EDUARDO OCÓN (1833-1901), Gloria a un malagueño universal, por Paula Coronas

Paula Coronas Valle. Pianista, Doctora por la UMA y Profesora de Piano del Conservatorio Profesional “Manuel Carra” de Málaga. Directora de la Revista Musical Intermezzo y Vocal de Música del Ateneo de Málaga.

La amplia y valiosa aportación musical del ilustre compositor malagueño Eduardo Ocón, permanece hoy, siendo desconocida para muchos.  Sin embargo, la incuestionable relevancia de su legado artístico, fue objeto de numerosos reconocimientos y méritos, que el maestro, cosechó en vida, como describiremos a continuación. Pero, por desgracia, -ocurre con frecuencia- la memoria se hace frágil,  y el olvido de nuestro propio patrimonio cultural se convierte en costumbre, por cierto una mala costumbre. No dejamos escapar, por ello, la oportunidad que nos brinda este “sonado aniversario”, de contribuir con sincera admiración, a la divulgación que su figura y obra merecen.

Si bien es cierto que aún no ha trascendido suficientemente la entidad de su personalidad musical, por otra parte, comprobamos con satisfacción, como ha ido creciendo paulatinamente el interés mostrado hacia nuestro creador, en los últimos tiempos. La destacada labor de investigación musical desarrollada en Andalucía, y concretamente en Málaga,  en torno a la vida y producción de Eduardo Ocón, – nos consta la importancia de los trabajos realizados por los profesores Manuel del Campo, Antonio Martín Moreno, Gonzalo Martín Tenllado y Adalberto Martínez Soleasa- nos ha permitido apreciar y disfrutar las excelencias de este polifacético músico.

Organista, compositor, investigador, y docente son las principales actividades cultivadas por el insigne malagueño, nacido[1] el 12 de enero de 1833, en la calle Pilar del bello pueblo de Benamocarra, enclavado en la denominada “ruta del sol”, perteneciente a la comarca de la Axarquía, en la provincia de Málaga.

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Eduardo Ocón y Rivas nace en el seno de una familia humilde. Su padre, Francisco Ocón López, de profesión cerrajero, había contraído matrimonio con María de los Dolores Rivas Román. Eduardo es el tercero de los seis hijos -Manuel, Francisco, Eduardo, Antonio, Emilio[2] y Antonia- que componen el núcleo familiar, posteriormente instalado en  Málaga[3].

En diciembre de 1840 comienza la andadura musical de nuestro protagonista: ingresa a los siete años como seise en la Catedral de Málaga, mostrando desde un principio extraordinarias cualidades y aptitudes para la música.  Pronto experimentará grandes avances, bajo la dirección del maestro de capilla de la Catedral, D. Mariano Reig, con quien estudia solfeo, armonía, contrapunto, fuga y composición. Gracias al magisterio del organista Murguía, se introduce, paralelamente en la técnica pianística y en la organística.

Su etapa como seise concluye en 1848, momento en que el Cabildo catedralicio acuerda nombrarle ministro de coro, alcanzando con éste puesto,  su primer escalafón profesional de relieve.  Sin embargo, y debido al imparable auge musical experimentado por aquellos años en la ciudad malagueña, el propio Eduardo, voluntariamente decide renunciar a su plaza al servicio de la Catedral, para dedicarse activamente a ejercer su labor desde otras iniciativas, entonces emergentes en la citada capital. De este modo, se propone atender otras actividades como son : la enseñanza musical en círculos privados – aún no se había creado el conservatorio en Málaga-, la interpretación como organista, actuando en numerosas iglesias de la ciudad,  y la organización tanto de actos religiosos como laicos, (teatro, actividad lírica, etc.). Durante este tiempo, también aprovecha el joven músico, para ampliar sus horizontes compositivos y profundizar en la creación de partituras.

En 1854,  encontramos a un decidido Ocón de 21 años, que obtiene por oposición, la plaza de segundo organista de la Catedral de Málaga. Tras superar unas reñidas pruebas en dicho concurso – se trataba de una valiosa plaza, muy codiciada-, el malagueño regresa al núcleo catedralicio, “en 21 de noviembre de 1854 figura por vez primera como organista en nómina y cobra 275 reales”[4]. Además del  gran prestigio que adquiere, Ocón tiene acceso a los dos magníficos órganos de la Catedral, a través de su nuevo puesto, en el que permanece hasta 1867. Durante este tiempo, el maestro se dedica a componer, y da a conocer importantes realizaciones, entre las que se encuentran: Motete al Santísimo (1854), Motete en Honor de la Inmaculada Concepción de María (1856), Quam Pulchri Sunt (1856).

El talento de este joven  creador es notorio. Desde el órgano, brilló su deslumbrante técnica instrumental, exhibiendo una enorme capacidad de improvisación y una gran seguridad en la ejecución.  Su interpretación sorprendía por la calidez en los efectos sonoros, y por la precisión digital, en la pulsación. Igualmente, sostenemos que la inspiración y las dotes para componer, guiaron la trayectoria  del artista malagueño. Pero, aún debemos destacar también, su habilidad social para relacionarse con influyentes personalidades de la próspera burguesía, proporcionándole ésta, grandes ocasiones y motivos para el estreno de obras. Así, señalamos, la creación de su Cantata [5](1857), gestada con motivo del nacimiento de Alfonso XII.  Dos años después, -en 1859- aparece su único fruto musical perteneciente al género teatral, la zarzuela El grito español[6], colaborando con el dramaturgo malagueño Ramón Franquelo.

Por estos años ven la luz dos de sus más célebres composiciones: el Miserere,- calificada como su mejor producción religiosa- escrita para la Catedral de Málaga, y  destinada a soprano, tenor y bajo, coro a cuatro voces mixtas y plantilla orquestal; y Rapsodia andaluza Op. 9, acaso su más valiosa talla pianística, instrumentada para orquesta posteriormente, por el propio Ocón.

También nuestro ilustre paisano halla en París, la prolongación del saber, y la fuente inusitada de ilusiones y anhelos, que tantos artistas han buscado y encontrado con éxito, a lo largo de la Historia.  Con 34 años, dirige sus pasos a la capital parisina, donde permanecerá casi tres años. Eduardo aprende, asimila y capta todo lo que le rodea. Su mirada se centra en nuevas técnicas y estudios. Conoce a destacadas personalidades, como el musicólogo y compositor belga François Joseph Fetis y el célebre Charles François Gounod, quien elogia y ayuda a nuestro maestro, tras conocer algunas de sus partituras. Para mantener su estancia en la ciudad del Sena, Ocón opta por presentarse a unas oposiciones, con el fin de conseguir una plaza de profesor de canto de las Escuelas Comunales, a cuyas pruebas acuden casi una treintena de aspirantes. Logrado su objetivo, el compositor se entrega plenamente a la actividad creadora, desarrollando todos los conocimientos que han configurado el bagaje profesional del brillante músico.

Pero, sin embargo, la añoranza de su tierra,  y el recuerdo de sus raíces, le hacen regresar a Málaga en 1870, año en que contrae matrimonio con  Ida Borchardt.  Nacida en Colonia,  era hija de una acomodada familia alemana que pasaba temporadas en Málaga –concretamente en casa de la conocida familia Utrera-. Se trata de una joven estupenda pianista, de exquisita educación, y elevado nivel cultural. Fruto de este matrimonio Ocón-Borchardt nacerán  tres hijos: Eduardo, Ida y Cecilio.

Y llegando a estas alturas de la narración, nos vemos obligados a detenernos necesariamente, en el origen de la Sociedad Filarmónica de Málaga y  creación del Conservatorio malagueño, a cuyas instituciones queda indiscutiblemente ligado  nuestro compositor.

En 1869 se funda en Málaga la Sociedad Filarmónica, dirigida por el ingeniero Antonio Palacios. Su director facultativo es el maestro Antonio José Cappa[7]. A continuación, Palacios es sucedido por Pedro A. de Orueta, en primera instancia, y por Enrique Scholtz, en segunda. Es entonces cuando se propone al malagueño, asumir la dirección facultativa de la mencionada Filarmónica, responsabilidad que acepta con una única condición: crear una escuela de música o conservatorio. En abril de 1871 se inauguran las primeras clases de solfeo y violín, impartidas por el propio Ocón y por Regino Martínez, respectivamente, considerándose éste, el punto de partida del conservatorio de nuestra ciudad. Indudablemente, y a raíz de esto, se produce, el florecimiento de la vida musical malacitana, el cual va aumentando día a día, en numerosos aspectos: cada vez son más las especialidades instrumentales ofrecidas en dicho centro, se constata una amplia nómina del profesorado[8], y las sesiones de conciertos se multiplican en beneficio del enriquecimiento artístico y cultural de la sociedad malagueña, cuyo prestigio crecerá hasta convertirse en una de las capitales españolas más desarrolladas en este campo.

Diez años después de su creación y continuo funcionamiento, tras experimentar óptimos resultados, la Escuela de Música de la Sociedad Filarmónica, es propuesta para ser transformada en Conservatorio, por lo que se solicita a la Reina María Cristina su autorización para que lleve su nombre. Es así como el Real Conservatorio “María Cristina” de Málaga abre sus puertas, quedando inaugurado el día 15 de enero de 1880, siendo Eduardo Ocón, su primer director.

Se advierte una última etapa biográfica, en la que el maestro, nuevamente, ofrece su colaboración a la Catedral, aportando sus discípulos más aventajados para la realización de servicios musicales, a través de la orquesta y del coro allí creados. Esta desinteresada labor fue muy bien recibida por el Cabildo, con el que el compositor mantiene, desde hace años, una excelente relación. Poco tiempo después, es nombrado segundo organista titular,  profesor de los seises, encargado del archivo municipal y director de la Capilla en los días de orquesta.

Como vemos, se ha convertido en una verdadera autoridad musical, ejerciendo su magisterio en los ámbitos docente y compositivo. Su personalidad artística comienza a ser valorada en todo el país,  por lo que se registran importantes méritos que van a sucederse en su prestigioso historial. Entre ellos destacamos la Cruz sencilla de Isabel la Católica y la Encomienda de la misma Orden, cuyos derechos sufragó el Municipio malagueño en honor al músico. En 1879, la entonces recientemente creada Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, le nombra Académico Correspondiente de su sección de Música. Tanto la Sociedad de Conciertos de Málaga como la  de Madrid, le concede, en agradecimiento y reconocimiento a su espléndida gestión, el título de Socio Honorífico de ambas instituciones.

Su creación se extiende principalmente a tres géneros: el religioso, el pianístico de salón, y el nacionalista. El catálogo destinado al piano[9] se completa con ocho destacadas páginas, de las cuales ya hemos nombrado su famosa Rapsodia Andaluza Op. 9. El resto lo componen los siguientes títulos: Amor inmortal, Recuerdos de Andalucía[10] (Bolero de concierto Op.8), Estudio-Capricho para la mano izquierda Op. 10, Estudio “Rheinfahrt”, Gran Vals Brillante, Meditación y En la playa. Su compromiso con el nacionalismo[11] se refleja en la recopilación de canciones populares armonizadas para canto y piano, en su mayoría, titulada Cantos Españoles, conjunto publicado en Leipzig en 1874.

Pero, tal vez,- y a pesar de su encomiable labor en pro del desarrollo musical que imprime a nuestra ciudad, y de su notoria relevancia en el ámbito de la creación- su valiosa aportación como organista, haya sido la más significativa de sus contribuciones, y posiblemente, nos atrevemos a decir, que la más auténtica de sus vocaciones. A lo largo de su carrera, dedica gran parte de su esfuerzo y tiempo a este instrumento, que admira y conoce en profundidad. Es sabida su enorme preocupación por el mal estado y recuperación de los deteriorados órganos de la Catedral de Málaga –los construidos por Julián de la Orden-. Al cumplir los sesenta años de edad, el maestro solicita al Cabildo malagueño la cesión de una habitación en la torre de la Catedral para permanecer allí el resto de sus días:

“Ocón apenas cumplió los sesenta años, solicitó y obtuvo del excelentísimo Cabildo le cediera una habitación en la torre de la Catedral para acabar los días de su vida oyendo los dulces acordes que hicieron de él un artista”[12].

El 28 de febrero de 1901 fallece Eduardo Ocón, a consecuencia de una pulmonía gripal. Tan solo faltaban unos meses para la inauguración de la obra de restauración, -que por iniciativa suya se encargó al organero belga Achiles Ghys- de los mencionados órganos. Desgraciadamente, nuestro artista no pudo disfrutar de la belleza sonora de este recuperado instrumento.

El entierro tuvo lugar el día 1 de marzo, en el Cementerio de San Miguel. Según  el profesor Martín Tenllado, en su libro sobre Ocón[13], la inhumación “constituyó una sentida manifestación de duelo en toda Málaga”. La crónica de la época recoge la asistencia masiva del pueblo malagueño que se vuelca en la despedida del eminente artista. Desde escritores, poetas, profesores, músicos… hasta autoridades y distinguidas personalidades de la ciudad, rinden tributo al que fuera su más reconocido compositor.

El Ayuntamiento de Málaga proyectó la creación de un mausoleo que nunca llegó a realizarse. Un año después de su fallecimiento, “una noche –privadamente- los hijos del compositor trasladaron el féretro a un panteón familiar en el primer patio. […] Posteriormente, los restos de D. Eduardo pasaron a ocupar un nicho en el tercer patio de la necrópolis, en unión de los de su mujer, su hijo D. Eduardo y su hija política Dª Julia Rodríguez Spiteri[14].

Gracias a la generosidad de su nieta, Mª Victoria Ocón Rodríguez, -ferviente admiradora y portadora del legado de su abuelo- gran parte de su aportación musical se encuentra disponible en un expositor, a la entrada del Antiguo Real Conservatorio “María Cristina” de la Fundación Unicaja. Dicho material fue donado por la citada descendiente del maestro, a la Obra Cultural de la Caja de Ahorros de Ronda en el año 1980, compilado bajo el nombre de “Fondo Ocón”.

Es evidente aceptar que sobran los motivos de interés para aproximarse a la eminente figura de Eduardo Ocón. Su especial habilidad en las relaciones humanas, añade razones de éxito a su irrefutable talento. Encuadrado en el contexto del nacionalismo musical español, este malagueño de pro, se erige como uno de nuestros mejores embajadores artísticos. Su mirada, siempre a Málaga, -testigo fiel del amanecer y de la extinción de su llama inspiradora- que, aunque eterna deudora de gratitud para con el maestro, se encarga lentamente de recuperar su memoria[15]. Recordemos  así, las sabias palabras del ilustre musicólogo y compositor, también paisano nuestro, Rafael Mitjana, -discípulo aventajado de Eduardo Ocón-, para rendir homenaje a nuestro protagonista, a quien Málaga tampoco olvida.

“Málaga entera debe honrar la memoria de su hijo preclaro, y estamos seguros de que así lo hará, como cumple a su hidalguía. Honrar las glorias es honrarse a sí mismo”[16].

BIBLIOGRAFÍA:

-Martín Tenllado, G.: Eduardo Ocón. El Nacionalismo musical. Ediciones Seyer, Málaga, 1991.

-Campo del Campo, M.: Notas al programa de mano Eduardo Ocón. 175 años de su nacimiento 1833-1901. Concierto Extraordinario OFM. Málaga, enero, 2008.

-Web del Conservatorio de Música “Eduardo Ocón” de Málaga: http:// www.conservatorioeduardocon.com


[1] Fue bautizado el día siguiente a su nacimiento, en la iglesia parroquial de Santa Ana, en Benamocarra.

[2] Emilio Ocón, nacido el 26 de octubre de 1845, fue un notable marinista  y profesor en la Escuela de Artes y Oficios en Málaga.

[3] Habitando una casa del Marqués de Valdecañas, situada en calle Granada 23, manzana 69(2).

[4] Manuel del Campo y del Campo en: notas al programa de mano del Concierto Extraordinario de la Orquesta Filarmónica de Málaga “Eduardo Ocón: 175 años de su nacimiento”, Málaga, 4 de enero de 2008.

[5] Dicha página fue estrenada el 23 de enero de 1858, en el Teatro Real de Madrid.

[6] Su estreno tuvo lugar el 17 de noviembre de 1859, en el Teatro Principal de Málaga, en una función a beneficio del tercer Cuerpo del Ejército de África.

[7] Antonio José Cappa, compositor (1824-1886).

[8] En 1887 ingresaron tres profesores que habían sido alumnos del centro: Joaquín González y Joaquín Palomares, como profesor y auxiliar de violín, respectivamente. El tercero fue Eduardo Ocón y Borchardt, el hijo mayor de nuestro compositor, que fue nombrado  profesor auxiliar de solfeo a los 16 años de edad. Tres años después se convierte en profesor titular de piano.

También, la mujer de Ocón, Ida Borchardt, fue nombrada en 1888 profesora auxiliar de piano.

[9] La integral de la obra pianística del maestro Ocón  fue grabada en el año 1981 por la pianista y profesora Gloria Emparán. Este disco fue distinguido con el Premio Nacional al Disco, otorgado por el Ministerio de Cultura.

[10] Hay publicada una adaptación de Recuerdos de Andalucía (Bolero de concierto) para violín o flauta y piano, como Op. 16, realizada por el propio Ocón.

[11] Eduardo Ocón trabó amistad con  Felipe Pedrell, (1841-1922) mentor del renacimiento del nacionalismo musical español.

[12] BOLEA Y SINTAS, M: Descripción Histórica que de la  Catedral de Málaga hace su Canónigo Doctoral. Editorial Talleres Gilabert, Málaga, 1894. Pág. 114.

[13] MARTÍN TENLLADO, G.: Eduardo Ocón. El nacionalismo musical. Ediciones Seyer, Málaga, 1991, págs. 604-605.

[14] CAMPO DEL CAMPO, M. en: MARTÍN TENLLADO, G.: Eduardo Ocón. El nacionalismo musical. Ediciones Seyer, Málaga, 1991, pág. 607.

[15] En Benamocarra se alza un monumento en su honor. En Málaga hay colocado un busto suyo en el Paseo del Parque, donde un pequeño auditorio para la música lleva su nombre: recinto “Eduardo Ocón”. Existe en nuestra ciudad el Conservatorio de Música “Eduardo Ocón”.  Una céntrica calle malagueña, le recuerda.

[16] Rafael Mitjana (1869-1921) en: nota necrológica publicada en  el diario malagueño, La Unión Mercantil, publicada el 23 de marzo de 1901.

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