Economía y política: una carrera a dos velocidades

La importancia extrema de la actividad económica y del poder político en la sociedad actual es sobradamente reconocida, aunque existe una tendencia tradicional a considerarlos ámbitos separados desde un punto de vista analítico, producto de la inercia a su tratamiento como campos independientes y especializados. Las conexiones existentes entre ambos son, sin embargo, de tal relevancia, que no pueden ser ignoradas, como tampoco su interdependencia.

La actividad económica necesita ineludiblemente de la autoridad para poder llevarse a cabo, en concreto, para poder suministrar servicios que por sus características no pueden serlo por el mercado (servicios colectivos puros). Precisa también, como mínimo, de un marco legal básico que permita delimitar los derechos de propiedad y regular las relaciones entre los agentes que operan en el sector privado. A su vez, la economía resulta indispensable para la autoridad, que ha de obtener recursos para sustentar el aparato administrativo y de poder, así como para materializar los objetivos sociales planteados. A raíz de la crisis financiera internacional de los años 2007 y 2008 se han puesto de relieve los inconvenientes derivados de que la economía y el poder político no hayan seguido un ritmo acompasado y simétrico en su evolución desde mediados del siglo veinte.

Mientras que la actividad económica esté acotada en un territorio definido bajo el control de un poder político determinado, el binomio economía-política tradicional puede encontrarse en un equilibrio razonable y posibilitar un esquema de funcionamiento eficaz (sin prejuzgar el grado de participación de los ciudadanos en las decisiones públicas ni la mayor o menor justicia en la distribución del bienestar). En este sentido, el modelo de Estado-nación resulta bastante adecuado si las economías son relativamente cerradas y las personas, las empresas y los capitales carecen de movilidad internacional. Las disfunciones empiezan cuando uno de los dos ámbitos, el de la actividad económica, se transforma merced a la expansión del comercio internacional, los flujos migratorios, la integración de los mercados financieros y el impacto de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Si, además, las empresas emprenden procesos de fusiones y adquisiciones, se crean grandes corporaciones multinacionales o se descomponen y se deslocalizan los procesos productivos, en la práctica se expande el tablero de ajedrez donde se dilucidan las batallas económicas y cambia radicalmente el tamaño de algunas de las piezas. Cada Estado, en contraposición, ve limitada su influencia, en el mejor de los casos, a una sola de las casillas, donde queda privado de una visión de conjunto que le permita diseñar una estrategia global. La devolución de poderes a los niveles inferiores de gobierno contribuye, por lo demás, a socavar la ya mermada capacidad de los gobiernos nacionales, que ven cómo disminuye su margen de maniobra en relación con la tributación de los recursos con mayor movilidad. La cesión de la soberanía monetaria y las restricciones sobre el déficit y la deuda derivados de la política de estabilidad presupuestaria en el caso de los países de la Unión Monetaria Europea añaden otros elementos singulares de enorme relevancia.

Los problemas económicos tienden, en definitiva, a hacerse cada vez más globales, mientras que el poder político sigue anclado en esquemas que, en lo esencial, han permanecido inmutables durante siglos. A tenor de lo señalado, puede afirmarse que existe una carencia de capacidad política internacional, que posibilite adoptar decisiones –con el reto añadido de la restricción democrática- acordes con la escala de los problemas planteados, los cuales ya no son de carácter nacional. Los episodios vividos a raíz de la mencionada crisis financiera han puesto en evidencia la profunda brecha entre una realidad económica globalizada y unos poderes políticos tradicionales circunscritos territorialmente. En el caso de la Unión Europea, de forma contundente, la asimetría entre la integración económica, financiera y monetaria y la disponibilidad real de una potestad política efectiva.

El mundo se enfrenta en la actualidad a enormes retos de diversa índole. Para poder resolverlos eficazmente es imprescindible reconocer ante todo cómo se ha transformado el orden económico mundial, para después crear espacios de coordinación, regulación y decisión adecuados a las nuevas realidades. Mientras que en la coyuntura económica actual, la lucha contra el déficit público (presupuestario), por la fuerza de los hechos, ha dejado, al menos transitoriamente, de ser prioritaria, ocurre todo lo contrario en relación con el déficit de poder político supranacional.

(Artículo publicado en “Diario Sur”, con  fecha 24 de febrero de 2009).

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