Deconstrucción, por Juan Gaitán

El final de agosto es siempre la deconstrucción del verano, de ese tiempo dormido y ancho y abandonado de sí mismo, esa tregua, ese ataque de amnesia colectiva que nos hace remolonear

Agosto se agota. Este agosto que ha teñido sus días de agua y de sangre mira ya al cielo de septiembre, se vuelve fresco en las noches y en las madrugadas, deja que Orión vigile el cielo y a veces nos permite dormir con calma y sin sudor. Un agosto agotado pero tan dominante que siempre parece que con él acaba el verano, aunque al verano le resten aún tres semanas y luego quede todavía el veranillo del membrillo y todo ese calor que queda por venir.

Sin embargo, el final de agosto es siempre la deconstrucción del verano, de ese tiempo dormido y ancho y abandonado de sí mismo, esa tregua, ese ataque de amnesia colectiva que nos hace remolonear, nos llena de desgana y nos vuelve abúlicos hasta la parálisis aunque los niños sigan muriendo bajo las bombas, aunque las pateras sigan teniendo más vocación de ataúd que de navío.

El verano, ese incendio que se devora a sí mismo, es el tiempo en el que dejamos nuestra vida abandonada, como al perrillo y al abuelo, en la primera gasolinera, para volver a recogerla cuando todo sea de nuevo inaplazable y necesario. No hay nada que no pueda esperar hasta entonces, salvo las olas repetidas del mar y el inexorable calendario.

Y de pronto agosto se agota y el mundo empieza a salir de la modorra, del hastío del estío, y ya todos piensan en enfundarse de nuevo la vida que dejaron interrumpida, el traje de diario, la sonrisa de entretiempo, la prisa, la ansiedad y la hora punta.

“El tiempo es oro”, decía un viejo libro de refranes que tuve cuando era chico. No lo creí entonces y sigo sin creerlo ahora. Realmente, ahora sobre todo creo que el oro es tiempo, que, si tuviese dinero, solo me serviría para comprar mi libertad, para hacer de mis días un verano eterno y templado que gastar en aquellas cosas que me hacen feliz, en jugar al juego que mejor juego y que más me gusta. Pero agosto se agota otra vez, como siempre, y el oro y yo seguimos repeliéndonos. El espejismo de libertad se disuelve y aunque no me acostumbro, me resigno y me conformo.

Yo cuento mi vida por veranos, por el imperio del sol y del calor, por la tiranía del terral y la desigual tregua del poniente, y siempre, cuando el verano va terminando, cuando agosto nos dice que hasta aquí llego la cosa, siento el peso del tiempo sobre mi espalda cayendo a plomo y sin piedad. Qué cosa será el tiempo, que cuanto menos me queda más me pesa.

El lunes es septiembre.

Juan Gaitán

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