Congreso de los d´imputados, por Jorge Andújar Escobar

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que, la palabra “CONGRESO”, tiene siete acepciones: 1º Junta de varias personas para deliberar sobre algún negocio. 2º Conferencia generalmente periódica en que los miembros de una asociación, cuerpo, organismo, profesión, etc., se reúnen para debatir cuestiones previamente fijadas. 3º Edificio donde los diputados a Cortes celebran sus sesiones. 4º En algunos países, asamblea nacional. 5º En otros países, como los Estados Unidos de América, conjunto de las dos Cámaras legislativas. 6º Con arreglo a algunas Constituciones de España e Hispanoamérica, cuerpo legislativo compuesto de personas nombradas directamente por los electores y 7º Cópula carnal.

Según vemos en la última definición, una relación sexual también puede ser llamada Congreso, y esto tiene su origen en una costumbre, que existió en Europa, hasta finales del siglo XVI, y que consistía en mantener una relación sexual ante numerosos testigos calificados: médicos, comadronas, jueces, clérigos y escribanos. A esta prueba afrentosa tenían que someterse aquellos varones que eran acusados de impotencia y que se negaban a anular su matrimonio, pese a la existencia de este impedimento legal para continuar con él.

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En estos casos, el caballero de marras, ante el imperativo ineludible de la ley, no tenía más remedio que concurrir al Tribunal correspondiente y realizar el coito ante los testigos citados anteriormente. En el caso que no fuera capaz de hacerlo, su matrimonio se anulaba de inmediato. Afortunadamente a principios del XVII, los galenos demostraron que esta prueba era absolutamente ineficaz e inútil, porque muchos hombres sanos, ante una presión de esa naturaleza y con un numeroso auditorio, obviamente se cohibían y no conseguían “levantar el asunto”.

El penoso espectáculo que día tras día nos ofrece el Congreso de Diputados de este país, —con el Gobierno a la cabeza—, y el “perfil” y la desvergüenza absoluta con que la mayoría de “sus señorías” realizan sus manifestaciones y afirmaciones, me parece un espectáculo mucho más bochornoso y sonrojante que el descrito anteriormente.
Salvando las distancias con los siglos pasados, todo se reduce a un “quiero y no puedo” o un “puedo y no quiero”.
Linares, 29 de noviembre de 2014

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