Anatomía de un museo, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 18.12.2016.

En Málaga se acaba de inaugurar un prólogo de ciudad. Hacerlo ha costado veinte años. Casi tanto como construir un mapa cultural a partir de Picasso. El pintor que ha esponsorizado el presente de indicativo de una ciudad que carecía de modelo contemporáneo, sin otra autoestima que el rebalaje azul de su clima y el aceite al punto de su fauna mediterránea. Antes del regreso del artista, prohibido por el franquismo y desconocido por la mayoría de sus paisanos, sólo existía el turismo cinematográfico de Torremolinos y el pretérito industrial de su espléndido XIX simbolizado por su abandono. Las chimeneas de Heredia, tótems grafiteados en su soledad de faros del naufragio de una playa -goyesca negra en la madrugada del fusilamiento de la libertad de Torrijos-; el olor a roble Ximénez de un puerto que embebió a Catalina de Rusia y se enjauló frente a la ciudad; un museo provincial de Bellas Artes en el que apenas entraba nadie, y quien lo hacía era víctima del eructo de las termitas sobre su cabeza, mientras proseguían devorando a sus anchas los artesonados mudéjares. Pasear por el silencio enmohecido de las salas del palacio de los Condes de Buenavista era una melancólica conversación en penumbra con sus maestros. Moreno Carbonero, Ferrándiz, Muñoz Degrain, el divino Morales y la escuela de Ribera como siempre recuerda su adolescencia pintada Rafael Alvarado. Alumno autodidacta durante horas frente al XIX pictórico del que aprendió la mirada, la temperatura de los colores, el movimiento carnal del dibujo, la virtud de la luz en su sombra. En su patio se doctoró Beca Picasso en 1994 con Sombras Blancas, y de aquella impronta puede saberse también ahora si se visita su Estudio Abierto, en Marqués de Valdecañas 3, donde expone sus interpretaciones de El ángelus de Millet y El martirio de san Felipe de Ribera.

Que veinte años no son nada se lo niega Málaga a Gardel en tango con el puerto tomado como bulevar entre la ficción de un palmeral blanco y un centro comercial abierto, donde lo único que no se vende es el atardecer desangrado entre naos de lujo o en vela; con las playas a las que han vuelto de Erasmus las suecas y un circuito museístico que parece una historia del arte apaisada entre copas y tapas, y una abadía de luces en éxtasis frente a la que estos días, a las seis y media de la tarde, desembarcan los turistas de la navidad. Y un soplo de vida en forma de Museo Picasso, eje de su casa Fundación Natal en la que empezó todo con Pedro Aparicio y Eugenio Chicano, al que sumarle las ofertas del Museo Ruso, el Centro Pompidou, el Carmen Thyssen, el Centro de Arte Contemporáneo, y aquel Museo de Bellas Artes reclamado a finales de los 90 por un puñado de voces. Rafael Puerta, Alvarado, Cabra de Luna, Vicente Granados, Luciano González, Salvador Moreno Peralta, Francisco Jurado, Mariluz Reguero, junto con las 50 mil firmas de la cultura y política malagueña que corearon en un diciembre de calle escoltada el ¡Veo, veo, veo, la Aduana de museo! Al que hicieron oídos sordos un sub delegado del gobierno y una alcaldesa jubilosamente presentes en la inauguración.

El único triunfo de la sociedad civil, artífice del jaque a la torre, musealizada arquitectónicamente con talento por Fernando Pardo Calvo, Bernardo García Tapias y Ángel Pérez Mora, que alberga hoy la pinacoteca del XIX desahuciada de la sede que se reconstruyó en Museo Picasso, y el legado arqueológico. Piezas del paleolítico, fenicias, romanas, visigodas, musulmanas, con maravillosas joyas como Naufragio/La última ola de Eduardo Ocón, ejemplo de la pintura que se escucha; Un barranco en Jericó de Muñoz Degrain, intuyendo el impresionismo, Una esclava desnuda, prodigiosa carnalidad en dibujo, de Jiménez Aranda, la cámara funeraria de un guerrero fenicio o la Afrodita sobre una caracola teselada en 38 metros cuadrados en lunas termas de la Cártama romana.

Un museo es como un poema narrativo. Cada verso debe respirar por sí mismo y encabalgar el siguiente. Y ha de saber hablar con los espacios en blanco, los interlineados, las pausas, sin que se pierda el ritmo ni la historia que se cuenta con palabras y con silencios. Un museo no es una colección de piezas artísticas. Es una escritura en la que los espacios y las obras han de suceder como en un poema narrativo. No es fácil conseguirlo. De hecho, hay veces en los que se quiebra la fragilidad y precisión del ritmo debido a que la densidad de registros, piezas y capas de información se superponen en un mismo espacio.

Es la sensación que transmite en algunos momentos el discurso museográfico de La Aduana, brillante y eficaz en textos, imágenes e infografías que favorecen la accesibilidad, al igual que la comprensión didáctica de los diversos temas y significados, pero que compiten en protagonismo y perjudicando la importancia del ajuar arqueológico. Sucede algo parecido en ciertas disposiciones de las salas pictóricas como en la que alberga la vanguardia plástica de Moreno Villa como Mujer y unicornio, y Desnudo femenino ante la ventana frente a lienzos de Cruz Romero en disonante diálogo cuando a la vuelta de los panales se exponen otras excelentes piezas del pintor de la Generación del 27. Una ruptura del ritmo a la que sumarle la fragmentación, incompresible a mi criterio, de las exquisiteces adolescentes de Picasso que lucirían más y mejor en un espacio compartido. Tampoco respira en su importancia y medida ese corazón del museo que es Y tenía corazón de Enrique Simonet, lectura del también espléndido Lección de anatomía del Dr. Tulp de Rembrandt, acosado por la magnitud de Bendición de los campos de Lasso de la Vega. Seguro que todo tiene su explicación, igual que seguramente a una mayoría le pasarán inadvertidas estas observaciones. Pero no lo es para los que creemos que en un museo, lo mismo que en una exposición, es prioritario vivificar el encuentro entre la obra y la mirada del espectador.

¡Y tenía corazón! (Anatomía del corazón), 1890, de Enrique Simonet.

Hay que esperar también que con el Museo de Bellas Artes se articule un discurso y una adecuada señalítica urbana que dibujen el mapa picassiano que oferta Málaga en exclusiva. El punto de partida sería La Aduana donde están los maestros, Muñoz Degrain y Moreno Carbonero, que apadrinaron la curiosidad, el conocimiento y la precocidad del pintor de nueve años de Ciencia y Caridad, y La Primera Comunión, bautizado con champagne por Martínez de la Vega. Le seguiría en la gincana cultural el Aula Picasso, singular referente de sus primeras clases de dibujo y de caballete, y donde comenzó todo en palabras de Christine Picasso, como recuerda Mónica López, vocal de patrimonio artístico del Ateneo, cuando defiende este enclave representativo en la génesis del artista. El recorrido se enriquece con la Fundación Casa Natal y estalla con los fondos del Museo Picasso.

Tampoco estaría mal que la espléndida generación del 50, vanguardia española presente a través del Colectivo Palmo en el Museo de Bellas Artes, ampliase su colección con más piezas de la trayectoria de Chicano, de Francisco Peinado, de Juan Béjar, de Joaquín Lobato y de Enrique Brinkmann, sumándole algunas del ausente José Jiménez. Y que el olvido de los ochenta dejase de ser en Málaga un permanente agravio al talento de Rafael Alvarado, Sebastián Navas, Chema Lumbreras y Paco Aguilar, el cuarteto Gravura, junto a otros nombres, de independencia generacional y plástica, de la talla del mágico Stefan.

Málaga está de moda. Es capital en cultura plástica, y tiene literatura en verso y en prosa que cuenta a nivel nacional. Tiene también una historia que llegó del mar y convirtió sus caracolas en museos que ofrecen propuestas de erudición y un espacio sensorial. Lo necesario para que belleza más información sean igual a conocimiento. Veinte años ha tardado la autopsia en poner en valor que Málaga en el arte tenía corazón.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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