Celebración de la II República, por Andrés Arenas Gómez

 Andrés Arenas Gómez, historiador.

 Ateneo de Málaga

Viernes 11 de abril, 19:30. Documental El amanecer de una nueva era (1931).

Viernes 11 de abril, 20:00 h. Mesa redonda: La II República. Una visión desde el siglo XXI. Intervienen: Andrés Arenas Gómez, Antonio García Sánchez, Lucía Prieto Borrego, José Velasco Gómez. Modera: Fernando Arcas Cubero. Organiza: Vocalía de Historia, Memoria y Patrimonio.

España república

La visión de los viajeros constituye lo que se ha dado en llamar la ‘mirada del otro’, esa impresión de la caterva de extranjeros en su mayoría que nos han visitado y han decidido dejar testimonio de su estancia. De esa forma se ha ido configurando la literatura de viajes, esa parte de la literatura que con la llegada del turismo se ha convertido en asunto de interés para todos nosotros. Bien es cierto que desde aquellas peregrinaciones, romerías, exploraciones u odiseas acá ha llovido mucho, y el viaje ha ido perdiendo una parte de su contenido romántico, de forma que una gran mayoría de la masa de gente que se desplaza hoy en día para viajar habría que clasificarlos más como turistas que como viajeros.

Aquel romanticismo pondría a España y a Andalucía como destino preferente, como parte del grand tour, viaje que a través de Europa llevaban a cabo los jóvenes de la aristocracia inglesa como culminación de su formación. A esa inclusión le debemos parte del bienestar económico del que disfrutamos hoy en día, pues un sector como el turístico es uno de los pilares básicos de la economía andaluza. En esa tarea de difusión tendrán mucho que ver personajes como Lord Byron que pasó por España de camino hacia Grecia y cuyo resultados pueden verse en Childe Harold,en el Don Juan y sobre todo en sus cartas en las que le habla a su madre de la audacia de las jóvenes andaluzas. A partir de ese momento se va consolidando una imagen de España como país en donde predomina el individualismo, la indomabilidad, la barbarie, el primitivismo, la dignidad, la sobriedad y el orgullo. Por cierto Lord Byron no pasó en sus peregrinaciones por Carratraca, a pesar de la insistencia de los lugareños; aunque podía haberlo hecho para disfrutar de su maravilloso balneario.

byron Lord Byron

Otros dos británicos que asimismo hicieron tanto por divulgar la imagen de la Romantic Spain serán Richard Ford y George Borrow. El primero autor del más utilizado manual para desplazarse a la Pensínsula Ibérica, el Handbook for  Travellers in Spain, que formaba parte del equipaje de cualquier viajero de la época que desease adentrarse en nuestras tierras. Autor por otra parte de una frase que tanto se ha citado: «Málaga es una ciudad bella, pero puramente comercial: un día bastará para verla.» El segundo, conocido como don Jorgito el Inglés, es uno de los personajes más simpáticos que presenta la literatura de viajes. Sus recorridos a caballo por la piel de toro tienen que ver con su pertenencia a la Sociedad Bíblica y a su deseo de divulgar la Biblia protestante, lo cual, en un país como España, tiene mucho mérito. La Biblia en España es tal vez el libro de viajes más divertido que se ha escrito sobre España. En ello tiene que ver su amistad con los gitanos, su estancia en la cárcel, la convicción de su tarea evangelizadora… Quien primero supo ver las excelencias de este libro y de su personaje fue Manuel Azaña a quien su labor en la política oscureció su dedicación a la literatura  y sobre todo a la traducción, para la que tenía muy buena mano. Así pues el presidente de la República escribió la introducción, las notas y tradujo la obra. De ella dirá: «La Biblia en España es una obra de arte, una creación, y con arreglo a eso hay que juzgar su exactitud».

Tendrá que pasar casi un siglo para situarnos en una España bien distinta donde en abril de 1931 se van a convocar unas elecciones municipales que traerán como consecuencia el fin de la monarquía y el comienzo de la República, un período histórico fascinante y que nos ha convocado aquí esta noche. Uno de los extranjeros que se ha instalado entre nosotros en Málaga, Sir Peter Chalmers lo recuerda así: «Las elecciones municipales dejaron ver, no tanto el apoyo a la República como el rechazo a la monarquía, así que el rey tuvo que abandonar el país». Sir Peter, a quien los malagueños llamaban ‘sopita’, es el autor de Mi casa de Málaga que mi compañero Enrique y yo, tradujimos para la Editorial Renacimiento en 2010. Chalmers era un zoólogo escocés jubilado, fundador del Parque Zoológico de Whipsnade, que pasaba largas temporadas en Málaga, a donde había venido por primera vez en ayuda de su colega Miss Joan Procter, a quien habían recomendado la capital malagueña para pasar la temporada de invierno de 1927. Ella enfermó mientras se alojaba en el Hotel Caleta y Sir Peter alquiló una casa por esa zona con el fin de que la enferma recibiera allí las atenciones médicas precisas. Esa casa será Villa Santa Lucía, que con el tiempo acabó comprando el escocés y que será la famosa My House in Malaga que da título al libro mencionado. Esta mansión situada en la calle Sierra del Co, en lo alto del Camino Nuevo, no estaba lejos del actual Colegio de Arquitectos que entonces era propiedad de los Bolín. Esta familia le pedirá ayuda, pasado el tiempo, a Sir Peter pues ellos se sienten amenazados por si su casa resultase incendiada. Aparte de las innumerables peripecias que no puedo detallar ahora, pero que daría para un guión de película, este libro nos ofrece un testimonio de primera mano de quien vivió las peripecias de la época republicana y permaneció en la ciudad hasta febrero, momento en que tendrá que salir huyendo acosado por Luis Bolín, precisamente sobrino de Tomás a quien ayudó a salir de la cárcel. El autor de Mi casa de Málaga no permanecerá en Málaga de forma ininterrumpida, así en su segundo viaje a Málaga en marzo de 1932 ya no oculta su simpatía por el nuevo gobierno: «El Gobierno provisional…era esencialmente ‘respetable’. Uno de sus miembros, Largo Caballero, era un líder sindical al que nos habíamos acostumbrado y que incluso resultaba paternalista; los otros podían ser considerados como liberales moderados».

En este su segundo viaje pasará por Irún, Madrid, Sevilla, Cadiz, Algeciras y al llegar a Málaga escribe: «Me dediqué a recorrer la ciudad con más detalle que en la primera visita. Esperaba encontrarme todas las iglesias destruidas…, pero la destrucción no era visible por ningún lado. La catedral estaba intacta.» Incluso relatará que subirá a lo alto de una torre acompañado de un monaguillo que sí le mostró una parte dañada de la estructura del Palacio del Obispo y otras ruinas de edificios que el escocés no conocía, pero se veían muchas parroquias todavía en pie, así como también las  capillas privadas de las grandes mansiones, sin daños aparentes. Por todo ello concluye Chalmers que «no había ninguna razón para dar por buenas las acusaciones de que había habido una destrucción generalizada en la ciudad».[1] Éste será uno de los muchos ejemplos en los que el aristócrata escocés desmiente las afirmaciones vertidas en la prensa británica. De lo que sí es consciente es de que esos sucesos significaban la primera alteración del sistema de vida cotidiano en Málaga tras la proclamación de la República: «La opinión pública empezó a cambiar cuando la quema de conventos se utilizó como arma de propaganda contra la República».

El papel del zoólogo escocés será especialmente relevante habida cuenta de que se convierte en un espectador de excepción de los acontecimientos en Málaga, donde había decidido quedarse a vivir. A lo largo de todas sus memorias queda patente que en ningún momento se podía pensar en el desenlace sangriento que le esperaba a la República: «Ni mis amigos, ni los residentes británicos que yo conocía, podían imaginarse los sucesos que más tarde ocurrieron en España». Si se piensa detenidamente Sir Peter acabará siendo una víctima de nuestra guerra, entre otras cosas debido a su generosidad al dar refugio a los Bolín, que claramente estaban comprometidos con el Golpe de Estado. No creo exagerar que hasta temió por su vida pues en una guerra casi todo vale y un muerto más o menos no es algo se valore tanto como en tiempo de paz. Su bonhomía le llevará a ocultar a gente de derechas (los Bolín) y luego a gente de la Izquierda (Koestler), lo cual prueba su gran categoría humana. Su figura queda engrandecida ante otras que no salen tan airosas como la del capitán Bolín, por ejemplo.

Su presencia en España será más importancia pues se preocupó de escribir a la prensa inglesa, The Times para desmentir algunas de las falsedades que estaba propagando los medios de comunicación británicos. Esos seis años (no ininterrumpidos) los resumirá casi al final del libro de este modo: «Cuando España aceptó la República democrática en 1931, el Gobierno seguramente intentó cambiar una estructura casi medieval de castas y unas condiciones de vida absolutamente intolerables para la mayor parte de la población, de forma tranquila y pacífica. Hay 4 razones que han convertido esta transición en una sangrienta tragedia. La primera es la Iglesia Católica… la segunda fue el generoso liberalismo del que hicieron gala Azaña y sus colaboradores… la tercera fue la total y absoluta falta de patriotismo evidenciada por las derechas… La cuarta razón impidió que el Alzamiento fuera sofocado mientras que el primer gobierno del Frente Popular estaba gobernando..»

Yo paso a diario por los apartamentos Las Gaviotas en la calle Sierra del Co como les he mencionado, al hacerlo inclino la cabeza en señal de respeto hacia un extranjero que se sintió solidario con el pueblo español en su sufrimiento.

Caso bien distinto a Sir Peter, aunque no por ello menos interesante, es el testimonio de Edward Norton, cónsul americano en Málaga de 1909 a 1912. El autor de Death in Málaga relata su visión de aquellos días de confusión. Una de las razones por las que el relato de Norton es tan importante se debe  a la circunstancia de que permaneció en Málaga durante toda la guerra, algo que no ocurrirá con otros personajes de este trabajo. Norton nace en Saint Paul (Minnesota) en 1874. Más tarde ingresará en el cuerpo diplomático y, tras ejercer en diversos países, será cónsul en Málaga como ya se ha mencionado. Una vez retirado de sus tareas diplomáticas fijará de nuevo su residencia en Málaga aceptando la oferta que le hará Robert Bevan, fundador de la compañía del mismo nombre. Así asumirá el cargo de presidente de la compañía Bevan S. A. empresa de frutos secos. El relato de este libro no es otra cosa que el diario que escribió durante su estancia donde recoge sus impresiones sobre la vida política española a partir de 1931. La visión de Norton viene muy condicionada por el hecho de ser un empresario americano muy relacionado con las clases pudientes malagueñas, alejado -como es natural- de posiciones revolucionarias. El antiguo cónsul y su familia eligirán como residencia la finca de ‘Los Pinos’, ubicada en la zona del Limonar.

El cónsul americano nos cuenta la desconfianza de la colonia de extranjeros hacia el gobierno republicano. Su anticomunismo visceral se deja ver en sus comentarios acerca de la influencia de la Unión Soviética en el Gobierno de la República. Definirá la revolución de Asturias como «la primera república soviética en España», mencionando que en ese período de terror se destruyeron numerosas propiedades y 40.000 libros. Fueron, en su opinión, dos semanas de anarquía antes de que las tropas pudieran controlar la situación. En cuanto a Andalucía, sus opiniones son igualmente tajantes: «La situación del sur de España era intolerable. Las autoridades locales no hacían nada. Se sentían impotentes y temían enfrentarse a los extremistas. Una total anarquía reina en la ciudad [Málaga]… no hay ni ley ni orden…». No es de extrañar que Norton, con estos antecedentes, acoja el Alzamiento Nacional con auténtica esperanza. Pese a todo, la colonia de extranjeros vive en una especie de arcadia, pensando que los  conflictos internos no alterarían su vida normal: «A pesar de las nubes oscuras y de mal agüero que se cernían sobre España….nuestras vidas y las de otros miembros de la colonia de Málaga, seguían discurriendo plácidamente». De hecho justificará el Golpe de Estado por dos razones: porque va dirigido contra el Comunismo y también porque el movimiento de Franco es un baluarte de la fe católica. Su decisión de permanecer obedece naturalmente a razones comerciales, al intento desesperado de salvaguardar la fábrica que dirige, amparados claro está por la enseña de las barras y estrellas, de la que esperaba fuera un escudo infranqueable ante tanta violencia. Por otro lado, en la empresa había unos 200 trabajadores, cuya supervivencia económica dependía en gran parte de él.

Muerte en Málaga (2004) se convierte así en un documento de gran interés para entender la posición de la derecha. Así las reflexiones de su autor sobre la capacidad de los españoles para autogobernarse resultan hoy en día un tanto singulares: «En España el pueblo no está preparado para vivir en un sistema democrático y una dictadura es para ellos la única forma de gobierno que puede garantizar la estabilidad». En algún otro pasaje Norton nos sorprende al asegurar que si él fuera español, o tuviera alguna propiedad o un pequeño capital estaría a favor del fascismo pues en este país [España] es él único sistema que puede restablecer y mantener el orden con mano de hierro, lo que es esencial para promover la estabilidad económica y social.

Durante los años posteriores los Norton seguirán viviendo en su villa ‘Los Pinos’ continuando al frente de la compañía Bevan, aunque tuvieron que atravesar tiempos difíciles debido a la situación general de España. Hay que reseñar a su favor el intento de ser fiel a la realidad cuando afirma sobre la postguerra: «En Málaga los partidarios de Franco tomaron muchas represalias contra las personas que simpatizaron con la República». Decía Salvador Moreno Peralta cuando se presentó Mi casa de Málaga que la gran diferencia entre los sajones y los españoles es que mientras Sir Peter Chalmers y Edward Norton, adversarios en lo político, se tomaban el té juntos y disentían alegremente; los españoles nos liábamos a tiros unos con otros. Probablemente el mayor ejercicio de la democracia sea disentir con la mayor armonía posible. Finalmente hay que señalar que los Norton acogen la llegada de las tropas de Franco con alborozo, hasta tal punto que él escribe en sus diarios: «Fuimos corriendo al consulado y allí, en medio de un alborotado grupo, encontramos al capitán Luis Bolín del Estado Mayor de los Nacionales, perfectamente uniformado, elegante y muy apuesto. Sin ninguna vergüenza, Nell le besó». Está enterrado en el Cementerio Inglés de Málaga con la siguiente inscripción en la lápida: «Edward Norton. Antiguo cónsul de los Estados Unidos de América». Cuando visito el Cementerio protestante de la calle Reding, subo a rendir homenaje a Don Eduardo.

luisbolinLuis Bolín

La figura de Luis Bolín es uno de los personajes más siniestros dentro de lo que es el mundo de la Guerra Civil en Málaga. Él mismo será el encargado de ir a buscar a Sir Peter, pues sabía que era el autor de las cartas al Times y un enemigo acérrimo de la sublevación de Franco. Fue jefe de la Oficina de Prensa Extranjera de Franco. Autor de Los años vitales, probablemente no pudo satisfacer su deseo de venganza contra Arthur Koestler quien había viajado tres veces a España con la misión secreta de demostrar que la aviación alemana estaba actuando a  placer a favor del ejército franquista. Además había entrevistado a Queipo de Llano con unas credenciales falsas. El general repitió sin problema ante Koestler el mismo tipo de comentarios machistas virulentos de los que estaban plagadas sus emisiones radiofónicas diarias. Pasó unos diez minutos describiendo con una verborrea constante, y en ocasiones muy subida de tono, cómo los marxistas rajaban la barriga de las mujeres embarazadas y destrozaban los fetos; cómo habían atado a dos niñas de 8 años a las rodillas de su padre, las habían violado, rociado de gasolina y prendido fuego. Y así siguió con una historia tras otra, sin cesar: una demostración clínica perfecta de psicopatología sexual.[2] Al ser descubierto por un descubierto por un periodista alemán tendrá que salir huyendo perseguido por Bolín que juraba le mataría «como a un perro rabioso si lograra ponerle la mano encima». Así que en febrero del 37 ¿a quién se encuentra Bolín al entrar en Málaga? Pues a dos personas que bien desearía ejecutar allí mismo en Villa Sta Lucía: uno Koestler, al que odiaba profundamente y otro a Chalmers que escribía cartas al Times minimizando la quema de conventos por parte de los republicanos. El relato de lo que ocurrió después pueden vds hallarlo en Diálogo con la Muerte o en la autobiografía de Koestler.

Otro personaje que sería difícil obviar al tratar de la República es Gerald Brenan, pero me temo que el tiempo no me da más margen que de decir cuatro generalidades, por otra parte ya muchas veces repetidas. Tras haber combatido en la Primera Guerra Mundial el futuro escritor buscará un lugar donde refugiarse para recuperar su maltrecha salud y encontrará su locus amoenus en un pequeño pueblo de las Alpujarras. Aquellos de vds. que hayan visto la película Al sur de Granada de Fernando Colomo podrán reconstruir con bastante precisión cómo era la vida de aquel joven inglés en Yegen. Resultado de esa estancia será una hija y una esposa americana, Gamel Woolsey a quien ha conocido en uno de sus viajes a Inglaterra. Ya de vuelta la pareja y la hija de Gerald se instalarán en Churriana, donde vivirán hasta  septiembre del 1936, fecha en que deciden regresar a Inglaterra en vista de la violencia que se está generando en el desarrollo de la Guerra Civil. Ésta perplejidad que ha hecho que el sueño español acabe de una forma tan brutal le llevará a Brenan a tratar de comprender cómo se ha llegado a una situación tal. El laberinto español, tal vez su obra más conocida, lleva como subtítulo el de Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil. Es pues el resultado de una reflexión de unos acontecimientos que le ha tocado vivir y que tiene sin duda unas razones que hay que explicarse y explicar al público lector en este caso. El gran mérito del libro es que sólo Borkenau ha publicado algo semejante, El reñidero español, hasta entonces. Brenan no es historiador profesional. El laberinto supuso un soplo de aire fresco para los que estábamos en la universidad en la década de los años ’60, pues entonces no era fácil conseguir bibliografía para poder entender lo que había pasado en la República y en la Guerra Civil. El laberinto venía a llenar un vacío informativo que el franquismo se empeñaba en ocultar a toda una generación de universitarios.

brenanGerald Brenan

A pesar de todo Brenan tampoco se muestra condescendiente con la República: «En lo referente a los asuntos españoles mis ideas no estaban tan claras. La República, que me gustaba al principio, había fracasado por falta de un programa social y porque con sus ataques a la iglesia había dado a los terratenientes un poderoso aliado y enconado la conflictiva situación del país. Me parecía que las esperanzas para un futuro mejor iban de la mano de los socialistas, porque en una economía estancada y no competitiva como la de España, su solución era la más práctica. La única diferencia consistía en que yo creía que sus reformas habían de hacerse de manera gradual y después de una preparación adecuada, porque una nacionalización repentina de las grandes fincas de secano llevaría al caos. Por esta razón no simpaticé con el alzamiento de Asturias en octubre de 1934. Yo creía en la moderación y en la paciencia. Pero ahora, después del triunfo del Frente Popular, no veía solución alguna. El centro, que debería ser el punto de concentración, se había disuelto: los polos opuestos se repelían mutuamente. Gracias a su peculiar sistema electoral, el país se había dividido en dos mitades que se odiaban encarnizadamente».

Viajeros-viajeros, lo que tradicionalmente entendemos por ello no hubo tantos en la época de la República. No olvidemos que algunos de los mencionados anteriormente son en realidad expatriados o residentes entre nosotros. Brenan y Chalmers acabarán los dos instalándose en Andalucía. En la década de los años treinta aparecerán por estas tierras viajeros-vagabundos que adoptan actitudes cercanas a la picaresca. Nos referimos a un inglés, Laurie Lee y a un irlandés, Walter Starkie, quienes es posible que coincidieran en Málaga en el año anterior a la Guerra Civil. Curiosamente uno y otro portan un violín como medio para ganarse la vida, y ambos son grandes caminantes, pues hacen a pie gran parte de sus trayectos.

El primero de ellos pasará por Sevilla donde tomará conciencia de las diferencias sociales: «Hasta ahora me había limitado a aceptar el país sin cuestionarlo, como quien visita a una familia medio loca. Había visto a los gordos ricachones contemplando la vida con mirada vidriosa desde sus clubes, hombres escarbando en busca de sobras en los mercados, primorosas doncellas de clase alta yendo a misa en carruajes, mendigas dando a luz en los portales. Ingenuo de mí, pensaba que todo era parte de la escena, sin cuestionarme si estaba bien o mal». En esa misma ciudad se encontrará con un joven marinero que había aprendido inglés en Cardiff y que le advertirá que el país [España] va a ver correr la sangre muy pronto. La adscripción política de Lee no frece dudas pues, tras vivir en Almuñecar [Castillo] el estallido de la Guerra Civil se volverá a Inglaterra. Desde allí en diciembre de 1936 atravesó Francia para unirse al ejército de la República. Walter Starkie, autor de Aventuras de un irlandés en España y Don Gitano, en donde cuenta su paso por nuestra ciudad. Su figura entronca con la de Borrow por su afición a los gitanos y sus costumbres. En Málaga describe el ambiente cutre de la calle de las 7 revueltas que contrasta con el de la respetable calle Larios. Este autor no se detendrá en exceso en explicar la situación por la que atraviesa la República, aunque narra su encuentro en Algeciras con Juan José, un ex-soldado veterano de Marruecos de ideología afín al comunismo libertario y ahora vendedor de lotería. Desde una postura de decepción hacia el gobierno republicano, J.J. emite una curiosa profecía a colación de los sucesos de Casas Viejas: «la sangre de las pobres víctimas masacradas en la choza de Casas Viejas ha manchado de rojo el violeta de la bandera republicana. Sí, señor, esa bandera se convertirá en sangre y oro».

Otro sector importante a la hora de estudiar la posición de los extranjeros que vivieron en España durante la época de la República y que constituyen una fuente valiosa de información son los periodistas. Éste es el caso del inglés Henry Buckley, autor de Vida y muerte de la República Española que tal vez sea uno de los libros más amenos y mejor escritos sobre la década de los años 30 en España. Buckley fue testigo de excepción desde su llegada a Madrid en 1929, cuando era sólo un periodista principiante, hasta que atraviesa los Pirineos en 1939 con los restos del ejército republicano, convertido ya en corresponsal curtido. Siempre objetivo, pero cada vez más involucrado en la vida española, Buckley vive en primera persona las convulsiones sociales, las pugnas políticas y los enfrentamientos bélicos que determinaron el futuro del país: presencia la caída de Primo de Rivera, está junto a Alcalá Zamora cuando se proclama la Segunda República, junto al general Líster en la batalla del Ebro y junto a Negrín en el último Consejo de Ministros de un gobierno al borde del exilio. Según indica Paul Preston uno de los mayores de la prosa de Buckley se halla en sus agudos retratos de los principales políticos y militares de la época. Así al hablar de Negrín escribe: «Lo que más me impresionó de él fue su compasión por el sufrimiento humano. Se quedaba mirando al vendedor de periódicos al que acababa de comprar el periódico vespertino y le decía: “¿Te han tratado esos ojos, hijo? ¿No? Pues ve al doctor fulano de tal en la clínica tal y tal, entrégale esta tarjeta y él se ocupará de que te curen de inmediato”». Buckley, católico él mismo, se muestra en ocasiones lacerante con las clases pudientes de España: «Del mismo modo que me disgusta la violencia de las turbas y la quema de las iglesias, creo que la gente de España que proclamaba a voz en grito su fe católica era la que más culpa tenía de la existencia de masas analfabetas y una economía nacional en ruinas».

En el capítulo dedicado a Azaña aparecen muestras evidentes del sentido del humor del periodista inglés cuando afirma que las reacciones violentas de las masas varían según la nacionalidad, en Inglaterra saquean primero las tiendas de comestibles, en Alemania a los judios, en Francia se dirigen hacia sus adversarios políticos con los que se enzarzan en batallas campales….en España, en cambio, las multitudes se dirigen hacia las iglesias con objeto de saquearlas o quemarlas. Y esta quema de iglesias será el primer conflicto con el que el gobierno de la República tendrá que enfrentarse. La luna de miel ‒afirma Buckley -duró apenas un mes. En Málaga la multitud había saqueado templos y conventos hasta dejar muy pocos en pie. En total -sigue Buckley- unos ochenta edificios religiosos (iglesias, conventos, monasterios) ardieron esos terribles días de mayo. La breve luna de miel había terminado. Otra imagen que se repite en la óptica de los extranjeros que escriben sobre este período histórico es la creencia de que las derechas y las izquierdas se habían convertido en su enfrentamiento en dos locomotoras destinadas a colisionar sin que nadie estuviera dispuesto a echar el freno: «El país se encaminaba hacia el desastre sin que ello pareciera preocupar lo más mínimo a los políticos que lo conducían». Parece que hay cierta unanimidad en que Azaña era un gran orador y de alguna manera la esperanza de convertirse en el líder que cambiase las estructuras casi feudales de nuestro país, ideal sobre cual el periodista inglés, que asiste a uno de sus mítines, tiene algunas dudas: «Azaña, a pesar del respaldo popular que siempre había tenido, no supo crear un partido político en torno a él que fuera capaz de sacar el país de al angustiosa situación en la que se encontraba… Me marché del mitin de Azaña totalmente deprimido, pensando que este país no tenía solución». Buckley llegará considerar a España como un país propio, de hecho se casaría con una catalana, María Planas: «Tan sólo en dos ocasiones en toda mi vida me he sentido totalmente arrastrado por la pasión. La primera fue a raíz del levantamiento de los generales, en los días que siguieron al 18 de julio de 1936. La segunda, mientras contemplaba ese angustioso río sin retorno de miles y miles de refugiados que se dirigían hacia la frontera de Figueras en enero de 1939». El periodista inglés se siente implicado en la tarea de demostrarle al mundo la trascendencia de que la República pueda mantenerse en el poder pues es lo más democrático y además lo más justo: «Yo quería sobre todas las cosas, contagiar de esta santa ira y este fervor a mis lectores de fuera de España, convencido de que nadie en el mundo podía permanecer ajeno a lo que es taba ocurriendo en este país, la lucha titánica de un pueblo sin preparación y sin apenas armas  contra un ejército que pretendía imponer su tiranía».

Otro personaje, en este caso femenino, nos da algunas pista sobre le situación de Málaga en esa época. Se trata de Marjorie Grice-Hutchinson. De entre la nómina de viajeras que vienen a Málaga por los años cincuenta ocupa un lugar sobresaliente el nombre de Marjorie -como la llamábamos sus amigos- que, aunque llegó por primera vez a las costas malagueñas a finales de los años veinte, vivirá ininterrumpidamente entre nosotros desde el año 1951. A diferencia de otras escritoras, Grice-Hutchinson encajaría mejor en la denominación de hispanista anglo-española, pues hispanista es por sus estudios universitarios y, en cuanto a la nacionalidad, ha pasado más tiempo en España que en Inglaterra, su país de origen. Su obra, Un cortijo en Málaga, recoge sus impresiones  personales sobre la vida y el trabajo en la hacienda de Sta. Isabel en compañía de su marido el barón de Schlippenbach. Este último se instaló en el cortijo a principio de los años 30 pero, aunque la marcha de la explotación era favorable «la situación política se deterioraba progresivamente, y las continuas huelgas de los trabajadores del campo creaban muchos problemas a  los propietarios». A pesar de todo el barón decidirá permanecer al mando de sus tierras hasta que se produce un acontecimiento que le hará salir de España: «Una noche, después de la cena, apareció una patrulla que le obligó a que ordeñara 40 vacas él solo, mientras una miliciana sentada junto a él jugaba con la pistola de forma amenazadora.. Fue en aquel momento cuando Ulrich decidió que aquella situación era insostenible. Partió hacia Alemania con sus padres, y desde allí se dirigió a Sevilla para luchar con los Nacionales hasta el final de la guerra.» En ningún momento se molestaba en ocultar su ideología y en el capítulo del libro que mi colega Enrique y yo tuvimos el placer de traducir, se incluyen unos pequeños apuntes sobre los acontecimientos históricos más recientes, en concreto en el tránsito entre la marcha del rey, tras las elecciones municipales y la llegada de la República.

Poco después de los sucesos de Madrid en que se atacaron las oficinas del periódico A.B.C. y de la quema de iglesias y conventos de Madrid, surgirá en Málaga una situación semejante: «Dos días más tarde al mirar por la ventana me quedé sobresaltada al contemplar las columnas de humo que salían de los barrios de la ciudad. Alentados por los sucesor de Madrid, algunos malagueños había quemado y saqueado los colegios de los Jesuitas, de los Agustinos, de los Maristas, Palacio del Obispo, las oficinas del periódico La Unión Mercantil, la antigua iglesia de Sto. Domingo, y otras iglesias y colegios, unos cincuenta en total… Afortunadamente la catedral se salvó de las llamas». Como consecuencia de las continuas huelgas, atentados, boicots y los enfrentamientos entre los trabajadores y la policía, la República comenzó a debilitarse en lucha no sólo contra la clase obrera sino también contra las hostilidades de la derecha. Grice-Hutchinson continúa relatando hechos de los que fue testigo y que reflejan el estado de continua crispación en el que se está viviendo en la ciudad: «Una vez más me encontraba en Málaga en la primavera de ese año. Esta vez la ciudad vivía un ambiente de agitación. A diario se producían huelgas y atentados, quedando los robos  e incluso los asesinatos totalmente impunes. La hoz y el martillo aparecían por doquier, junto con las sorprendentes consignas de ‘¡Viva Rusia!’ y ‘¡Muera España!’ El Partido Comunista aunque pequeño en número, era activo y disciplinado, y parecía tener suficiente apoyo económico». Una vez más situación de inestabilidad y violencia que se está viviendo en el entorno les va afectar a ella y a su familia que viven en el cortijo, el fuego que aprecian a su alrededor proviene de los cortijos circundantes que están ardiendo. Todo ello provocará un estado de pánico en muchas familias que optarán por huir a Gibraltar. De hecho -nos recuerda Marjorie- tanto los que huyeron, como muchos de los que se quedaban «tenían sus esperanzas puestas en un golpe de estado de la derecha». Tras el Alzamiento Nacional la escritora y su padre regresarán a Málaga por mar dejando constancia de la cantidad de edificios destruidos. Coincidirá con el comentario de Henry Buckley sobre el poder redentor del fuego antes mencionado, pero esta vez formulado con cierto sentido del humor: «El pueblo había dado riendo suelta a su pasión incendiaria, un instinto tan arraigado como el español que supongo debe remontarse a algún primitivo culto al fuego».

Al margen de cualquier cuestión ideológica hay que reconocerle a la familia Grice-Hutchinson una gran generosidad con la ciudad y buena prueba de ello fueron la donación a la Universidad de Málaga del cortijo del padre de Marjorie que vds. pueden reconocer frente a la fábrica de San Miguel, al lado del aeropuerto, en San Julián; al igual que las escuelas en Churriana, el consultorio medico de esa localidad y finalmente su biblioteca donada a la Universidad del ciudad. Nosotros hemos sido testigos del amor que la población de Churriana le tenía a la familia, por lo que no es casual que le hayan dedicado una calle allí, el Paseo Grice-Hutchinson. Sus actos de generosidad con el Cementerio Inglés fueron numerosos y allí es donde reposan sus restos y el de su padre. A menudo visito  su tumba en el cementerio anglicano que tantas veces recorrí con ella.

Ya para terminar me gustaría referirme, aunque sea brevemente, a dos mujeres que asimismo dejaron testimonio de su coraje, aunque en dos frentes distintos. La primera es Gamel Woolsey, esposa de Gerald Brenan, y autora de uno de los libros más hermosos sobre el ambiente de nerviosismo que reinaba en Málaga durante las primeras semanas de la Guerra Civil, un libro en el que queda patente la notable calidad humana de su autora, siempre solidaria con la gente que sufría. Suya es esa frase tan afortunada de la «pornografía de la violencia» aludiendo a esa especie de regodeo de algunas personas cuando relatan historias macabras de crueldad o cuando hablan de violentas torturas a monjas desnudas: bajo todo ello late un trasfondo erótico. Sus reflexiones sobre los efectos de la guerra en los seres humanos son de una gran actualidad. En El otro reino de la muerte[3] afirma que en nuestra guerra existieron atrocidades como es natural, pues la guerra siempre produce barbarie, pero -según Woolsey- más del 90% de ellas es producto de una enferma y perversa imaginación.

Finalmente me voy a despedir glosando la figura de una malagueña que era medio escocesa por familia, de hecho escribirá una parte considerable de su obra en inglés. Una vez más mi colega Enrique y yo hemos traducido los dos volúmenes de sus memorias y ahora estamos en plena tarea de verter al castellano la biografía que ella escribió sobre su gran amiga Alexandra Kollontai. Estoy hablando de Isabel Oyarzábal Smith o Isabel de Palencia, pues de ambas formas firmaba. En este caso estamos ante una figura de una tenacidad irreductible a la hora de defender la legalidad del régimen republicano frente al levantamiento militar franquista. Es pues  una gran defensora del feminismo, coetánea de figuras como Victoria Kent, Clara Campoamor, María de Maeztu, Constancia de la Mora, Margarita Nelken, Zenobia Camprubí, María Lejárraga y María Zambrano…Esa generación de mujeres a las que les tocará contribuir a cambiar las estructuras de una sociedad anclada en el conservadurismo; para todo ello la República será un régimen que permitirá lograr el voto para las mujeres, conquista que en otros países de Europa ya era una realidad.

En esta lucha estará presente la malagueña Isabel Oyarzábal siendo pionera en su papel como inspectora de trabajo y como embajadora. De hecho el subtítulo que los traductores le dimos a  sus memorias fue Memorias de una embajadora republicana, pues ejerció como tal en Suecia en una época en la que el representante franquista se ha apoderado de la Legación y se niega a abandonarla. Hace unos años presentamos sus memorias, Hambre de libertad en Suecia, en un emotivo acto en el que todavía se conservan algunos de los recuerdos de Isabel. Allí será donde la malagueña conocerá a Alexandra de Kollontaï de la que se hará muy amiga y de quien escribirá la primera biografía, que por cierto estamos traduciendo al español pues ella la escribió para el público americano. En estos momentos Isabel de Palencia es una figura que ha alcanzado ya parte del reconocimiento que merece [se acaban de publicar dos libros sobre su labor como periodista y otro editado por la Universidad de Málaga escrito por Matilde Eiroa en el que se destaca su militancia feminista y su trabajo como diplomática]; además de haberle dedicado una sala en el edificio de la Diputación de la Acera de la Marina.

Sus memorias son una oportunidad excelente para recordar los avatares de la Republica contados por una espectadora que lo vivió de cerca pues era una funcionaria del Estado. En Madrid donde ella se encuentra la euforia del comienzo del nuevo régimen lo contará así: «Mi familia y yo salimos. Todos los madrileños estaban en la calle y se habían hecho de una forma u otra, con la bandera republicana: roja, amarilla y morada. Estos colores ondeaban  ya en Correos, en edificios oficiales y en muchas casas. La misma bandera tricolor que habíamos soñado que sería nuestra algún día y que nos habían prohibido usar, era ahora desplegada abierta y libremente… A cada momento alguien que no conocía nos paraba y nos abrazaba. Nunca me habían abrazado tanto en toda mi vida. No hubo ni alagaradas, ni ruido, ni demostraciones de mal gusto o actos vandálicos». Sobre el papel redentor del nuevo régimen no tiene ninguna duda: era una oportunidad excelente para cambiar las cosas que habían permanecido estáticas con el gobierno de Alfonso XIII: «Con la misma animada confianza de un enfermo que comienza a recuperarse tras una larga enfermedad, España se preparaba para enfrentarse a la vida con una fuerza increíble. Durante años y años había intentado liberarse del secular lastre de la ignorancia y la pobreza y ahora, de repente, tenía ante sí la posibilidad de vencer a ambas».

Desde ese momento Isabel iniciará una actitud frenética de colaboración con la República en el interior y en foros internacionales, donde será invitada entre otras razones por su conocimiento de idiomas. Le tocará vivir unos tiempos trepidantes que culminarán en el exilio con toda su familia a México. Tras asistir al desmoronamiento de la utopía republicana y al calvario de la Guerra Civil reflexiona así ante los tiempos de zozobra que se avecinan: «Lloro a menudo. Las lágrimas alivian la pena cuando no es fruto de la amargura….Sin embargo, a veces me desconcierto debido a los sentimientos encontrados que albergo dentro de mí misma, los cuales no fueron el menor de mis sufrimientos durante la Guerra Civil. El sentimiento de desear la paz, y ansiar que otros vinieran en ayuda de mi país, de condenar el armamento por un lado y sin embargo pedir armas por otro, de sentir devoción por la vida humana pero desear su destrucción a veces son sentimientos contradictorios que han reafirmado otros. Entre ellos la convicción de que la democracia es el único sistema político en donde la gente puede ser feliz. El odio es la fuerza más destructiva que un país puede sufrir y que la libertad es el más preciado de los dones». En su convencimiento está claro de que ella ha obrado de acuerdo con su conciencia y eso le tranquiliza a pesar de la derrota y todo lo que ésta implica: «Creo firmemente que llegará un día en que todo esto será posible, y porque lo creo estoy convencida de que merece la pena vivir. Pese a todas las luchas y sufrimiento y esperanzas insatisfechas que he tenido que asumir durante mis últimos años me alegro de haberlo hecho y de seguir haciéndolo».

EPÍLOGO

Como final de mi intervención me gustaría citar un artículo aparecido en prensa recientemente y dejar asimismo una pregunta para el debate posterior. El historiador Julián Casanova escribió el 1 de abril sobre ‘La Guerra Civil que nunca se aprendió en las escuelas’, un artículo dedicado a los que no somos historiadores donde se afirma que la historia de la República y la posterior guerra no es un territorio exclusivo de los historiadores. Se alude igualmente a las fuentes tan distintas que los libros de texto han ofrecido y ofrecen [estoy pensando en aquellos textos de Rumeu de Armas de Anaya], lo cual prueba que la Historia han de ser datos pero igualmente interpretación. Pues bien, en el mencionado artículo se incluyen 5 preguntas básicas que podrían servir de colofón a lo expuesto. Ante la pregunta de que por qué hubo una Guerra Civil en España se contesta: «En 1936 había en España una República, cuyas leyes y actuaciones habían abierto la posibilidad histórica de solucionar problemas irresueltos, pero habían encontrado también, y provocado, importantes factores de inestabilidad, frente a los que sus gobiernos no supieron, o no pudieron, poner en marcha los recursos apropiados para contrarrestarlos…

La estabilidad política empezó a correr peligro. El lenguaje de clase, con su retórica sobre las divisiones sociales y sus incitaciones a atacar al contrario, había impregnado gradualmente la atmósfera española. La República intentó transformar demasiadas cosas a la vez: la tierra, la Iglesia, el Ejército, la educación, las relaciones laborales. Suscitó grandes expectativas, que no pudo satisfacer, y se creó pronto muchos y poderosos enemigos….

Nada de esto conducía necesariamente a una guerra civil. Esto empezó porque el Golpe de Estado militar no consiguió su objetivo fundamental que era apoderarse del poder y derribar al régimen republicano». La pregunta del millón -y lo digo con toda mi ingenuidad- es saber si la República habría podido mantenerse como régimen democrático. Esa hipótesis que Julián Casanova pone en duda, no lo sabremos nunca porque la sublevación militar tuvo la peculiaridad de provocar una fractura dentro del Ejército y de las fuerzas de seguridad. Y al hacerlo, abrió la posibilidad de que diferentes grupos armados compitieran por mantener el poder o por conquistarlo. Juzguen ustedes mismos.


[1] El historiador J.A. Lacomba, citando fuentes de la prensa (‘El cronista’ y ‘El Diario de Málaga”) da el siguiente resultado de los incidentes de del 12 de mayo: 18 templos, 23 conventos y colegios religiosos, además del Palacio Episcopal y el edificio de ‘La Unión Mercantil’. Historia de Málaga, SUR, 1958.

[2] The Spanish Testament, A. Koestler

[3] Curioso resulta la cantidad de veces que aparece la palabra ‘muerte’ en varias de las obras  relacionadas con  este trabajo: Muerte en Málaga, El otro reino de la muerte, Muerte en la tarde [Ernest Hemingway], Diálogo con la muerte.

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1 respuesta a "Celebración de la II República, por Andrés Arenas Gómez"

  • manuel alberca says:
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