Dúo. Esculturas de Robert Harding y Perry Oliver

Dos artistas trabajan juntos, peo por separado. Es decir, no tenemos la obra escultórica en la que cuatro manos se funden en un solo concepto. Cada uno, en el hábitat específico de la escultura en metal, busca una personal adaptación al medio. Las obras que Perry Oliver y Robert Harding presentan “a dúo”, han sido creadas ex-profeso con el ánimo de la colaboración mutua y están destinadas a formar un solo cuerpo. Un cuerpo múltiple.

Esto no es tan habitual como pueda parecer a simple vista. Oliver y Robert han adaptado con su trabajo un tipo de relación en la que, además del íntimo encuentro de sus esculturas, persiste la originalidad y la factura individual de ambos artistas. Se trata de una relación a todas luces simbólica, como ocurre en la naturaleza: dos especies se asocian para crear un ser diferente; un ser compuesto de dos. Un escultor responde a la llamada del otro. Cada uno de ellos se beneficia de la respuesta dada: y de la pregunta formulada. En el diálogo se constituye un motivo, un asunto, sostenido por la mutua comprensión, dado que cada uno de ellos acepta la respuesta a su llamada como la confirmación de su existencia.

Podrían establecerse dos posibles direcciones en la lectura de sus obras conjuntas:

Un artista crea una pieza. El otro puede reaccionar ante esa propuesta y crear la suya propia, conformándola como una pieza complementaria, adaptándose al movimiento que el otro propone.

Un artista crea una pieza. El otro puede contemplar la posibilidad de la coexistencia con una pieza propia, que en este caso, ya ha sido creada con anterioridad.

En los dos casos, la complementariedad de las propuestas toma cuerpo en la conjunción final de los elementos plásticos en juego, en una especie de asistencia mutua, de ayuda confidente y cómplice. La presencia de unos elementos estimula la integración de los otros, en la danza formal de las masas, que no siempre se buscan, pero que casi siempre se encuentran, habilitando el espacio compartido como un mirador con vistas a la naturaleza, al interior de nosotros mismo. Ninguno de los elementos se impone, ni se enfrenta, ni se yergue junto al otro en competencia. Lejos de la amenaza o el conflicto, se obtiene el beneficio de la aceptación mutua. Una solución encomiable: hacerlos yacer juntos, acostados sobre el horizontal plano concurrente, haciendo posible un sutil cortejo, a veces sin contacto, otras con apenas rozamiento o penetración, pero siempre con grácil elegancia.

Desde una consciente búsqueda de lo bello y el dominio de las armonías, pero también en las tensiones activas propias entre la materia y el vacío, entre las masas y el movimiento, se revela el interés y el respeto por el impulso del otro , tanto como la aceptación de la propia efectividad. El cortejo entre dos dinámicas expresivas diferentes que se resuelve en común elocuencia. Durante este proceso de simbiosis (convivencia), tiene lugar una sincera discusión entre la materia y la luz, entre el impulso dinámico de lo espontáneo y el peso genético de lo premeditado. Y tal discusión no se manifiesta como un drama, sino que asistimos como testigos únicos al abrazo sincero de signos antagónicos, al silencioso y acompasado latido de un ritmo interior.

Fernando de la Rosa

 

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