30 de diciembre, un relato de José Contreras Alastra

Palmeras gigantes y delgadas, como cometas rebeldes que huyen de la gravedad, se intercalaban en la avenida principal de mi ciudad natal. Las balas baratas y un sueño prestado de algún director de marketing, me animaron a mal vender la herencia de mi madre y dejar como prenda a dos hijos y una mujer adolescente. Del verano al invierno en un gran puente de metal con alas.

Madrid, me deja quererla a veces. A ecuatorianos. como yo, los encuentras en mi barrio, en Tetuán, Berruguete o Cubillo. Tras cinco años aquí ya no corro de la policía, ya no soy una persona irregular, hecho paradójico, he dejado de ser un extraño por un papel. No porque durante un tiempo conociera las baldosas pardas y húmedas de los túneles más cortos de la línea 1, donde clavaba mis rodillas y extendiera mi mano. No porque lanzara estrellas fugaces, en forma de juguetes con hélices, a los cielos de cualquier calle o plaza con escaparates. No porque en otro momento me transportaran, durante largos meses, de madrugada, en furgonetas dirección a Valdebebas y me devolvieran de noche con las manos callosas y la ropa manchada de cemento o de tierra. No porque fuera el camarero más sonriente de una terraza cerca a la Plaza Mayor. Tan solo por un papel.

Desde el verano me he vuelto a enamorar de Juana. La conocí en el 2004 en El Retiro, un domingo de mayo. Con el alcohol y mi celibato de tres años, la primera noche nos acostamos. Es mayor que Guadalupe, pero me quiere y, tras dos años de sexo esporádico, he caído enamorado. Ella trabaja limpiando varios apartamentos por la Castellana.

Esta Navidad, sintiéndome culpable y buscando ese cariño filial que tanto añoro, he reunido mis ahorros, junto a las propinas del verano y lo que le envié por Western Union de mis primeros años de pisos como paquetes de cigarrillos, y hemos comprado 3 billetes. Ellos llegarán para el 9 de Enero que era más barato.

Hoy he venido a Barajas a dejar a Juana, que vuelve a Quito. No quiso pasar la Noche Vieja en Sol conmigo y adelantó el vuelo, al enterarse de mi noticia. Me ha dicho antes de embarcar:

-No sabes lo que me duele que termine este año, Diego Armando -con los ojos como lunas escarchadas–. Cuando llegue tu mujer, todo será diferente-. Y tras un beso en mi mejilla, recorrió aceleradamente un laberinto de cintas y pivotes, como quien caminaba en fila hacia la cámara de gas. Yo no pude emitir sonido alguno. No supe encontrar las palabras que pusieran de acuerdo a mi mente y a mi corazón.

Seguí las indicaciones hacia el modulo B del aparcamiento, a buscar mi Peugeot, mientras pensaba si hacía lo correcto en mezclar dos mundos, en recuperar esa vida ya extraña e irregular, esa vida sin papeles que quedó atrás. Pese a que llegaba tarde a trabajar, me detuve en el interior de mi vehículo, sin arrancar. De repente, mis dudas se desintegraron cuando los cristales de mí alrededor atravesaron mi pecho y mi cara, y más de 17.000 kilos de escombros aplastaron mis sueños, mis miedos, mis esperanzas, mis papeles. Era el 30 de diciembre a las 09:01. El 6 de Enero mis restos serán el regalo de reyes de ETA a mi familia. No sé quién llorará más, si Guadalupe o si Juana.

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