Despatarrarse, por Txema Martín

Sur, 09.06.2017

Manuela Carmena me parece la mejor regidora del Ayuntamiento de Madrid desde los tiempos de Tierno Galván y la mayoría de sus propuestas me parecen geniales, pero, del mismo modo, reconozco la dificultad de aguantar la risa cuando me entero de alguna de sus más valientes ocurrencias. Ya sean de ella o de su grupo, porque la misma simpatía que despierta Carmena se convierte en cierto rechazo cuando uno escucha lo que dicen algunos de los miembros de su heterogéneo equipo municipal.

Hace poco que escuché por primera vez el término ‘manspreading’, un anglicismo flamante (sólo lleva en el diccionario de Oxford desde 2015) que alude a la tendencia de algunos hombres a abrir las piernas cuando están sentados, especialmente en los transportes públicos. En castellano tenemos sin embargo un par de verbos para eso: ‘despatarrar’ o el más malagueño ‘espatarrar’, que quizá no suenen tan sofisticados como la voz inglesa y por eso se le considere impropio para un bando municipal. Descubro además que en El Salvador y en Venezuela también se emplea para este fenómeno uno de mis verbos favoritos del diccionario: explayarse. Todo esto en realidad quiere decir que despatarrarse es un fenómeno mundial; es entonces el género humano el que tiene una tendencia extraordinaria a explayarse con cualquier cosa que se encuentra.

Por esta universalidad del gesto, es posible también que la experiencia de despatarrarse se produzca por una característica más fisiológica que psicopática: los hombres abren las piernas para mantener oxigenados los verdaderos orígenes de su improbable descendencia, mientras que las mujeres las cierran para prevenir cualquier atisbo de cosquilleo vaginal, o incluso porque frente al uso de la falda, una prenda últimamente denostada por los sindicatos del sexo, quieren evitar el efecto Sharon Stone en ‘Instinto básico’, un portentoso ‘womenspreading’ que rayó hasta hacerlas inservibles muchos kilómetros de cinta VHS en todo el mundo.

Es verdad que la imagen de un hombre espatarrado en el metro junto a dos mujeres con las piernecitas cruzadas es poderosa. Sin embargo, una de las grandes conclusiones respecto al ‘manspreading’ es que lo que más irrita es el prefijo y el uso discriminado de este extranjerismo. Frente al español se ha preferido el inglés, un idioma quizá menos sexista pero que en esta fórmula incluye una responsabilidad única e íntimamente masculina. Mucho está tardando alguien en decir que las mujeres también se espatarran. O por lo menos que lo hacen de otra manera, pero para lo que deberían estar los ayuntamientos es para promover el civismo, tanto si es un fenómeno propio de un régimen heteropatriarcal o el resultado de una mala educación, cansancio o mero pasotismo ante la vida. A mí ya me da igual que sea por las piernas abiertas, por una mochila, por un bolso o por las bolsas del Bershka. Respetemos el espacio vital.

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