Discurso de Jaime Rodríguez Martínez en la entrega de Medallas del Ateneo

Jaime Rodríguez, catedrático de Ecología de la Universidad de Málaga.

Autoridades, ateneistas, amigos y amigas, señoras y señores:

Nadie pone hoy en duda que nuestro mundo está inmerso en un proceso de cambio global provocado por las actividades humanas, y aunque el proceso se inició allá por los tiempos de la revolución industrial, fue en la segunda mitad del siglo XX cuando todo se disparó: la contaminación de la atmósfera con sus secuelas de calentamiento global y cambio climático, la contaminación de las aguas y los suelos, la sobre-explotación de recursos, la deforestación, la pérdida de diversidad biológica y cultural… Tan clara y global es la señal del impacto humano que los expertos han identificado estos tiempos de cambio como una nueva época en el curso de la historia geológica y biológica del planeta, y la han bautizado como corresponde al protagonismo humano: el Antropoceno.

La pregunta que me hago es: ¿cómo nos sentimos, ustedes y yo, cómo se siente la gente, ante esta situación?

Decía José Saramago que “los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.”  Yo debo decir que la actividad científica es intrínsecamente optimista y no cabe duda de que ciencia y  tecnología son imprescindibles para salir del atolladero ecológico en el que nos hemos metido. Pero hace falta algo más de optimismo para salir de otro atolladero, el de la desigualdad social que también hemos generado. Y digo esto porque deterioro ecológico y desigualdad social van fuertemente cogidos de la mano.

Como ya concluyó el Programa de Objetivos de Desarrollo del Milenio de Naciones Unidas, para alcanzar metas tan básicas como la reducción de la pobreza, del hambre o de la mortalidad infantil es imprescindible garantizar la sostenibilidad ambiental, como también lo es para alcanzar un estado de verdadero bienestar humano, eso sí, entendiendo “bienestar” como algo que va más allá de lo que nos indica el PIB o la renta per capita; entendiendo “bienestar” como  algo que valora el desarrollo humano, incluyendo el acceso justo a la salud, el trabajo, la educación, la cultura, la seguridad, la libertad de elección o las buenas relaciones sociales.

Alcanzar la sostenibilidad ambiental es un reto enorme, pero no imposible. Es un reto que implica abordar el problema socio-ecológico de una forma sistémica, integrada, holística…llámenla como quieran; una forma que reconozca la íntima relación entre el sistema social y el sistema natural; una forma que, además, no olvide que una parte muy significativa de la humanidad depende de forma directa e inmediata de la salud de ecosistemas cuya degradación es consecuencia, principalmente, de las actividades de otra parte de la humanidad.

Sin embargo, para muchos científicos —y quizás para muchos de ustedes— es difícil no caer en el pesimismo ante el panorama de una población humana que rondará los 10000 millones de personas a mediados de este siglo, todas ellas demandando cuotas justas de bienestar. Una población en la que, según todo apunta, el mayor crecimiento tendrá lugar en los países más pobres y en la que, si algo no lo remedia, los próximos 2000 a 3000 millones de personas acabarán viviendo en los suburbios de grandes ciudades. Pues bien, a pesar de estas cifras deberíamos ser optimistas, ya que, como mínimo, sabemos que el problema tiene solución, lo que ya es algo muy importante. Sabemos que, para frenar el crecimiento de la población humana, el mejor método contraceptivo es el desarrollo económico y social de los pueblos más pobres, que suelen ser, además, los más fecundos. Ahora tocaría aplicar el remedio, y aquí es donde de nuevo podemos caer en el pesimismo.

Para animarnos de nuevo, con motivo de la reciente celebración del Día de la Tierra, la prestigiosa revista americana Science publicó un número monográfico cuya editorial defendía la necesidad de ser optimistas ante el futuro de nuestro planeta, y los autores decían algo que realmente me gustó. Era algo así:
“Un ingrediente clave para el cambio es la esperanza. Después de todo, Martin Luther King, en su famosa frase, dijo Tengo un sueño;  no dijo Tengo un problema”.

En conclusión, el estado de nuestra aldea global no pinta nada bien, pero limitarnos a señalar problemas sin esperanza de solución es sembrar el pesimismo y el desánimo entre la gente, y la implicación de la gente es la mayor fuerza para mejorar el mundo que compartimos.

Quiero decirles, para finalizar, que me siento muy, muy honrado por recibir la Medalla del Ateneo, y quiero dar las gracias a todos los que han tenido algo que ver con tal decisión: Presidente, Secretario y Vocales de la Junta Directiva del Ateneo de Málaga.

Debo aclarar, sin embargo, que la principal responsable de que hoy esté en esta difícil situación se llama Virginia, mi esposa, quien —todo hay que decirlo— ha contado con la ayuda de la estupenda familia que hemos ido formando a lo largo de más de 40 años juntos. Eso sí, la medalla la dedico a mis nietos; a los presentes —Mar, Luis, Martina— y a los futuros, porque ellos serán los protagonistas del cambio que todos deseamos. Os quiero.

Muchas gracias a todos.

Etiquetas: ,

Haga un comentario

*