Conocimiento colectivo, memoria de lo común, por Antonio Orihuela

Antonio Orihuela y M. Cañada

Debería ser obvio que la inteligencia es, ante todo, un producto social, unión no sólo de ideas sino, sobre todo, de personas.

Que el lenguaje, todas las formas de lenguaje y de signos culturales no puedan desplegarse más que en un horizonte social, o colectivo, es algo que no requiere largas demostraciones. Nadie sabe todo, todos saben algo, todo conocimiento reside en la humanidad. Por eso la idea de autor no se puede entender sino como otro de los mitos del Capital, nada más absurdo que pensar que el origen de mi discurso está dentro de mí, sin embargo ese absurdo produce hoy miles de millones de beneficios. La idea de autoría es teológica. No hay una provisión trascendente de conocimiento y el conocimiento es simplemente la suma de lo que sabemos.

Sin embargo, también toda la Historia, y decimos bien, toda la historia como relato de los dominantes sobre los dominados, es también el testimonio de la organización intencionada de la ignorancia a través de los procesos de exclusión y apropiación de parcelas completas del conocimiento antes compartido.

Desgraciadamente, también los sistemas sociales se pueden perpetuar sobre el desperdicio terrible de experiencia, destreza y riqueza humanas. En estas coyunturas es imposible pensar en el desarrollo de la Inteligencia colectiva[1].

En la actualidad, los saberes sociales que se desarrollaban bajo la forma del compartir el trabajo y los conocimientos de forma cooperativa (es decir de forma comunitaria, voluntaria y abierta, con objeto de satisfacer necesidades y aspiraciones sociales, económicas y culturales comunes), se han visto potenciados gracias las posibilidades de interconexión entre individuos y colectivos generadas en un nuevo espacio, el virtual, por el cual fluyen trabajo y mercancías inmateriales con mayor facilidad y alcance; trabajo y materiales inmateriales capaces de provocar lo inesperado, lo que aún no se sabe… El problema es que, según la lógica del Capital, también es hora de aplicar sobre ellos su ley del valor y que comiencen a producir dividendos.

Así es, el capitalismo informacional se dirige tanto hacia una cierta forma de comunismo como a estimular el desarrollo de los instrumentos legales que lo hagan imposible, haciendo de los servicios e informaciones bienes esenciales sujetos a las leyes del mercado y la propiedad privada (copyrights, licencias, patentes, cánones, etc.) y en última instancia, exigiendo medidas penales y represivas que se encarguen de asegurarla.

En este sentido, a la vez que se alienta estas redes de cooperación social, el capitalismo informacional también se plantea cómo hacer posible la propiedad de una mercancía intangible o en otras palabras, cómo se puede hacer pagar por ejecuciones musicales que pueden circular libremente en internet, o cómo se puede poner a producir valor a las  redes de cooperación social que funcionan con conexiones tremendamente complejas y no mensurables en unidades-tiempo de trabajo simple.

La cuestión de fondo emerge entonces, cómo determinar qué es la riqueza, cómo se crea y cuáles son las actividades productivas, una es el trabajo remunerado, pero no la única, pues gran parte de lo que producimos depende para su correcta utilización y para alcanzar un nivel de rentabilidad y eficacia suficiente, de actividades no remuneradas, como las de autoproducción, que ponen en evidencia que los sistemas no monetarizados de creación de riqueza son aún, en el capitalismo, dominantes con respecto a los sistemas monetarizados.

Está claro que el capitalismo ve en la llamada General Intellect  (o saberes abstractos generales) lo que en realidad es, acumulación de capital fijo, generado en procesos de cooperación y generación creativa de socialidad, susceptible de ser puesto a trabajar en una matriz nueva, la de programas y productos objetivados subordinados al rendimiento, la acumulación de riqueza privada y la generación de plusvalor. Apropiándose de ella, el capitalismo cierra el viejo círculo ideal de la explotación que pasa a ser un problema político, burocrático, administrativo, monetario, mientras su ley del valor se disuelve porque el tiempo de vida se ha convertido totalmente en tiempo de producción (Negri, Guattari).

El control y apropiación de la inteligencia colectiva por parte del Capital implica una nueva batalla sobre los derechos de propiedad del conocimiento o, lo que es lo mismo, sobre los lugares por donde cortar los «saberes sociales acumulados» por los que no pagamos ningún derecho, del flujo de la producción de conocimiento que definen los segmentos de trabajo cognitivo controlados por el Capital. En palabras de Negri “la explotación de lo común se ha convertido en el locus de la plusvalía”. Allí muestra su naturaleza parasitaria. Vive de la cooperación y la creatividad social mientras que, en paralelo, se blinda con leyes de propiedad intelectual, con apropiación de patentes, con SGAEs de todo pelaje y condición.

Se trata, en suma, de privatizar lo abundante y hacerlo escaso, de hacer pagar al ciudadano por lo que ya usa. Con esto ni se protege la creación ni mucho menos la Cultura sino que se consigue la apropiación capitalista de los saberes, se dirige el consumo, se instrumentaliza la naturaleza cooperativa de la producción cultural y se prepara a una legión de singularidades artísticas abocadas a la más absoluta precarización laboral.

Con todo ello, se cierra el círculo más perverso de la ideología capitalista, el que afirma que el capitalismo es la forma “natural” de vida. Ante él, tenemos que reafirmar que la creación colectiva no es la expresión más depurada de rendir beneficios al Capital sino la manifestación de la resistencia más básica a él. La redistribución de saberes sobre la premisa de la libre circulación y accesibilidad contiene el viejo paradigma de entender la producción y redistribución como una necesidad social y no como un negocio más.

Las posibilidades para apropiarnos de la inteligencia acumulada de la humanidad, de su riqueza abstracta y de la creatividad colectiva es a nosotros a quienes nos toca potenciarlas y favorecerlas. Nuestra capacidad de cooperación es el arma más impecable contra el capitalismo. Por encima de los efectos tangibles que produce, la cooperación supone la puesta en valor de unos principios no sólo ajenos y antagónicos al sistema capitalista, sino que preexisten a él como autoresponsabilidad, voluntariedad participativa, solidaridad, responsabilidad social y compromiso hacia los demás.

La cooperación en la producción, desarrollo, difusión y disfrute del conocimiento colectivo, de la riqueza abstracta de los saberes sociales es, por todo ello, la base del desarrollo sostenible de la comunidad donde funciona; la construyen y reconstruyen continuamente, también como el germen de un proyecto, siempre diferido, de liberación. Nuestro deber es que despliegue su libre juego y su potencia en nuevos sujetos colectivos y nuevas representaciones revolucionarias.

Frente a nosotros, el poder afirma una y otra vez el mercado como escenario totalitario por donde discurre la vida social pero algo falla, la crítica social desborda las líneas de contención del espectáculo programado, de la Realidad siempre construida en diferido. Los movimientos antagónicos se multiplican y hacen cada vez más imprevisibles los intentos de resistencia y lucha. Las posibilidades de producir acontecimientos no controlados crecen por contagio. Una y otra vez son los viejos destellos de comunismo lo que aparece, astillas de un mundo por venir, que se quiere construir desde lugares y con materiales radicalmente distintos. Un día preelectoral aparece frente a la sede del partido que gobierna y otro día autoorganizándose en una red de préstamos a través de internet, o en un centro social ocupado. Destellos de comunismo, aún escasos, esporádicos, pero nos hablan de la revolución por venir.

La revolución como “ceremonia de reapropiación del mundo” (Lyotard) puede, efectivamente, “venir de sitios y tiempos imprevistos” (Ripalda). O quizás a lo mejor sólo puede venir de sitios y tiempos imprevistos.

Inmanencia comunista y acontecimiento prometen juntarse. Como lo hicieron en otras muchas ocasiones a lo largo de la Historia, antes y después de Marx. El protagonista intempestivo de esa combinación está incubándose en la globalización capitalista como lo hiciera el movimiento obrero en tiempos de Marx

Aún no tiene nombre. Algunas tentativas hablan de multitud, otras de precariado, pero su aspecto nos es familiar. Sí, tiene razón Derrida, es el viejo “metequé”, el eterno exiliado. Viene cantando una canción anarquista que habla de aventuras y de exilio: “Nuestra patria, el mundo entero/ nuestra familia, la humanidad / nuestra ley, la libertad”.

[1] Más inquietante resulta el hecho de que, recientemente, el “general intellect” sea reivindicado como “el capital intelectual de la empresa” que el conjunto de sus trabajadores le deben. No deja de ser curioso que desde el reino de la competitividad y la competencia feroz, donde la tendencia general es justamente la contraria, se pretenda favorecer estas dinámicas, eso sí, en beneficio de la empresa.

 

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