13 y 14. El alegre bebedor y La zíngara (Frans Hals), por Juan Antonio Fernández Arévalo

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13 y 14. El ALEGRE BEBEDOR Y LA ZÍNGARA

(Frans Hals)

Juan Antonio Fernández Arévalo. Profesor de Hª del Arte de la UNED

Los tres pintores (Frans Hals, Rembrandt y Vermeer), cuyas obras vamos a comentar seguidamente, pertenecen a la escuela barroca holandesa. Por lo tanto, están ligados a la Reforma protestante iniciada por Lutero en la segunda década del siglo XVI y continuada por Calvino y Zuinglio, entre otros, años más tarde. La Reforma había supuesto un cambio notorio en las estructuras socio-económicas de los países del norte (Holanda es un ejemplo importante)[1] y también en la doctrina religiosa, que tanta influencia ejercía en los países del sur, y por tanto en sus pintores.[2] La Reforma protestante, que había suprimido las imágenes en los templos, como signo de austeridad, de recogimiento y de concentración religiosas, basadas en la comunicación directa con Dios, influye en la eliminación de la pintura religiosa[3] en los artistas que comentaremos a continuación. Especialmente en el escenario católico, la religión tiene una notable fuerza coercitiva que, a la altura del tiempo en que se escribe este comentario, aún persiste, como se atestigua de manera palmaria en nuestro país.

el alegre bebedor de Frans Hals

La zíngara de Frans_Hals_008

Así pues, la pintura holandesa será el reflejo de un cambio de mecenazgo que sustituye al de la Iglesia católica, de manera definitiva. La sociedad civil, representada por instituciones de todo tipo: cofradías, asociaciones militares y benéficas (masculinas y femeninas), sociedades comerciales y científicas, aparte de personas particulares pertenecientes a una burguesía ya consolidada, emprendedora y próspera (una vez más tenemos que aludir al libro de Weber), la sociedad civil, digo, va a ocupar una posición medular en el desarrollo cultural y artístico de las ciudades, encargando retratos oficiales, de colectivos, aunque también de particulares y familiares. Y a la pintura por encargo añadiremos la impronta personal de cada uno de los pintores, interesados por reflejar aspectos de la vida real de la sociedad, al margen de la oficial ligada a la burguesía.

En primer lugar comentaremos dos retratos de Frans Hals, un pintor que había nacido en tierras flamencas (Amberes) en fecha no certificada documentalmente (entre 1580 y 1585), pero que había tenido que emigrar al norte con motivo de las guerras de la independencia de Holanda. Allí, en Haarlem, vivirá y se desarrollará como pintor. Para mí, uno de los mejores retratistas del barroco, en paralelo a nuestro Velázquez y a Rembrandt. Posiblemente, el más seductor, el más innovador, el más libre, el más rupturista. Si hay alguien que merece ser llamado el precursor del impresionismo éste es Frans Hals. Su pincelada corta, rápida, ligera, sin demasiados perfiles; su dibujo prodigioso, muchas veces “a la prima”, es decir, directamente, sin esbozos previos; su expresividad y su hondura psicológica, en las que extrae, como he dicho en otras ocasiones, la médula de sus personajes, su personalidad más profunda. Y todo ello, sin improvisación sino con el portentoso dominio de la técnica, que había aprendido concienzudamente, y del color y de la luz que había bebido en Rubens y, a través de él, de los venecianos, donde está el fundamento.

Fue Hals un pintor prolífico cuya obra permanece, en su mayoría, en el museo de su ciudad adoptiva, Haarlem, aunque las obras que presentamos hoy se alojen en el Rijksmuseum de Amsterdam (El alegre bebedor, hacia 1627-1628) y en el Louvre (La zíngara, hacia 1630). Allí, en su ciudad, pintó las principales obras, sobre todo de carácter colectivo, que forman el legado pictórico del artista.

Sin embargo, El alegre bebedor y La zíngara (también llamada La gitana o La gitanilla), se salen del encorsetamiento a que les obliga la oficialidad de sus cuadros de encargo. Se sacude el cierto hieratismo de las figuras grupales y el envaramiento de algunos retratos de la burguesía para profundizar en dos tipos extraídos del pueblo, porque Frans Hals es un pintor del pueblo, que se identifica con él gozosamente, con una alegría de vivir que, a pesar de sus penurias económicas, se traslada al lienzo.

Su alegre bebedor es el ejemplo del “bon vivant”, de un personaje que disfruta los placeres de la vida y que Hals pinta en la plenitud de ese momento de felicidad pasajera que da el alcohol, con los ojos chispeantes y el rostro enrojecido y algo entumecido, que nos recuerda a “Los borrachos” de Velázquez[4]. Levanta ligeramente su mano derecha en señal de saludo mientras con la izquierda nos muestra una copa de vino, que casi se sale del escenario hacia fuera del cuadro, en actitud de invitarnos a beber o de brindar por nosotros (el nosotros se refiere al espectador). Su vestimenta, un tanto monocroma, de suaves verdes matizados, dorándolos o plateándolos, y una gola blanquísima que aumenta la luz de su rostro un poco abotargado ya. El sombrero negro establece el contraste lumínico, lo que hace que se destaque más el busto del modelo, que sin duda pertenecería a alguna institución, como se muestra en la hebilla del cinturón. Su pincelada, aparentemente descuidada, da como resultado un cuadro lleno de frescura y vitalidad, donde se capta un personaje con gran naturalidad, en la espontaneidad del momento, recogiendo así la impresión del instante en que es pintado. No parece posar para el pintor sino para el retratista, que le recoge una instantánea con la precisión del fotógrafo. Un cuadro impresionista “avant la lettre” tan celebrado más tarde por Manet.

El segundo retrato, más pequeño que el anterior y dos o tres años más tardío, se conoce con los nombres de La zíngara, La gitana o La gitanilla. En mi opinión, se trata de un retrato con los ingredientes propios del impresionismo, por eso creo que este cuadro, y muchos otros de Hals, se adelanta a su tiempo en la concepción de la instantaneidad, en la impresión fugaz, como un fogonazo cambiante[5].

Frans Hals pinta a una joven de la clase baja holandesa, probablemente una gitana conocida (de ahí el nombre), aunque en la guía del museo del Louvre se apunta la posibilidad de que se tratase de una cortesana. Las razones podrían ser esa mirada insinuante, un poco burlona, con su media sonrisa y la boca entreabierta, y el pecho generoso mostrándolo sin recato que, en una sociedad tan puritana, podría definir su condición. En todo caso, una mujer auténtica, lozana, llena de vida, pintada por un pintor vitalista que desea salir de los estrechos cauces que le marcan los retratos colectivos o individuales de una burguesía más preocupada por los negocios que por las veleidades de la vida.

Sea como fuere, el retrato es espléndido, lleno de luz, con un fondo oscuro que hace que el rostro se ilumine más y, para eso, Frans Hals utiliza unos grises blanquecinos y unas carnaciones más claras para enfocar su pecho exuberante y más intensas (casi rojizas en las mejillas) para un rostro más curtido. Y esos grises de la blusa, de pinceladas enérgicas y decididas, los contrasta con el rojo de un vestido sin manga. Con tan solo dos colores es capaz nuestro autor de dar la sensación de un colorismo vibrante. Por su parte, el pelo revuelto, sin peinar, le da un aire descuidado, y en el rostro, un tanto irónico, parece flotar una ligera tristeza. El juego de luces y sombras conecta el cuadro con esa tendencia natural de la época, de claroscuros más o menos suaves, más o menos violentos, lo que constata que ningún pintor, en mayor o menor medida, escape al influjo tenebrista del gran Caravaggio.

En definitiva, dos espléndidos cuadros, dos primeros planos en el argot cinematográfico, que nos muestran dos tipos populares, un hombre maduro y una mujer joven, extraídos de la vida cotidiana holandesa con la que Frans Hals, por encima de todo, se identificó plenamente. Su reivindicación como pintor excepcional la hago mía.

Cartagena, 25 de enero de 2014.

Juan Antonio Fernández Arévalo.

[1] Siguen vigentes las conclusiones de un libro clásico e insustituible, como es el de Max Weber: “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”.

[2] La vinculación de la pintura religiosa con la Contrarreforma se hace evidente en los pintores franceses, alemanes, italianos y españoles.

[3] En Rembrandt, sin embargo, no desaparece la pintura religiosa por la versatilidad del artista para contentar a unos y otros.

[4] Velázquez pinta este cuadro de El triunfo de Baco, conocido popularmente por “Los borrachos”, hacia 1628, parecida fecha a la del Alegre bebedor de Hals. Ambos recogen el instante en que el alcohol empieza a hacer mella en el rostro enrojecido de los bebedores y en la mirada, un tanto vidriosa y desvaída.

[5] Para Monet, esta fugacidad es la esencia del impresionismo. Para demostrarlo sería capaz de pintar más de 30 cuadros de la fachada de la catedral de Rouen, en los distintos momentos del día, en los que el cambio evidente de la luz hace que el cuadro cambie a su vez. La luz pasa a ser el elemento principal del cuadro.

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