Colaboración de Bernardo Díaz Nosty al “Comunicado y Llamamiento del Ateneo de Málaga”

Es cierto que la situación es dramática y que todos nuestros males sociales parecen quedarse reducidos a la caída de la economía, pero ese es solo un aspecto de una crisis mucho más amplia. Aunque parezca que es el único que se nos quiere hacer ver.

La lectura exclusivamente económica de la realidad reduce la existencia a una condición contable, donde los rasgos de inteligencia e innovación deben ser traducidos a los guarismos de la racionalidad mercantil, con lo que las garantías del Estado de derecho se diluyen y pervierten.

Parece que se intenta, con una lluvia fina sobre la opinión pública, que se mire al futuro desde la psicología del miedo, desde una lectura hegemónica que cierra puertas y muestra solo uno de los muchos caminos que conducen al futuro. Pero esa es la óptica de los perdedores.

Pueden recortarse los salarios, las pensiones, los presupuestos de la educación, la cultura y la sanidad, pero no puede recortarse la riqueza de la lengua que arma nuestro pensamiento y da expresión a nuestra autonomía individual y social, porque ello equivaldría a la mordaza. En la pluralidad de nuestra expresión nace la riqueza propositiva del consenso democrático, es decir, nuestra capacidad para transformar la Historia.

Hemos entrado en una nueva era, que se orienta hacia la transparencia, hacia una interacción social más rica, hacia una mayor tolerancia, donde las sombras que antaño daban la opacidad al sistema empiezan a despejarse. Sentimos hoy, sin embargo, los coletazos refractarios al cambio, al cambio que pide transparencia para barrer la corrupción e informa de la caducidad de modelos antisociales que, por insostenibles, agreden a la misma salud ambiental del planeta.

¿Cómo hablar de un nuevo paradigma cuando el diluvio dispara las alarmas?

Porque, a pesar de los peores augurios de un discurso que propende a ser único, somos protagonistas de un tiempo histórico en el que se concentran los mayores avances de la ciencia y de la técnica, es decir, porque estamos, paradójicamente, en el mejor momento del conocimiento y del progreso de la Humanidad.

Nos encontramos ante desarrollos esperanzadores en el campo de la medicina, en la producción de nuevos materiales, en el hallazgo de nuevas fuentes de energía renovable, en el avance en aspectos como la nanotecnología, la física cuántica, la genética, la cibernética, las comunicaciones, los usos sociales de las tecnologías de la información, la ampliación de la huella social del conocimiento, la progresiva superación de las barreras entre los seres humanos.

La necesidad de oxigenación utópica del presente se argumenta en la revolución silenciosa del conocimiento, que disuelve la ignorancia que nos hizo sumisos, que pone luz a la opacidad que alimentó la corrupción, que hace más difícil la carne de cañón con la que ayer se armaba y enfrentaba a los pueblos en la defensa de intereses que le eran ajenos.

Nuestra voz sigue siendo soberana. Somos soberanía. Y es nuestra soberanía la que debe rescatar la confianza en la democracia, en las instituciones del Estado, en la política. La única capaz de impulsar una regeneración de la vida social.

Es necesario, por ello, reivindicar y ejercer nuestra condición de sociedad civil. Romper las cadenas psicológicas del miedo que atenazan a diario la capacidad real de respuesta.

También hoy, nuestra voz debe ser especialmente solidaria con los que más sufren, con las víctimas directas de una crisis que no ocasionaron, que no ocasionamos…

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