Compartir conocimiento

La tecnología ha jugado un papel clave en el desarrollo humano y su importancia está más vigente que nunca; convertida en puerta de acceso a esta sociedad del conocimiento en la que nos ha tocado vivir, la distinta capacidad para aprovechar su potencial marca grandes diferencias entre países y entre ciudadanos. La obtención y aplicación del conocimiento hace tiempo que es determinante. La velocidad de su crecimiento ya fue vaticinada por Don Tapscott en 1998, antes de que existieran las redes sociales y cuando el primer blog apenas tenía un año, al afirmar que el conocimiento sería un bien más amplia y libremente extendido que nunca y que la distribución de poder real cambiaría rápidamente. El año pasado Soumitra Dutta aseguraba que los días en que unos pocos elegidos tenían el poder habían terminado, que la gente con más conocimientos es el motor del sistema, no necesariamente quien ostenta los títulos. Quizás el cambio más relevante sucedido en relación con esta cuestión tiene que ver con una reflexión de Bernard Shaw hace más de un siglo: si dos personas tienen una manzana cada uno y las intercambian siguen teniendo una manzana cada uno, pero si lo que intercambian son dos ideas, entonces al final tendrán dos ideas cada uno.

El conocimiento es el único bien que crece cuando se comparte, un principio simple cuya puesta en práctica puede resultar chocante en tiempos como los actuales de competencia y méritos individuales. No en vano, desde finales del siglo XVIII, los estados protegen las creaciones intelectuales con la justificación de estimular la creación de bienes socialmente útiles; así que después de más de dos siglos defendiendo los derechos
de los autores mediante instrumentos como el copyright, puede sorprender que en 2001 en EEUU se pusiera en marcha un proyecto que promueve la creación de mecanismos legales y técnicos para facilitar el acceso a la cultura y para eliminar barreras que dificulten su difusión y creación. Lawrence Lessig, catedrático de Derecho de la Universidad de Stanford, crea entonces las Creative Commons y el copyleft como alternativa al copyright. Ello implica que, por primera vez, se abre la puerta a la cobertura legal de una nueva actitud frente al saber: quienes quieran compartir lo que saben también tienen derecho a ver reconocida su autoría, aunque permitan la libre difusión, e incluso la modificación, de sus obras.
Igualmente relevante es sin duda Richard Stallman, fundador del movimiento del software libre e influencia determinante en el proyecto de Lessig. Desde hace varias décadas, nos sugiere que compartamos el conocimiento para mantener las máximas cotas de autonomía como ciudadanos respecto de las grandes corporaciones que controlan la gestión del mismo con sus ingentes recursos.
Actualmente el conocimiento libre es una realidad, un fenómeno social que defiende la libertad de participación de las personas mediante la universalización del saber; y desde una perspectiva epistemológica, una corriente que estudia el origen histórico y el valor del conocimiento considerándolo como un bien público que beneficia a la colectividad en general y permite el desarrollo igualitario. Eso ha compartido alguien con todos nosotros desde la Wikipedia, una de las cimas en este ámbito que ha resistido comparaciones con las obras más prestigiosas.
El lugar natural en el que se desarrolla este fenómeno vertiginoso y colectivo es Internet y se puede afi rmar que ya hemos traspasado el punto sin retorno para la consolidación de un espacio virtual libre, abierto, con vocación de inclusión de la diversidad. Y real, porque lo más increíble de lo virtual es que lo virtual no existe, que todo es real.
Nadie duda ya de que la web comunica personas, que estas se sienten más cerca cuando comparten sus ideas y que entre todas están tejiendo la web social actual produciendo una transformación irreversible en la posición del eje de transmisión del conocimiento que ya fluye horizontalmente, no sólo verticalmente. Quien haya practicado el ejercicio de poner a disposición de la comunidad lo que sabe, a buen seguro habrá constatado el rico retorno que esta devuelve tanto en el plano intelectual como en el afectivo. En la voz imprescindible de Dolors Reig encontramos la explicación: la afectividad y la confianza es la clave en el mantenimiento de comunidades que comparten.
Realmente no puedo imaginar otra concepción de la cultura que conecte mejor con el espíritu de los ateneos, ni ágora más propicia que la conversación que fluye en la red a través de blogs, foros, wikis, redes sociales de distinta naturaleza para la interacción y el enriquecimiento personal. Como afirma José Juan Fernández Cabrera, la socialización del conocimiento permite que este pueda evolucionar mediante un proceso colectivo en el que se recogen las aportaciones de muchos ciudadanos. Seguramente el ejemplo paradigmático que ilustra esta afirmación es el software libre, otra de las catedrales de la colaboración en red.

Todo este fenómeno ha provocado una reflexión profunda sobre el acceso al conocimiento que va más allá del hecho mismo de compartir. Desde el proyecto Vir-ed nos preguntan: Estamos más conectados que nunca a la gente, a los lugares, a las ideas. Hay cientos de millones personas utilizando la web social cada día, pero ¿cómo podemos aprovechar todo esto para que la gente se dedique a aprender? ¿estamos produciendo simplemente una cultura de la inmediatez? ¿cómo podemos organizar este flujo de significado para convertirlo en conocimiento?
Quizás una de las respuestas a esta cuestión se encuentre en la idea de crear conjuntamente con espíritu crítico y constructivo, y de reelaborar juntos lo creado por otros.
Isaac Mao, que defiende que los que comparten están acumulando gran capital social y una superabundancia de respeto por parte de la comunidad, va más lejos: la nueva fórmula económica establecerá que cuantas más personas remezclen tus obras más obtendrás a cambio. Ha enunciado el concepto de sharismo, que funda sus bases en la neurociencia, y en virtud del cual la idea de compartir está en la propia naturaleza humana, en el funcionamiento de nuestro cerebro y con profundas implicaciones sobre el proceso creativo. Por si algún lector teme la desprotección de los autores, Mao subraya lo que muchos hemos experimentado: cualquier violación de tus derechos puede ser perseguida no sólo en los tribunales sino también por parte de la comunidad con la que compartes, que puede llegar a desarrollar una gran capacidad de presión para defender la autoría. Pero el auténtico desafío, desde una institución como el Ateneo, es incorporar el máximo número de personas a este espacio en el que se genera la cultura global, dominante en lo que a circulación de información se refiere, sin perder la perspectiva local. Ello implica hacer de la participación un principio básico de planificación y funcionamiento y el resultado debe ser la multiplicación del alcance de nuestra labor. Tal y como afirma Castells, las ciudades que intervengan en el espacio global beneficiando a sus ciudadanos e incorporando su identidad serán las que liderarán nuevas formas de creación de conocimiento. Quienes estén conectados y al mismo tiempo mantengan su cultura serán más capaces de producir conocimiento, y ello implica valor en la sociedad actual.
La red nos ofrece la oportunidad de enriquecernos compartiendo, de configurar una comunidad plural y diversa cuyos miembros estén dispuestos a aportar lo que saben. Las tertulias de antaño están más vivas que nunca en Internet y también tienen forma de conversación, de diálogo virtual permanente que fluye abierto a todos. Y como antaño, la clave está en los contenidos: una oferta de calidad, desde la honestidad y libre ha de ser la apuesta ambiciosa y a largo plazo que comportará cambios relevantes en la manera de difundir la cultura, y que nos hará más valiosos como institución.

José María Ruiz Palomo
Vocal de Internet del Ateneo de Málaga

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