Autonomía y educación: el sentido de lo humano

Encarnación Soto Gómez

Doctora en Pedagogía y profesora del Departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Facultad de Educación de la Universidad de Málaga.

Agradezco el honor de estar aquí y contribuir modestamente a este cálido y hondo homenaje a la figura de José Luis Sampedro, un referente en diferentes ámbitos de la cultura: la literatura, la economía y lo social, y por supuesto en el ámbito de la educación, no solo desde su faceta de profesor universitario sino también desde su hacer y sentir cotidiano.

Escuchando a los compañeros de atril pensaba, ¿cómo se cocinan personas como José Luís? ¿Qué contextos y relaciones le han ayudado a construirse con un sentir tan profundamente humano?

D. José Luis encarna y simboliza con su palabra y con su implicación el significado más amplio de la palabra educación.

Educar, como han destacado diferentes pedagogos, no es solo transmitir cultura, conocimientos, hechos, informaciones más o menos empaquetadas, aunque parezca que sea el único resquicio que la política permite. Educar es provocar el crecimiento de ciudadanos críticos y autónomos capaces de construir un proyecto de vida personal. Un reto aún necesario y que en una época, en nuestro país, se pagó caro. La promoción de la libertad y la autonomía de pensamiento, hizo que muchos maestros fueran encarcelados, exiliados o silenciados. Vaya hoy, desde aquí, mi más sentido homenaje a todos ellos.

La educación es un tesoro para el futuro de cualquier país, los recortes educativos no ayudarán a promover las condiciones educativas mínimas que la construcción del ciudadano crítico y autónomo necesita. La educación produce desarrollo social y éxito académico, así lo  muestran todas las pruebas y evaluaciones externas donde la variable sociocultural es la que realmente define el desarrollo o nivel educativo de un país.

Educar es construir un proyecto que facilite el desarrollo de la razón y de la emoción de sentirse humano, que le ayude a convertirse en sujeto crítico de sus propias elaboraciones y conductas, la razón con minúscula de cada uno como consecuencia del contraste reflexivo con las razones de los demás, cercanos y lejanos. Vivir, interpretar, reproducir y recrear la cultura en la escuela, más que aprenderla académicamente, requiere la misma amplitud y flexibilidad que la vida, es decir, concebir el aula y el centro escolar como un fo­rum abierto y democrático de debate, ” (Pérez Gómez, 1997).

Por tanto, el sentido “educativo” de la escuela, a mi entender, no es solo buscar el éxito académico sino, sobre todo, el éxito vital. Los retos actuales del sistema educativo coinciden con las finalidades básicas de las sociedades que creen en la democracia como forma de organizar la convivencia social:

–       Favorecer la cohesión social mediante el incremento de la igualdad de oportunidades entre los individuos que componen la comunidad social.

–       Promover la construcción de la identidad subjetiva de los ciudadanos, de modo que puedan comportarse con autonomía y responsabilidad en los intercambios sociales, personales y profesionales.

Éste es un reto difícil sobre todo cuando vivimos en una sociedad donde la primacía de la imagen, la información sesgada y fragmentada y la difusión permanente de valores contradictorios, llenan de incertidumbre y complejidad la comprensión de los procesos que vivimos. Esta filosofía postmoderna enfatiza el presente y el ahora, pero el ser humano es pasado, presente y futuro. En educación, no podemos olvidarnos del pasado, y mucho menos ponernos orejeras hacia el futuro. La vida es algo más que lo inmediato y superficial, esta perspectiva puede conducirnos a una educación vacilante y sin personalidad, dependiente de las últimas tendencias transmitidas por los medios de comunicación social o los vaivenes legislativos. Por tanto, necesitamos recordar que la función de la escuela no es solo la de ayudar al individuo a adaptarse al cambio, sino la de analizar y reflexionar el escenario social en el que vive. La educación ha de realizarse por una vía o camino ascendente en el que ésta sea sucesivamente crítica de la cultura, la transformación y la nueva creación cultural. Un reto que se fortalece cuando sentimos que no estamos solos, que contamos con modelos de vida como el del Sr. Sampedro

José Luis Sampedro con su forma de ser, entender, explicar, sentir,  comprometerse, y hacer sencillo lo complejo, se convierte para muchos de los que estamos en esto de la educación, en una figura indispensable para no perder la perspectiva histórica y el contingente de la cultura social que nos rodea.

En un modelo de espíritu libre, que como decía Norbert Elías en su obra “Compromiso y distanciamiento” (1983), mira al mundo en la distancia y  se compromete con lo concreto. El niño, la niña, los jóvenes tienen el reto educativo de aprender que ellos también pueden y deben ser protagonistas de esta historia y de convertirla en su historia.

En educación necesitamos discursos y compromisos sabios, críticos, alternativos y llenos de vitalidad como los de José Luis Sampedro.

Muchas gracias.

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