De Senectute

Julio Neira.

Buenas tardes, querida Vicerrectora, Presidente del Ateneo, señoras y señores:

Ante todo quiero agradecer al Ateneo de Málaga su invitación a intervenir en este acto de homenaje a una figura tan relevante como José Luis Sampedro que, pese a su salud quebrantada y a los naturales achaques de su mucha edad, sigue ofreciéndonos el magisterio de su sabiduría y el ejemplo de su tenacidad. En su honor mis palabras adoptarán seguramente un tono de cierta provocación que él adopta en buena parte de sus textos.

Con frecuencia oigo o leo alabar a José Luis Sampedro, con todo merecimiento. Se destacan su sabiduría, su vitalidad, su capacidad para no dejarse abatir ante las adversidades de la vida ni resignarse ante las injusticias sociales, ante las desigualdades que genera el sistema económico y político, que él denuncia con contundencia porque siempre ocasiona sus víctimas en los mismos arrabales de la sociedad, nunca en los barrios de la opulencia, y en estos elogios habitualmente se emplea el mismo término como superlativo: “joven”. “Qué joven está”, o “parece un joven”. Hace unos minutos hemos podido escuchar desde este mismo atril expresiones como “Me gustaría ser tan joven como usted”, o “lo mejor que se puede decir de José Luis Sampedro es que es muy joven”. Yo debo proclamar que no estoy de acuerdo, porque obviamente no es así. José Luis Sampedro no es un joven, es mayor, muy mayor. Tiene noventa y cinco años, no es joven. ¿Por qué nos empeñamos en poner la juventud como un valor en sí misma cuando sabemos que por naturaleza en transitoria? Parece justo que los jóvenes atraigan por sus cualidades físicas, pero ¿por qué ha de ser un valor intelectual o moral? El vigor físico, la capacidad atlética se pierden al abandonar la juventud, y sin duda hay órganos que cumplen mejor su función durante la juventud, pero ¿es el cerebro uno de ellos?

En realidad esta exaltación de la juventud viene del Romanticismo, cuando valores como el inconformismo y la rebeldía contra los principios establecidos en el Antiguo Régimen eran enarbolados por los jóvenes. Hasta entonces en todas las épocas y cultural se valoraba sobre todo la experiencia y la sabiduría que esta proporciona. La juventud no era sino una larga etapa de aprendizaje, que acababa justo cuando llegaba la madurez. Aunque he de reconocer que juventud y madurez son también términos muy relativos. Los tiempos han cambiado mucho las apariencias de la juventud. Vemos fotos de principios del siglo XX en los que hombres y mujeres de treinta años parecen personas muy mayores para nuestra perspectiva. La vestimenta hace mucho. Hoy seguimos hablando de una persona joven aunque sabemos que ya no cumplirá los cuarenta, y si me apuran y cuida su aspecto los cincuenta.

En España conforme se descomponía la dictadura, y sobre todo a la muerte de Franco, empezamos una especie de latría de la juventud. Todo lo joven tenía un plus. Y no era accidental. Había que desempolvar la ancianidad espiritual o ideológica que dominaba el país desde hacía décadas. Pero había también intenciones menos nobles. El capitalismo sabe que los jóvenes consumen mucho más que los mayores, y además sirven de espoleta para la industria del rejuvenecimiento (ropa, cosméticos, tratamientos de belleza, cura de adelgazamiento, etc.) de quienes han dejado de serlo.

En los ochenta el paradigma fue la “movida” madrileña o viguesa, daba igual, el caso es que fuera una estética rompedora y todo pareciera muy joven. Se valoraba la música, la moda, la poesía “joven”, adjetivo que incluido en la publicidad o en el título de un libro daba prestigio por sí mismo. Y proliferaron las antologías de poesía joven. Claro que en este caso el modelo era Rimbaud, el joven por excelencia que había dejado de escribir a los dieciocho años para dedicarse… al contrabando de armas en África Oriental.

En la política no se podía aspirar al liderazgo de un partido si no se era joven, y tuvimos varios presidentes de gobierno que llegaron al cargo alrededor de los cuarenta años. Incluso las gerontocracias más consolidadas rejuvenecieron su liderazgo. En el Partido Comunista se jubiló Santiago Carrillo y dejó paso a Gerardo Iglesias. En la derecha Manuel Fraga cedió los trastos a José María Aznar. Otra cosa es el resultado dispar que les dio. Y aún hoy podemos leer que un político de sesenta años es mayor, y los jóvenes quieren jubilarlos.

Volvamos a José Luis Sampedro. Este barcelonés de 1917, año de la Revolución de Octubre, saltó a la gran fama y alcanzó un puesto preeminente en la sociedad española de los medios de comunicación en 1985. Tenía sesenta y año años. Era un profesional muy reconocido en su ámbito, el de la Economía. Pero el gran público, que ahora le reconoce por la calle y se detiene a escucharle cuando le entrevistas en la radio o la televisión, no sabía nada de él. Había acabado los estudios de Ciencias Económicas en 1947 con Premio Extraordinario. Trabajó en el Banco Exterior de España al tiempo que daba clases en la Universidad Complutense de Madrid, donde en 1955 consigue la cátedra de Estructura Económica, puesto que ocupará hasta 1969.

El público que a partir de 1985 le reconoció como un gran intelectual no sabía que entre 1965 y 1966, ante las destituciones de catedráticos como José Luis Aranguren y Enrique Tierno Galván en la universidad española, Sampedro decidió dejarla para hacerse profesor visitante en las universidades de Salford y Liverpool. Unido a ellos, junto con otros profesores, crean el Centro de Estudios e Investigaciones (CEISA) que sería cerrado por el gobierno tres años después. En 1968 marcha a la universidad norteamericana Bryn Mawr College hastiado de la represión del Régimen. Volvió en 1976 al Banco Exterior de España como economista asesor y en 1977 fue nombrado senador por designación real, en las primeras Cortes democráticas, puesto que ocupará hasta 1979. Algunas de sus aportaciones fundamentales a la ciencia de la Economía fueron Realidad económica y análisis estructural (1959) y Las fuerzas económicas de nuestro tiempo (1967).

Tampoco su trayectoria literaria era conocida. Había publicado Congreso en Estocolmo (1952), El río que nos lleva (1961), que haría película en 1989 el director Antonio del Real, El caballo desnudo (1970) y Octubre, octubre (1981). Pero salvo esta y en ciertos ambientes especializados sus novelas eran bastante poco conocidas. Hasta que publicó La sonrisa etrusca en 1985. Entonces sí: la novela alcanzó un éxito sin precedentes y el público hizo de José Luis Sampedro uno de sus preferidos. Luego vendrían novelas tan valiosas como La vieja sirena (1990), Real sitio (1993) y El amante lesbiano (2000) y ensayos sobre la realidad socioeconómica como El mercado y la globalización (2002), Los mongoles en Bagdad (2003), Sobre política, mercado y convivencia (2006) y Economía humanista. Algo más que cifras (2009), demostrando una lucidez intelectual y una fidelidad a sus principios extraordinarias en quien ha sobrepasado los ochenta y cinco años. Ese es el valor primordial de José Luis Sampedro, su capacidad de análisis y su inquebrantable convicción en que hay alternativas a este sistema que hoy ñor hoy domina el mundo. Él viene demostrando desde hace años que la creatividad, la innovación, el progreso no son privativos de la juventud.

No otra es la lección de La sonrisa etrusca. Recordemos que la historia nos presenta la relación entre un abuelo y su nieto, en quién vuelca su ternura y a quién intenta transmitir su memoria histórica y su amor por la vida que a él, como consecuencia de la enfermedad, se le va escapando. En esa novela el héroe es el mayor, no los padres jóvenes, incapaces aún de extraer las enseñanzas de la vida. Tenía Sampedro sesenta y ocho años. Y ese era su mensaje: no encumbremos la juventud como valor fundamental, prestemos atención al valor de la senectud.

Brillantemente lúcido, a sus 95 años, José Luis Sampedro hoy mantiene la capacidad de rebeldía que aparentemente caracteriza sólo a la juventud, pero que en realidad es patrimonio de quienes no abdican de sus principios éticos, sea cual sea su edad. Es bien conocida su perspectiva crítica acerca de la decadencia moral y social a que ha llevado a Occidente el neoliberalismo y las brutalidades del capitalismo salvaje y la intransigencia doctrinal de las religiones. En referencia a esto, puso su grano de arena en las protestas en España de mayo de 2011 escribiendo el prólogo a la edición española del libro ¡Indignaos! de Stéphane Hessel.

Y hoy más que nunca está vigente esa radical disidencia. No dejemos que la patrimonialicen los jóvenes, avivémosla todos, jóvenes y mayores. Disentamos. Resistamos. Para esa tarea el único músculo necesario es la voluntad, y esta, salvo accidente o enfermedad, se fortalece con la edad y la experiencia.

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