El abuelo y su nieto, por Juan Antonio Fernández Arévalo (3)

3. EL ABUELO Y SU NIETO (Domenico Ghirlandaio)

Juan Antonio Fernández Arévalo. Profesor de Hª del Arte de la UNED

 

La elección de esta obra para su comentario quizá tenga que ver con la edad y condición de abuelo. A mí me produce una atracción que, aún careciendo de la grandeza y grandiosidad de las obras de otros autores más reconocidos que Ghirlandaio, no es una obra menor. La sensibilidad y ternura que trasmite la hacen especialmente encantadora, y su técnica elaborada y valiente nos presenta uno de los más bellos retratos del Renacimiento italiano.

De todas formas no despreciemos la aportación de Ghirlandaio a la pintura humanista del Renacimiento[1]. Su abrumadora presencia en Florencia, y también en Roma, en los frescos laterales de la capilla Sixtina, indican la apreciación de Ghirlandaio por los grandes mecenas del arte, sean los Médicis o los papas.

El cuadro fue pintado hacia 1480 en un pequeño formato de 62 por 46 cms, mezclando la técnica del temple y del óleo, pues el empleo del aceite se había extendido rápidamente por Italia.

Es un retrato doble[2] en el que aparecen las cabezas y parte de los bustos de ambos personajes, en donde se narra una entrañable historia de amor familiar.

El rostro feo y cansado del viejo se transforma con la ternura de su mirada, propia sin duda del embeleso y embobamiento de un abuelo hacia su nieto[3]. Por su parte, la expresión del niño, llena de dulzura e ingenuidad, acrecienta aún más su belleza natural. Pareciera que el abuelo, con la tranquilidad de ánimo de esos momentos, estuviera contando algo o respondiera a alguna pregunta de su nieto.

A través del dibujo, claro y definido, contundente en la nariz deforme del anciano, Ghirlandaio, siguiendo la estela del retrato flamenco, lleva el realismo a un extremo de veracidad incontestable.

A excepción del gris canoso de la cabeza del abuelo y del amarillo dorado de la rizada cabellera del infante (un tanto artificial en color y forma), el color rojo brillante invade todo el espacio escénico, que sería agobiante de no ser por la apertura de una ventana, a la manera italiana, que libera de tensión el cuadro.

A través de la ventana se observa un paisaje un tanto rígido y estático, aunque con profundidad, equilibrio y estilización formal. Esta composición del cuadro en forma de L, con presencia paisajística siguiendo los cánones de la perspectiva, fue exportada desde Italia; de ahí la profusión con que Velázquez la utiliza para plasmar magistralmente los cambiantes paisajes de la sierra de Guadarrama.

En definitiva, un cuadro bien construido en su composición y de nobles emociones   en su narración: la experiencia revestida de ternura del anciano enlazada a un rostro infantil lleno de belleza e ingenua curiosidad.

Cartagena, abril de 2013.

Juan Antonio Fernández Arévalo.


[1] Según Vasari, Ghirlandaio es un pintor dignísimo, en cuyo taller se formó nada menos que el gran Miguel Ángel.

[2] Poco frecuente en Italia y bastante utilizado en la pintura flamenca y alemana (Van Eyck –El matrimonio Arnolfini-, Quentin Metsys –El cambista y su mujer-, Hans Holbein, el joven –Los embajadores-).

[3] En principio se creyó que se trataba del retrato de un ayo con el niño, pero más tarde se abrió paso la interpretación de un abuelo con su nieto.

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