AVE, por Antonio Soler

Sur, 23.04.17

Hace un cuarto de siglo que la fantasía de ese tren blanco y con morro de pato cruzó Despeñaperros como un abanderado de la modernidad. Andalucía dejaba de ser tierra de bandoleros -eso pensábamos- y la Carmen de Merimée cambiaba su navaja en la liga y su vestido con volantes por un maletín de ejecutiva y un traje de chaqueta. España se sacudía la última caspa del franquismo y viajaba, lanzada a la velocidad del nuevo tren pájaro, hacia la renovación más rotunda y la prosperidad más indiscutible. Sevilla se remozaba hasta los cimientos y unos puentes futuristas cruzaban el Guadalquivir desmintiendo el apego por lo rancio que los enemigos de esa ciudad le reprochan. La Expo iba a ser un hito que durante seis meses convertiría La Cartuja en el ombligo del mundo y en una sinfonía de culturas, o esa era la idea. En el otro extremo de la península, Barcelona se preparaba para convertirse en Barcelona. La ciudad canalla y portuaria de los tiempos pasados dejaba paso a una perla, envenenada, del turismo.

Aquí, en Málaga, aspirábamos a recibir las sobras de la exposición universal en forma de reflujo turístico y nuestro Talgo empezaría a cubrir parte de su trazado por la vía del AVE situándonos más cerca de Madrid. Apenas cuatro horas y media de viaje. Casi un milagro que decía adiós a aquellas noches interminables a bordo del Costa del Sol, a aquel traqueteo pobretón y a aquellos compartimentos con postales en blanco y negro de una ciudad que ya formaba parte del pasado. Éramos europeos desde seis años atrás, nos encontrábamos en la pista del despegue económico y la corrupción no era más que un rumor soterrado con el que los amigos de los malos presagios nos querían arruinar la fiesta.

La socialdemocracia nos daba sus penúltimos y más exquisitos frutos. El AVE era uno de sus símbolos mayores, si no el mayor. Porque cuando el agujero negro de la crisis empezara a tragarse toda aquella prosperidad con una voracidad caníbal pocas cosas iban a resistir ese ansia destructiva. Las infraestructuras quedaron. Y no precisamente esos aeropuertos fruto del desvarío de algunos políticos megalomaníacos y que nunca vieron un avión ni un pasajero. Cartón, maquetas que sólo la desfachatez de unos cuantos convirtieron en realidad. Una realidad penosa, lesiva para el país y para cada uno de sus habitantes. La purpurina cayó pronto, tan pronto como todas esas patrañas hechas carne. Sin embargo, después de este cuarto de siglo que, con sus altas y bajísimas temperaturas, ha servido de laboratorio, el AVE ha demostrado ser un acierto. En los tiempos de la prosperidad tal vez se tomara por una maraca más en aquella orquesta tan propensa a la pachanga y en los del desamparo como un vestigio de un pasado delirante en el que se cimentó la ruina. El tendón firme que sostenía un cuerpo con poco músculo. Además de un acierto, el AVE es un reflejo de nuestro pasado más reciente, y por suerte, de nuestro futuro.

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