Cinefiliadas: “Call me by your name” o las emociones inaugurales

Por ADA VALERO

Frente a una chimenea, iluminado por las variaciones de las llamas, el rostro de Elio refleja en una larga escena las emociones provocadas por el final de su historia de amor con Oliver. En sus ojos asoman lágrimas que no acaban de brotar, sus labios ahogan suspiros, se muerden, se contraen y derivan lentamente hacia el dibujo de una sonrisa leve en el momento en que escucha su nombre llamándole a la mesa para la celebración de Janucá. Magnetismo sostenido en el desenlace de una película que araña, que conmueve, que se queda prendida en los ojos y en ese espacio innombrable de la conmoción que situamos a la altura del corazón, pero que en realidad abarca entrañas, terminaciones nerviosas, la columna vertebral donde se alojan las emociones inaugurales.

Todo está conjugado para que el espectador participe en cuerpo y alma de la historia que nos cuenta Call me by your name. Una villa rodeada de albercas en el verde veraniego del norte de Italia, en los años 80, habitada por una familia judía, cosmopolita, culta, tolerante. El padre, profesor de Arqueología, acoge cada verano a un estudiante de posgrado procedente de Estados Unidos para que colabore en sus quehaceres académicos. El hijo, Elio, de 17 años, es un muchacho introvertido, lector ávido, con talento musical (toca el piano, la guitarra), y la curiosa afición de transcribir en partituras la música que escucha con los auriculares de su walkman.  Desde la ventana de su habitación, Elio ve llegar a Oliver, el estudiante invitado, un joven que tiene las exactas proporciones para contrastar con el cuerpo aún aniñado del adolescente Elio. La cámara observa a Oliver como si adoptara la mirada de Elio: su hambre, su estatura atlética jugando al boleyball, su bailar alegre acompasado al flirteo con una chica del lugar, sus huidas. Curiosidad, atención, atracción, deseo, amor. Atravesamos con Elio el recorrido de sus sentimientos, compartimos su ansiedad en el momento de la confesión, algo brinca en nosotros cuando se revela la coincidencia; algo sabemos de ese júbilo de la pareja en el viaje de tres días a Bérgamo, que será la antesala de la despedida con el regreso de Oliver a Estados Unidos.

Hemos asistido a la fragua donde se macera el primer deseo, el que nos moldea para los sucesivos; hemos presenciado el primer dolor de la primera pérdida. Lo reconocemos, igual que lo ha reconocido el padre de Elio, quien en una emocionante conversación le expresa a su hijo su envidia y le exhorta a no ahogar la pena: Damos tanto de nosotros mismos para recuperarnos del dolor que a los treinta estamos exhaustos. Con el corazón agotado, cada vez somos menos generosos cuando volvemos a empezar con otra persona.

Ahogar el dolor es perder la alegría de lo vivido. Nos lo enseña Elio frente al fuego de la chimenea, en esa oscilación de gestos que atraviesan su rostro desde las lágrimas a la sonrisa.

Call me by your name, le propuso Oliver a Elio y yo recuerdo los versos de la Noche oscura del alma, donde esta en su unión con Dios siente que es la amada en el amado transformada. La idea de la película es que la otra persona te haga bella, te ilumine, te eleve, afirmó su director, Luca Guadagnino.

Música, fotografía, interpretación, ambientación, todo arrastra al espectador hacia esa villa italiana donde despierta el deseo con su equipaje de ansiedad, de placer, de belleza, de inauguración vital.

En su estreno en el Festival de Cine de Sundance, recibió la ovación del público puesto en pie. Me dicen que la novela, de André Aciman, supera la película. Habrá que buscarla.

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