De las raíces malagueñas del cosmopolitismo de José Bergamín, por Francisco Fortuny de Los

Francisco Fortuny es escritor y doctor en Filología.

No es que uno crea demasiado en las herencias genéticas ni en los determinantes y condicionantes de la patria chica, pues mal cosmopolita uno sería, si en tal se empeñara. Ciudadano ecológico del mundo, sé querer, sin embargo, lo mío con amor de madre (que ama con sincero amor a todas sus hijas, por feas que sean), porque, como no se suele saber a menudo, las patrias son las hijas, que no las madres de los ciudadanos que la gestan con su vida, trabajo y habitación -y conste que ex profeso he dicho ciudadano yno he dicho patriota, porque es palabra de terribles connotaciones, como el propio José Bergamín afirmara en más de un aforismo. Sea dicha la verdad, a mí la patria grande no ha hecho más que darme disgustos, de entre los cuales destacan los dieciocho meses de tortura psicológica que pasé sirviéndola gratis y por narices en la policía naval, que mejor fuera dicha nabal, ya que de naves poco hay en tan antipático y terrestrísimo servicio, mientras que de la chica sólo puedo quejarme de su provincianismo, cosa que le debe estar permitida a una capital de provincia. Y, no obstante, por lo que de cosmópolis cultural tiene tan no tanto provinciana urbe, quiero hoy defender su universalidad reivindicando para Málaga a uno de sus más universales y cosmopolitas representantes: el madrileño José Bergamín (que aquí currara cuando joven en el bufete de otro insigne malagueño, éste nacido aquí), y quien decía que

Cuando un pueblo o un hombre pierde su fe en Dios se hace idólatra de sí mismo: peca mortalmente por orgullo. El nacionalismo es el orgullo colectivo.

El escritor José Bergamín.

Creo, empero, como patriota chiquitísimo que soy, madre parcial de mi natal ciudad, que Málaga, ni España, ni el mundo hispanoparlante -o hispanoescribiente-, ha rendido honores suficientes a quien acaso sea el más singular y profundo escritor de la Generación del 27, o de la República que es como querrían haberla llamado no los menos de sus más preclaros miembros. Y me llama la atención que un joven filósofo belga, doctor por cierto en filosofía de la ciencia del siglo XX, Hugo de Loos, asiduo colaborador en las páginas de la ciberrevista Liberlect, que dirigí antaño, lo tenga considerado como uno de los grandes filósofos guerrilleros ¾junto a Pascal y Nietzsche¾ de occidente.

Y tal vez esta vez la razón no sea debida a los hábitos de madrasta que esta doble España suele ejercer sobre sus más candentes -y cenicientos- padres. Porque, además, el problema del poeta Bergamín, del filósofo Bergamín, del aforista y ensayista y dramaturgo y polígrafo Bergamín es su condición de inclasificable. Y es que parece que los eruditos de la crítica no saben trabajar sin clases, lo que manifiesta una falta de clase: la de no saber todavía que las clases son útiles para aprender y archivar los conocimientos, pero fallan a la hora de describir fielmente el conocimiento, el único verdadero: el conocimiento de la verdad. La verdad parece estar empeñada en desobedecer las clasificaciones y de continuo se desnuda de sus simplistas y zafios y descorteses corsés.

Bergamín no fue nunca un poeta vanguardista. Siempre fue un poeta de verdad. O lo que es lo mismo un artista del nous poético, o intelecto agente, o inteligencia creadora, o razón imaginativa y fantástica, o pensamiento sensible y sentido, lo que frecuentemente para y desemboca en poeta metafísico, y que es, para quien no lo sepa, el non plus ultra de toda poética faena. Tampoco fue un poeta puro, pero coincidió con Juan Ramón en su devoción por el aforismo, y en cierto becquerianismo, que si en el premio Nobel supone una de sus influencias, en el mediomalagueño es el fundamento para una poesía de la sencillez y de las profundidades.

Bergamín es Litoral y Cruz y Raya, y es Málaga y Madrid, la primera por raíces y la segunda por educación y nacimiento. Pero Bergamín es, sobre todo, singularidad, heterodoxia, herejía, periferia, por lo que, si se me permite un juego de palabras muy bergaminiano, es más del Litoral que del Centro mesetario.

Por ello me centraré, más que en la poesía de sus poemas, todos muy lapidarios y aforísticos, aunque cargados de una serena sensibilidad, en la lapidaria poesía de sus aforismos y de su prosa aforística, que es, según entiendo, donde el genio filosófico del poeta -o poético del filósofo- brilla con más aguda luz. Por ejemplo:

Lo cierto es la muerte; lo incierto, lo dudoso, es la vida: la inmortalidad. Aprende a dejar lo cierto por lo dudoso.

O:

Al que no duda de nada, ¿ cómo le va a caber la fe de todo?

O también:

Lo más amargo es lo más superficial. La piel del Diablo. La vida visible de los hombres y el espectáculo vivo de las cosas.

O este otro:

LUZ BELLA.- ¡Qué hondamente penetraste en mí, acero, lumbre, negación de Dios!

Es decir: si nos conformamos con la apariencia ¾“superficial”¾ de las cosas, su fenómeno, eso que habitualmente llamamos realidad y nos empeñamos en creérnosla al pie de la letra −−del lenguaje científico, se entiende, o mejor, de la ideología cientifista, que es el único aspecto de la ciencia que predica desde su creencia de ser exclusiva poseedora de la verdad−, en creer ciegamente, decía, en esa manera de ver la realidad, estaremos ciertos de todo y sólo estaremos creyendo en la nada de la muerte, que es lo único cierto. La verdadera ciencia, la sabiduría de verdad, siempre duda, y en esa duda se fundamenta su evolución asintótica hacia una verdad científica acaso no alcanzable del todo, porque, al ser de divinas dimensiones, nunca cabrá en ninguna de las teorías que salgan de meolla humana, si bien podemos aproximarnos a una verdad cada vez más exacta y próxima, pero siempre aproximada, si dudamos de todas las verdades vigentes y oficiales, que a la postre siempre se descubre que no eran verdades, sino prejuicios, muy lejanos de ser juicios finales (y no digamos cuando, peor todavía, esas supuestas verdades irrefutablemente televisivas no son sino goebbelsiana propaganda política propalada por los medios de comunicación en manos de los dueños del  dinero, y cuyo sólo fin es la hipnosis de un pueblo maltratado, del que se pretende, y se consigue, que tome decisiones en contra de sus propios intereses, cosa que es todas luces obvia que pasa cada día más “en esta España de todos los demonios”, que dijera De Biedma.

Por eso Bergamín tiende a definirse, muy unamunianamente, como un creyente dudoso, y valga la paradoja: alguien que, por no creerse lo primero que le cuentan los sentidos, la tele  acaba siendo fiel a ¾teniendo fe en¾ una verdad que nunca puede ser poseída, aunque sí vislumbrada por la creatividad crítica del pensamiento ¾o nous¾ poético.

Quizá por eso en La importancia del Demonio, uno de sus más celebrados ensayos, defiende el poeta que sólo “Por falta de imaginación se afirma todo lo que es nada”, “Porque se puede creer en todo, que es lo dudoso, es Dios; y creer a fuerza de dudas. Pero no se puede creer en nada: que es lo cierto, el Demonio, con su Infierno, que es la muerte inmortal: lo único verdaderamente cierto de todo y del todo”, “Por eso no se puede creer en el Demonio, sino tener certeza de él”.

La fe es por tanto una consecuencia de la duda crítica y de la imaginación poética, que es un modo de la intuición.

Y también un valiente acto de rebeldía herética frente a las insuficiencias demoníacas de esa visión de la realidad que nos quieren imponer la ramplonería vulgar de los pensadores conformistas o los ideólogos capciosos de los superrrichachones Cacos que gobiernan a los Gobiernos desde la sombra oculta de la concha del apuntador.

Leyendo los aforismos de Hugo de Los, comprendo la causa de la veneración que siente por nuestro maestro malagueño de Madrid. Dice, por ejemplo, en estos, que traduzco:

Realista es alguien que cree ciegamente en la realidad. Y los ciegos no ven.

O:

La gente suele mirar la realidad con tanta falta de imaginación que en verdad no se entera de nada.

Y:

Para el necio moderno la tele e l’altri media son la nueva Palabra Revelada, y sabemos que todas las biblias, y otros Libros de Error (tal dijo Blake), tomadas en sentido literal, son (tal dijo Galileo) compilaciones de disparates, inmoralidades y terror.

Parece que la raíz malagueña ha florecido en el norte de Europa.

Pero aquí no parecemos enterarnos.

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