Cualquier tiempo pasado … de Antoinette Marmolejo

Llega despacio hasta el banco, saca un pañuelo de papel y limpia las tablas de madera firmadas con graffitis. Se sienta.
Me extraño de que una persona tan mayor haya caminado hasta el último banco de este tramo del paseo marítimo en obras, que sólo frecuentan los corredores en shorts y felpa en la frente, los paseantes de perritos nerviosos y algún pescador iluso. Suelo aislarme aquí, en este lugar de la ciudad donde no han llegado aún las farolas ni las palmeras despeinadas del paseo marítimo de poniente. La playa está algo abandonada y solitaria; quedan unas instalaciones oxidadas de lo que debieron ser unas vías de ferrocarril para mercancías, una caseta de mampostería de la compañía de electricidad, un muro medio derrumbado, medio sepultado en la arena. Es de los pocos espacios donde, al atardecer, puedo leer frente al mar en soledad, acompañada por las gaviotas chillonas e indisciplinadas.
Lleva un tiempo sentada; yo sigo leyendo, sin concentrarme.
Es alta, debió ser muy alta, delgada pero de huesos fuertes. En su porte se percibe el orgullo, casi la soberbia de quien fue guapa y admirada; quedan gestos de aquellos que una mujer hace, indolente, cuando se siente observada: colocarse con lentitud el mechón que el viento cruzó en la frente, pasar la mano por la garganta.
-Veo que lee usted poesía.
Sonrío contestando: “Son canciones, pero sí, en realidad son poemas”. Supongo que se ha fijado en la tapa del libro; su vista de anciana no alcanzaría al texto. Sé que me ha hablado porque mi rostro le es familiar; recuerdo haberla visto en la cola del banco, en la parada de taxis del pueblecito donde vivo.
-Hace bien en leer el texto original. Las traducciones siempre mienten. Mi madre nos obligaba a leer en alemán y en francés. El inglés no era lo que es ahora.
Hace una breve pausa y sigue para sí misma:
-No pudimos traernos los libros.
No me percaté de su acento latinoamericano en su primera frase. Ahora la miro a la cara: tiene unos ojos claros a los que la edad resta brillantez pero que siguen siendo atractivos por su forma de almendra. La mirada es aguda sin agresividad, los rasgos grandes pero finos. Le respondo: “¿Desea usted que charlemos un rato? La he visto en el pueblo pasear al brazo de un joven. Supongo que es su nieto.”
-Es mi nieto, el menor. No recuerdo haberla visto nunca. No me gusta ese pueblo, ni me gusta esta playa. No se ofenda: no me gusta España; mi hijo estuvo en Alicante unos años y fue peor aún. No tienen educación, ni allá ni acá.
Me quedo en silencio.
– Nunca deberíamos haber salido de la Argentina…
“Todo ha cambiado mucho en cualquier parte del mundo””, me atrevo a replicar. “Después de tantos años, tampoco usted reconocería su tierra”.

Mi reflexión ha debido enojarla:
-Usted no debe haber estado en mi país. No sabe de lo que habla. No es comparable con nada en el mundo.
No contesto. Los sueños del pasado se visten de adornos exagerados, de igual manera para un lugar añorado, un tiempo lejano y un amante perdido. El hombre, y quizás más aún la mujer, angustiados por la ausencia, transfiguran el recuerdo, los revisten de sus deseos y magnifican sus vivencias pasadas cuando no son capaces de adaptarse al presente.
La invito: “Regreso hasta el restaurante donde tengo el coche. ¿Quiere usted que la acompañe hasta allá?”
Se agarra a mi brazo y lo presiona con el canto de la mano, es desagradable. Vuelve a sentarse en la mesa de la terraza donde me dice que la dejó su nuera a quien espera y que fue a encargar algo en un almacén cercano.
Cuando le digo adiós, me dispara con voz seca:
-Si la vuelvo a ver y no la saludo, no se extrañe.
He vuelto a cruzarme con ella por las calles del pueblo, siempre acompañada por su nieto; sé que me reconoce. Yo paso a su lado sin saludarla, como ella sugirió, pero si cruzo su mirada le sonrío levemente.

Antoinette Marmolejo.

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