Corralito, de Manuel Mellado

Sonó el timbre de la puerta y, por acto reflejo, miró hacia ella; aunque conocía de antemano que desde su posición apenas se veía quien estaba tras los cristales blindados. Con aire aburrido, presionó el pulsador e inmediatamente el sonido de una “chicharra” indicó a los potenciales clientes que podían tirar de la pesada puerta.

Tras la apertura, dos señoras elegantemente vestidas penetraron al espacio común donde se distribuían las pocas dependencias de la sucursal del pequeño banco de provincias.

Miraron en derredor: a la derecha había dos mesas separadas por una mampara tapizada, que les dotaba de cierto aire de confidencialidad; al fondo el mostrador del cajero y en medio un despacho, que, presumiblemente, sería el del director de la sucursal. Dubitativamente se dirigieron hacia la segunda mesa, que era la única ocupada. Antonio Alcázar sonrió, mirándolas fijamente; se sentía útil pensando en lo que el banco podía hacer por esas personas. Por la edad y su porte, aquellas dos mujeres podían perfectamente ser su madre y su abuela. Con la mano, educadamente, las invitó a sentarse frente a él.

Una vez acomodadas, la más joven comenzó a explicar que, dadas las alarmas de la crisis bancaria, habían decidido sacar el dinero de la cuenta de su madre. Antonio tecleó los datos de la cuenta que le dieron y, casi inmediatamente, apareció en la pantalla del terminal informático. «A ver», se dijo, a la vez que sonreía pensando que la cantidad que tendría la señora estaría perfectamente cubierta por el fondo de compensación bancario y no sería necesario retirar nada. De una mirada barrió, de arriba abajo, los apuntes de la cuenta hasta llegar al final; el saldo superaba los cuarenta mil euros cubiertos por ley. La sonrisa desapareció de su boca medio abierta, aunque mantuvo una entildada mueca profesional, al ver aquella cifra superior a los cien mil euros.
Por su mente pasó la mala suerte de haber llegado unos minutos después de la apertura del banco, por lo que no pudo salir a tomar café con el director como tenía por norma. A primera hora, antes del pico de las diez, el gerente de la sucursal se había llevado a su compañero para el rito matinal: era el único empleado de nivel medio en la sucursal. Recordó la estrategia explicada – por supuesto siempre de viva voz– a los empleados con una cierta responsabilidad: «Se evitará por cualquier medio la retirada de fondos de las cuentas». Maldijo hacia sus adentros la decisión del año anterior de asistir a aquél seminario en que se les formaba en técnicas de persuasión y negociación para vender lo invendible. No podía alegar desconocimiento.

Manuel Mellado Torres

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1 respuesta a "Corralito, de Manuel Mellado"

  • José María Giménez Martín says:
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