Ciudadano Pedro Aparicio, por Carlos Hernández Pezzi

Publicado en La Opinión de Málaga, 28 de septiembre de 2014.

La Ciudad de Málaga ha dicho adiós, con una rara unanimidad y una pródiga entrega al que ha sido su mejor alcalde del siglo XX, uno de los mejores de España y – sin género de dudas – uno de los pilares políticos de la España municipalista de la transición.

 

Aparicio

Pedro Aparicio. Efe.

Al repasar su memoria, fuera de la hagiografía colectiva muy propia de estos momentos, apetece traer a colación la alusión de su amigo Salvador Moreno Peralta a que “más o menos, todos teníamos 30 años”. También es bueno recordar que Pedro Aparicio suscitó todos los claroscuros posibles en su visión de Málaga, pero que su tenaz perspectiva se impuso casi siempre a sus propios errores y a los desatinos frecuentes de los demás, entre los que me incluyo.

Conocí a Pedro y trabajé a sus órdenes desde enero de 1980 como arquitecto municipal, jefe de una de las 5 áreas creadas por su equipo. Bajo su mandato viví la pasión por la ciudad, por el urbanismo, por el acuerdo político de la primera legislatura y un sinfín de experiencias entre las que no son menores el feliz encuentro con Pilar Oriente, concejal entonces de Parques, Jardines y Playas, con Luis Asenjo y Pepe Asenjo, el golpe del 23-F (allí estuvo Pedro toda la noche en su despacho), el Pleno tras el fracaso del golpe, la experiencia del cambio de los Servicios Técnicos a la Gerencia Municipal de Urbanismo, el nuevo PGOU y sus autores, la ilusión por la ciudad nueva que se vivía en todos nosotros, en la incipiente Junta y en el país…

El golpe de 1981 agrandó el perfil de los líderes que mantuvieron el tipo. Aquello no fue un camino de rosas. En lo local todo eran retos. Málaga sin luz, agua, calles y parques… Aquellos tiempos eran duros, pero no mejores que estos. Los de hoy carecen del sueño del futuro. Tenemos más cosas de las que necesitamos, pero nos faltan las esenciales, entre ellas la ilusión por la ciudad justa e inclusiva.

A los sucesivos mandatos con mayorías absolutas y a las dificultades que siguieron algunos proyectábamos una mirada crítica. Pedro recibía mis invectivas de militante comunista en los artículos periódicos (“¿Quién teme a Pedro Aparicio” o “Las farolas absolutas”, por citar dos títulos) que ya nunca dejé de escribir, provocando su indisimulado cabreo (tiempo después, me dijo que agradecía que posteriormente se los dedicara a Celia Villalobos y Fco. De la Torre…). Pero la relación de respeto se mantuvo y en 1995 nos ofreció a los arquitectos su disposición a que el PGOU se aprobara tras las elecciones, lo cual daba idea de lo que él y nosotros habíamos aprendido.

Su viaje político al europarlamento, y la vuelta al contacto con Europa lo hicieron más ajenos a los errores de los últimos tiempos, a aquellas políticas empecinadas por cambiar la realidad pero con una más que discutible política de equipos y un progresivo agotamiento de la fuerza y la innovación de sus primeros mandatos municipales. Ya entonces quedó atrás aquello que jocosamente llamábamos A.R.P.A. (“Asociación de Represaliados por Pedro Aparicio”, en la que estábamos incluidos ilustres disidentes y de la que se entraba y salía con la libertad que daba el honor del trato tolerante del alcalde según iba pasando el tiempo.

Si nunca se ha dejado de reconocer la evolución en la política española que tan bien ha descrito Antonio Muñoz Molina (Todo lo que era sólido” 2013), conviene recordar que entonces ya se marginaba a una izquierda crítica (socialista y comunista) a la que se le debería haber dado más papel como sí ocurrió en municipios señeros que fueron durante años referencia de valores y de cambios de vida, que Pedro Aparicio exportó desde todas sus responsabilidades; tal vez dejando flancos que podían haberle llevado a renovarse, incluso a él mismo, insuflando valores que imperceptiblemente comenzaron a perderse en ayuntamientos y comunidades.

Como ocurre con los espacios imposibles de M. C. Escher, la vida da muchas vueltas, sube y baja por vericuetos imposibles. Es ahora cuando el recuerdo ayuda a entender que la deconstrucción política llevada por Pedro Aparicio sea probablemente uno de sus mayores legados como persona, hacia sí mismo, hacia su familia, hacia los demás. Como en este caso no tenemos una palabra mágica como “Rosebud”, la de Ciudadano Kane, los que nos atrevemos a respetar la timidez abierta y culta de Pedro Aparicio, tenderemos a creer que sus años de deconstrucción del personaje público fueron los de su apartamiento de la política, su labor de memorialista en columnas de viaje y los de su tremenda despedida periodística contra el “fanatismo, localismo y populismo”. Esos años demuestran cómo los valores que representó en política, por la “razón y el honor” se acrecentaron a lo largo de su vida: un ejemplo incómodo, que no tanta gente quiere recordar.

Sostengo que el ejemplo de Pedro Aparicio en política, el mayor ejemplo, está hoy aún más vivo que cuando lideró Málaga. Este modelo es el de la convicción, la decencia y la dignidad de sus ideas, pese a quien pese, y “murmure quien murmurare” como decía Santa Teresa de Jesús. En la España de hoy, pasados más de esos treinta años y decaído los ideales de muchos de aquellos treintañeros, la verdad incómoda es que nuestro desaparecido alcalde representó la obstinación en la honradez política frente a los suyos y los contrarios, frente a los poderosos y los corruptos, frente a sus amigos y frente a sí mismo. Hasta el final, no sólo en sus tiempos de gloria.

Tal vez más culto, más tímido y más insobornable que nunca, mi recuerdo va por el del ciudadano con el que tantas veces debatí desde mi modesta perspectiva; frente a su vasta ilustración, desde mi acendrada construcción ideológica al espíritu de búsqueda de la suya. Y es que la socialdemocracia vigente está caducada, necesita una profunda renovación, tenaz y a fondo. La ciudad por la que luchó necesita un cambio en objetivos, perspectivas y visión. La sociedad en la que Málaga despunta es una estructura manifiestamente mejorable. El “orgullo malagueño” y la autosatisfacción localista se manifiestan todos los días.

 

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Pedro Aparicio durante una intervención.            Kako Rangel.

Málaga necesita una nueva visión. Pero del siglo XXI. Hoy no se adivina qué tejido social y qué liderazgo político la pueden configurar. Como en el funeral de despedida de Pedro, faltó más música y sobraron las palabras.

La memoria de Pedro es como la banda de Moebius: nos pone en la tesitura de volver a replantear la ciudad de arriba abajo sino queremos que se inunde de fantoches y mercachifles, que se cueza en su propia salsa y que se convierta en lo fanática, localista y populista adonde tantas veces apunta. Con una clase dirigente adocenada y un público aplaudidor que no representa, ni por asomo, los valores y convicciones que su gran alcalde democrático defendió contra viento y marea, incluso para los que discutíamos su modelo, queríamos más o mayores cambios, o más deprisa, el mensaje de su legado nos acerca más a un nuevo cambio que a la persistencia en los acomodos, las rutinas y las inculturas del localismo malagueño actual.

Yo deseo un ceremonial laico y civil para el ciudadano Aparicio. Un punto de recuerdo y un punto de autocrítica. Un espejo donde mirar la realidad y donde buscar apoyos para transformarla. No me conformo con las loas al personaje del pasado; ni siquiera con el desconocido Pedro que se deconstruyó, como tantos de nosotros, para hacer frente a un nuevo escenario que no le gustaba. Nuestra memoria de su legado de municipalistas convencidos pasa por volver a enraizar los valores de lo comunitario, de lo social y de lo político en la decencia insobornable y férrea con la que Pedro se condujo hasta el final. Aunque como ha dicho el maestro Alcántara los proyectos se los lleva su despedida, sus mejores herencias están en que cambiemos los vicios a los que estos casi 35 años de democracia local malagueña nos han conducido. El homenaje a su memoria empieza por saber quién teme a Pedro Aparicio ahora; por las ideas que defendió hasta antes de ayer, por su retiro de una vida política atosigante y baldía, por el hastío ante la simulación de objetivos de ciudad que no son ni nuevos ni deseables y por el empobrecimiento de los municipios españoles y las medidas de asfixia que desde Europa y España se proponen contar la vida y suerte de las ciudades, en medio de unas retóricas que él nunca empleó.

Algo de lo que tendremos que aprender todos; hasta los que le hicimos de modesta oposición y poco a poco fuimos confluyendo humildemente con sus posiciones. Convicciones democráticas y sociales que ahora ya toca poner al día si es que queremos hacer un homenaje serio a la que ha sido, no su vida política, sino su vida de ciudadano decente.

Carlos Hernández Pezzi

Arquitecto y Concejal independiente Ayuntamiento de Málaga

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