Compartir conocimiento

El conocimiento es el único bien que crece cuando se comparte.
No es una idea nueva; Bernard Shaw explicaba que si dos personas tienen una manzana cada uno y las intercambian siguen teniendo una manzana cada uno; pero si lo que intercambian son dos ideas, entonces al final tendrán dos ideas cada uno.
También Richard Stallman, en defensa de nuestra ciudadanía, hace mucho que nos sugiere que compartamos el conocimiento para mantener la autonomía respecto de las grandes corporaciones que pueden llegar a controlar la gestión del mismo con sus ingentes recursos.
Actualmente constatamos la velocidad de este crecimiento que fue vaticinado por Don Tapscott, antes de que existieran las redes sociales y cuando el primer blog apenas tenía un año, al afirmar que el conocimiento sería un bien más amplia y libremente extendido que nunca y que la distribución de poder real cambiaría rápidamente.
Con la aparición en 2001 en EEUU del proyecto Creative Commons, que promueve la creación de mecanismos legales y técnicos para facilitar el acceso a la cultura y para eliminar barreras que dificulten su difusión y creación, se abrió la puerta a la cobertura legal de esta actitud frente al saber. Y ya hemos traspasado el punto sin retorno para la consolidación de un espacio virtual libre, abierto, con vocación de inclusión de la diversidad. Y real; porque lo más increíble de lo virtual es que lo virtual no existe, que todo es real.
Quien haya practicado el ejercicio de poner a disposición de la comunidad lo que sabe, a buen seguro habrá constatado el rico retorno que esta devuelve tanto en el plano intelectual como en el afectivo. En la voz imprescindible de Dolors Reig encontramos la explicación: la afectividad es la clave en el mantenimiento de comunidades.
Nadie duda ya de que la web comunica personas, que estas se sienten más cerca cuando comparten sus ideas y que entre todas están tejiendo la web social actual produciendo una transformación irreversible en la posición del eje de transmisión del conocimiento que ya fluye horizontalmente.
Se trata de un proceso inexorable; desde los antiquísimos documentos de arcilla que guardaban las bibliotecas de Babilonia bajo el control de los sacerdotes, hasta la actualidad la historia de la extensión del conocimiento está jalonada de hitos que han supuesto la ampliación de las cotas de libertad y bienestar de la población y que son el resultado de un desarrollo tecnológico: los pergaminos de papiro y el alfabeto, la imprenta, Internet …

Actualmente el conocimiento libre es una realidad, un fenómeno social que defiende la libertad de participación de las personas mediante la universalización del saber. Y desde una perspectiva epistemológica, una corriente que estudia el origen histórico y el valor del conocimiento considerándolo como un bien público que beneficia a la colectividad en general y permite el desarrollo igualitario. Eso ha compartido alguien con nosotros desde la Wikipedia, una de las cimas en este ámbito que ha resistido comparaciones con las obras más prestigiosas.
Realmente no puedo imaginar otra concepción del saber que conecte mejor con el espíritu de los ateneos, ni ágora más propicia que la conversación que fluye en Internet a través de blogs, wikis, y redes sociales de distinta naturaleza para la interacción y el enriquecimiento cultural. Como afirma José Juan Fernández Cabrera, la socialización del conocimiento permite que este pueda evolucionar mediante un proceso colectivo en el que se recogen las aportaciones de muchas personas. Seguramente el ejemplo paradigmático que ilustra esta afirmación es el software libre, otra de las catedrales de la colaboración en red.

Todo este fenómeno ha provocado una reflexión profunda sobre el acceso al conocimiento que va más allá del hecho mismo de compartir. Desde el proyecto Vir-ed nos preguntan:

Estamos más conectados que nunca a la gente, a los lugares, a las ideas. Hay cientos de millones personas utilizando la web social cada día, pero ¿cómo podemos aprovechar todo esto para que la gente se dedique a aprender? ¿estamos produciendo simplemente una cultura de la inmediatez? ¿cómo podemos organizar este flujo de significado para convertirlo en conocimiento?

Quizás una de las respuestas a esta cuestión se encuentre en la idea de crear conjuntamente con espíritu crítico y constructivo, y de reelaborar juntos lo creado por otros.
Isaac Mao, que ha formulado el sharismo y que defiende que los que comparten están acumulando capital social y una superabundancia de respeto por parte de la comunidad, va más lejos:

La nueva fórmula económica es: cuantas más personas remezclen tus obras más obtendrás a cambio.

Por si algún lector teme la desprotección de los autores, Mao subraya lo que muchos hemos experimentado: cualquier violación de tus derechos puede ser perseguida no sólo en los tribunales sino también por parte de la comunidad con la que compartes.
Pero el auténtico desafío es incorporar al máximo número de personas a este espacio en el que se genera la cultura global, dominante en lo que a circulación de información se refiere, sin perder la perspectiva local. Siguiendo a Castells, las ciudades que intervengan en el espacio global beneficiando a sus ciudadanos e incorporando su identidad serán las que liderarán nuevas formas de creación de conocimiento. Porque quienes estén conectados y al mismo tiempo mantengan su cultura serán más capaces de producir conocimiento, y ello implica valor en la sociedad actual.

Por todo ello el Ateneo de Málaga hace acto de presencia en la blogosfera con vocación de permanencia, para ofrecer lo que sabemos y enriquecernos con quienes nos brinden la oportunidad.

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3 respuestas a "Compartir conocimiento"

  • José M. Domínguez says:
  • Jaime Rodríguez says:
  • José María says:
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