Códigos de sangre, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 10.09.2017

No sé qué ruge más, si las tempestades de Irma desbordando el mar y el aire, acosando las casas y las vidas como una pantera de viento que no cesa en su galope salvaje entre las islas del Caribe, o el ruido de claxon con el que la política embriagada de ego atropella la democracia en un paso de peatones. El huracán manifiesta que el cambio climático no admite especulaciones sobre su realidad. La segunda se ha saltado a la brava todos los semáforos, no ha respetado la ética y ha ejecutado la desobediencia a las leyes. Unos aplauden en corro la metáfora de lanzar un viejo coche al abismo para bailar el mambo de una fiesta que divide a dos Cataluñas. Otro, un hombre coherente y solo, renuncia a que su hijo Daniel crezca en una democracia que se niega voz y discrepancia a sí misma. Su gesto muchos lo consideran menos heroico que el de la diputada que recoge banderas para alimentar la vieja hoguera de España. Qué poco hemos aprendido de Galdós y de Arturo Barea, de Chaves Nogales y de la trilogía de Almudena Grandes. Leer acerca del cainismo y la violencia es la asignatura suspensa de la mayoría política. Especialmente de los que alimentan, como dice en un excelente artículo Iñigo Errejón (qué necesario para el PSOE su mente pensante), el populismo de un leviatán totalitario. Lo peor de todo es que siempre se obliga a la ciudadanía a elegir entre blancas y negras en una partida abocada a la derrota en tablas. Lo mismo que en las películas de Bergman.

Íñigo Errejón, diputado de Podemos.

Qué difícil decidir el zen entre los claros oscuros del cansino desafío independentista y las peligrosas líneas rojas de una solución constitucional, razonable, federalista, sin torpezas ni enquistamientos entre el dolo y el favor económico a cambio de una tensa paz, el mercantilismo a cambio de gobernabilidad, la creación de la nation building y la negativa obtusa a reconocer aquellas tantas cosas que nos unen en las diferencias, porque así es como las personas y los países nos complementamos y enriquecemos en una personalidad más fuerte. De hecho somos una pluralidad de yoes que componen nuestra identidad, la refuerzan y la engrandecen.

Nunca he entendido las rivalidades absurdas entre capitales vecinas, el rechazo de los urbanos hacia las gentes rurales, la acotación en un documento o en el corazón de un sentimiento de pertenencia en exclusiva. Los códigos de sangre vieja no van conmigo. Soy fruto de una religión y una cultura conversas, de la emigración de una isla mediterránea y por otra porque la cultura y el pensamiento son el fundamento de mi identidad. Lo escribí el febrero pasado cuando me pidieron un certificado de mi ADN andaluz y dejé claro que era nacido de Lorca y de Baudelaire, andaluz de Homero y de Stevenson, de Platón y de John Ford, de Borges y de Morente, de Cortázar y de Hawks, de Verne y de Paco de Lucía, de Picasso y de Virginia Woolf, de Camarón y de Cezanne, de Macondo y de Labuan, de Saint-Germain y de La Alfama, de Barcelona y de Bilbao, de Roma y de Berlín, de Malta y de Madrid. De Mónica Bellucci y de Anouk Aimée. Rosas de los vientos de un mapa existencial con vocación de lenguaje, de alma y de mundo más allá del duende, de las religiones y de las banderas que juramentar bajo un gobierno que excluyen la libertad y la conciliación; y que, como dice la poeta Ángeles Mora, cuando hay algarabía fuera, tiene calma adentro.

Tampoco he adjurado jamás de ser andaluz, español, europeo, ciudadano del crepúsculo y del amanecer, lector braille de las noches de la piel abierta y corsario de mares en los que ser una canción o Marina Perezagua midiendo los latidos de la profundidad o la medida de un beso entre las olas. De ser, republicano, ácrata, utópico y escéptico optimista, por mucho que a veces me hayan dolido, avergonzado y airado el error de mis actos o los hechos y los dichos contrarios a mi credo, y cuyas autorías comparten las mismas denominaciones de origen e ideología. Siempre he creído que lo coherente es saber las luces, las sombras, los abismos y los puentes con los que conversamos a solas con nosotros, y con los que brillan en los ojos o brotan en el temblor de una voz cuando dialogamos en contienda, celebramos lo común de una dicha o compartimos un secreto.

Las mismas piezas de nuestro collage y casi las de ese puzle llamado España, y del que no entiendo por qué suena tan mal como concepto y ágora. No sé si somos los únicos que la negamos tres veces cada vez que un gallo nos canta en contra, o cuando hay que descender a los infiernos y echarle coraje a lo que somos. También me resulta difícil entender porqué tachamos de chauvinistas a los franceses cuando defienden su identidad, igual que lo británicos templan el honor de su pertenencia con un té a las cinco y un whisky a las siete. La razón quizá resida en nuestro rico mestizaje escasamente celebrado, precisamente por la vieja historia de nacionalismos que fueron superponiendo los fenicios sobre los tartessos, los griegos y romanos sobre los fenicios, los visigodos sobre los mismos, los árabes sobre ellos y los castellanos encima de los andalusíes. A pesar de que la sangre, el lenguaje, los libros, el arte, la arquitectura, las ciencias, se mezclaban renaciendo talentos y prosperidad. Da igual. En nuestro ADN lo que prima es el binomio de los contrarios. Ser más que el otro, conmigo o contra mí, y en esa diferencia armar el discurso del poder y del agravio, la intolerancia y la brecha. Más delirio que sueño.

No quiero pensar qué sería de España de ser una comuna. Lo mismo que nadie habla de la República sobre la que Max Aub dijo en palabras de Vicente Dalmases, protagonista de Campo del moro, “traidores todos, los anarquistas, los socialistas, los comunistas; ni que decir tiene los fascistas, los liberales; traidores todos”. Siempre nos hemos orillado en batallas donde humillar la rodilla del adversario, y borrar después sus significados. Los partidarios de Juan de Trastámara y los de su hermanastra Isabel; los Austrias contra los Borbones; los absolutistas de Fernando VII contra los afrancesados de La Pepa… banderas inflamadas por odios, ambiciones personales y esas cuchilladas en las sombras donde aflora la naturaleza humana, entre cuyos ejemplos está el saqueo de estos días en las poblaciones en las que Irma ha reventado el paisaje, negocios y hogares.

Vaya clamor de septiembre, borrascoso y obcecado en derrocar cualquier voluntad de diálogo y de reconstruir lo mucho que nos une y la importancia de componer encuentro en la cultura, el único lugar que nos queda en el que ser felices. Lo mismo que en ese otro septiembre que amanece, en sentido contrario a la batalla y la ira, como un pentagrama de azules, de violetas, grises y rojos, conformado la sinfonía de un poema de luz ante el que mi amigo Javier Álvarez detiene el coche y me llama. Un instante de belleza en su desnuda naturaleza y esplendor de reflejos a lo largo de ese territorio sin fronteras que es el cielo. Desde Málaga a la Línea, desde el sur al norte, el mismo lenguaje que debería unirnos más allá de arrecifes, de postes telefónicos, de apellidos como fronteras, de persianas desde la que nos etiquetan con recelo de forasteros. Por encima de discursos que empuñan la palabra como si fuese un revólver que nos reta a que entre dos sólo uno quede en pie, en el centro de la calle y del vacío.

Nunca me han gustado los códigos de sangre, las lenguas que desprecian a otras, los mapas en los que me consideran extranjero y me exigen una patria que niega que mi corazón sea del mundo. Y también de Contador, sencillo y épico coronando con pundonor el Angliru. El único capaz, de momento, de darle a septiembre la vuelta con generosidad, coraje y en alto.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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