Da bienes Fortuna que no están escritos, por Manolo Mellado Torres

El sol de una calurosa tarde de otoño comenzaba a caer.

El motor del brillante automóvil de lujo, en cuyo interior me encontraba, sonaba al “ralentí” por la desértica carretera recta; el volante se movía imperceptiblemente para compensar las pequeñas derivas ocasionadas por las diminutas asimetrías de los neumáticos. A ambos lados de la calzada, los postes del teléfono parecían pasar en dirección contraria. Mientras, en la radio, Joan Báez desgranaba los acordes de “There but for fortune”; siempre me satisfizo escucharla, pero ahora me resultaba patética.

La radio enmudeció. Instintivamente dirigí la mirada hacia el retrovisor: un camión se acercaba con gran celeridad. A medida que se aproximaba, el sol me permitió ver que era sólo una cabeza tractora, amarilla; el tubo de escape cromado que sobresalía por encima de la cabina exhalaba un humo gris ligeramente ennegrecido.

En menos de un minuto se había acercado tanto que parecía querer engullirnos. La luz del intermitente y el ruido de una bocina a gran volumen, sobreponiéndose al rugido del motor, nos indicaba una petición de paso, que, por supuesto, de acuerdo a nuestros planes, no pensábamos conceder.

Innecesariamente me agarré con fuerza al volante y sentí el hundimiento del pedal del acelerador. El incremento paulatino de la aceleración nos alejaba lentamente del otro vehículo; cuando la distancia que nos separaba aumentaba demasiado, aminorábamos la marcha para que se volviera a acercar. Una, dos tres, cuatro veces repetimos esa especie de juego, hasta que el camión forzó un infructuoso adelantamiento, que, a su vez, fue el comienzo de una feroz persecución, saltándonos todos los límites de velocidad permitidos.

En las curvas, indefectiblemente, aquél mastodonte de la carretera estaba obligado a frenar más que nosotros, por lo que pasados los trechos más peligrosos le esperábamos.

Al final de aquél último tramo recto, el velocímetro indicaba más de ciento veinte millas por hora. Repasé mentalmente el protocolo tantas veces repetido: «Justo al inicio de la subida del cambio de rasante, dejaremos de acelerar, de forma que, una vez pasada la loma, el ritmo se reduzca a menos de noventa millas; frenaremos bruscamente, hasta adaptarnos adecuadamente a la inmediata curva; el camión, sin embargo, continuará acelerando; el sol le impedirá ver el recodo hasta que esté encima y ya no tendrá tiempo de frenar».

Dejamos atrás la curva; paramos a un lado, en un ensanche de la calzada, y volvimos la mirada hacia atrás. La cabina del camión fue apareciendo por encima del cambio de rasante. Cuando todo el frontal de aquél monstruo de acero estuvo a la vista, la cara del conductor, iluminada por el sol, reflejó la sorpresa, el miedo al adivinar que ya no podría girar y, que, al frente, se abría una valla quitamiedos y, después de ella, la nada.

«¡Maldita sea! Nunca me acostumbraré, a pesar de que mi destino está fijado al de este coche», me dije, mientras un alarido salía involuntariamente de mi garganta. Me cubrí los ojos con las manos. La sequedad de mi boca y el estruendo de la víctima al despeñarse, cayendo sobre la chatarra de otros camiones, unos cientos de metros más abajo, ahogaron mi grito, que no llegué a oír.

Como en anteriores ocasiones, yo estaba demasiado cansado y nervioso como para agarrar los mandos. Quité el pie del acelerador, coloqué las manos sobre el regazo y cerré los ojos para intentar relajarme. Por su parte, la máquina no necesitaba descansar. Sentí cómo el volante y los mandos se colocaban para retomar el punto de partida y comenzar de nuevo su macabra maniobra. La radio volvía a sonar otra vez. Siempre el misma tema: “There but for fortune”.

Manolo Mellado Torres

Málaga. Abril 2010.

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