Carlos Haya, de José Contreras

Pasos largos de pasillos pesados, lentos, asfixiados… con una pendiente que tiende al infinito, pero que solo te percatas cuando al final arrastras los pies. Y giras, y el pasillo cambia de inclinación para seguir siendo agotador.

En algún baño, detrás de estas puertas, el grito continuo y seco de un secador de mano rompe el silencio altivo de las seis de la madrugada.

-Daría mi otro riñón por un cigarro.

Ahora suenan las ambulancias, desde la ventana de las escaleras parecen juguetes de pilas, gobernadas por algún chiquillo invisible y gigantesco. El murmullo del dolor sube por el hueco de entre plantas. En la UCI no duermen. Un enjambre de familiares, conocidos, curiosos y guardianes de las buenas costumbres, marcan la cadencia. Un llanto desesperado, solitario, rebelde interrumpe la melodía de suspiros, ayees y zumbidos labiales, aún así, ésta sobrevive y vuelve, como las olas… suaves y espumosas… y bravas e ignorantes a media mañana.

-¿Qué harán, que no los echan?

Las primeras luces comienzan a recordarme que ya falta poco. Vuelvo a mi habitación. En breve el desayuno. Mi compañero duerme ausente, frágil, amarillo como una cáscara de plátano junto a un bidón de basura. Enciendo la televisión sin volumen de voz. Los teletipos huyen de sus negras madres, noticias de muerte, pobreza, y algún resultado de no sé qué.

Mañana, según esta ventana mágica e insensible, más de tres mil nepalíes no verán otra luz del alba, y yo y mi cuerpo y mi voluntad discutimos cada minuto cuándo plantarnos.

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