Blanco y en botella, por Juan López Cohard

BELVEDERE 25-5-2014

Hoy -ayer cuando estas líneas salgan impresas- los españoles estamos considerando nueva o detenidamente algo, que es como define el diccionario el término reflexionar. Lo que no tengo muy claro es si tal reflexión está centrada en el voto que hemos de depositar en las urnas o quién va a ganar la décima o la primera final de la Champions League, el Real o el Atleti. Tengo la impresión de que éste partido ha despertado más interés que el encuentro PP-PSOE que se está disputando en ésta jornada de domingo. En cualquier caso, lo importante es que las urnas se llenen en la misma proporción en la que se va a llenar el Estadio da Luz de Lisboa.

Mi reflexión, dado que tengo mi voto decidido, va por otros derroteros. He leído que el Tribunal Supremo le ha pasado la pelota a la Unión Europea. Me refiero a la polémica sobre la capitalidad europea de la cultura de 2016 que recayó en la ciudad de San Sebastián en junio de 2011. Algunas de las ciudades que resultaron finalistas interpusieron una demanda al considerar que la decisión se había basado en criterios políticos. No están exentas de razón. Aparte de que el propio presidente del jurado seleccionador, Manfred Gaulhofer, declaró que la designada lo había sido para contribuir al “proceso de paz” en el País Vasco, todo el desarrollo de la competición por obtener la capitalidad cultural -dieciséis ciudades participaron en ella, entre ellas Málaga- estuvo plagada de injerencias políticas.

En mi corta experiencia como presidente de la Fundación Málaga 2016, de febrero a septiembre de 2010, me vi sorprendido por varios hechos que me alertaron de la politización del proceso. De entrada me encontré con declaraciones de varios ministros del Gobierno Central y del Autonómico, me refiero al andaluz, optando explícitamente por Córdoba, en la que, una vez eliminada Málaga en el primer corte, puse todas mis esperanzas y mi deseo para que fuese la elegida, por su esfuerzo, su magnífico proyecto y por ser andaluza. Además, algunos alcaldes, como el de San Sebastián, Odón Elorza, lanzaron un órdago al Gobierno anunciando su dimisión si su ciudad no salía elegida.

Durante la preselección, en septiembre de 2010, pude comprobar cómo los miembros españoles del jurado, nombrados por Madrid, eran los decisivos y, la definitiva prueba de su politización, la tuve al leer los informes de cada ciudad, justificativos de la elección de las finalistas. A las que no pasaron el corte se las despachó con buenas palabras de ánimo y, a las que continuaron en la lucha, se les informó de las deficiencias que tenían sus proyectos. Todas tenían muchas, excepto San Sebastián. Su proyecto era perfecto nueve meses antes de su designación. Blanco y en botella.

Juan López Cohard

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