Diario póstumo, por José Antonio Garriga Vela

Sur, 24.06.2017

Por cuestiones que no vienen al caso ha caído en mis manos el diario de un familiar que murió hace años. Me sorprende ver las primeras páginas en blanco. Entonces descubro que el diario comienza en la última página y por lo tanto cada día tenía un espacio predeterminado, como si supiera la extensión exacta de lo que iba a contar. El primer día ocupa las dos últimas páginas y está escrito en el transcurso de un viaje: «Lunes. Día 19 de marzo de 1990». Me encuentro ante la disyuntiva de seguir desvelando la intimidad o romper las páginas y tirar el cuaderno al contenedor de papel. La curiosidad me impulsa a seguir leyendo. Oigo la voz de alguien que permanece con vida aunque haya muerto y me cuenta lo que realmente piensa de las cosas, como si realizara un viaje al extranjero y otro al interior de sí mismo. Entonces descubro lo que pensaba de mí, lo que nunca me dijo. También describe los lugares que ha visitado ese día y quienes estaban presentes en su memoria. Algunos de ellos han muerto. Lo que más me interesa no son los museos, ni los monumentos, ni siquiera las personas que aparecen y desaparecen a lo largo de las páginas. Lo que realmente me interesan son los pensamientos que escribía al final del día. Qué curioso que hayan tenido que pasar casi treinta años para conocerlos.

Veo pasar los días, hasta que la página se queda en blanco, como si de pronto perdiera la memoria. Sucedió un viernes. Trato de recordar dónde estaba yo en aquellos momentos. Desando el largo camino igual que si revisara las páginas del diario que no tengo escrito. Luego vuelvo al presente en décimas de segundo y me doy cuenta lo veloz que transcurre el tiempo. Siento vértigo. Me pasa por la cabeza comenzar a escribir el diario, decir lo que siempre he callado y que alguien lo lea cuando me haya ido. Un testamento sentimental. Pero no tiene sentido hacer confesiones cuando es imposible escuchar las respuestas. Supongo que escribir un diario es la única manera de desahogarse sin que nadie se entere. Un alivio secreto y pasajero. La verdad que nadie sabe. A medida que voy leyendo y desvelando el pasado imagino la expresión de su rostro en cada uno de los instantes, la mirada que no desaparece. Me vienen a la memoria instantes que compartimos y a los que no dimos ninguna importancia, imágenes de la vida cotidiana que hoy, más que nunca, me estremece recordar. Leyendo el diario he descubierto los silencios que marcan la vida. Me gustaría que volviera a nacer, o que resucitara aunque sólo fuera un rato para preguntarle algunas curiosidades, algunas dudas, algunas mentiras.

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