¿Es posible la integración de culturas?

Europa, el espacio del mundo más desarrollado en derechos humanos y bienestar, está cambiando su geografía humana a una velocidad difícil de controlar. Nos superan los acontecimientos. Aplaudimos la inmigración cuando nos interesa, pero nos preocupa y nos atemoriza en época de crisis por el aumento del gasto en el mantenimiento de los inmigrantes desempleados. Quienes vienen a ocupar los puestos de trabajo excedentes, se convierten en ciudadanos de pleno derecho, al mismo tiempo que contribuyen con sus impuestos a sostener la seguridad social; pero cuando la balanza cambia de signo, superando la demanda de mano de obra a la oferta, surgen los grupos marginales, los ghetos…
La señora Melker, canciller de Alemania, ha declarado con absoluta contundencia que la multiculturalidad en su país es un fracaso. Quizás por pretender un modelo integrador con objetivos imposibles. Los “latinos” en las grandes ciudades, el colectivo musulmán en Melilla, los gitanos en Francia… son algunos ejemplos que reafirman su tesis.
El estadounidense, especializado en terrorismo islamista, Daniel Pipes, afirma que Europa se encuentra en un cruce con dos salidas: “la dominación del islam o el rechazo del islam”. El descenso de natalidad y la pérdida de identidad de la cultura propia, se contraponen a la “gran identidad religiosa de los musulmanes, su sentido comunitario de la fe, una tasa demográfica alta y mucha autoconfianza en su cultura”. “Crece la población musulmana en Europa, pero también lo hace y a un ritmo veloz la tendencia anti-islamista”. 17 millones de musulmanes en Europa, 600.000 en España, 50.000 en la provincia de Málaga son datos para la reflexión.
En los siglos X y XI Al Ándalus fue modelo de convivencia, no de integración: romanos, visigodos, árabes, beréberes, judíos, eslavos, muladíes, mozárabes… convivían con respeto a sus diferentes culturas. A los judíos los aceptaron en la sociedad islámica como comerciantes que financiaban importantes proyectos. En este contexto la lengua hebrea, protegida por los Omeyas, alcanzó su mayor esplendor. A los cristianos, considerados politeístas por la creencia en la Trinidad, los respetaron permitiendo la práctica litúrgica en sus templos. Abderramán III tuvo ministros de las tres religiones. Cristianos y judíos ocuparon puestos de relevancia, junto a musulmanes. El resultado, un clima de paz y tolerancia único en la historia de la humanidad. Probablemente contribuyó a ello las posiciones cercanas de las tres religiones en conceptos ortodoxos relativos al dominio del hombre sobre la mujer, estricta moral basada en mandamientos similares y una visión teocrática del mundo sin disidentes.
Diez siglos han transcurrido desde que se produjera este fenómeno social. Hoy, las distancias de mentalidad y avances en la igualdad de sexo y derechos, hacen que aquel modelo sea ahora más difícil de poner en práctica.
Nuestra sociedad camina inevitablemente por el camino de la multiculturalidad, entendida como un fenómeno de interrelación en un mismo espacio de diferentes etnias, creencias y costumbres. La integración es imposible por lo que implica de renuncia de la identidad propia para aceptar la del otro. La convivencia no solo es posible, sino necesaria bajo el baldaquín de los derechos humanos y de las leyes surgidas de la democracia, que deben obligarnos a encontrar nuevas fórmulas que nos permitan convivir en las diferencias.

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