El brillo imprescindible

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Rafael Pérez Estrada ha sido homenajeado en el Ateneo de Málaga

 

Por MARÍA LUISA BALAGUER

En 1977 yo no conocía la calle Puerto, casi no conocía más calles que la de Vendeja, adonde llegaba cada mañana, incluidos los domingos, a rebajar las montañas de expedientes que se apilaban en un despacho demodé, con chimenea artificial y unas falsas maderas labradas con miles de capas de barniz. Algunas mañanas me cruzaba en la plaza del final de la calle con Alfonso Canales, que subía igualmente a su despacho, en el que nunca entré, y que yo imaginaba lleno de poesías, y lejos de los folios repetidos de las denuncias a la Inspección y a las Magistraturas, en las que yo quemaba mis 23 años de encendida pasión obrera y militante.

Así que no podía haber visto a Rafael Pérez Estrada en La Malagueta, salir de su casa para entrar en el Bilmore o el Itagua, sino en las escaleras del primer piso del Palacio de Justicia del Muelle de Heredia, eufemismo de aquel lúgubre edificio ennegrecido, en el que el Colegio de Abogados ocupaba dos exiguas habitaciones, una de entrada con mostrador y otra de libros, que Juan Bandera nos vendía a precios de coste.

Bajando o subiendo esa escalera, estaría Rafael, como si me hubiera visto antes, o supiera que otra niña acababa de colegiarse de abogada, con lo que no sé si se podrían contar todavía las mujeres que ejercían con los dedos de una sola mano. En ese mismo momento me invitaría a los coloquios de los viernes a mediodía, para que yo hablara del Decreto Ley del derecho de Huelga, porque él, matrimonialista, tenía curiosidad por todo. Ese primer viernes, yo ya debí sentir allí, en una sala pequeña de aquel Palacio de Justicia, la fascinación de la voz de Rafael, luego repetida mil veces en el Ateneo, entonces en la Plaza del Obispo, donde hoy se acristala una Caja de Ahorros.

“Lo que Dios ha unido solo lo separa Rafael Pérez Estrada”, pero era su conversación lo que me atraía, su brillantez al encontrarlo por la calle y reírnos a gritos, o la tarde que el Ateneo invitó a un político autonómico en el María Cristina, y la gente no cabía, y las carcajadas a las palabras de Rafael haciendo las presentaciones, se oían más allá de Carretería.

Entre las personas imprescindibles en Málaga, me faltan dos muy brillantes, que influyeron en mí, para evidenciarme la necesidad de huir de la vulgaridad, y luchar sin descanso para poder tener un mundo vivible. De una de ellas apenas puedo todavía hablar, después de más de un año de ausencia, mi querido Ricardo, jurista de impecable factura, y amigo que lloraba conmigo mis amarguras y las suyas, y siempre convertía en certezas mis dudas. De Rafael es aquella congruencia que alcanzan muy pocas personas, capaces de hacer de sí mismas la atracción por vidas nunca antes vistas en la Málaga de los setenta.

 

 

El pasado 22 de mayo, con motivo de la conmemoración del fallecimiento de Rafael Pérez Estrada, la Fundación Rafael Pérez Estrada en colaboración con el Ateneo de Málaga organizó una lectura colectiva en el salón de actos en la que participaron, entre otros: José Infante, Aurora Luque, Francisco Ruiz Noguera, Esteban Pérez Estrada, Mª José Vergara Pérez, Guillermo Busutil y Sonia Marpez.

 

 

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