos líderes de la humanidad no soportarían el actual escrutinio de la opinión pública. Espero que se admita esta contradicción: es bueno que se condenen actitudes despreciables, pero también resulta lamentable que hayamos perdido la inocencia como espectadores.

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El ángel del tiempo, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 05.11.2017

La Opinión de Málaga, 11.05.2017

La vida se mira de cerca, sosteniéndole la mirada. A cara descubierta escuchando lo que dice por dentro del ruido y del silencio. Lo de fuera es fácil, todos nos reconocemos. Una de las mejores maneras de hacerlo es a través de la fotografía. Esa que no roba intimidades ni compone ficciones de realidad. Una fotografía que no toma distancia, que respira la imagen, la desnuda en blanco y negro, intuye el instante y descifra su alma. Es la que lleva haciendo más de cuatro décadas Nicholas Nixon en busca siempre de la esencia humana, libre de cualquier máscara. Igual que Chejov para el que la vida en escena debía ser lo que era en realidad. Ese es uno de sus principales objetivos. Y también el tiempo que convierte en poemas. Lo enfoca, a pelo lo mira a los ojos, sin ninguna condición, y lo retrata para contarnos del tiempo su caligrafía, sus texturas, sus paisajes, su maltrato y sus facturas. También sus caricias. Nixon nos enseña que la vida consiste en convivir con ese aliento misterioso que nos mueve, nos talla, nos embellece, nos enajena, nos desaloja.

Fotografía de Nicholas Nixon.

La mejor manera de entenderlo, de enfrentarnos a su mirada, la del tiempo, y estrechar su mano, es con la espléndida exposición de Nicholas Nixon abierta en la Fundación Mapfre hasta el 7 de enero próximo. Un viaje cultural, introspectivo, sincero, a través de 212 piezas fotográficas en blanco y negro, que pueden habitarse como si uno estuviese a dos pasos de lo que sucede. Da igual que sean calles, porches, panorámicas, amantes, edificios desde el vértigo en alto, enfermos de Sida o las cuatro hermanas Brown durante 41 años retratadas desde la sombra cómplice que, en algunas fotografías, se interna al otro lado del enfoque queriendo ser una de ellas. Todas son detalles, gestos, silencios, dignidad, la realidad indómita y cotidiana con las que la mirada, la luz y el encuadre escriben imágenes que nos cuentan y nos descubren por dentro conversando con ellas. Tal vez porque, como dice Carlos Gollonet, comisario de esta retrospectiva, abordan temas que forman parte de nuestra propia experiencia.

Todo empezó en 1968 con una Leica de pequeño formato y otra de 4×5 pulgadas para investigar el mundo desde la naturaleza, con una mirada que cruza por ella, muda, sin interrogar, aproximándose tan sólo a la piel de la luz, al paisaje suspendido en la cumbre del aire, recostada junto al blues de un río. El joven fotógrafo de Detroit explora las islas en soledad hopperiana de Alburquerque: Harry´s Diner, una caseta de burritos y tacos varada en una carretera entre dos fronteras, junto a la antena de reclamo coronada por una estrella de neón; se asemeja el conjunto a un viejo transistor Wenders de voces fantasmales que dedican una canción. También está el Mar Motel, un oasis en el desierto, la luz quema, limpia y salvaje, sin encontrar un horizonte sobre el que ponerse de pie y otear más allá. Esa falta de perspectiva aérea lo condujo a enfocar los ocho miles urbanos de Boston. La bruma de los gigantescos colosos de la codicia, las arquitecturas de la ambición y del dinero formando un bosque de panales del trabajo y luces insomnes. Ambos paisajes eran naturalezas muertas, el aprendizaje de mirar en blanco y negro con trípode para pupilas de 8×10. Nixon necesitaba retratar risas, promesas, intenciones, tristezas noqueadas, escondrijos de la mirada. Criaturas del tamaño de un hombre.

Así empieza lo mejor y más hermoso de su trabajo. De nuevo 4×5, esta vez a pulso, en los márgenes de Boston donde el río Charles cambia cada día al paso de la gente que baña sus pensamientos en su curso. Ese padre con su hijo de torsos desnudos, dos edades en el espejo del agua, igual que una pintura de Seurat en Asnières sur Seine. O el amor de una pareja en penumbra verde, sus cuerpos desordenados suavemente después del diálogo de la piel. A ninguno parece molestarle esa ardilla humana y silenciosa que registra la atmósfera de sus emociones, sin alterar su intimidad. El río también está en una calle de los suburbios de Boston, de Mississippi, de Kentucky. Sus orillas son los porches, ese limbo entre lo privado y lo público. Escenarios de Faulkner, de Cheever y de Eudora Welty -hay mucha literatura en el envés fotográfico de Nixon- en los que enmarca con naturalidad y frescura niños absortos en una escalera componiendo geometrías del descanso; la infancia como el paraíso de la felicidad ruidosa, donde la suciedad es la cicatriz del juego y la libertad; la entrega dichosa del padre cómplice entre risas en contraste con el que reposa ensimismado en su dolor cansado de guerrero al lado de su pequeña princesa, encajados ambos en el vacío de un abrazo que no se toca. Imágenes de humildes héroes y víctimas que no lo saben.

De una edad en construcción a otra erosionada por las olas del tiempo. Los ancianos de 1984 en residencias que visita el fotógrafo como voluntario. El afecto en primer plano, mirado y mirándose. La vida escapándose frágil y en soledad extrema. Impactan la belleza y la ternura conmovedora de sus perfiles de muerte; la zurda de un esqueleto como una herramienta del amor y del trabajo abandonada sobre la mesa; las manos de FK y de MT en los surcos de frente o sobre medio rostro, viejas llaves de la memoria, la identidad que desea desvanecerse a solas. Rostros de adusta quietud fuera de las horas, y tatuados de historias. Me acuerdo de Baudelaire:”un buen retrato me parece una biografía dramatizada”. La más célebre de Nixon es la de su mujer Bebe y sus hermanas, Heather, Mimi y Laurie desde 1975 orladas en el mismo orden, cada año el chequeo luminoso o apagado de las emociones en sus rostros, en sus maneras de enlazarse en abrazos, sólo Bebe lo mira siempre de frente. A medias siempre la foto. De un lado la entrega, y en sus ojos él y su autorretrato. La serie con la que Alice Munro- de nuevo la literatura en la indagación del fotógrafo y su relato- podría dedicarle una historia sobre cómo un hombre cuenta el tiempo en femenino. Lo mismo que hace con las parejas que desnudan su deseo en escorzos, en bocas, en abrazos y coreografías del placer en los que palpita un clima, toda la sensualidad y paz que caben en una caricia. Tan sinceras y desnudas como la serie en la que su mirada viaja cortazariana por su vínculo con Bebe: sus labios en los que el amor no envejece ni pierden su luz las pupilas que se unen en una mirada. La pareja en la metáfora de dos troncos rugosos y firmes, unidos en su raíz y carne.

No hay mundo que Nicholas Nixon no haya visitado de cerca, ampliando desde el silencio de una seducción -la fotografía lo es- la intensidad psicológica del drama o de la felicidad, haciendo visible todo aquello que no lo es -dice bien Gollonet en la lectura de su obra-. En la naturaleza enmarañada en su esplendor y metamorfosis; en los cuentos de hadas americanos en los que dos chicos de Thomas Wolfe juegan con una bicicleta en una calle, quizás la misma en la que un tipo contempla el estallido en un almendro con el que conversa en jarras, y por la que un hombre se detiene a buscar en su cartera sin percibir que la luz lo dibuja en negro en una valla de madera en blanco. En los enfermos de Sida, arropados en su agonía por la ternura de sus padres. O en las mágicas atmósferas de su casa, donde duerme de pie una cortina o la brisa del otoño juega un rompecabezas del cielo estrellado en las escaleras.

Cuando vocifera la política del absurdo, y la violencia estalla la aventura y concordia de nuestros días, nada como refugiarse en esta maravillosa exposición de Fundación Mapfre. La de un ángel del tiempo, y de la vida en gelatina de plata.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Poética del color y las formas en la obra de Verónica Romero, por Antonio Abad

Hasta qué punto nuestra mirada no es más que un cauce que nos lleva desde la retina hasta nuestro corazón. Miramos el mundo, miramos lo que nos rodea. Lo hacemos una y otra vez. Mirar es reconocerse y reconocernos en la luz. La mirada es una chispa que cobija el incendio que arde o debe arder en nuestros sentidos. Mirar, sobre todo un cuadro, es más allá de enfrentarse a un objeto que alguien nos ha puesto delante, que lo ha colgado en la pared como se cuelga cualquier cosa. Pero un cuadro es otra cosa. Un cuadro, una pintura queremos decir, es la constatación de un hecho trascendente. Lo que se ve no es solo lo que se ve. Más allá del contenido observable, ya sea un paisaje, una figura o una abstracción hay, principalmente, un trasunto que viaja desde la realidad a otra realidad a través del color y las formas para que el que mira se adentre en su interior y comience a escudriñar la sutileza de los sueños. Toda creación es un sueño vertido en un soporte, en nuestro caso la superficie de un lienzo.

Eso es lo que hace Verónica Romero, trasgredir lo inasible para convertirlo en sustancia de nuestra mirada. El cuadro, sus cuadros, son esos recipientes en donde se cobijan el misticismo y el color, la geometría y el silencio, las formas que conforman un hábitat de serenidad y equilibrio, de planicies desnudas donde la recta o la curva deslizan un paisaje sobrio envuelto en un silencio de mesura y recogimiento para morar dentro de nosotros mismos. De ahí que llame «moradas» a sus resoluciones plásticas. De ahí que recoja de Santa Teresa ese término que invita a otro tipo de oración, a otro entender y expresar el mundo desde formulas pitagóricas. Se trata de un arte de estructuras geométricas; es decir, de un arte de formas geométricas ya que las formas geométricas no son más que formas abstractas surgidas de la observación del orden natural, son configuraciones que provocan nuestra imaginación y que están presentes en todas las artes y son comunes a todas las civilizaciones: el cuadro, el triángulo, el círculo, etc.

Pero el arte geométrico no se ha inventado ahora. No es otra impostura de las vanguardias del siglo XX o del XXI. A lo largo de todo el desarrollo artístico de la humanidad siempre ha estado presente. Desde el Paleolítico, donde el hombre hacía uso de la representación de la figura, también encontramos un arte representado por formas geométricas y trazos lineales de carácter abstracto; o en el Neolítico donde la decoración geométrica en las vasijas de barro es el medio de expresión predominante, adentrándonos después en el uso de la ornamentación (grecas, orlas, cenefas) de los mosaicos tanto griegos, romanos o paleocristianos; e incluso en la sistematización de la perspectiva en el Renacimiento, y no digamos en el arte islámico cuya abstracción geométrica es una realidad en sí misma para representar a Dios y el universo, se viene utilizando las formas geométricas como medio de representación visual por la amplia funcionalidad especulativa y simbólica que tiene y que desembocó, en el siglo XX, en determinados movimientos vanguardistas, llámense constructivismo, suprematismo, neoplasticismo… (Kazimir Malévich, Josef Albers, Frank Stella, Max Bill, Kenneth Noland, Barnett Newman, Mark Rothko, y tantos otros) continúa en nuestros días siendo un medio expresivo fundamental en la obra de muchos artistas. Es el caso de Verónica Romero.

Su pintura es ante toda una suerte de conceptos simbólicos y semióticos que están asociados a las formas geométricas y, por lo tanto, guardando una estrecha vinculación con el misticismo, de ahí que llame «moradas», como llamó Santa Teresa a su famoso tratado de oración, a cada una de sus composiciones.

Decía Maurice Denis que «a través de la superficie del color, del valor de los tonos y de la armonía de las líneas es como se llega a la mente y suscitar las emociones». Verónica Romero, y como la abstracción es la función esencial del espíritu humano, lleva a cabo una decidida voluntad de simplificar sus composiciones y hacer –si cabe así decirlo– un uso espiritual del color. Hay en todo este quehacer una actitud poética y un planteamiento reflexivo. Sin caer en el minimalismo, su gramática pictórica deviene una especial fijación por el color, un color no construido a pesar de su simplicidad por tintas planas sino por la acumulación de capas sucesivas de acrílico que en la superficie del lienzo tratan de conformar estructuras homogéneas, revestidas al mismo tiempo de ciertas calidades. El contorno de las formas, a su vez, vienen delimitadas por líneas difuminadas, sin límites claros, más bien parecen desenfocadas, que tratan de romper la dureza de los distintos espacios de la composición con unas demarcaciones menos acusadas y más sugerentes como si quisiera con ello quebrar la uniformidad de los distintos elementos que la componen.

Al mismo tiempo, Verónica Romero intenta situarse en un espacio intermedio entre la superficie pictórica y el cuerpo tridimensional. Resultado de ello es toda una serie de obras que representan (son) cubiertas de libros intervenidas donde, a partir de un título conocido, ya sea novela o ensayo, y a modo de alegoría, sin obviar los esquemas estructurales de sus cuadros, va creando nuevas formas geométricas capaces de expresar por sí solas conceptos y significados. Un arte por tanto más conceptual que expresivo cuyas formas, y parodiando a Santa Teresa y su castillo interior, «muchas veces, por un modo que yo no sabré decir, se da a entender mucho más de los que ellas…» por sí mismas dicen.

El orgullo desatado, por Elvira Lindo

El País, 13.10.2017

Se dice, se escribe: quien no saca la bandera española al balcón es un acomplejado. Camino lleva de convertirse esta consideración en lugar común. Acomplejada. Honestamente, no me veo. Para quien es hija de madre aragonesa/valenciana (Ademuz es un enclave) y de andaluz, para quien nació en Cádiz y conserva nostalgia escolar de Palma, para quien estudió en un instituto del Retiro, sacó sus oposiciones de locutora en Málaga, y siguió mudándose de manera insensata de la periferia al centro de Madrid y viceversa, para alguien con raíces tan diversas, ¿cuál ha sido la respuesta obvia a quien preguntaba en Nueva York, y tú, de dónde eres? Desacomplejadamente, respondía que española porque es lo que soy. Jamás dudé de que al otro lado del océano estaba mi sanidad, el punto del mapa donde pago mis impuestos, pero sobre todo el lugar donde sitúo mis recuerdos, la tierra donde reposan mis padres y las calles en las que se afanan a diario mis seres queridos. Incluyo algo esencial: la patria más chica de quien escribe es su sintaxis, ese particular orden íntimo aprendido desde la infancia que nos proporciona una voz singular. ¿Complejo? Ninguno. Pero tampoco orgullo. De la misma manera que siempre me ha irritado esa cansina descripción derrotista de mi país en la que encuentro más pose que sinceridad, me inquietan las declaraciones exacerbadas de orgullo colectivo. Y vaya, parece que no hay manera de escapar de ellas. Seamos claros, tildar de acomplejados a los que no se envuelven en la bandera o no le dan más sentido a una fiesta que el de tener un día de descanso es para algunos opinadores que leo/escucho un eufemismo de ser antipatriota, y me deja atónita que quienes tanto critican la comprensible angustia que provoca una sociedad en permanente despliegue de sus símbolos identitarios vean razonable contestar con un órdago de la misma índole.

Se dice que es la gente de izquierdas la que, anclada en los viejos prejuicios progres, no acepta los colores de la bandera nacional, que son precisamente esos melindrosos los que acudieron, manipulados por supuesto, a la concentración de las banderas blancas. No es eso lo que esta cronista vio. Lo que había, al menos en Madrid, era un ambiente familiar donde a falta de alguien que dijera unas palabras daban vueltas los asistentes a la Cibeles sin saber muy bien hacia dónde tirar. La policía había establecido una especie de rompeolas en la Castellana al que acudían manifestantes de la concentración de Colón para mostrar la bandera española de manera desafiante, algunos con ganas de una gresca que, por fortuna, no cuajó. Me acerqué entonces con pesadumbre hasta el lugar de encuentro de los desacomplejados y allí estuve un rato escuchando a un tipo que micrófono en mano vociferaba que ahí es donde estaba la gente que daría su vida por España. Me fui pensando que el problema de poner el patriotismo en un listón tan alto es que somos muchos los que nos quedamos fuera.

No quiero hacer de esta anécdota una generalización de todo aquel que ha decidido estos días sacar la bandera a las calles de mi ciudad, en absoluto, pero sí desearía, incluso apelando a esa Constitución que algunos esgrimen como texto sagrado en la mano, que se considere que tan pueblo es (tal y como se les dice a los independentistas) el que se levanta a aplaudir un desfile como el que remolonea en la cama, el que aplaude al Rey como el republicano, el que no está dispuesto a ceder en este embrollo ni un ápice de sus convicciones como el que sí. Pero advierto, por la manera en que informaba TVE del desfile del 12 de octubre, que hay una voluntad de repetir una y otra vez que el pueblo español (ese pueblo que todo dirigente se apropia como suyo) había salido a defender la unidad de España. No seré yo quien critique las ocupaciones que cada uno elija en el día señalado como fiesta nacional, pero quiero vivir en un país en el que no se tome la parte por el todo, en el que vuelva a reinar la ironía sobre el asunto, en el que la canción de George Brassens no lleve camino de convertirse en subversiva; ocurre que establecer una definición para el buen patriota es estrechar la libertad de expresión, y eso me alarma desde el momento en que en mi oficio, en todos los oficios artísticos, debe existir un nivel de tolerancia que nos permita contar y cantar tanto lo que nos gusta como lo que detestamos. En el dibujo de El Roto de este 12 de octubre una abuela le pregunta al nieto, “¿No sientes el orgullo de ser español?”, y este responde, “Abuela, a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio”. Esta viñeta está en sintonía con toda la obra de este artista genial. Lo admiramos porque nos produce asombro e incomodidad. Si en días pasados le llamaron facha, con esto podrían definirle como rojo. Para mí hace honor a los versos de Machado: “Busca a tu complementario/que marcha siempre contigo,/y suele ser tu contrario”. A lo que yo, en prosa, apostillo: déjennos respirar a nuestro aire.

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A plata o cruz, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 29.10.2017

La política siempre nos la juega. Da igual la papeleta de una mitad, de muchos y de los que piensan en blanco. La política es como la banca: gana y se lo lleva. La ideología, los principios, los deseos, las normas, las leyes, el consenso, la ciudad, nosotros los de a pie, es lo de menos. O si usted prefiere, son excusas, coartadas, el tablero o el tapete para seguir de mano en el juego y llevarse lo que conviene a la cuenta corriente del ego. Lo mismo da que se trate de una república independiente que de una torre de las vanidades con las que hacerle un roto al horizonte. Al de España o al de Málaga. A cualquier paisaje en el que la ciudadanía se identifica, se reconoce, convive con su memoria, admira los transatlánticos del progreso y considera que el futuro es cuestión de compartir un mismo sueño y sus lenguajes. Para los gobernantes lo mismo importa la crítica chica que la crítica grande, entre una y otra meten el pie de mando sin reparo y no hay quién le dispute la bocamanga o el matute de su propósito visionario.

Ha sucedido en Cataluña con una enajenación de ruptura que duele e irrita, especialmente por la cobardía -por mucho que algunos la califiquen de estrategia de combate- de no hacerlo a voto descubierto como exige la honestidad de rebelarse y reivindicar ese coraje. Y ocurre de otra forma, más pequeña y sin tanta brecha, afortunadamente, en Málaga donde el presidente de la autoridad portuaria y el alcalde del PP insisten en plantar un Sputnik de 135 plantas a pie de oleaje, partiendo en dos la fachada mediterránea con este dildo para el turismo de helicóptero, cuyo disfrute ciudadanos será el de presumir de tenerla más grande. Rompe y contamina por arriba y por abajo, y le corre el rímel al cielo, este absurdo faro del capital privado de clase alta. Un hotel de los líos (los que se traen y los que desconocemos) dividiendo al personal entre los que le hacen la ola a Plata, a De la Torre y a Juan Cassá, tres tíos Gilitos con pupilas de caja. Por cierto, que habría que preguntar al representante de Ciudadanos qué de qué ciudadanos después de quedarse tan pancho esta semana al decir que hay que recortarle presupuesto a los museos franquicias -el Ruso y el Pompidou que han proyectado Málaga junto con el Museo Picasso, a una capitalidad cultural que atrae turismo y elogios- para darle ese dinero a las cofradías. Las que, según él de verdad representan a Málaga y hacen más por los malagueños. Es evidente que el tipo busca votos y salir en procesión bajo palio de alcalde. Tan poco sorprende su defensa del retorno al XIX. Nada más tomar poder se cargó el Instituto Municipal del Libro y ahora le sobran los museos contemporáneos. Sólo le cuadran el del Automóvil, el de Revello de Toro y el de las Costumbres Populares. Lo único que cabe decirle a este aspirante a regir La Casona y a inaugurar el casino de 135 plantas, que hay cuatro tipos de políticos: los inteligentes y preparados, los intuitivos, los listillos y hábiles y por supuesto los tontos.

No es extraño con esa cultura que este paladín de la política con un pasado de huella blanca desprecie con ardor a quienes critican la torre con la que Plata sueña ser el Hércules plus ultra -aunque tenga, de momento, una sola columna-. Él también se pone airado y nervioso si le mentan la bicha del impacto de la enigmática inversión privada en un suelo público y a la que la Junta de Andalucía (de la que se trajo su currículo cinco estrellas) le tramita por vía rápida su Seguí de vértigo enhebrando la brisa, mientras que a la mayoría de los arquitectos los condena al laberinto burocrático del aburrimiento. La misma Junta que juega con el ayuntamiento al ajedrez del metro y que en el caso del hotel se celebran ambos la rapidez del respaldo. Lo mismo que han hecho ambos políticos con el vergonzoso informe de Medio Ambiente descartando el impacto ambiental y alegando (descojónense en coloquial como yo) que sólo sobresale el glande arquitectónico, según desde dónde uno quiera mirar su erección en el paisaje.

Otrosí de Junta y del Ayuntamiento, tan democráticos ambos a diario y seguro que frente a la Catatonia de las pos verdades (por cierto, una de ellas es la antigüedad de su lengua que en realidad fue el dialecto provenzal del lemosín sin literatura alguna, hasta que 400 años después de la Gramática española de Nebrija Pompeu Fabra se inventó la primera Gramática sobre el catalán, conformado por el dialecto de Barcelona) es el rechazo, casi aversión, a la sociedad civil que se opone a la primera piedra de lujo del monopoly del puerto. El Colegio de Arquitectos, la Academia de San Telmo, la plataforma Defendamos nuestro horizonte, Ecologistas en Acción, los grupos municipales de IU y de Málaga Ahora, periodistas, escritores, ciudadanos ilustres y un sensato geógrafo como el profesor de la UMA Matías Mérida con su detallado y, este sí, riguroso estudio, no sólo no tienen valor de voz para quienes gestionan el patrimonio de Málaga sino que son tachados de carpetovetónicos y toca pelotas del progreso. Sólo les ha faltado a los chamanes de la ciudad llamarnos masones, como hubiese hecho Franco en sus mejores tiempos de gala, ejecuto y a los críticos borro de en medio.

No le pega a usted, alcalde, no es su talante, enrocarse junto al boss del puerto y protagonizar ese estribillo de la sabia picaresca popular de Plata tajo la torre y La Torre mucha plata. Tampoco los ciudadanos, cansados en lo psíquico y en lo emocional, heridos en la razón y en el paisanaje europeo, nos merecemos que sigan e insistan ustedes tomándonos por tontos, con tantas defensas de triquiñuela de su catarí Hotel para la catarsis, y sin tener en cuenta las alegaciones públicas y alimentando las innumerables bondades del dildo del Levante a base de mover dinero por las tuberías subterráneas de la publicidad en prensa. No nos adoctrinen también acerca de las bondades económicas y turísticas del Hotel Casino –mejor deberían estar regulando la burbuja y el acoso del boom de los apartamentos turísticos-. Ni le regalen el oído a los acomplejados y a los que sueñan con ser capital mediterránea de Las Vegas diciendo que el edificio de Seguí es como un maravilloso Peine de los Vientos de Chillida, como el Kursall de Moneo de ese mismo San Sebastián, igual que el Guggenheim que transformó Bilbao. Empeñarse en las mentiras de la seducción no conduce a nada bueno, estimados políticos. Y no se tomen los argumentos y reparos del pueblo ilustre como agravios personales ni se hagan mártires de la victimización. Sean gestores para todos y de verdad, sean responsables y morales, que es lo que se le exigen a los políticos y a los que administran el poder, y sean brillantes y audaces. Escuchen y pregúntense por qué en lugar de insistir tanto en su torre de las vanidades a pie de levante no la edifican en el nuevo paseo marítimo, contribuyendo a darle futuro a un barrio dormitorio de la nueva juventud, y necesitado de infraestructuras que le otorguen identidad contemporánea. Dejen de mirase narcisos y en levitación sobre el mar y, cómo defiende el arquitecto Ángel Pérez Mora, sean audaces en solucionar la herida sucia de ese río sin agua, amurallado y marginado que brecha Málaga en dos. Eso sí que es un reto de futuro y un consenso de todos, aunque desde luego poco tiene de negocio lucrativo.

Málaga ha recuperado con criterio y éxito el puerto para la ciudad. El visitante admira su oferta de paisaje azul y gastronomía, de náutica de exposición y de turismo. Despejarse hacia el horizonte es una forma de consumir la felicidad. Dejen de jugar, como si sólo fuese suyo, el futuro a plata o cruz.

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Hartos del proceso, por Txema Martín

Sur, 27.10.2017

Hoy no estaba en mis planes escribir sobre Cataluña porque estoy harto de ella. No de ella en general, sino de su proceso, y creo que este sentimiento de empacho es común a otras personas porque muchos lo comentan, lo cansados que están ya de este tema. Supongo que es normal que resulte agotador este machaque diario, y cada vez va a peor, de una situación que se les ha ido de las manos, y de qué manera. Este masivo troleo de la realidad ha irrumpido en nuestro espacio doméstico; para cualquier ciudadano informado está resultando imposible quedar a salvo de su influencia. De ahí que estemos hartos. En los medios ya salen psicólogos dando consejos a la población para que el tema no nos afecte tanto. Por supuesto que hay gente a la que le encanta la polémica y disfruta mucho en un estado perpetuo de indignación que están todo el rato hablando de lo mismo y dedican sus sábados por la noche a ver tertulias políticas, a indignarse en su tiempo libre. Lo hay pero no nos engañemos: la mayoría de la gente está harta. También en Cataluña, prueba de ello es el aumento de lexatines y orfidales en las farmacias de Barcelona, sumado al número de bajas laborales, bien por depresión o por manifestación, típico en todas las revueltas. En el fondo está todo el mundo harto.

Por eso yo no quería escribir sobre Cataluña. Tampoco quería escribir sobre lo que no quería escribir, no sé si me explico, pero todo esto al final no ha sido posible porque lo que pasó ayer fue de traca. Es imposible no hablar de ello. El miércoles por la mañana Puigdemont iba a comparecer en el Senado, mira qué bien, incluso con un cara a cara con Rajoy. Luego por la tarde ya no. Ayer por la mañana, el señorito iba a dar una rueda de prensa histórica a las 13.30. Después la retrasó a las 14.30. Un minuto antes canceló la convocatoria. La nota de prensa remitía al Parlamento, donde quien dice adorar el diálogo ni siquiera tendría turno de palabra. Entenderán que todo esto resulta muy molesto para el periodismo. Para los profesionales de la radio, la televisión o la prensa escrita este señor es un incordio. Cuando estaba anocheciendo todavía duraban las extensiones de los programas matinales. A los tertulianos se les veía con mala cara, aburridos. Los columnistas y editorialistas ya no sabían qué opinar. Y también es verdad que hay otros temas, pero es que uno pone la radio, enciende la tele, ojea las páginas de los periódicos y ahí está el asunto, acechándote. Que si esto podría ser lo más parecido al 23-F que ha vivido mi generación, supongo que por lo cutre, cómo no íbamos a hablar de ello. Los publicistas descubrieron que poniendo en una película un fotograma por segundo con una imagen de un refresco los espectadores lo pedían más. Espero que este viernes no vayamos a la barra a pedir un Proceso – Cola. Ya hemos tenido suficiente.

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Dialogar, ¿entre quién?, por Luis García Montero

Infolibre, 22.10.2017

Hay momentos en los que la realidad nos desnuda. Buena parte de la tarea política y cultural está destinada a medir, cortar, pespuntear, vestir o disfrazar la realidad. La conciencia de que la sociedad es una sastrería imperfecta nos ha hecho perder la confianza en muchas cosas, incluso en la verdad. Los que se toman en serio el concepto de posverdad son unos nostálgicos. Sin conciencia histórica, admiten que vivimos después de la Verdad. ¿Pero hubo alguna vez una Verdad al margen de la vara de medir o del bastón de mando de la Historia?

Por mucho que intentemos vestir la realidad, hay conflictos en los que esa realidad llega a desnudarnos. No existen soluciones fáciles, incluso uno llega a pensar que no existe solución. La única salida realista parece ser la aceptación del dolor. Incluso de la catástrofe. Utilizo mucho la palabra incluso, pero es que las situaciones en las que la realidad nos desnuda, aunque en un primer momento nos atan a la tierra, acaban convirtiendo el mundo en un espacio parecido a La Inclusa, una casa de expósitos.
Para negarse a la catástrofe, no queda otra alternativa que sentarse a hablar de verdad, incluso sentarse a hablar sobre la verdad. No existen verdades esenciales, pero existen ilusiones sentidas como verdad. Pierre Bourdieu explicó en Las reglas del arte (Anagrama, 1995) que la illusio, sentida como adhesión al relato, es la premisa necesaria para que sean vividas de verdad las ficciones. En esta sastrería imperfecta y en rebajas que hoy es el mundo, con grandes colas en las puertas del negocio, gente apresurada para hacer su compra en situación de emergencia, ya no basta con decir que la Verdad del relato está al servicio del Poder. Habrá que buscar una verdad alternativa y transitoria, un relato y un poder que le devuelvan la dignidad a la política y al ser humano. No podemos prescindir de la ilusión, no podemos normalizar la catástrofe.

Confieso que el conflicto catalán me ha dejado desnudo. Estoy en La Inclusa. Desde hace mucho tiempo me afectan razones y sentimientos de rabia, solidaridad, disidencia, indignación y cansancio. No puedo renunciar a la ley democrática, ni puedo hablar al margen del amor.

Por eso no me basta con denunciar la mezquina irresponsabilidad del PP, capaz de abrir una brecha calculada en busca de su beneficio electoral. En nombre de la Unidad de España, han cultivado la amenaza del separatismo catalán para ocultar sus propias corrupciones y su política santificadora de la desigualdad, poniendo además en dificultades de identidad a los sindicatos y a los partidos de la izquierda. Tampoco me basta con denunciar a la derecha catalana, capaz de traicionar a su burguesía y a su tejido económico para ocultar su corrupción, su canibalismo y su propia liquidación de los servicios públicos. La illusio que ha creado de una independencia posible ha sido vivida como relato de verdad por mucha gente. La factura sentimental y económica, más allá de las lágrimas de los jóvenes que tienen en el banco 150 euros para darse un capricho a final de mes, la pagarán como siempre los más débiles, los que no alcanzan para darle un desayuno por las mañanas a sus hijos.

En la España repleta de banderas, incluida Cataluña, hay más de 13 millones de personas en el umbral de la pobreza. Por eso no me basta con denunciar a la derecha. ¿Por qué la izquierda no es capaz de sentarse a hablar? ¿Por qué no se puede articular un relato, una illusio que haga vivir como verdad y prioridad la conciencia histórica, el deseo de justicia social, la solidaridad, el respeto, la democracia profunda? Por qué somos incapaces de comprender el sentido de Europa y las lógicas del siglo XXI?

Pedimos una y otra vez que dialogue el gobierno del Estado con el gobierno de la Generalitat. ¿Pero dónde está el diálogo de la izquierda?

Se va a aplicar el artículo 155, se convocarán elecciones en Cataluña. Sea cual sea el resultado, sea cual sea la dureza o la gravedad de los hechos, el conflicto no lo solucionaran unas elecciones. La fractura sentimental de la sociedad catalana dolerá más allá de unos resultados coyunturales. ¿No es posible tomarse en serio la construcción de un espacio que procure mañana y pasado mañana el debate y el acuerdo político en vez del choque de trenes o el enfrentamiento de identidades?

Es irresponsable, muy irresponsable, que la izquierda busque en el espectáculo de las rebajas sólo motivos para robarle votos a los que son por necesidad, por esa realidad que nos desnuda, compañeros de viaje imprescindibles.

Es un artículo triste, ya lo sé. Pero este sentimiento de tristeza me parece hoy mucho más legítimo que las alegrías y las soflamas.

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Política, por Antonio Soler

Sur, 22.10.2017

Hay muchas formas de hacer política. En esta hora de Dios, Patria y Rey, pseudo referéndums y grandilocuencia delincuente se nos va la vista hacia un rincón olvidado de esta ciudad. Un lugar sin consignas ni creatividad institucionalizada. Lagunillas. Allí ha surgido eso que en otras partes llaman Soho, un movimiento vecinal con el arte como motor y la reinserción social como resultado. El alma de todo eso ha sido la de Miguel Chamorro. Murió el viernes. Su legado, como el de los grandes hombres, sigue vivo. Está hecho de la mejor materia humana.

Miguel Chamorro, madrileño, llegó hace unas cuantas décadas a Málaga. El azar lo llevó a vivir en las inmediaciones de la calle Lagunillas. Pintor. La mirada con la que observaba las manchas de color y las figuras geométricas que conforman todo lo que nos rodea se detuvo también en esos niños apátridas que por entonces pululaban por el barrio. Huérfanos de escuela vagando por la calle en espera de caer víctimas de no se sabe qué adicción. Miguel usó la pintura del mismo modo que sus enemigos naturales utilizaban el caramelo para atraer a los niños. Miguel para salvarlos, los otros para llenarse los bolsillos y de paso arruinarles la vida a sus víctimas.

El activismo de Miguel Chamorro consistió en un principio en crear talleres de pintura. Los niños de la calle eran los protagonistas. Exposiciones en los muros de un barrio destinado a la piqueta y a la especulación más despiadada. Talleres. De pintura, claro, y también de teatro, de cerámica. Apoyo escolar, aulas de estudio para mejorar el rendimiento académico de los niños. Campamentos de verano. Madres voluntarias, grafiteros llegados de todas partes para colaborar con la restitución del barrio. Una asociación sacada de la nada y puesta en pie, Fantasía de Lagunillas. Si, como dice uno de los lemas del barrio, ‘El futuro está muy grease’, antes de Miguel Chamorro ese futuro era infinitamente más oscuro. En torno a la obra social que él puso en marcha se fueron uniendo personas con ganas de plantarle cara a la indolencia. Concha, Dita, ceramistas, bares alternativos con clases de inglés, movimientos que surgen desde abajo y frenan el insaciable apetito que quiere convertirlo todo en homogéneo y anodino. Metro a metro le han ido ganando la batalla a la desidia. La primera niña que se acercó a Miguel cuando él estaba pintando en la calle, la curiosidad que Miguel detectó en aquellos ojos, fue el desencadenante de algo mucho más grande. No se sabe cuántos niños, algunos de ellos luego voluntarios en las diferentes asociaciones y talleres que se pusieron en marcha, le deben no haber caído en los espinosos territorios de la marginalidad. Algo que nos concilia con lo mejor del ser humano. El motor que Miguel Chamorro encendió sigue en marcha. Lo que él ha hecho es la otra política. La que no crea problemas sino la que los resuelve a pie de calle, sin banderas ni otro himno que el de la auténtica fraternidad.

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Un cuento blanco, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 08.10.2017.

 A menudo la realidad nos estrecha el camino y la respiración. Entre ella y la pared nos obliga a decidir entre el así es la vida y la audacia de crear otra salida. La primera es la elección más fácil. Uno admite que lo habitual es aceptar lo que nos impone como una vocación de madurez o la condena de llevar una piedra sobre los hombros, una china imperfecta en el zapato. Da igual si en esa realidad no nos reconocemos, si nos asusta, nos duele o nos parece una prueba de la idiocia en contienda que tanto impera en estos días de furia e incertidumbre; de desconocimiento constitucional y fiscal; de la ley de gravedad de la economía y del reparto de los presupuestos del Estado; de convivencia a la intemperie del belicismo. Sólo queda apretar los glúteos y los dientes, echarse la sombra encima y seguir el camino con el que la realidad nos identifica, nos suma, nos resta y divide entre el activismo emocional desbocado que galopa en el hielo que nos fractura y la reflexión cívica convertida en un pájaro asustado sin rama en la que posarse. Sucede ayer, hoy, mañana, a diario, la realidad a su antojo e intransigencia. La segunda opción es más difícil. Si uno no se doblega a que la vida es así -coartada de identidad de la realidad- y encuentra valor en la penumbra de su miedo o en la serenidad de su honestidad, tiene dos opciones: La primera: inhalar aire a fondo, sostener la respiración como si estuviese practicando abdominales hipopresivos e intentar zafarse entre la realidad y la pared sin sufrir un golpe en la conciencia o en el estómago. La segunda requiere desvelarle a la realidad el secreto que ella desea siempre capturar y desarmar: la capacidad de descubrir otra realidad paralela para escapar de su acoso por la pared.

Lo descubrí leyendo un cuento, cuyo autor me da rabia no recordar porque lo merece su originalidad pero la saturación de idiocia me bloquea las neuronas. En esa historia un hombre encuentra en la pared del pasillo de su oficina una puerta. La abre y descubre que ningún otro refugio le procura la transparencia de un silencio que no despierta sospecha alguna, el reposo de no tener que preguntarse nada acerca de las promesas, de las mentiras, de la inclinación a que las ideas tengan músculos, gritos, amenazas. En aquel lugar ninguna imagen o palabra que se atreviese a pronunciar tímidamente eran incandescentes. Ni siquiera sonaban, tenían relieve o alumbraban la oscuridad en la que no se sentía a ciegas. Dentro de ella tenía la certeza de que no tenía porqué desalojar la realidad que otros convertían en hostil y exclusivamente suya. Lo único que debía hacer era imaginarse que aquella habitación era una sala del cine Albéniz donde Emilio March había encontrado su habitación personal en la pared seis días de película a la semana. La carretera a un pueblo de sábado como aquellas por las que viaja Eusebio Inglés en busca de la geometría de los paisajes en los que reconocer la belleza, y el placer de las pequeñas aventuras en pareja. Quizá el sendero de verdes que suben y bajan y por el que crujen cada vez más secas las estaciones que recorren Alejandro y Felisa, hasta llegar a la cima del viento o a la mesa de un banquete. Incluso una caracola en las que Busutil intenta descubrir el secreto de las olas o por qué a veces el compromiso y la palaba son una pesada carga cuando en las hogueras -las de metáfora y las de verdad- vuelven a arder los libros de Historia, las Enciclopedias, la Carta de Ciudadanía de la Ilustración, el mapa con el que Juan Sebastián Elcano completó la primera circunnavegación del mundo, y regresó a Sanlúcar de Barrameda, cuyo único ombligo es un mar de todos. Cartografías del intelecto frente al desbordamiento de la autoestima como convicción y encono.

A salvo y sano de las heridas de la idiocia cotidiana y de la que muchas veces se impregna de la política en turba y desafío, el personaje de ese espléndido cuento -del que me provoca desazón no recordar su firma-, regresaba al pasillo y sonreía porque ya no estaba entre la realidad y la pared, y durante un tiempo podía ir tirando entre nieblas existenciales y sueños borrosos o a media jornada, con una felicidad asequible y llevadera. Suficiente para no pensar si al cruzar de esquina o al salir del metro iba a encontrarse con una revolución de sans culottes, con la burguesía poniendo a recaudo el dinero después del delirio de su hegemonía reaccionaria, con un virulento choque policial o la insurrección independentista en la que muchos han encontrado una vieja canción libertaria, un nuevo romanticismo progresista. Coincidiremos bastantes en que esa tranquilidad del personaje es conveniente en estos momentos donde que hay qué pensar cuál es nuestra responsabilidad como ciudadanos cuando las instituciones fracasan, la política ejerce y desjerce en contra de la convivencia y el diálogo. Y en los que también es necesario explorar con honestidad la memoria para entender el presente. Igual que hace con una sutil melancolía Kazuo Ishiguro en su estupenda novela Un artista del mundo flotante, sin tener que adoctrinar en política y en combate a los niños desde los libros de abecedario en las escuelas catalanas. Qué brillante el reciente premio Nobel de Literatura en una de sus frases a una de las primeras entrevistas: «Hemos perdido el consenso sobre lo que es democracia».

Lo he dicho siempre y lo repetiré hasta la última lluvia ácida de Blade Runner, el de Ridley Scott y el de Denis Villeneuve, igual que si fuese un replicante en el mundo corrupto de los hombres cautivos entre la tecnología y el subdesarrollo, la cultura nos hace éticos y libres. Es el mejor instrumento del que disponemos para que el pensamiento no sea de tarifa plana, para que el diálogo deje de padecer de autismo y «sea una forma de construir un futuro con mejor calidad de vida». Lo ha dicho Norman Foster en la inauguración de Doce diálogos con la arquitectura y la ciudad en el Espacio Fundación Telefónica, donde reflexiona acerca de la movilidad y la sostenibilidad. Dos conceptos vitales en este siglo, junto con la importancia de la solidaridad como puente para el progreso común y fuerza frente a las verdaderas amenazas que nos esperan. Esas que ya están agazapadas en el ámbito de lo cotidiano ante el que hemos perdido el ángulo zurdo de la mirada y la capacidad de encontrar en un instante entre la vida que sucede y la que sucederá un mundo, un extrañamiento, otro camino, una historia que contar. Algo sobre lo que hablé ayer en una mesa redonda en compañía de una prometedora escritora, Almudena Sánchez, capaz de encontrar en la realidad un iglú en el que refugiarse para ponerle sonido a los sentimientos, conversar sobre la soledad adentro en los cuadros de Hopper y más allá de los límites con un imprescindible escritor feliz como Felipe Navarro, el Murakami malagueño que escribe para explicarse lo que hay a su alrededor y no sabe si seguir llamando realidad. Dos autores con los que la revista Tales, un pentagrama de mano para el cuento, en el que se empeñan Ignacio Rodríguez y Gonzalo Campos en un intento de reunir voces que enseñen a leer el mundo, entre la fabulación de lo posible y lo tangible que se confunde de ficción, para que seamos capaces de descubrir lo invisible o de salirnos del acoso de lo real que nos estrecha el aliento y la vida.

No les contaré el final del cuento (sí que lo recuerdo, no crean) porque así dejo que ejerciten su imaginación, que la pongan a trabajar o al menos la aireen, que nunca viene mal hacerlo de vez en cuando, vayan a necesitar ustedes encontrar en su pared esa puerta o un iglú.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Carne de reproducción, por Lidia Falcón

En una película de consumo femenino que ofrece una cadena de televisión los sábados por la tarde se plantea el tema estrella de esta época: la mujer como carne de reproducción.

La protagonista que encarna la mujer demente y asesina que gusta ahora a la industria cinematográfica estadounidense, se lanza a su carrera criminal porque quiere tener hijos. ¿Y cuál es la relación entre su deseo de maternidad y la serie de asesinatos que comete? Su imposibilidad para reproducirse deriva de haber vendido sus óvulos para un banco que los revende a las mujeres con dificultades para engendrar. A raíz de ello y tras una enfermedad nuestra protagonista queda estéril. Pero, con su aguda astucia consigue la dirección y los datos de una de las que fueron madres con sus óvulos, y allí acude a recuperar lo que en términos biológicos evidentemente son sus hijos. Las peripecias que siguen solo sirven para un tebeo machista, pero la fábula es muy ejemplar.

Evidentemente los materiales para la fabricación de un nuevo ser humano son el espermatozoo y el óvulo. En estos momentos en que la ciencia ficción se ha hecho realidad y los delirios de Paracelso se realizan cotidianamente, tenemos a las mujeres, nuevamente, como en las fábulas patriarcales, convertidas en materia reproductora.

Si todo se compra y se vende, si todo tiene precio, hasta los seres humanos que se traficaron como esclavos durante milenios, ¿por qué no aquellos trocitos del cuerpo femenino que sirven para la fabricación de nuevos esclavos? Pues sí, se venden y compran óvulos. Como si fuera pelo. Pero los óvulos no son cabellos que han de cortarse periódicamente. Es preciso someter a la mujer a manipulaciones poco saludables. Y son números clausus. Cuando alguno se estropea no se repone.

Hay ahora un comercio, que aumenta cada día, de compra y venta de esos huevos que contienen el germen de un ser humano. Y mujeres que los venden porque se hacen con algo de dinero. Lo hemos consentido, como tantos otros tráficos, sin protestar. ¡Teníamos tantos sufrimientos por los que rebelarnos! Y dejamos que las manipulaciones, experimentos y negocios con nuestra capacidad de procrear siguieran adelante, mientras todas nuestras energías se gastaban en pedir la legalización del aborto. Cuando la conseguimos nos encontramos con que había un mercado de niños por los que se pagaba dinero si los fabricábamos en nuestra propia barriga, con óvulos prestados o comprados y el feliz esperma del que financiaba el negocio. Y los hijos ya no son consuelo y esperanza de la mujer que lo fabrica en su cuerpo y lo pare con dolor, sino que les son arrebatados como un producto manufacturado más.

Una viñeta del Roto con el dibujo de una embarazada, dice: “Las gestaciones siempre han sido altruistas, menos ahora las altruistas que se cobran”.

Ciertamente el trabajo de traer hijos al mundo lo han realizado gratis las mujeres, y no precisamente por amor. Pero, a pesar de la sordidez y de la explotación que ha supuesto para las mujeres durante toda la historia parir y criar hijos, esta tarea se adornaba últimamente con la ideología del instinto y del amor materno. En los tiempos actuales en que en occidente la natalidad es mínima esa relación única entre la madre y el hijo y su cuidado y compañía es consuelo de la mujer que lo ha traído al mundo.

En la siniestra compra de la capacidad reproductora de una mujer, siempre pobre, siempre engañada, siempre víctima de un tráfico infame encontramos una forma de obtener el beneficio capitalista. Dejémonos de relatos falsos del altruismo de la amiga y de la hermana, que para nada constituyen la verdadera causa de la reclamación actual de que se legalice. No pervirtamos el superior concepto de la libertad, con el que se pretende defender que las mujeres se sometan gustosamente a las manipulaciones propias del doctor Frankenstein, porque la presión y el chantaje social a través de los medios de comunicación no se están realizando por parte de formaciones políticas y asociaciones cívicas, para que una buenísima mujer se sacrifique por su amiga, sino para instalar con toda libertad el comercio de vientres femeninos.

Y allí tenemos una de las fuentes de beneficio más nuevas que los traficantes denominan gestación subrogada porque queda más fino que vientres o úteros de alquiler.

Este tema se ha hecho estrella en simposiums, conferencias, entrevistas, programas de televisión, incluso financiado con fondos públicos en jornadas organizadas por el Consejo de la Mujer de los Ayuntamientos, como la semana pasada en Sevilla, cuyas dirigentes, que pertenecen a esas formaciones políticas nuevas de nombres insustanciales, y afines al sector homosexual que pierde el oremus por fabricar un descendiente con su propio esperma, se manifiestan descaradamente partidarias de legalizar tan infame comercio.

Y no solo esos Consejos no tienen autoridad para pronunciarse por una u otra opción, cuando tienen que ser plurales y democráticos y únicamente propiciar el debate, sino que se decantan por defender una propuesta que vulnera la legalidad española. Ciertamente la ausencia de una legislación clara y contundente que prohíba esta clase de explotación femenina y convierta en delito su práctica para quien la demanda, da lugar a las vacilaciones y bandazos de las resoluciones judiciales en nuestro país.

En España el Art. 10 de la Ley sobre Técnicas de Reproducción Humana Asistida señala que será nulo de pleno derecho el contrato por el que se convenga la gestación, con o sin precio, a cargo de una mujer que renuncia a la filiación materna a favor del contratante o de un tercero. Pero ante la presión que el lobby demandante está ejerciendo sobre los legisladores y jueces el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos dictó  dos sentencias en las que declara que se viola el art. 8 del Convenio Europeo de los Derechos Humanos el no reconocer la relación de filiación entre los niños nacidos mediante vientre de alquiler y los progenitores que han acudido a este método reproductivo, apelando al interés superior del menor.  Esto ha creado precedente para toda la Unión Europea, por lo que el Ministerio de Justicia ordenó en el mes de julio de 2014 a los Consulados españoles que efectuaran la inscripción de los niños nacidos de gestación por sustitución.

El resultado es que se está procediendo a una práctica que contraviene la ley española, aunque sea en países extranjeros pero que tiene efectos en nuestro territorio nacional, puesto que la inscripción en un consulado es igual a la que se efectúa en el Registro Civil de cualquier ciudad de nuestro país.

Apelando a ese bien superior que es el interés del menor, la industria de compra y venta de niños fabricados a la carta,  aumenta y se afinca y pretende legalizarse en España, apoyada por el partido Ciudadanos y con la complicidad de sectores de otras formaciones políticas y algunas instituciones.

Si el Movimiento Feminista no utiliza todos sus recursos para oponerse eficazmente, lo que hemos avanzado en las luchas de los años precedentes para lograr el reconocimiento de la dignidad de la mujer, lo perderemos ante la avalancha de la ideología liberal que no sólo atañe a las relaciones económicas sino muy gravemente daña la categoría de ser humano de la mujer, rebajándola a la de una máquina engendradora de hijos.

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A|R|TENEO (Con otra mirada), por Antonio Abad

La realidad que nos circunda merece ser contemplada desde una perspectiva mucho más abierta que sea capaz de reconstruir en cada uno de nosotros una nueva mirada.

A|R|TENEO no es otra cosa que un montaje expositivo con un contenido plural y diverso con la ambición de capturar –a veces de manera espontánea– momentos fugaces de la vida que provoquen emociones y sensaciones diversas en el espectador de tal modo que, a su vez, ofrezca un arte con resonancia en un marco intensamente estético y comprometido con la realidad más inmediata.

Se trata de un proyecto ampliamente abierto e interdisciplinar donde la pintura, la fotografía, la escultura, el grafiti y la poesía intervienen en causas comunes para conseguir una perspectiva más amplia de todo lo artístico.

Trece, como los de la fama, han sido los participantes que con sus diversas propuestas nos advierten de la singularidad de una exposición enmarcada en su diversidad, pero no por eso menos convergente en propósitos afines donde cada cual ha situado su obra en un espacio determinado:

Pepe Ponce ha querido rescatar la figura de José Nogales Sevilla (figura en una placa en el hall de Ateneo) a través de tres enormes fotografías donde, además del homenajeado pintor, aparecen unos espectadores desnudos, porque desnuda ha de ser siempre el reto de nuestra mirada.

Charo Carrera, aprovechando la delicadeza del soporte como es el terciopelo, presenta una electrografía sobre dicho soporte y otras dos obras de delicadas facturas. Las tijeras hacen el oficio del pincel para configurar un espacio geometrizante visto desde las nubes.

Ernst Kraft. Todos estamos inmersos en algún laberinto, pero Ernst Kraft lo está en uno muy particular que constantemente transcribe en muchos de sus cuadros, pero sobre todo esta vez lo ha querido dejar reflejado con pintura de señalización en uno de lo patios del edificio que acoge al Ateneo.

Rafael Alvarado, a través de la denuncia y el compromiso social presenta una instalación fuertemente expresionista con la que quiere dejar constancia de determinados acontecimientos a favor de “los otros”, y al mismo tiempo definir una visión artística de las “sombras que habitan˝.

Fernando Robles, nos lleva con su instalación al cielo y al infierno y nos presenta un dibujo de gran formato, 17 cuadro pequeños, y con la habilidad y la gestualidad que le caracteriza, a la manera de los grafiteros, ha plasmado con ayuda del carboncillo, una referencia muy sui generis de la Divina Comedia.

Pedro Casermeyro a través de la denuncia, la ironía el sarcasmo, pero sobre todo con una buena dosis del mejor humor y con una muy atildada expresión artística acierta en delimitar los tópicos y los tipismos de la sociedad española en general.

José Antonio Martín y Salvador Palomo, nos llevan a una plástica que desliza un relato visual en orden a representar la excepcionalidad de lo cotidiano con una mirada nueva a partir de la génesis del instante que proporciona la fotografía.

Juan Ceyles, y sus polimorfemas, o metáforas visuales, utiliza el signo como expresión única de la forma, y desde el análisis y la simplificación ordena una geometría onírica que pretende dialogar con el espectador.

Sebastián García Garrido, con sus celebradas tipometrías ofrece un homenaje a los tipos móviles en madera, reivindicando la imprenta tradicional y concibiendo un acertado discurso plástico-poético.

Lope Martínez Alario. Ensamblar imposibles con materiales nimios, como el papel o el clip, da como resultado una obra justa y ordenada y que solamente una elevada sensibilidad de la composición como la suya es capaz de concebir.

Rafael Heredia, hace que la arcilla o el gres satinado los conciba como si estuviera componiendo una sinfonía hasta sumergirse en la mansedumbre de las formas y obteniendo como resultado una escultura eminentemente organicista.

Francisco Santana, siempre en su afán de búsqueda y experimentación plantea una escultura ajena a otros paradigmas del arte convencional tratando de explorar la otra realidad que bulle detrás de la realidad.

España y Cataluña, por Juan Antonio Fernández Arévalo

En una reciente entrevista, José Luis Bonet, presidente de Freixenet, destacaba los profundos lazos sociales, económicos, culturales y personales entre Cataluña y el resto de España. Son tantos y tan variados que, añado yo, deberían ser inquebrantables si un nacionalismo identitario y excluyente no hubiera tomado el rumbo enloquecido de un sueño contra-histórico y belicoso.

Tantas afinidades existen entre Cataluña y Andalucía que, por poner un ejemplo, un catalán con tanto pedigrí independentista como el molt honorable Carles Puigdemont (el del redundante apellido) hunde sus raíces en la misma tierra que las mías, andaluz de nacimiento y convicción, de Linares, y cartagenero de adopción. En efecto, mi abuela Manuela como la abuela del president, también llamada Manuela, nacieron en La Carolina. Y, si su bisabuelo nació en Dalías, mi abuelo lo hizo en Tabernas, pueblos próximos de la provincia de Almería. ¿Quién lo iba a decir? Y luego se mezclaron, una jiennense y un almeriense en mi caso, y una jiennense y un catalán (gerundense) en el otro. No son curiosidades, son datos de la realidad que se ocultan deliberadamente para aparentar una pureza racial inexistente y también peligrosa. No lo he analizado, pero parece seguro que son más comunes, en Cataluña, apellidos “castellanos” como López, Sánchez, García o Martínez que Forcadell, Puigdemont o Tardá, apellidos catalanes nimbados por el independentismo.

Y es verdad que una gran parte de la población de mi tierra natal, huyendo de la pobreza, emigró desde siempre hacia el oasis de riqueza y oportunidades que era Cataluña, sobre todo Barcelona y su cinturón industrial. Y allí se entrecruzaron culturas y formas de vida aunque, en la mayoría de los casos, los andaluces, mano de obra barata y acomplejada, tuvieran una condición de subordinación respecto a una burguesía catalana dominadora de la economía y de la cultura. Aún así se produjo una integración hasta cierto punto razonable. De hecho, muchos de los independentistas actuales llevan nombres castellanos, andaluces, murcianos o extremeños. Y los recorridos vitales, salvando las condiciones económicas, pero no tanto la lengua (el castellano era hablado en toda Cataluña, especialmente en las ciudades), fueron muy similares. La burguesía catalana era tan franquista como la del resto de España, el Barça no se quedaba detrás del Real Madrid en su adulación al dictador, y los universitarios eran rebeldes en Barcelona, en Valencia, en Madrid o en Sevilla, sin diferencias apreciables.

Y, volviendo a mi recorrido vital, estudié en la universidad de Valencia con profesores estelares como Miquel Tarradell, Joan Reglá o Emili Giralt, todos ellos conectados al magisterio de Jaume Vicens Vives, de cuya visión de la historia me impregné y defendí en mis clases de instituto, porque me parecía la más sensata, la más racional, la más universal, la menos sectaria. La historiografía española debe mucho a Vicens Vives, ejemplo de equilibrio, de catalanidad integradora, de españolidad modernizante. Todo un modelo

Y me integré como asesor pedagógico en la editorial Vicens Vives durante treinta años, colaborando con el nieto y heredero del historiador, también llamado Jaume. Y conservo sus libros siempre respetuosos con España.

Por todo esto que me une, que nos une, a Cataluña y al resto de España, lamento la irresponsabilidad de unos independentistas fanáticos e irracionales que quieren romper todos los puentes, sin reconocer que el agua que fluye bajo ellos podría ahogarnos para siempre, a españoles y catalanes.

Cartagena, 8 de octubre de 2017

Publicado en Opinión Ventanas abiertas por ipmontalban. 0 comentarios